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La Calleja de Pintamonas


La actual calleja del Café Iruña, situada entre la Plaza del Castillo y Calceteros, se la denominó a finales del siglo XIX y hasta los años 30 del siglo XX con el nombre de “Pintamonas”. A Pintamonas el mote le sentaba muy mal, por lo que únicamente le llamaban así los mocetes desde lejos, para poder huir de las iras del aludido. Los amigos y las personas mayores le llamaban por su nombre de pila, Esteban. Pocos sabían que su apellido era Baigorrotegui y que había nacido en Estella.

Decían que estaba transtornado por haber ingerido una pócima cuando de crío trabajaba en una farmacia. Pero, en realidad, se trataba de un retrasado mental, aunque decían que era muy listo porque a veces tenía contestaciones rápidas y acertadas. Así, en cierta ocasión le dijeron que “tú, por comer, comerías hasta mierda”; a lo que él contestó rápidamente: “sí, pero de abeja”.

Era una buena persona, honrado, religioso, no se emborrachaba nunca, y ganaba algún dinero ejerciendo el oficio de aguador, llevando barriles de agua a las casas desde las fuentes de la ciudad o de los extramuros.
Su manía y obsesión era la limpieza. Todos los días, en cuanto amanecía, acudía a lavarse concienzudamente a la fuente de Santa Cecilia. Vestía invariablemente pantalón oscuro, camisa clara que siempre llevaba abierta (iba completamente despechugado) y una blusa de cuadros menudos, muy propios de aquella época. Llevaba un barril al hombro, que llenaba en las fuentes públicas para repartir por las casas. Si se le acercaba alguien (normalmente mocetes, que le hacían enfadar) y tocaba el recipiente, lo vaciaba del todo y lo volvía a llenar. Dormía en una casa de la calle Calderería, y la mayor parte del tiempo lo pasaba en aquel barrio. Por eso, las obreras de la fábrica de tejidos de Galbete (que estaba en la calle de San Agustín), al salir del trabajo le comprometían y le hacían rabiar. Un día, al pasar por la puerta de la iglesia de San Agustín, unos chungones le arrojaron un puñado de sal en el pecho, y corrieron por las escaleras del campanario, saltando por una ventana al tejado de una casa colindante, en donde esperaron a que el pobre Pintamonas pasase corriendo con la lengua fuera camino del campanario que encontró vacío.

Así era aquel buen hombre, sencillo e infantil, al que tanto tomaban el pelo y al que muchos apreciaban. Entre sus protectores estaba el conserje del Casino Principal, Bruno Larraya. En este casino, en aquella época, que tanto se jugaba al monte y tanto dinero corría por las mesas de juego, se preparaban todas las noches muchas y suculentas cenas, ya que el jugador que maneja dinero no le supone sacrificio alguno gastar un puñado de monedas en un banquete. Así pues, todas las noches sobraba abundante y de esas sobras almorzaba y cenaba el bueno de Esteban. Todos los días le sacaban a la belena o calleja una gran fuente repleta de sobras de la noche anterior, que comía con una cuchara de plata de su propiedad. Los camareros del Iruña salían frecuentemente a la callejuela para verle comer. Un buen día, el conserje del casino le pidió a Pintamonas que le vaciase un barril de agua. El pobre Esteban, que no tenía olfato, no pudo diferenciar el agua del coñac francés que contenía un recipiente similar. Tiró el coñac en lugar del agua, y el empleado del casino se enfadó con él y lo despachó. No le perdonó hasta después de ocho días, tras enterarse de que el desgraciado había adelgazado.

La presencia diaria de este buen hombre en la calleja del Iruña dio lugar a que el pueblo bautizase a esta belena con el nombre de Calleja de Pintamonas.
Pintamonas, cuando llevaba agua a las casas, pegaba con el barril en las puertas en vez de golpear el picaporte. En más de una ocasión perdió clientes porque al llamar a la puerta y no contestar nadie, echaba el agua del barril por debajo de la puerta y escaleras. Si alguien le preguntaba el por qué de aquello, contestaba: “para que sepan que he venido a traerles el agua”.

Su ropa se la lavaba la señora Úrsula, una lavandera de la calle de San Nicolás. Para aquellos tiempos, en que la limpieza no era una de las virtudes imperantes, lo hacía con frecuencia. Cuando llovía, corría a casa de la lavandera con las sábanas para que se las lavase, aunque solamente hiciese un día que se las hubiese entregado limpias.

Cuando los mocetes le llamaban Pintamonas, tiraba el barril y corría detrás de ellos, y si estaba en una fuente, golpeaba fuertemente la taza con el barril.

Así era aquel modesto, honrado y deficiente mental, que dio nombre a esta antigua calleja de la ciudad.