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- Leyendas y Tradiciones Marianas en Pamplona




La representación de María es consustancial al arte cristiano de todos los tiempos. A través del tiempo se van perfilando las vírgenes reinas, las señoras sedentes, las madres austeras del románico; las graciosas, ágiles y sonrientes imágenes marianas del gótico; las matronas de perfiles renacentistas perfectos; las vírgenes dulces de tez y de túnicas alborotadas del barroco o las representaciones de María acordes con tantas y tantas definiciones académicas que llegan hasta nuestros días. Apenas si existe en nuestro viejo reino iglesia o ermita que no cuente con una imagen de la Virgen María como objeto de devociones populares intensas. Y conste que las primeras noticias de nuestra vida cristiana organizada, allá por el siglo IX, no hacen referencia al culto mariano; de hecho, de los primeros monasterios enumerados en nuestra historia, Usún, Ciella, Siresa, Igal, Urdaspal, San Zacarías, Leyre, tan sólo uno, el de Fuenfría se halla dedicado a la Virgen. Sin embargo, el siglo X supone la aurora de la devoción mariana navarra y a María van dedicados ya los conocidos monasterios e iglesias de Uncastillo, Zamarce, Ardanés y, sobre todo, Irache. En los siglos XI y XII, los monarcas navarros Sancho el Mayor, García, Sancho Ramírez y Sancho el Fuerte demuestran su devoción  a las imágenes de Pamplona, Nájera, Ujué y Roncesvalles. Tampoco hay que olvidar la llegada de los monjes cistercienses, que dedicaron a María sus monasterios de La Oliva, Fitero, Iranzu y Marcilla.

La devoción mariana en Navarra aparece desde el primer momento de ser cristianizada y como consecuencia de su romanización. A partir del siglo X, se sustituyen las devociones exclusivas a los santos patronos de las iglesias locales por la devoción a los apóstoles (Santiago y San Pedro, en especial) y a María, como signo de unidad frente al mosaico previamente existente del cristianismo medieval. En los terrenos recién reconquistados, los nuevos lugares de culto cristiano hacen referencia a advocaciones nuevas tomadas de la toponimia o de la leyenda con que se adorna su culto. De esta retirada de los moros nos hablan las leyendas de la Vírgenes del Castillo (Miranda), Araceli (Corella), Camino (Monteagudo), Socorro (Sangüesa) y Codés (Torralba).

Normalmente lo legendario intenta remontar la devoción a esa Virgen a los siglos primeros; fue escondida para evitar la profanación agarena y después “milagrosamente” encontrada. Lo legendario en nuestra tierra guarda directa relación con lo rural, con lo agrícola, con la fauna y con la flora locales. Así encontramos que los bueyes intervienen en la aparición de las imágenes del Yugo (Arguedas), Remedios y Rosario (Luquin), Muskilda (Ochagavía), Zuberoa (Garde) y las ovejas en la de Sancho Abarca (Fustiñana-Tauste); el ciervo en la de Roncesvalles; la paloma y el txori en las de Ujué y Puente la Reina. Del mismo modo tenemos imágenes que aparecen sobre un romero (Cascante), un rosal (Villar de Corella), un pino (Yugo de Arguedas), un olmo (Azagra), un ciruelo (Plu de Marcilla), un olivo (Jerusalén de Artajona),  etc.

En la ciudad de Pamplona existe una nutrida representación de imágenes marianas que se hayan expuestas en las diferentes parroquias pamplonesas, en los monasterios urbanos y en la catedral. Destacan, entre otras, la Virgen de la O, la Virgen de la Soledad, la Virgen del Amparo, la Virgen María Auxiliadora, la Virgen del Amor Hermoso, la Virgen de las Buenas Nuevas, la Virgen del Consuelo, la Virgen Milagrosa, la Virgen de la Paz, la Virgen del Socorro, la Virgen de los Canónigos, la Virgen del Pilar, la Virgen del Huerto, la Virgen del Puy, la Virgen de Ermitagaña, etc. Pero de entre todas, quisiera destacar a cuatro de ellas tanto por su interés legendario como por su tradición histórica y devocional. Son cuatro imágenes que representan, de alguna manera, a todas las otras que existen en nuestra ciudad y, si se me permite, representan también a todas las imágenes marianas de Navarra.

VIRGEN DEL CAMINO

Corría el año 1487, cuando una mañana ocurrió en Pamplona un hecho insólito. Cuando los madrugadores entraron para oír la primera misa en la parroquia de San Cernin, quedáronse admirados al ver sobre una viga (la misma que hoy existe encima del altar mayor) una pequeña imagen de la Virgen. La alegría fue grande y nadie supo dar una explicación de aquella prodigiosa aparición. La voz corrió por todos los rincones de Navarra y llegó hasta los oídos de los vecinos de Alfaro, en La Rioja, que  más o menos por entonces habían sufrido el robo de su “Virgen del Camino Real”. Estos vinieron a Pamplona a reconocer la imagen, pues sospechaban que podía ser la misma que les habían robado. Exigieron su inmediata devolución, pero tuvieron que esperar a que los tribunales les dieran la razón. Así pues, se volvieron a su ciudad llevando consigo la imagen. Pero a los pocos días volvió a desaparecer de su ermita y, misteriosamente, volvió a situarse en Pamplona, en la misma iglesia y sobre la misma viga que la primera vez. Los de Alfaro, en vista de este segundo prodigio cedieron en su pretensión, quedando la imagen definitivamente en Pamplona.

Hasta finales del siglo XVI, la imagen de la Virgen permaneció sobre la viga de la aparición protegida por una urna, pero los fieles y el Cabildo de San Cernin, deseosos de tenerla más cerca para honrarla, la bajaron y la colocaron en la capilla del Cristo. La viga, sin embargo, permaneció a pesar de las reformas posteriores. Es la viga que hoy podemos observar encima del presbiterio; la misma en la que hoy podemos leer la siguiente inscripción en letras doradas: “Apareció aquí nuestra Señora del Camino, año 1487”.

Desde el primer momento fue tan grande la devoción a esta imagen que la capilla se les quedaba pequeña. A mediados del siglo XVIII se construyó la actual capilla, cuya primera piedra se puso el 10 de junio de 1758. Las obras concluyeron en 1776. Esta capilla, en el corazón mismo del burgo de San Cernin, ha sido y es el corazón mariano de los pamploneses. Las fiestas históricas en su honor figuran en los anales de la ciudad. Por sus idas y venidas de Alfaro, por las innumerables veces que sus devotos la han sacado de su trono para pasearla por la ciudad en rogativas penitenciales en petición de lluvia o de bonanza, de ayuda contra pestes o malas fiebres, la Virgen del Camino ha sido apellidada la “farandurela”, apelativo cariñoso del hijo que confía en la Madre.

Es conocida popularmente como Patrona de Pamplona. No lo es canónicamente. En la celebración de su V Centenario (24 de mayo de 1987), sí fue proclamada solemnemente “Reina y Señora de Pamplona”.

VIRGEN DE LAS MARAVILLAS

El hermano carmelita Juan de Jesús de San Joaquín no sabía leer ni escribir. Se trata del famoso y taumaturgo lego carmelita de Añorbe. Corría el mes de junio del año 1655. Desde la azotea de su convento vio el hermano Juan, posada sobre la cruz en que concluye la capilla de las Madres Recoletas, una nubecita brillante, de cinco varas de ancho, en medio de la cual se apreciaba claramente a María Santísima, inclinada hacia abajo, mirando al tejado de las Recoletas, con los brazos extendidos como volando. Venía la Virgen a recoger el alma de la Priora que yacía en el lecho moribunda. Pero milagrosamente, por intercesión del frailico, se volvió al cielo la Señora dejando sana a la sorprendida priora recoleta.

A los pocos días, muy de mañana como tenía por costumbre, salió el hermano Juan de su convento y, en una de las entradas de su misma calle, observó un bulto extraño apoyado en el mismo quicio. Se acercó y lo abrió, descubriendo lleno de admiración una imagen de María exactamente igual a la que había visto en la visión de la azotea. Preguntó a la dueña de la casa, una tal María Martín, que le dijo haberla dejado el día anterior un hombre desconocido con el encargo de entregársela al hermano Juan.

Lleno de alegría corrió a su convento para preguntarle a San Joaquín por el destino de la imagen. El Santo Patriarca le inspiró que lo mejor era que la donara al convento de las Agustinas Recoletas. Allí permanece todavía. El nombre de Maravillas obedece a las maravillas que se produjeron con su hallazgo y porque así lo decidieron las religiosas del convento después de tres votaciones consecutivas (en las tres eligieron el mismo nombre de Virgen de las Maravillas).

Y ahí, en las Recoletas, tras siglos de devoción, sigue venerándose a la Virgen de las Maravillas, bendiciendo hoy los amores jóvenes de tantas parejas que ante sus plantas se prometen, gozosas, fidelidad de por vida.

VIRGEN DEL RÍO

Un pescador de barbos, madrillas y anguilas vio una luz que brotaba de las aguas del río Arga, mientras éste, como de costumbre, colocaba a esas horas de la noche sus hileras de anzuelos. Miró a aquel lugar y creyó ver una figura de la Virgen María rodeada de luz y colocada sobre las aguas. Tras reponerse del susto, recobró la serenidad y se internó en el río para recoger la imagen. Pero, en el momento de llegar y extender hacia ella sus brazos, desaparecía rápidamente, ocultándose en el fondo. Maravillado por el prodigio, fue a Pamplona para dar parte a las autoridades. El obispo, creyendo lo que le decía, se acercó hasta el lugar de los hechos y pudo comprobar que todo ello era cierto y que cuando intentaban tomar la imagen, ésta desaparecía bajo el agua. El obispo, entonces, tuvo una inspiración del cielo. Junto a ese mismo lugar se hallaba el Monasterio de San Pedro de Ribas. Las monjas de su interior, pese al alboroto que se oía en el exterior, proseguían devotas sus plegarias a favor de la salud de la madre priora, María Isabel, que yacía en su lecho moribunda. El obispo mandó llamar a la puerta del convento y ordenó a la madre priora que saliera con las demás monjas de su monasterio. La priora, a pesar de su estado, hizo un esfuerzo y notó cómo de repente se curaba. Salieron todas las religiosas y contemplaron la maravillosa aparición de la imagen de la Virgen. Pero también se quedaron todos maravillados al ver cómo dicha imagen se fue acercando ella sola hasta la orilla, yendo a posarse en los brazos de la priora. Estaba clara la intención de la Virgen de permanecer en aquel lugar, cerca del río.

Era el 2 de julio, fiesta de la Visitación. Las monjas agustinas celebran cada año su día, el de la aparición de la Virgen del Río. La imagen ya no se encuentra en su viejo monasterio de San Pedro, sino en el nuevo y recoleto de la Vuelta de Aranzadi, en las cercanías de las Ribas, donde el Arga guarda los secretos de una Pamplona murada que se mira en sus aguas como intentando descifrar el misterio de la Virgen del Río.

SANTA MARÍA LA REAL

Centro auténtico de la catedral de Pamplona es la imagen de Santa María, asentada en su trono de plata. Talla románica de madera del siglo XII. Se la puede llamar Reina de Navarra, Señora de nuestras Cortes, amparo de nuestros obispos, presidenta del cabildo metropolitano, Madre de su Corte y de cuantos ante ella se postran diciéndole “Salve Virgen Reina, Reina Virgen Salve” o de tantos “esclavos” suyos que a sus plantas desgranan el Rosario llamándole “Madre celestial, libra a tus esclavos de pena mortal”. Es imagen, ante todo histórica, si bien, como la gran mayoría, adornada con su leyenda, en este caso sobrecargada de fantasía. Nada menos que a San Pedro se atribuye su llegada a estas tierras.

De todos modos, aparte leyendas, la imagen de Santa María de la Catedral de Pamplona llena todos los hitos de nuestra historia y se ve adornada con los principales acontecimientos de la misma. Se la denomina con tres títulos: Santa María de Pamplona, Virgen del Sagrario y Santa María la Real. Además, esporádicamente, se le ha llamado “La Blanca”, y sabedores de que su fiesta se celebra el día de La Asunción, también ha sido llamada “Virgen del Medio Agosto” en los documentos de los reyes navarros, siendo el misterio de la Asunción al que se halla dedicada la catedral.

- Santa María de Pamplona.

Este es el título más antiguo de esta Virgen de la Catedral, desde la época en que el obispo Pedro de Roda inicia la construcción de la fábrica románica a comienzos del siglo XII. Pero un siglo antes, en documentos coetáneos a Sancho III el Mayor, cuando la sede episcopal retorna de Leyre, se habla de volver a “Sancta María de Pamplona”. Sería interminable la enumeración de documentos antiguos en los que Santa María aparece como Señora ciudadana. Baste aportar, a modo de síntesis, las páginas del Fuero cuando recuerda “todo rey de Navarra se debe levantar en Sancta María de Pamplona; se oviere de echar moneda dévela echar en ella”.

- Virgen del Sagrario.

Unos dicen que este segundo nombre se debe al hecho de tener en la parte superior de la cabeza una hendidura por detrás a modo de cajita con puerta en la que se guardaban reliquias y, a veces, la eucaristía. Otros apuntan motivos distintos. Lo cierto es que existe un documento ya en 1642 en el que a nuestra imagen se la denomina Virgen del Sagrario o Madre de Dios del Sagrario. Este cambio de nombre se debe, sin duda, a que la imagen era guardada en un tabernáculo o sagrario de plata, con sus puertas adornadas y su conopeo mariano, al gusto muy de la época según el uso de varias catedrales históricas, entre ellas la primada de Toledo.

- Santa María la Real.

El título de Santa María la Real se debe a que ante Santa María de Pamplona eran coronados y proclamados los reyes de Navarra. La proclamación consistió durante siglos en levantar a los reyes sobre un pavés, una vez jurados ante Santa María los fueros, usos y costumbres del reino. El acto era realizado en presencia del obispo por los nobles y ricohombres de Navarra en representación de las Cortes y en presencia del pueblo que aclamaba frenético ¡real, real, real! Mientras se aprestaba a recoger las monedas que arrojaba el nuevo monarca y que eran las primeras que en su reinado salían de los troqueles de la Real Casa de la Moneda de la Cámara de Comptos sita en las Tecenderías Viejas. Este tercer título, aunque se le ha dado siempre, lo ostenta de manera especial y casi exclusiva desde el año 1946, año en que la gloriosa imagen fue coronada como Reina de Navarra en un acto de esplendores únicos por el cardenal Arce, legado pontificio, y por el Conde de Rodezno, vicepresidente de la Diputación Foral.