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el VI Centenario del Privilegio de la Unión de Pamplona

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El Río de los Leños


En el siglo XVI los regidores pamploneses también tenían sus problemas de abastecimiento, al igual que sucede hoy en día. Pamplona contaba por aquel entonces con un censo de entre siete mil y ocho mil habitantes, los cuales precisaban de carbón y leña tanto para la construcción como para la combustión en los hogares para poder cocinar. El carbón mineral o de piedra no fue usado en nuestra ciudad hasta el siglo XIX, por lo que se hacía necesario el uso del carbón vegetal obtenido en las montañas, en las famosas carboneras, hoy casi extinguidas. Éste fue rápidamente sustituido por el gas, la electricidad y el butano. El carbón vegetal era traído a la ciudad en grandes sacos. De todos modos, en la Edad Media y en parte de la Moderna, el combustible principal era la leña. Los bosques próximos a la ciudad, perseguidos por la tala, se encontraban cada vez más distantes y el transporte en carros y caballerías elevaba mucho el precio de la leña, lo que dio lugar a traer la madera por un medio mucho más económico, como fue el de aprovechar el río Arga para su transporte.
Por todo esto, en 1579 el Ayuntamiento se decidió a construir una red en el río de la Magdalena para detener la leña. El “río de la leña”, o “acequia de la leña”, o “río de los leños”, o “río de las cadenas”, fue terminado en 1581. Esta acequia nacía a la izquierda de la llamada “punta de diamante”, en el espolón sobre el que hoy está ubicado el primer trampolín del Club Natación. En la orilla izquierda del río estaban colocados los soportes de las cadenas que sustentaban la red que, fijada en la orilla opuesta, al sesgo, encauzaban la leña hacia la entrada de la acequia. Siguiendo un curso paralelo al Arga, el río de los leños desembocaba en aquél, inmediatamente después del Molino de Ciganda. En su final existía el llamado “puente de la leña”, que en realidad era un rastrillo para impedir que la leña pasase al río grande.
Durante la Guerra de Sucesión, al morir Carlos II, Navarra se alió con los Borbones (Felipe V). Para sufragar el coste de las tropas navarras, el Ayuntamiento de Pamplona, en 1706, ofreció al rey un donativo voluntario de 20.000 pesos fuertes. Para poder obtener dicha cantidad, tuvo que gravar con un maravedí por cada leño de los traídos por el río Arga e ingresados por la acequia de la leña.
Gran parte de esta madera utilizada en Pamplona llegaba hasta la ciudad por el río Arga, procedente de los montes de Eugi, en forma de almadías. El inicio de esta actividad se produce entre los años 1535 y 1537, que es cuando los empresarios de la zona se dan cuenta de las necesidades de la capital al extinguirse la masa boscosa que la rodeaba. La madera, en aquellos tiempos, era imprescindible para alimentar el fuego del hogar, para las carpinterías, la construcción, las carboneras, los hornos, las tintorerías, las tejerías, etc.
En origen, antes de echar la madera al río, ésta se apilaba en las orillas hasta completar el número de cargas que se quería transportar. A continuación, se marcaban los troncos, que generalmente consistía en unas muescas realizadas a golpe de hacha. De esta forma, cada carga de madera que bajaba por el río quedaba perfectamente identificada para que no hubiese luego problemas en caso de robo o de daños en puentes y presas.
El transporte de la madera por el río llevaba consigo el pago de unos impuestos cada vez que se pasaba por una presa o por un puente. De esta forma, se compensaban los posibles daños que las cargas de madera pudieran causar en ellos. Como curiosidad diremos que en 1550, desde Eugi hasta Pamplona, la madera pasaba por doce presas y por otros doce puentes, teniendo que pagar sus correspondientes impuestos en cada uno de ellos. La primera de las presas estaba en el mismo término de Eugi, siendo su titular el abad de Urdax, que cobraba la cantidad de 2 ducados y 20 tarjas por cada mil cargas que pasaban.
En Pamplona, en el mismo lugar en que se colocaron las cadenas que encauzaban la madera hacia el “río de los leños”, en la parte contigua a la fábrica de Pinaqui, el 9 de julio de 1883, “la Remigia” fue proclamada como “reina del Arga”, consiguiendo atravesar el río de una a otra orilla sobre una maroma colocada a unos diez metros de altura. La hazaña la logró en tres minutos, pero volvió a realizar el ejercicio de equilibrismo otras tres veces más con los ojos vendados y cubierta de medio cuerpo para arriba con un saco de tela gruesa. Esta mujer, vendedora de lotería por las calles de la ciudad, había sido funámbula en sus años jóvenes, conociéndola todo el mundo con el nombre de la “Agustini”. En 1884 llegó a atravesar la Plaza del Castillo sobre una maroma cuatro veces, una de ellas con los ojos vendados y haciendo difíciles ejercicios. Posteriormente, ingresó como número cumbre en la Compañía Acrobática Vasco-Navarra. Desgraciadamente, esta pobre mujer cayó en manos de un sinvergüenza, timador, antiguo estudiante de clérigo, etc., que se casó con ella.
En el pasado, la carretera de Burlada bajaba directamente desde el portal de Tejería hasta el Molino de Caparroso por la calle que hoy conocemos como Cuesta de Labrit. Al llegar al muro de contención situado debajo del hasta hace poco parque de bomberos, continuaba bruscamente por la bajada (hoy sólo para peatones) que comunica con el antiquísimo Molino de Caparroso donde, casi al final de la cuesta, atravesaba el río de los leños sobre un puentecillo y, al llegar al lavadero del Conde de la Rosa, doblaba inmediatamente a la izquierda hasta alcanzar el puente de la Magdalena por la orilla de la arboleda. Esta carretera se conserva en parte hoy en día. Entre el río de los leños y la muralla, antiguamente estaba el cementerio de los judíos. En esta zona ubicada entre el río de los leños y la muralla se encontraba el “árbol del ahorcado” y parte de la arboleda constituía la llamada “cazuela”. A comienzos del siglo XX, en los días festivos, cuando el tiempo lo permitía, bajaban a bailar a “la cazuela” los componentes de algunas sociedades o peñas (entre otras La Sequía, La Cuatrena, La Armonía) con sus orquestinas compuestas normalmente de dos guitarras y una bandurria. A veces, una guitarra era sustituida por un violín o por una flauta. Al atardecer, los bailarines regresaban formando dos largas filas cerradas al final por los músicos. Este lugar, la “cazuela”, era el mismo en el que solían acampar los gitanos, los mismos que solían subir a jugar a pelota al conocido como “Gito-Alai”, junto a uno de los muros del baluarte de Labrit.
Próxima a esta zona existía en el siglo XIX una alcantarilla utilizada por los contrabandistas para introducir sus alijos en la ciudad. De hecho, en 1852 se ahogaron dos contrabandistas con cinco paquetes de alijo durante el transcurso de una gran avenida de agua. En 1855, el Ayuntamiento acordó volver a poner las rejas a esta mineta que hay junto al Molino de Caparroso, para evitar que volviera a suceder de nuevo lo mismo que tres años atrás.
En la carretera que une el puente de la Magdalena con el molino de Caparroso, existe desde finales del siglo XIX el llamado “Árbol de Atanes”, cuya historia es la siguiente. Un repatriado de Cuba apellidado Atanes fue asesinado por el hermano de la mujer a la que cortejaba y unos amigos de éste. Después de muerto, cada uno de los amigos le dio una navajada para emular a los de Fuenteovejuna. Este suceso dio mucho que hablar en aquella época y, en el árbol bajo el que se cometió el crimen se pintó una cruz, la cual se siguió repintando año tras año por todos los pintores que pasaban por dicho lugar camino de la Magdalena o de Burlada.
A comienzos del siglo XX, el río de los leños dejó de funcionar y se convirtió en un regacho de agua estancada y maloliente, foco de infecciones y criadero de mosquitos, por lo que el Ayuntamiento acordó, en 1917, que la tierra procedente del derribo de las murallas de Tejería se emplease para rellenar el viejo cauce.