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La Huerta del Mochorro


En la antigua calle Errotazar, en el barrio de la Rochapea, después de las casas de Mina (hoy ya desparecidas), en el antiguo número 26 de la calle, en frente del prado de la cera, existió una antigua casa por la que se accedía a la huerta que se hizo célebre en las tres primeras décadas del siglo XX por haberse instalado en ella los primeros baños organizados de la ciudad, y en donde se bañaban “casi juntos” los hombres y las mujeres.
En las postrimerías del siglo XIX, esta huerta pertenecía a un castizo y honrado hortelano llamado Francisco Redín, quien con gran disgusto contemplaba todos los años cómo una cuadrilla de descarados y desaprensivos mocetes le rebaba los mejores frutos de sus árboles. Con el fin de escarmentar a los ladronzuelos, tuvo la genial idea de vestirse con la túnica y caperuza de la Hermandad de la Pasión, y una tras otra, todas las noches, aparecía de entre las negras sombras del huerto, golpeando con una vara de fresno a los temblorosos chavales. Estos muchachos fueron los que bautizaron a la huerta con el título de “el mozorro”, palabra vasca que significa máscara o disfraz. Esta palabra se transformó en mochorro, seguramente por una falsa interpretación auditiva.
El bueno de Redín, dueño del Mochorro, tenía entre su casa y la huerta un terreno protegido por tupidas ramas que hacían del lugar un rincón tranquilo y discreto, atravesado por el canal que baja de la presa de San Pedro. Aprovechando todo esto, Redín instaló dos cuerdas para que los bañistas se sujetasen, sobre todo cuando abrían las compuertas de la presa para dar agua al molino de Alzugaray, ya que generalmente aquellas avenidas de agua producían grandes sustos entre los bañistas. En la prensa local del primer año del siglo XX se anunciaba el inicio de la temporada de baños para señoras y caballeros, con la debida separación, al precio de 0,10 pesetas. En el Mochorro se servía chocolate para quienes lo deseaban, y se alquilaban taparrabos por una ochena.
Algunos hombres se bañaban en calzoncillos (de aquellos largos que se sujetaban en el tobillo con dos cintas), aunque la mayoría lo hacían en porreta, y las mujeres se bañaban con bata. Los testigos presenciales de aquella época aseguraban que aquellas mujeres resultaban más provocativas en bata que hoy con bikini. Para separar a los hombres de las mujeres se instaló una valla de tablas de un par de metros de altura que dividía la solanera, y una cortina hecha con sacos, que impedía que los bañistas se viesen. Para evitarlo, había un letrero que rezaba: “Se prohíbe bucear cerca de la cortina”. A pesar de la prohibición, siempre había algún tritón descarado que se pasaba al otro lado de la harpillera provocando grandes alborotos en la zona de las féminas.
Pero la auténtica revolución en los baños de río, el nacimiento del deporte de la natación en Pamplona, tuvo lugar en el año 1931, en el que se fundó el “Lagun-Artea” (el 2 de agosto), el Club de Natación (el 27 de agosto) y el “Club Larraina”, que terminó su piscina en 1933. Estos fueron los pioneros de la natación en nuestra ciudad, convirtiendo los baños en deporte.