3430 días hasta
el VI Centenario del Privilegio de la Unión de Pamplona

GRACIAS POR TU VISITA

VISITANTES

CURIOSIDADES‎ > ‎

La Casa de los Toriles


Desde 1385, fecha en la que se celebró la primera corrida de toros en Pamplona de la que tenemos noticias, hasta 1844, fecha de la inauguración de la primera plaza de toros fija, todos los festejos taurinos, salvo alguna rara excepción, se celebraron en la Plaza del Castillo.

Mientras existió el primer castillo de Pamplona, el corro se hacía delante de la fortaleza, y sobre ella se levantaba un andamio de madera para que el rey, la reina y los infantes pudieran ver las justas, torneos y otros espectáculos. Al desaparecer el castillo, el cerco se demolió, afectando aproximadamente a un cuarto de la plaza comprendida entre la calle Chapitela y la bajada de San Nicolás. El cierre se hacía con barreras, del mismo modo que en la actualidad se realiza el cercado en las calles para el encierro, haciéndose su instalación previo remate o subasta. Generalmente, esta labor de quitar y poner las barreras la realizaba un carpintero pamplonés, teniendo total libertad para hacerlo más o menos alto, aunque en la subasta se comprometía a que si algún toro saltaba el cercado, todos los gastos derivados de la fuga de la res correrían de su cuenta.

En aquellas fiestas taurinas en que se llegaban a correr hasta 15 toros en una tarde, el coso se regaba, empleando seis pipas llenas de agua colocadas sobre otros tantos carros arrastrados por otros tantos jamelgos. Así se evitaba la polvareda, que siempre resultaba molesta.

Hasta 1616, fecha en la que el Ayuntamiento construyó la llamada “casa de los toriles” (edificio que en la actualidad ostenta el número 37 de la plaza), se utilizaba como “encerradero de los toros” el corral de un vecino pamplonés llamado Pedro de Aoiz. Aquel corral disponía de dos puertas que accedían a la plaza: una pequeña para soltar los toros al coso, y otra mayor para retirarlos ya fueran solos o con cabestros. La ubicación de la “casa de los toriles” y del coso taurino se corresponde con el lado occidental de la Plaza del Castillo, justo en la única área que no cuenta con porches cubiertos de toda la plaza.

 El Ayuntamiento mandaba levantar todos los años una tribuna para él y sus invitados. Además de este tablado, que podríamos llamar oficial, había vecinos que, a su costa y con fines especulativos, levantaban tribunas o cadalsos de madera para los días de las fiestas. Esto lo hacía todos los años un tal Juan de Macaya, carpintero, hasta que en 1584 se lo requisó el Ayuntamiento para los regidores y amigotes; estos últimos llegaban a más de ciento cincuenta, por lo que se producía un evidente quebranto en sus intereses.

Vamos a relatar algunos aspectos de los festejos taurinos celebrados en la Plaza del Castillo.

El Encierro, que actualmente es la principal atracción de los Sanfermines, no era antiguamente una representación genuina de las fiestas, ni un espectáculo oficialmente organizado. Era sencillamente una mala costumbre, una infracción, una desobediencia a la autoridad. Este quebrantamiento de la ley se impuso a través de los siglos, por ser más pujante la afición taurina de los navarros que el temor al castigo de la autoridad. Así que, al final, ésta terminó cediendo en 1867 al dictarse las primeras Ordenanzas del Encierro, con las que quedó aceptado legalmente. Insisto en que el Encierro no era un número oficial de las fiestas, sino un accidente inevitable. Se le hacía tan poco caso que, a modo de ejemplo, en 1628, en una crónica que se hizo de las fiestas de San Fermín, no se hacía la menor alusión al mismo. No hay duda de que éste se corría, ya que los toros tenían que ser encerrados en los corrales de la Plaza del Castillo para ser corridos en ella. Seguramente el cronista no hace alusión al Encierro por ser la plebe su principal protagonista. Es en 1717 cuando tenemos el primer relato de cómo se desarrollaba el Encierro, cosa que se hizo con el fin de resaltar la galanura, la elegancia, la valentía y el rico atavío del Abanderado de San Fermín, más que la bravura de los mozos navarros. Según dicho relato, el Alférez o Abanderado de San Fermín conducía la manada, montado a caballo y corriendo delante de ella desde el Prado de San Roque (hoy explanada de la Cuesta de la Reina) hasta la Plaza del Castillo. Como dato curioso diremos que el Ayuntamiento pedía a los vecinos y a los empleados municipales que, en los días que había encierro, madrugasen mucho con el fin de poner a tiempo las mantas en las bocacalles y puestos acostumbrados a fin de que los toros no se escaparan del recorrido y entraran a la plaza. Esta forma de cerrar las calles con mantas se mantuvo hasta finales del siglo XVIII o principios del XIX, en que las mantas fueron sustituidas por vallados de madera.

El arrastre de las reses muertas en el ruedo se hacía en el siglo XVI por medio de carros. La costumbre de hacerlo con mulas se inicia en 1624, unos años antes de la famosa corrida que se celebró en Madrid en honor del Príncipe de Gales en 1636. Por aquellas fechas, no sólo se empleaban mulillas en nuestra ciudad, sino que además hay noticias de que los mulilleros lucían maravillosamente con libreas de la Ciudad, que eran de rosado y plata, tan a la usanza en Madrid.

En contadas ocasiones hay noticias de la venta de carne de toro, y generalmente se trata de reses que se han desgraciado en los corrales o que han sido muertas por las otras reses o que se han despeñado por las murallas. Es decir, que la carne de toro se vendía en las carnicerías en contadas ocasiones. Al morir las reses en el ruedo, salían las mulas y sacaban a los toros muertos fuera de la plaza, dando permiso el Ayuntamiento para que la gente pobre se aprovechase de ellos. Esta costumbre era rara en otras ciudades, por lo que podemos decir que nuestro Ayuntamiento se comportaba de manera bastante generosa.

Al anochecer, y como colofón de aquellos espectáculos taurinos, se daba suelta a un toro al que previamente se le habían colocado sobre sus lomos innumerables cohetes y artificios pirotécnicos que, al estallar, embravecían y enloquecían a la fiera. Este cruel espectáculo divertía a la multitud que rugía viendo a la noble bestia morir en el ruedo ensangrentada y chamuscada. Nos estamos refiriendo a los orígenes de lo que hoy conocemos como “toro de fuego”, aunque hoy el toro es simulado y no de carne y hueso como antaño sucedía.

Como dato curioso diremos también que allá por el siglo XVI, todos estos espectáculos taurinos y festivos vaciaban las arcas municipales, al igual que sucede hoy. En 1586 se gastaron casi el triple de lo que solía ser ordinario en otras ocasiones. Concretamente, en dicha fecha se engulleron en una “colación” (comilona) la cantidad equivalente al sueldo anual de todos los portaleros municipales. Aquel piscolabis incluía: 24 gallinas, 44 palominos, 2 terneras, harina, unto para realizar unas empanadas que en parte luego se arrojaban a la plebe (otras veces se arrojaban cestos de frutas variadas que el pueblo recogía en la arena), diversas especias, 10 perniles de tocino, 29 cántaros de vino blanco de Zaragoza y clarete (mientras los vecinos bebían chacolí), confituras, azúcar molida, nieve (para refrescar el vino), pan, etc.

Después de aquel año, las colaciones fueron más moderadas, aunque el virrey también se portaba espléndidamente con sus invitados, ya que en 1628 se sirvieron más de 200 menús.

Una vez que terminaban las fiestas, como en la actualidad, se retiraban los vallados, se desmontaban los palenques y se deshacían los cadalsos. Las “oradas” que quedaban después de deshincar los maderos que se clavaban para montar el vallado, se “empedraban”, es decir, se rellenaban con grava.