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La Procesión de los Ajusticiados


Las calles del viejo Pamplona han sido testigos de todo tipo de actos y celebraciones. Por ellas han pasado desfiles, procesiones, músicas, danzas, comparsas de carnaval, etc. Pero también han sido escenario de momentos tristes, como por ejemplo el cortejo de los condenados a muerte, cuando, en un tiempo felizmente pasado, recorrían por última vez las rúas de la ciudad camino del patíbulo.

Durante parte de la Edad Media existían horcas permanentes en Miluce, Acella, San Cristóbal y Burlada. Con los años se instalaron en la amplia explanada que hoy se llama Cuesta de la Reina. Esos terrenos eran los glacis de las murallas de la Taconera, y hasta 1935, fecha en que fueron rebajados, existían las peanas o pedestales de las antiguas horcas.

Las salas de justicia del desaparecido caserón de las Audiencias Reales, en la plaza del Consejo, severas y desangeladas, escucharon en muchas ocasiones las condenas dictadas por la Corte Mayor o por el Real Consejo: “Fallamos que debemos condenar y condenamos a X.X. (quien sea) a que sea sacado de nuestras cárceles reales en una bestia de baste y sea llevado por las calles acostumbradas de esta ciudad, a son de trompeta y voz de pregonero que pregone su delito, hasta el prado de San Roque, en donde estará puesta una horca, y de ella será ahorcado por el ministro ejecutor de nuestra alta justicia hasta que naturalmente muera…”

Hoy en día, la pena de muerte ha desaparecido de nuestro código penal, pero entre los siglos XVI y XIX hubo muchos desgraciados que realizaron el triste camino hacia el lugar de la ejecución. Desde el momento en que era leída la sentencia, el condenado debía pasar cincuenta interminables horas en capilla. Durante ese tiempo, además del religioso que le confortaba espiritualmente, dos cofrades de la Vera Cruz, que se iban turnando, le acompañaban sin desatenderlo ni un instante, cuidando de que no le faltase de nada.

Les solían dar, de manera extraordinaria, copiosas comidas, a base de merluza albardada, truchas, aves, vaca o carnero, habas, huevos y conservas en adobo (que solían devorar con apetito, contra lo que pudiera pensarse) y se les ofrecía continuamente bizcochos, vino dulce, chocolate, pastas y otras cosas. Hubo quien solicitó que le sirviesen pescado, que quería guardar la vigilia. Presidiendo la estancia se ponía un altar con un crucifijo y cuatro velas, que ardían constantemente, día y noche.

Un cuarto de hora antes de la salida hacia el patíbulo, hecho que tenía lugar a las once de la mañana, entraba el verdugo y le vestía al reo la ropa que debía lucir por las calles y en el lugar de la ejecución. Era una túnica negra, que en los casos de parricidio era amarilla con manchas rojas. El religioso que le asistía le colocaba un escapulario y le ponía en las manos un crucifijo. Poco antes de dar las campanadas, salían a la puerta, donde se formaba el lúgubre cortejo. Al salir rezaban una salve a la Virgen de los Dolores, cuya imagen estaba en el zaguán de la cárcel.

Marchaban delante tres hermanos de la Vera Cruz, con sus túnicas y caperuzas: el del centro portaba una cruz cubierta con un paño morado y los de los lados, velas encendidas. Seguían los niños doctrinos, cantando las letanías de la Virgen. Los mayordomos de la cofradía, entunicados, marchaban junto a las aceras, con platillos para pedir limosna, repitiendo una y otra vez aquella triste salmodia: “Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar”. A continuación iba el pregonero, publicando en voz alta el delito cometido, y detrás el reo, vestido con la ropa y cubierto con un gorro negro, asistido por uno o dos religiosos y por un cofrade que llevaba un cestillo con bizcochos y vino rancio. Como música de fondo, las campanas con el lento toque de agonía.

Un piquete de soldados de caballería tenía la misión de garantizar la seguridad y el orden. Cerraban el desfile los cofrades de la Vera Cruz, generalmente en número de veinticuatro, presididos por el prior, junto al cual iba el religioso encargado de pronunciar la plática acostumbrada.

El recorrido que seguía el cortejo era el siguiente: salía de la antigua cárcel, que ocupaba el solar de la actual plaza de San Francisco, doblaba por la antigua belena que había entre la cárcel y la desaparecida iglesia de los franciscanos, y seguía por la calle Nueva, plazuela del Consejo, Zapatería y Pozoblanco; subía por las escalerillas a la Plaza del Castillo, la atravesaba de lado a lado, y por las escalerillas de San Agustín bajaba a la Estafeta, que recorría en la mitad de su longitud; y en la llamada Cruz del Mentidero daba la vuelta para seguir por Mercaderes, Calceteros, cabecera de la plaza de la Fruta (hoy Consistorial), Zapatería y San Antón, hasta el portal de la Taconera; atravesaba los puentes de la muralla y llegaba al prado de San Roque, llamado también de la Horca, donde se alzaba el patíbulo, aproximadamente donde hoy está la entrada a la piscina Larraina y al frontón de los militares.

Cuando la pena era la de garrote, el recorrido se acortaba, ya que terminaba en la hoy plaza Consistorial, donde, delante de la fachada del Ayuntamiento, se levantaba el cadalso. Parece ser que la costumbre de ejecutar en este lugar se inició en 1693. Con anterioridad hay noticias de que se hacía en la Taconera, cerca de la antigua Cruz del Bosquecillo, como sucedió en el célebre caso de los ladrones del santuario de Aralar. Se documentan tres tipos de garrote: en el “noble” (para nobles e hidalgos), el reo montaba caballería ensillada; en el “ordinario” (para el resto), caballería mayor; y en el “vil” (para delitos “muy graves”) el reo iba en caballería menor o era arrastrado, según la sentencia. Como ya ha quedado dicho con anterioridad, habitualmente, el reo vestía de negro, salvo en los casos de parricidio o regicidio en cuyo caso la vestimenta pasaba a ser amarilla con manchas rojas.

Posteriormente, con la implantación del sistema constitucional, el tétrico espectáculo se llevó a otro paraje más discreto: el glacis cercano al antiguo cuartel de Caballería y del Portal de San Nicolás. En el último tercio del siglo XIX, el lugar era la Vuelta del Castillo, a la salida del Portal de la Taconera. Allí, Pío Baroja vio muerto a un reo en 1885.

En 1822, durante el Trienio Constitucional, fue abolida la pena de horca y sustituida por la de garrote. En 1824 fue reinstaurada por la reacción absolutista y por fin, en 1828, suprimida definitivamente por Fernando VII. En Navarra, sin embargo, se siguió aplicando hasta 1830. Desde esa fecha, todas las ejecuciones se realizaron a garrote.

Las ejecuciones tenían lugar a las doce del mediodía, y a ellas solía asistir mucho público. Era costumbre llevar a los niños a presenciarlas, porque se creía que aquello les enseñaba a aborrecer el mal. Dado el carácter ejemplarizante de todo aquel ritual, el reo, al subir al patíbulo, se dirigía a los asistentes dando muestras de arrepentimiento y haciéndoles ver adónde le había llevado el haber cometido delitos. Casi todos lo hacían con profunda convicción y sentimiento, y al terminar, pedían perdón públicamente.

A continuación, después de besar el crucifijo, subían al condenado a una escalera de tijera por uno de sus lados, mientras que el verdugo subía por el otro y le colocaba el lazo corredizo en el cuello o el collar del garrote. Se entonaba el Credo y al llegar a la estrofa “… su único hijo”, el ejecutor de la alta justicia apartaba la escalera y se colgaba abrazado a las piernas del reo para acelerar la muerte y evitarle mayores sufrimientos. Existía una maldición que decía: “Ahorcado te veas y no te tire nadie de los pies”. Un fraile pronunciaba entonces una breve plática y, tras oírla, cada uno se iba a su casa. Al pie del tablado se ponía un platillo para la limosna.

Consumada la sentencia, el cadáver quedaba lívido, abotargado y con las manos crispadas meciéndose al ritmo que le marcaba el viento hasta las tres de la tarde, hora a la que acudían a retirar el cadáver el verdugo, que era quien le quitaba la cuerda, y los hermanos de la Vera Cruz, que acudían con personas piadosas para amortajar el cadáver que más tarde era trasladado al convento de San Francisco para celebrar el funeral y darle sepultura. En la comitiva marchaba el cabildo de San Cernin o de San Lorenzo, los Niños Doctrinos y seis miembros de la Vera Cruz con hachas amarillas; al final, el prior cerraba la comitiva con hacha blanca. A los condenados se les enterraba de limosna en San Francisco, donde radicaba la cofradía de la Vera Cruz desde el año 1628. Esta iglesia estuvo situada delante de donde hoy se encuentra la fachada principal de las escuelas del mismo nombre.

Todo este espectáculo cesó en 1894, cuando se ordenó suprimir el carácter público de las ejecuciones, que desde entonces pasaron a realizarse en el patio de las cárceles. En los libros de la Vera Cruz figuran 182 ajusticiados entre los años 1605 y 1885. De ellos, 80 en la horca, 89 en el garrote, 11 fusilados y 2 degollados.

Como ya hemos dicho anteriormente, los condenados a la última pena eran ejecutados a garrote en la Plaza de la Fruta (hoy Consistorial) o colgados en la horca en el prado de San Roque. Desde 1606 hasta 1832, fecha en que fue abolida la pena de horca, fueron ajusticiados en Pamplona por este último procedimiento 79 personas. De éstas, 8 fueron descuartizadas después de bajadas del patíbulo; 12 fueron decapitadas y sus cabezas clavadas en picas para ser colocadas en los pueblos y lugares donde cometieron sus fechorías; 2 arrojadas fuera del término municipal; a 8 se les cortaron las manos para exhibirlas sobre un mástil; una fue quemada y sus cenizas aventadas; y 4 fueron arrojados sus cadáveres al río.

Como caso singular diremos que en 1767, una persona fue condenada a la horca y después a ser quemado su cadáver y arrojadas sus cenizas, por haber cometido “excesos de sodomía”. Dicha sentencia se cumplió en el entonces Prado de San Roque de manera implacable. Para finalizar, diremos que la última persona que murió ejecutada en la horca o hizo en 1830, y la última pena de muerte aplicada en nuestra ciudad lo fue en 1957.


(Ver también: RECORRIDOS POR LA CIUDAD – Ruta de los Parques y Jardines – La Taconera)