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el VI Centenario del Privilegio de la Unión de Pamplona

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El Encierrillo


Después de ser seleccionados uno a uno los toros que se lidiarán en San Fermín en pleno invierno por los expertos de la Casa de Misericordia (propietaria de la plaza de toros de Pamplona y organizadora de la feria), llegan a la ciudad a finales de junio o principios de julio. El viaje lo hacen en camión, encerrados en estrechas cambretas, durante cerca de 20 horas (de Sevilla o Cádiz a Pamplona). Los toros llegan a perder hasta 50 kilos de peso en el traslado hasta los Corrales del Gas, pero cuando llegan ahí se les trata muy bien, llegando a recuperarlos rápidamente a base de 8 kilos diarios de alfalfa, pienso compuesto, avena y habas. El desencajonamiento era público hasta el año 1960, llegándose a instalar tribunas para 1500 espectadores que pagaban su entrada para ver el espectáculo. En 1979 el desencajonamiento provocó la muerte de un empleado de la Casa de Misericordia (Florentino Huarte). Hoy el público se acerca hasta allí para observar a los toros y hacer cábalas sobre el comportamiento posterior de los mismos en el encierro y en la plaza. Al anochecer, sin una hora fija, tiene lugar el encierrillo; un acto que tampoco se anuncia en el programa de fiestas (lo cual no significa que no se haya masificado en los últimos años), y que consiste en el traslado de los toros y cabestros desde los Corrales del Gas hasta los de Santo Domingo. Esos mismos toros serán los que al día siguiente protagonicen el encierro. Al encierrillo acuden numerosas personas que se acercan a las murallas o se aproximan al vallado del recorrido (en este caso previa presentación de un pase especial que expide el Ayuntamiento).

El encierrillo cuenta con 450 metros de longitud y está vedado a los corredores, por lo que sólo los pastores están autorizados a permanecer en el trayecto durante el traslado de los toros. Están presentes sólo dos autoridades: el mayoral y el jefe de la policía municipal. Con el sonido del cuerno, que indica que la calle está despejada, da comienzo el traslado del ganado.

Hasta 1898 los toros llegaban a Pamplona a pie, conducidos por cabestros y pastores a través de las viejas cañadas, y descansaban en los sotos cercanos a la ciudad: Salinas, Mutilva y El Sario (este último a partir de 1893). La víspera de la corrida, los pastores ( que sólo llevaban una vara y una honda) trasladaban a los toros desde los pastos de El Sario a través del camino de Esquíroz (por la zona que hoy es el barrio de Iturrama), la Vuelta del Castillo y la Cuesta de la Reina hasta el baluarte de Rochapea, desde donde se iniciaría el encierro al día siguiente. La costumbre de los mozos era la de hostigar a los animales durante este recorrido, llegando el 10 de julio de 1898 a espantarse la manada que salió huyendo, por lo que al día siguiente no se pudo celebrar ni el encierro ni la corrida. Cinco de los toros fueron recuperados dos días más tarde en el valle de Goñi, mientras que el sexto apareció en octubre de ese mismo año en término de Zuazu, donde lo mató la guardia civil. Este último toro debió aprovechar el verano para dejar su semilla por toda la zona, ya que muchas vacas lecheras tuvieron terneros a los que hubo que sacrificar por la herencia brava de su padre que los hacía peligrosos. Este incidente fue el motivo por el que al año siguiente, en 1899, el Ayuntamiento decidió convertir la antigua fábrica de gas (abandonada tras la electrificación de la ciudad) en corral permanente para los toros. Por esta razón, los corrales se denominan como “El Gas”. Los  toros, que entonces viajaban en tren y no en camión como ahora sucede, eran transportados desde la estación de tren hasta los corrales del Gas por medio de 18 cambretas con ruedas, arrastradas por caballos. Ese mimo año (1899) tuvo lugar por vez primera el encierrillo, ya sin gamberros y con un silencio sepulcral.