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El Prado de la Cera y el Prado de la Lana


EL PRADO DE LA LANA


Existe una descripción de Pamplona de 1640, cuyo autor fue un monje de Fitero, fray Jerónimo de Álava, en la que se cuenta que “en los arrabales hay casas de lavaderos de lana donde se lava todos los años mucha cantidad de lana para llevar a Francia”. Aquellos lavaderos eran entonces propiedad de las monjas Agustinas Recoletas y estaban instalados en la plaza del Arriasco (hasta hace pocos años llamada también plaza de Errotazar, junto al puente de la Rochapea. En 1736 el Ayuntamiento deseó construir “un prado en sitio propio para beneficio de lanas”. Las Recoletas se opusieron durante varios años con la pretensión de hacer único y privativo su lavadero. Los comerciantes del gremio apremiaban a los representantes de la ciudad alegando “no ser suficiente ni capaz el lavadero de las monjas para las muchas lanas”. Por fin, en la segunda mitad del siglo XVIII se organizó el “prado de la lana” en las proximidades del molino de la pólvora. Junto a él se instaló el lavadero del Hospital General de Navarra.



PRADO DE LA CERA

La actual plaza del Prado de la Cera, ubicada en el barrio de la Rochapea, nos recuerda el antiguo oficio de los cereros. Dicha plaza se localiza en el mismo lugar en el que antaño los cereros trabajaban la cera, hallándose íntimamente relacionada con la Hermandad de Cereros y Confiteros de Pamplona.
Esta antiquísima cofradía existía ya en el siglo XIV y no era de las modestas llamadas “de pan y chistor”. Por San Miguel de mayo lo celebraban con gorrinada y por San Miguel de septiembre con perdizada. Anteriormente se habían excedido, hasta el punto de que en 1715 se estableció un tope del cual no se podía pasar.
Su patrona era La Natividad de la Virgen María, con la representación de su imagen en un altar de la iglesia del Hospital (hoy capilla del Museo de Navarra). Aquella bonita efigie fue trasladada a la Casa de la Hermandad, en donde actualmente preside las juntas de gobierno de dicha institución.
La Cofradía de Cereros y Confiteros decidió adquirir terrenos para establecer un lugar en donde blanquear la cera. Se ha pensado que el sol y el aire de Pamplona poseen propiedades especiales para el blanqueo de la cera. Sea o no cierto, la verdad es que durante más de doscientos años, miles de toneladas de blanca cera se han vendido en España y en el extranjero procedentes del Prado de la Cera pamplonés.
Aquel prado se compró en 1760 en el Camino de Errotazar, esquina con el de los Enamorados. Sobre su puerta se instaló una piedra labrada con la siguiente inscripción: “Este blanqueador de cera se hizo a costa de la Hermandad de los Cereros. Año 1760”.
Durante muchos años, la cera se blanqueaba en prado de hierba, dividido e parcelas y separadas por mugas o bastidores. Posteriormente, el prado se segmentó en grandes cuadros enlosados con piedras. La campaña de trabajo duraba de abril a octubre. El resto del año se dedicaba a la facturación y envío de cera elaborada. Una parte de la mano de obra se obtenía de los “matalechones”, que dedicaban sus horas libres entre los prados de la Lana y de la Cera. La materia prima llegaba a nuestra ciudad en forma de grandes panes de cera bruta, de color amarillo oscuro, que había que fundir. Para ello, antiguamente se calentaba la cera al fuego en grandes ollas de cobre, pero posteriormente esta labor se realizaba calentando la cera al vapor. Tras esto, la cera caliente se convertía en “fideos” que eran transportados en “basartes” y se exponían al sol extendidos por el prado. Una vez blanqueada en parte, se fundían los “fideos” y se les transformaba en “cintas” que se volvían al sol hasta obtener un completo blanqueo. Después, había que volver a fundir la cera otra vez para obtener “fideos”, “granos” o “escamas” que eran las formas con las que se remitían a los consumidores. Para el extranjero se enviaban en grandes y gruesas placas.
Al principio aquel prado sólo suministraba cera a Navarra, Aragón y Castilla, pero con los años, la producción alcanzó la cifra de 120.000 kilos anuales, exportando a Liverpool, Hamburgo, Amsterdam, Budapest, Gydnia (junto a Dantzig), Viena, Rotterdam, Budapest, Varsovia, y durante algunos años a Petrogrado, Moscú, Kiev y Japón.
Aquella cera se utilizaba para fabricar velas, cables eléctricos y en cosmética, dándose el caso curioso de que muchas de las extraordinarias y carísimas ceras utilizadas en algunos famosos Institutos de Belleza, presentadas con todo lujo y exóticos títulos, eran las elaboradas por el señor Nemesio y el señor Pantaleón, los matalechones de la capital de la capital del Viejo Reyno. Lo que podrían contar de la cera la familia Echegaray, que durante tantos años fueron los artífices de volver blanca y fina aquella oscura y basta materia prima que traían al Prado de la Cera.