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El Río de los Alemanes


En nuestra ciudad ha habido varios lugares donde se han podido tomar baños. A principios del siglo XIX existía una casa de baños en la calle del Palacio (hoy Dos de Mayo) y otra en la plaza de las Recoletas. En el verano de 1854 se inauguró otra en el entonces llamado paseo de Valencia (hoy paseo de Sarasate). Es fácil deducir que sólo las clases pudientes podían permitirse el lujo de acudir con frecuencia a aquellos establecimientos, que por aquel entonces eran muy caros. Hay que tener en cuenta que el primer cuarto de baño que se instaló en Pamplona fue en 1908 en casa del señor García Tuñón, en la calle del General Chinchilla. La mayoría de los vecinos que se bañaban, lo hacían en pelota, casi a escondidas, en las márgenes del río. El día de San Juan era costumbre bajar al Arga a bañarse los pies.
El Arga, en aquella época lejana, corría limpio y sin contaminar, por lo que cualquier recoveco de sus orillas resultaba apto para darse un chapuzón y para quitar la zolda. La mayoría no sabía nadar y los que sabían algo lo hacían “a lo perro”, “a braza” o “a medio lado”. Como se zambullían en cueros, sólo los que lo hacían al amanecer o al atardecer podían gozar del agua y aprender el difícil arte de la natación. Las autoridades prohibían el traje de Adán e invitaban al vecindario a utilizar “calzoncillos”, por decencia. Como todos los años se ahogaban varios, el Ayuntamiento, en 1863, acordó delimitar las zonas de baños, haciéndolas vigilar por pescadores a los que pagaba diez reales de vellón cada día.
Según Pío Baroja, nuestros abuelos y bisabuelos se bañaban en la Peñica y en el Recodo. El primero de ambos lugares no sabemos dónde estaba, mientras que el segundo se hallaba situado debajo de la Ripa de Beloso. El Recodo era un lugar muy peligroso del que todos los años sacaban varios ahogados. Un poco más lejos, aguas arriba, estaba la Guindilla, y más arriba todavía el río de Burlada, del que según contaban antiguamente, los pamploneses que acudían a bañarse en sus aguas eran despachados a pedradas.
Continuando con los tramos del Arga aptos para la natación, aguas abajo del Recodo estaba la playa de Caparroso, gran remanso de mucha profundidad sobre la presa del molino del mismo nombre. Éste era un lugar prohibido por sus riesgos y con el transcurrir del tiempo fue el mismo sobre el que se instaló el Club Natación. Debajo de la presa están la pasarela y cascajera de Tejería, lugar de pediluvios para remojarse los pies, pero no de baños. Después del puente de la Magdalena y el yuxtapuesto de la Chantrea, debajo de la presa del molino de Ciganda, existía y existe actualmente (aunque está aislada de la carretera de la Chantrea) una pequeña playa en donde en el verano llevaban a bañar a los militares. Aquello comenzó a finales del siglo XIX, en donde el Ayuntamiento instaló un vallado y colocó un guarda para impedir que se aproximasen  a los chorchis. Posteriormente se montó una de las casetas utilizadas en San Fermín para la venta de ajos, en la cual se vestían y desvestían los militares. Este fue el motivo por el que la gente empezó a llamar a dicha playa con el título de río de los Quintos. A principios del siglo XX lo utilizaban también los mocetes de la Meca y, más tarde, los que no lo eran, ya que era una zona sin peligro y por tanto apta para los que no sabían nadar. De doscientos a trescientos metros más abajo, en la orilla derecha del Arga, existe una arboleda en la que durante muchos años estuvo el llamado río de los Alemanes, cuyo origen es el siguiente.
De 1915 a 1916 se refugiaron en Pamplona, procedentes del Camerún, una colonia de alemanes. Recién llegados, fueron instalados en la Ciudadela y, posteriormente, se fueron acomodando en la ciudad. Con su trabajo, constancia y valía llegaron a crearse un buen porvenir. Todavía existen en Pamplona familias y negocios fundados por aquellos germanos huidos del Camerún y refugiados en Pamplona.
Pronto, aquellos alemanes acudieron a bañarse al Arga con asiduidad ejemplar, llegando al extremo de tener que romper el hielo en el invierno de 1917 para poder zambullirse en las heladas aguas. En 1919, el Ayuntamiento autorizó al súbdito alemán don Karelius A. Arutzen, a establecer en el barrio de la Magdalena, a orillas del río Arga, una barraca para baños. Aquel paraje se empezó a denominar como río de los alemanes, siendo el primer lugar que existió para bañarse con caseta, trampolín (de dos metros de altura), cuerda que atravesaba el río para proteger a los que no sabían nadar (entonces eran la mayoría) y corchos que se alquilaban para poder flotar. A finales de la década de 1930 solían cobrar una ochena por gastos de cabina y baño.
Desde los Alemanes hasta la presa de San Pedro, pocos son los que han utilizado estas márgenes para bañarse, excepto junto a la presa en la orilla izquierda. Debajo de la presa, llamada playa de San Pedro, ha sido uno de los puntos de mayor afluencia de bañistas, sobre todo de mujeres y niños.
A continuación, muy cerca, se encontraba el Mochorro, en frente del prado de la Cera. Esta finca fue famosa por haberse instalado en ella (propiedad de Francisco Redín) los primeros baños organizados de la ciudad, y en donde se bañaban “casi juntos” los hombres y las mujeres. En la prensa local del primer año del siglo XX se anunciaba el inicio de la temporada de baños para señoras y caballeros, con la debida separación, al precio de 0,10 pesetas. En el Mochorro se servía chocolate para quienes lo deseaban, y se alquilaban taparrabos por una ochena.
Debajo de Capitanía (hoy Archivo de Navarra) estaban y están la Mañuetas, lugar muy frecuentado antiguamente. Este lugar también era frecuentado por nuestros padres y abuelos, que solían acercarse hasta este lugar para buscar puricos de ligarza.
Y para finalizar nos queda el río de la Rochapea y San Jorge, lugares no aptos para baños, aunque sí para la pesca y competiciones de natación.
Fuera del término municipal de Pamplona, y amparados por la carencia de guardas, muchos pamploneses acudían a bañarse a Cuatro Chopos, en el río Elorz, cerca del puente de Cizur Menor, próximo a Larraskunzea, con un buen pocico en donde se bañaban desnudos nuestros bisabuelos. Aquellos baños tenían el inconveniente del regreso a la ciudad, que resultaba muy cansino con los calores del verano. Aunque mucho peor lo pasaban los mocetes que a principios del siglo XX se bañaban en cueros y se veían frecuentemente obligados a huir perseguidos por los guardas con la ropa debajo del brazo hasta llegar a un lugar seguro en donde poder vestirse. Desgraciadamente, durante la carrera, con frecuencia se perdían algunas prendas, viéndose obligados a regresar a casa medio descalzos o semidesnudos.
Pero la auténtica revolución en los baños de río, el nacimiento del deporte de la natación en Pamplona, tuvo lugar en el año 1931, en el que se fundó el “Lagun-Artea” (el 2 de agosto), el Club de Natación (el 27 de agosto) y el “Club Larraina”, que terminó su piscina en 1933. Estos fueron los pioneros de la natación en nuestra ciudad, convirtiendo los baños en deporte.