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El Eco de la Rochapea


En el barrio de la Rochapea, bajando por el puente de los Curtidores o de la Rochapea y a la derecha de éste, existe un prado en declive descendente que baja hasta la orilla del río Arga. Este prado se encuentra ubicado a la sombra de gigantescos plataneros y fue durante muchísimos años el lavadero de la Rochapea, el más importante y concurrido de toda la ciudad.
Antiguamente, el que podía pagar unos céntimos por lavar la ropa, acudía a las lavanderas, las cuales se presentaban los lunes a recoger la ropa sucia a casa de sus clientes, en donde se hacía una lista doble con el fin de poder cotejar el número de prendas al final de la semana cuando éstas se entregaban limpias y planchadas.
Aquel gremio de lavanderas estaba integrado por sufridas mujeres que aguantaban estoicamente los solazos del verano, el cortante cierzo y la frialdad de las aguas del Arga, a veces heladas. Arrodilladas sobre un saco vacío doblado dentro de media caja de las de sardinas, hombro con hombro, luchaban varias horas al día lavando afanosamente la ropa que luego habían de colgar en los tendederos, de los que pagaban una ochena por cada tramo que alquilaban.
En febrero de 1899, el Ayuntamiento mandó plantar dos hileras de plataneros (hoy magníficos ejemplares). Aquello llenó de gozo a aquellas pobres mujeres que prometieron proteger y regar las jóvenes plantas.
Como hemos dicho, aquel era el lavadero mayor de la ciudad. Un poco más adelante, aunque resguardado de la lluvia por un tejado, estaba “el prado de la lana”. Cerca de éste, al otro lado de la calle Errotazar, se encontraba “el prado de la cera”. Y más lejos, cerca de Capuchinos estaba el lavadero de San Pedro. En Tejería se localizaba “el nuevo lavadero” perteneciente al Conde de la Rosa.
Entre aquellas resignadas mujeres había de todo: la mayoría de ellas eran ocurrentes y descaradas, pero también había una minoría que eran violentas y agresivas. Cuando en 1893 Gamazo dictó las disposiciones antimorales para Navarra y se produjo la unánime reacción que se llamó “La Gamazada”, las lavanderas cantaban las siguientes coplas:

“Si a Gamazo lo cortaran
en rajas, como a un melón,
no tendrían los navarros
penas en el corazón”.

“Vivan los Fueros.
Viva Navarra,
vivan las lavanderas
del prado de la lana”.

Aquellas castizas lavanderas, cuando veían obreros en los tejados del Hospìtal (hoy Museo de Navarra) o de las casas próximas de la calle Descalzos, les cantaban a gritos:

“Albañil de mi vida,
cuánto te quiero.
Del andamio más alto,
caigas al suelo”.

Los artistas de la llana y la paleta les contestaban: ¡Al paredón! … ¡Todas, todas!
Estas palabras se hicieron muy populares en Pamplona, hasta el extremo de que los guasones y bromistas que pasaban frente al lavadero les gritaban: ¡Todas, todas! A esto respondían las lavanderas con lo mejor y más variado de su repertorio insultante.
A costa de las lavanderas se hizo famoso en Pamplona, allá por el año 1920, el “eco de la Rochapea”. Algunos sinsustancias y desfundamentaus, como les llamaban entonces a las personas con poco juicio, aseguraban que debajo del Hospital había un eco más potente, más variado y más prolongado que el de las Montañas Rocosas. Al que tenía interés en comprobarlo lo llevaban junto al corralillo de los toros, frente por frente al lavadero, y le hacían gritar muy fuerte: ¡Zorras…! El eco, al instante y por boca de las lavanderas, contestaba la mayor colección de piropos injuriosos que jamás se pudo recopilar.