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- Pamplona, plaza fuerte

ORÍGENES DEL SISTEMA DEFENSIVO DE PAMPLONA


Las murallas de nuestra ciudad constituyen uno de los mejores ejemplos que quedan hoy en España de fortificaciones abaluartadas. Este nuevo estilo de fortificación se fue generalizando en Europa a partir del siglo XVI, en lugar de las antiguas murallas medievales, con sus altas torres almenadas, que de poco servían ya ante los crecientes progresos de los cañones. En torno al año 1500, la artillería que se empleaba para el ataque de las plazas fuertes se hallaba en condiciones de vencer la resistencia que ofrecían a sus proyectiles las torres de los viejos recintos amurallados. Y como la razón de ser de los sistemas defensivos ha sido siempre la de resistir con eficacia los efectos de un posible asedio, a lo largo del primer tercio del siglo XVI fueron surgiendo los primeros tratados teóricos sobre fortificación, con arreglo a cuyos principios y modelos se empezaron a construir los primeros bastiones, cubos y casamatas. En Navarra, esos años del nacimiento y desarrollo de las nuevas fortificaciones vienen a coincidir con la conquista del Reino por Fernando el Católico (1512), las dos fracasadas tentativas de recuperación del trono por el depuesto don Juan de Labrit (1512 y 1516) y la célebre invasión francesa de las huestes de Asparrós, con el apoyo de los agramonteses (1521).

Tras cada una de estas campañas militares, las nuevas autoridades castellanas emprendieron obras de fortificación en Pamplona, de las que hoy apenas nos ha quedado huella. Pero a partir de 1530, la fortificación de la plaza recién conquistada pasó a ser una de las prioridades de la Corona Española, desde el Emperador Carlos V hasta Fernando VI, bajo cuyo reinado se llevaron a cabo las últimas intervenciones de importancia en el recinto.

Entre 1520 y 1550 hubo un período de transición, en el que los bastiones eran todavía moles de piedra de considerable altura, pero no de excesiva amplitud. Se puede decir que estaban aún a medio camino entre los recios torreones de los castillos de finales del siglo XV y los baluartes poligonales, casi agazapados en el terreno, que irían implantándose a partir de 1550. A lo largo del XVI, la fisonomía del bastión va evolucionando considerablemente. Su planta gana en extensión a la par que su altura va disminuyendo, ya que se trataba de ofrecer el menor blanco posible a los disparos de la artillería enemiga. Nace así el baluarte como perfeccionamiento del bastión y de la casamata. Desaparecen de las murallas las torres, elemento esencial del sistema defensivo desde la época romana, lo que da lugar a largas cortinas o lienzos de muralla, flanqueadas por baluartes, con amplios fosos secos, cuyo frente queda batido por el fuego de los cañones emplazados en los baluartes que los flanquean. Es lo que se conoce en Fortificación como frente abaluartado. A partir de este momento, la muralla ya no es, como lo había sido hasta el siglo XV, un simple muro almenado de piedra, de mayor o menor grosor, sino que incorpora el terraplén. Éste consiste en un grueso relleno de tierra y zaborra por la cara interior de la muralla, que la hace más maciza y resistente, porque neutraliza en gran medida el impacto de los proyectiles artilleros. Para mayor solidez, los muros se construyen en talud, lo que contribuye a propiciar el rebote de los pellones de hierro. Los ingenieros militares, cada vez mejor formados, se esforzaron en adaptar la geometría de los modelos teóricos que habían estudiado en los tratados a la topografía y circunstancias de cada plaza, aplicando soluciones que acabarían mejorando y enriqueciendo dichos modelos. Muchos de estos primeros ingenieros poliorcetas, como se les llamaba, eran italianos, por lo que a las primeras fortificaciones abaluartadas se les llama a menudo en la documentación obras a la italiana, o también, casi sinónimo, a la moderna.

En Navarra, en 1513, el rey Fernando el Católico, nada más producirse la conquista, ordenó la construcción en Pamplona de una fortaleza de nueva planta, preparada para resistir los efectos de la artillería, cuyo aspecto conocemos por unos planos del Archivo de Simancas. Era de planta cuadrada, con muros en talud, recios cubos o torreones cilíndricos en los ángulos y garitones en ellos y en la mitad de cada lienzo. Un profundo foso con agua rodeaba el recinto.

Pocos años después, durante el reinado de Carlos V, se construyen sobre el antiguo recinto amurallado medieval el primer cubo delante de la torre de San Lorenzo (1530) y los primeros bastiones: los de Labrit y el Redín (1540). Estos dos últimos, aunque con alguna modificación, se conservan todavía. También se levantan los hoy desaparecidos de San Antón o de la Torredonda y de Santa Engracia, que serían derribados en 1585.
La construcción de la Ciudadela, iniciada en 1571 bajo el reinado de Felipe II, abrió una nueva etapa en la historia del sistema defensivo de la plaza. Giacomo Palearo, llamado El Fratín, y el virrey Vespasiano Gonzaga la concibieron de planta pentagonal con cinco baluartes, réplica de la que poco antes había levantado e Amberes Paciotto de Urbino. La nueva fortaleza supuso el desmantelamiento del Castillo Viejo, el que mandó levantar Fernando el Católico. Como complemento necesario de la Ciudadela, Felipe II ordenó trazar dos nuevos frentes de fortificación con el fin de conectarla con el recinto que ya existía con anterioridad. Uno de esos frentes iba hasta el mirador de la Taconera y el otro hasta el bastión de Labrit. Las nuevas murallas que entonces se construyeron, que tardarían muchos años en acabarse, naturalmente contaban con baluartes más evolucionados que los bastiones de Carlos V. De entre los baluartes de Gonzaga, de la Taconera, de San Nicolás y de la Reina, dos de ellos (los de la Taconera y la Reina) presentaban ya la clásica forma pentagonal que se seguiría empleando hasta el siglo XVIII, con las caras exteriores bastante prolongadas, la punta mirando a la campaña y los flancos mucho más cortos.

El sistema defensivo de la Plaza de Pamplona constaba hasta 1920 de siete frentes abaluartados, que eran los siguientes: frente de la Magdalena (desde el baluarte de Labrit hasta el del Redín); frente de Francia (desde el baluarte del Redín hasta el baluartillo del Abrevador, junto al Portal de Francia); frente de la Rochapea (el más largo de todos, que iba desde el baluartillo del Abrevador hasta el baluarte de Gonzaga, donde actualmente se halla el Mirador de Vista Bella, en la Taconera); frente de Gonzaga (desde el baluarte del mismo nombre hasta el de la Taconera); frente de la Taconera (desde el baluarte del mismo nombre hasta el de la Victoria, que es uno de los cinco que posee la Ciudadela); frente de San Nicolás (desde el baluarte de este mismo nombre hasta el de la Reina); y frente de Tejería (desde el baluarte de la Reina hasta el de Labrit). De los siete citados, los cinco primeros subsisten en la actualidad, mientras que los dos últimos desaparecieron tras el derribo de las murallas entre 1918 y 1921.


EL BALUARTE DE LABRIT


Este baluarte se encuentra ubicado detrás del frontón del mismo nombre, y junto con el del Redín, ambos son los más antiguos del recinto amurallado. Fue levantado durante el reinado de Carlos V, hacia el año 1540. A lo largo del siglo XVI se le conocía como cubo del molino de Caparroso o bastión de Caparroso. En el siglo XVII se le cita varias veces como baluarte de la Merced, por su cercanía al convento de mercedarios que desde 1546 existió en el solar de lo que hoy es el Retiro Sacerdotal y parte de la Plaza de Santa María la Real. El nombre de Labrit aparece por vez primera en 1669 y a partir del siglo XVIII pasó a ser su actual denominación.
En época medieval existía en este ángulo de la muralla pamplonesa, que por la parte interior correspondía con la antigua Judería, una torre denominada como torre sobre el molino de Caparroso. Tras la conquista de la ciudad por el duque de Alba en 1512 y especialmente tras el cerco puesto a Pamplona por las tropas del general Asparrós en 1521, se vio la necesidad de fortificar la vieja muralla medieval, que resultaba en aquellos momentos poco eficaz para defender la ciudad. Se trataba de ir sustituyendo sus torres, de reducida planta y elevada altura, por nuevos bastiones más grandes, de menor elevación y mayor solidez, capaces de resistir mejor los efectos devastadores de las nuevas piezas de artillería, cada vez más potentes y de mayor alcance de tiro.

En 1542 vino a Pamplona el capitán Luis Pizaño, uno de los ingenieros de más prestigio con que contaba Carlos V, acompañado del duque de Alba, para ver sobre el terreno aquellos puntos de la fortificación donde había necesidad de realizar obras con urgencia. Se encontró con un baluarte que carecía de troneras para los cañones, y que estaba rodeado de un foso o cava con agua.

En lo esencial, el baluarte ya estaba construido a mediados del siglo XVI, aunque hubo sucesivos proyectos de mejoras que se quedaron en el papel, salvo algún pequeño detalle. Son proyectos ideados por los ingenieros Juan de Garay (en 1641), Octaviano Menni (en 1683), Esteban Escudero (en 1686), Hércules Torelli (en 1694) y Alejandro de Retz (en 1720). De entre todas las ideas que estos ingenieros propusieron, sólo una fue llevada a la práctica, la que consistía en la construcción de una falsabraga entre los baluartes de Labrit y del Redín con un pequeño baluarte en su mitad, bajo la vertical de la capilla Barbazana de la Catedral, que terminó haciéndose sólo de tierra.

En 1720, el marqués de Verboom, primer director del Real Cuerpo de Ingenieros del Ejército, creado por Felipe V, en su ambicioso plan general para la mejora de las fortificaciones de Pamplona, propuso rodear al baluarte de Labrit de una batería o baluarte bajo, como el que años después se hizo con el del Redín.
Lo cierto es que las obras de mejora fueron lentas y costosas, por lo que en 1849 aún existían otras baterías bajas en proyecto e incluso ya iniciadas en las inmediaciones del baluarte de Labrit. Al pie del baluarte, apenas se reconoce hoy día una parte de la plataforma que lo rodeaba, una de cuyas caras fur destruida hacia 1960, con motivo de las obras de mejora y ensanchamiento de la carretera de la Chantrea que se realizaron por aquellas fechas.

Entre el baluarte de Labrit y el del Redín se conserva en bastante buen estado la cortina o lienzo de muralla que los unía, cuyo paseo de ronda, al que se asoman las traseras de la Catedral, la capilla Barbazana, la sacristía y algunas otras dependencias capitulares, fue abierto al público en 1961 con el nombre de Ronda del Obispo Barbazán. Aún se pueden ver en dicho paseo de ronda, como vestigio de su antigua función militar, dos garitas de planta circular con su cubierta de media naranja, de un tipo muy característico de las fortificaciones españolas e hispanoamericanas de mediados del siglo XVIII. Este frente de muralla, que antiguamente se conocía como frente de la Magdalena, carece de foso artificial, que nunca llegó a ser necesario, debido a la gran altura de los muros, al escarpe natural del terreno y a la proximidad del río Arga por esta parte.

Del otro flanco del baluarte, el que mira a la parte trasera del frontón y a la actual calle Juan de Labrit, partía el desaparecido frente de la Tejería, cuyo arranque, rebajado de altura, se puede ver todavía junto al frontón conocido como Jito-Alai, tan frecuentado en otro tiempo por los castizos gitanos de la cercana calle de la Merced. Aquel frente de las murallas, derribado en 1918, terminaba en el antiguo baluarte de la Reina, del que hablaremos en otro momento, en cuyo flanco izquierdo (derecho mirando desde el exterior del recinto) se abría el Portal de la Tejería.

EL BALUARTE DEL REDÍN


Como ya hemos dicho con anterioridad, este baluarte y de Labrit son los más antiguos que existen en el recinto amurallado de Pamplona, ya que fueron construidos hacia el año 1540. El baluarte del Redín era conocido con otro nombre en los siglos XVI y XVII. En 1521 aparece como Torre del Tesorero, posiblemente porque en esa fecha todavía seguía en pie el torreón medieval que le dio origen. En 1538 se le cita como cubo de la Tesorería, en 1542 como torreón de la Moneda, en 1592 como baluarte de la Magdalena, en 1644 como baluarte de la Iglesia Mayor, en 1685 como baluarte de los Canónigos y en 1695 otra vez como de la Magdalena. A partir de 1727 se le conoce ya con el nombre de baluarte del Redín, aunque en alguna ocasión aparece la denominación de baluarte del Carmen, tomada seguramente del desaparecido convento del Carmen Calzado, que estuvo situado al final de la calle del Carmen, cerca del Portal de Francia.

Al igual que el de Labrit, el baluarte del Redín fue construido en tiempos de Carlos V, hacia el año 1540. A finales del siglo XVII se realizaron algunas obras de fortificación al pie del antiguo bastión para mejorar sus defensas, obras que continuaron dilatándose en el tiempo hasta el XVIII.

En 1726, el proyecto del marqués de Verboom ponía especial énfasis en este baluarte e incluía un lienzo de muralla entre el baluarte del Redín y el baluartillo del Abrevador, en cuyo flanco se abre la puerta más interior del Portal de Francia. Verboom proyectó allí dos baluartes bajos, que son los que se hicieron, unidos por una falsabraga que no se hizo y con una luneta completando aquel conjunto. Esto era un calco de los sistemas que utilizaba el célebre mariscal francés Vauban, cuyo tratado de fortificación se convirtió en el manual de cabecera de los ingenieros militares de la época. En 1736, los dos baluartes bajos estaban empezados, así como el revellín. Sin embargo, poco después los trabajos se interrumpieron y no se reanudaron hasta 1751 a iniciativa del animoso y enérgico virrey conde de Gajes.

Por lo tanto, entre los años 1751 y 1759, se terminaron los dos baluartes bajos: primero el de Nuestra Señora del Pilar, en el que se emplazó la puerta exterior del Portal de Francia, con su puente levadizo, que aún existe; y después el de Nuestra Señora de Guadalupe, rodeando al antiguo bastión del Redín, que después de dos siglos se había quedado anticuado y poco operativo militarmente. En su construcción se utilizó piedra traída de Pitillas. Lo cierto es que hoy día, el conjunto de ambos baluartes, el alto del siglo XVI y el bajo del XVIII, resulta armónica y sugerente, y también de gran valor didáctico, ya que constituye una auténtica lección en piedra del proceso evolutivo de la fortificación abaluartada.

En 1959-1960 se realizaron importantes obras en El Redín. De esa época data la construcción del actual Mesón del Caballo Blanco en el antiguo vivac o cuerpo de guardia del baluarte, así como las farolas de forja artesanal, las mesas y bancos de piedra y las tres piezas de artillería de campaña, cedidas por los militares, que actualmente pueden verse, debidamente restauradas, en el antiguo cuerpo de guardia de la Ciudadela, en los porches de piedra que existen a la entrada por la puerta de la Avenida del Ejército. Como curiosidad diremos que el edificio del mesón, de estilo historicista y que reproduce una bonita casa medieval con su torre, se construyó reutilizando una bóveda de cañón apuntado y varias ventanas góticas ajimezadas o geminadas, que aparecieron durante el derribo del antiguo palacio medieval de Antón de Aguerre, que estuvo entre las calles Ansoleaga y Nueva, conocido popularmente como la Casa del Orfeón, que fue demolido en 1958 para edificar en su solar el actual Hotel Maisonnave.

El histórico baluarte aún conserva sus antiguas cañoneras, en varias de las cuales se puede ver todavía la base de piedra e incluso el eje de hierro en el que en otro tiempo se emplazaban las grandes piezas artilleras cuya misión era defender la ciudad en caso de asedio.

EL BALUARTE DE GONZAGA


Este baluarte estuvo emplazado en los jardines de la Taconera, en la zona comprendida entre el Mirador sobre la Cuesta de la Reina y el foso, hoy convertido en una especie de minizoológico, delante de lo que hasta hace poco fue la terraza del bar Vista Bella. Al igual que los de la Taconera, San Nicolás y la Reina, pertenecía a la segunda generación de baluartes de nuestro recinto amurallado. Mientras que los de Labrit y el Redín eran de la época de Carlos V y fueron construidos sobre la antigua muralla medieval, los otros cuatro se proyectaron de nueva planta a una con los dos frentes de fortificación aprobados por Felipe II para enlazar la Ciudadela con el recinto amurallado de la ciudad. La construcción del de Gonzaga comenzó en 1575 y fue muy lenta, ya que durante muchos años sólo mantuvo la estructura provisional de tierra y fajina (madera, en el argot militar de la época), sin su revestimiento de piedra.

Hasta la construcción de esos dos nuevos frentes abaluartados, la antigua muralla medieval que defendía esta parte de la ciudad iba por delante de la iglesia de San Lorenzo y continuaba por la Plaza de las Recoletas hasta enlazar en ángulo recto con la actual muralla a la altura de la plaza de la Virgen de la O, donde estaba el bastión de Santa Engracia, en cuyo flanco se abría el portal del mismo nombre. Por esta razón, cuando en 1575 se inició la construcción del baluarte de Gonzaga, se le empezó a llamar baluarte nuevo de Santa Engracia, nombre que conservó hasta finales del siglo XVII. El nombre de Gonzaga se debe al virrey Vespasiano Gonzaga y Colonna, duque de Trayeto y marqués de Sabioneta, bajo cuyo virreinato (1571-1575) dieron comienzo las obras de la Ciudadela y se proyectaron las nuevas fortificaciones, entre ellas este baluarte, en cuyo diseño parece que intervino el propio virrey. De hecho, en su tiempo, Gonzaga tuvo fama como ingeniero poliorceta, interviniendo como tal en la fortificación de varias plazas y baterías de costa en la zona de Valencia y Murcia, e incluso en las murallas de Melilla.

A finales del siglo XVII se le hicieron numerosas obras de reforma que incluían la construcción de una contraguardia delante de la cara izquierda del baluarte, lo que planteaba un problema de difícil solución, ya que el foso de la obra proyectada no podía doblar en escuadra hacia la cara derecha, debido al fuerte desnivel entre el frente de la Taconera y el escarpe de la Cuesta de la Reina. En 1756 la obra seguía sin concluir.
En 1789, con motivo de la construcción de la nueva carretera a Vitoria y “las Provincias” (actual avenida de Guipúzcoa) la Diputación pidió al virrey que autorizase cortar la punta exterior de este baluarte junto al inicio de la Cuesta de la Reina, haciendo un chaflán que permitiera ensanchar el antiguo camino. El virrey se negó a realizar dicha petición porque el largo frente de la Rochapea podría verse peor defendido. Esta pequeña mutilación no se pudo llevar a cabo hasta 1930, cuando ya el antiguo baluarte había sido transformado en mirador de los amplios Jardines de la Taconera.

El baluarte de Gonzaga tenía una estructura bastante atípica y compleja, como consecuencia de las sucesivas reformas realizadas durante los siglos XVII y XVIII. Aparte del baluarte propiamente dicho, cuyo cantón y arranque del muro todavía son visibles junto a la arquería gótica donde existió el efímero monumento al re Teobaldo I, había un doble foso que al llegar a la altura de la Cuesta de la Reina terminaba en un paredón, cosa poco frecuente, una extraña contraguardia y un muro con contrafuertes para contener las tierras del glacis, añadido en 1798. Tenía, por tanto, un aspecto de fortificación inacabada, ya que en 1849 el baluarte estaba cubierto por una contraguardia que todavía no estaba concluida.

En 1925 el Ayuntamiento realizó una serie de mejoras en esta zona de los jardines de la Taconera, motivo por el que el baluarte sufrió una transformación tan profunda que supuso su desaparición como tal. Los muros fueron parcialmente demolidos, cegando su foso con los materiales de derribo, para habilitar unos nuevos espacios verdes en los jardines y darles continuidad hasta la zona de Larraina. Al mismo tiempo, los muros exteriores de la contraguardia fueron elevados hasta el nivel de los nuevos jardines y se instaló la actual barandilla de hierro, dando mayor amplitud al antiguo Mirador que quedó adelantado respecto de su primitiva posición. Las obras acabaron en 1931. En 1935, el Estado cedía a precario al Ayuntamiento de Pamplona las murallas, fosos, glacis, y otros terrenos situados entre los jardines, carretera de Guipúzcoa, Portal de Taconera, carretera de Logroño y Mirador de la Taconera, pero reservándose la propiedad de los mismos. Esta cesión de terrenos se llevó a cabo para que el Ayuntamiento los emplease exclusivamente en parques y jardines, no permitiendo la destrucción de ninguna parte de las construcciones cedidas.

EL BALUARTE DE LA TACONERA


Este baluarte, hoy desprovisto de sus antiguas cañoneras (las conservó hasta 1940), pasa desapercibido dentro del conjunto de los Jardines. Está situado entre la zona de Vista Bella, donde hasta 1925-1930 estuvo el baluarte de Gonzaga, y el estanque de los patos y la pista de Antoniutti, junto a la cual se reconstruyó en 2002 el frontis del antiguo Portal de la Taconera.

Por sus fosos se pasean hoy los ciervos, cabras, gallos, pavos reales, gallinas de Guinea y otras variadas especies de animales, formando una bucólica estampa que nada tiene que ver con la que tuvo en otros tiempos, cuando era uno de los puntos destacados del sistema defensivo de la plaza fuerte que fue Pamplona hasta el derribo de las murallas en 1920.

De los seis que defendían el recinto amurallado de la ciudad, éste era el que mejor representaba la idea clásica de baluarte: una estructura de planta pentagonal formada por dos lados cortos perpendiculares al muro de la cortina, llamados flancos, en este caso sin casamatas; otros dos lados más largos, llamados caras, cuyo ángulo obtuso de coincidencia recibe el nombre de punta; y un último lado abierto a la parte posterior, la gola, que mira al interior de la plaza fuerte.

Al igual que el de Gonzaga, corresponde a uno de los dos nuevos frentes de muralla que mandó trazar Felipe II en 1571 para conectar la Ciudadela, entonces en construcción, con el recinto amurallado de la ciudad. Aquellas nuevas fortificaciones, dada su gran extensión, fueron construidas en un principio de tierra apisonada, con los fosos excavados en el terreno. Por este motivo se iban cayendo y hasta los animales se podían escapar por este lugar.

En 1665, según se lee en una lápida, se terminó de realizar este baluarte, dándole un revestimiento de piedra, siendo virrey el duque de San Germán, que un año más tarde terminaría también los portales de San Nicolás y de la Taconera.

Entre el baluarte de la Taconera y el hoy enterrado de Gonzaga, existe una media luna o revellín denominada de San Roque, aunque su verdadero nombre era el de revellín de la Taconera. Su diseño aparece ya en 1641, aunque su construcción no se inició hasta 1696.  En el muro de su cara que da a las piscinas de los militares se puede ver una labra heráldica con el escudo de armas de don Domingo Pignatelli y Vagher, marqués de San Vicente, virrey de Navarra entre los años 1699 y 1702. Junto a los ángulos de espalda, en los dos extremos de sus semigolas, tiene algunas bóvedas a prueba de bomba, cuya finalidad era la de servir como almacenes o polvorines.

En la década de 1940 el baluarte perdió las cañoneras que aún conservaba, que fueron sustituidas por un antepecho de piedra, para dar mayor amplitud al nuevo paseo que se trazó donde el antiguo parapeto. También se arregló la entrada a la poterna que comunicaba con el foso, que era similar a la que aún existe en el baluarte del Redín, sustituyendo la fea rampa que había antes por unas bonitas escaleras de piedra y una fuente con su cabeza de león finamente tallada.

Años después, alguien tuvo la idea de llenar el foso con agua y poner unas barcas de remo. Como recuerdo de aquel frustrado proyecto, todavía puede verse, entre este baluarte y el desaparecido de Gonzaga, una plataforma escalonada de dos órdenes, donde entonces se pensó ubicar el embarcadero. Esta plataforma afea el aspecto del conjunto amurallado.

EL BALUARTE DE SAN NICOLÁS


Este era el menos representativo de los seis que defendían la antigua plaza fuerte pamplonesa. Se trataba de un semibaluarte o baluarte imperfecto, debido a que carecía de uno de sus flancos, por lo que su cara derecha (mirando desde el interior de la plaza) se prolongaba en línea recta hasta llegar a la altura de frente al baluarte de San Antón de la Ciudadela. Por esto, su planta no tenía la clásica forma pentagonal de los baluartes, sino que era más irregular y asimétrica. Pero desde el punto de vista táctico, esta forma irregular era la solución más adecuada para la situación que ocupaba la plaza, sobre todo en relación a la Ciudadela.

Este baluarte era uno de los cuatro proyectados en 1571 para unir la Ciudadela (entonces en construcción) con la ciudad, motivo por el que se trazaron dos nuevos frentes abaluartados: uno que iba desde la Ciudadela hasta el baluarte de Labrit, que fue demolido en 1920, y en el que estaban comprendidos el baluarte de San Nicolás y el de la Reina; y otro frente abaluartado que iba desde la Ciudadela hasta el Mirador de la Taconera, en el que se incluían los baluartes de la Taconera y de Gonzaga.

La vieja muralla medieval quedó inutilizada con esta reforma del sistema defensivo de la ciudad. Aquella vieja muralla discurría por el actual Paseo de Sarasate, calle Navas de Tolosa, Jardines del monumento a la Inmaculada (hoy Paseo del doctor Arazuri), iglesia de San Lorenzo, plaza y calle de Recoletas y plaza de la Virgen de la O. Así pues, en 1584, el rey Felipe II ordenó su demolición.

El baluarte de San Nicolás aparece en un plano de 1575-1580 como un uno de los llamados planos, cuya exterior era paralela a la cortina de la muralla, y con un solo flanco con casamatas (el izquierdo), que se correspondía con el flanco derecho del baluarte de la Reina y guardaba el Portal de San Nicolás. En 1608 ya aparece con la forma que mantendría hasta su demolición en 1918.

Al principio, estas nuevas fortificaciones, por su gran extensión y elevado coste, no se construyeron de piedra, sino de tierra y madera, con los fosos excavados en el terreno. Por este motivo, solían desmoronarse por muchos puntos. Ante la falta de dinero para emprender de nuevo las obras, los virreyes se dedicaron a vender títulos de villas y ciudades a los pueblos, honores de palacio a casas de simples hidalgos, jurisdicciones y señoríos a los nobles y toda suerte de privilegios, con cuyo producto se atendía el pago de las obras de las murallas. Así sucedió desde el comienzo del siglo XVI hasta casi el final del XVIII.

En torno a 1665 se “encamisaron” o revistieron de piedra los baluartes construidos hasta entonces sólo en tierra, al igual que sucedía con las fortificaciones provisionales que se levantaban a toda prisa con motivo de alguna guerra o peligro de invasión.

Ya en 1683 se tenía presente que el enemigo pudiera atacar por este lugar, por el sur de la ciudad, en cuyo caso el baluarte de San Nicolás quedaba bien defendido y cubierto desde la Ciudadela y desde el flanco derecho del baluarte de la Tejería, más tarde llamado de la Reina.

En la explanada interior del baluarte de San Nicolás, aproximadamente entre las actuales calles de Estella y García Ximénez, estaba situado el llamado “tinglado de la madera” o Teneduría. Ésta era una larga nave o cobertizo en el que los militares tenían almacenadas vigas, tablones, cureñas y otros materiales que eran necesarios para emplearlos en tares de conservación de las fortificaciones y de la artillería. En aquel emplazamiento, contiguo a la muralla y a la vez muy próximo al centro de la ciudad, Carlos III hizo construir en 1787 un amplio cuartes de Caballería, que con algunas ampliaciones y reformas llevadas a cabo en distintas fechas, continuó allí, incluso después del derribo de las murallas, hasta 1934.

En aquella explanada situada entre el cuartel y la muralla, en 1820 se emplazó también el patíbulo para la ejecución pública de los condenados a la pena de garrote. Este era un triste espectáculo, que anteriormente se llevó a cabo en la Plaza de la Fruta (hoy Plaza Consistorial), delante de la fachada barroca del Ayuntamiento.

EL BALUARTE DE LA REINA


Era el más grande de los seis baluartes que defendían el conjunto amurallado de Pamplona. Tenía el mismo tipo de planta pentagonal que el de la Taconera, pero con unas dimensiones mucho mayores, y con la particularidad de que en su cara izquierda el muro hacía un extraño quiebro o ángulo muerto.

El baluarte de la Reina, que anteriormente se llamó de la Tejería, fue proyectado en 1571 en la muralla que debía unir la Ciudadela con el resto del recinto fortificado. Esta muralla se levantó inicialmente sólo de tierra, aunque posteriormente fue revestida de  mampostería, y entre 1661 y 1665 los muros se encamisaron de piedra de sillería. La construcción se dio por concluida en 1665, siendo virrey el duque de San Germán. En la mitad de la cara derecha del baluarte, el virrey mandó colocar una lápida rectangular e la que se podía leer la siguiente inscripción: “Reinando Felipe IV, siendo virrey capitán general de este reino y de Guipúzcoa don Francisco Tutavilla, duque de San Germán”.

Ese mismo año se terminó también el baluarte de la Taconera, con lo que se concluyó lo esencial del recinto amurallado. En 1666, reinando Carlos II (niño aún), y gobernando su madre María Ana de Austria, se concluyeron los portales de San Nicolás, los más artísticos de los seis que había.

A partir de entonces, la plaza fuerte de Pamplona quedó cerrada y en estado de defensa. En el último tercio del siglo XVII y a lo largo del XVIII, se siguen haciendo medias lunas, contraguardias y baluartes bajos para mejorar el sistema defensivo. Años después, al de la Tejería se le empezó a llamar baluarte de la Reina, seguramente en memoria de la citada reina. Bajo su terraplén quedaron enterrados los últimos vestigios del llamado Castillo Viejo, que salieron a la luz en 1921, durante el derribo de las murallas.

En 1720, para mejorar su capacidad defensiva, se levantó en su plataforma superior un caballero. Éste consistía en una obra de fortificación retranqueada respecto del baluarte, pero más elevada que éste, que permitía dominar un campo visual mucho mayor y, en caso necesario, un tiro más eficaz de la artillería que allí se emplazaba. Según un informe de 1797, allí se encontraba la cota más elevada de todo el recinto amurallado.

En el centro del foso de este baluarte se consiguió realizar una obra civil, consistente en un pequeño acueducto de piedra para conducir el agua de Subiza hasta el interior de la ciudad y llevarla a las fuentes que en 1787 había encargado el Ayuntamiento al pintor madrileño Luis Paret.

En 1790, Santos Ángel de Ochandátegui diseñó la solución para la faraónica obra de la traída de aguas, mediante la penetración de la conducción de agua atravesando la muralla, llegando hasta la arqueta o registro que se hallaba situada junto a la basílica de San Ignacio.

El asunto era muy serio, ya que los militares estaban muy pendientes de todo aquello que pudiera afectar a la seguridad de la plaza. Así, hasta 1797 no se llevó a cabo el proyecto. Durante ese tiempo, la ciudad se tuvo que conformar con una fuente provisional que se habilitó en la escarpa del foso, al que debían bajar las criadas, o las amas de casa que no las tenían, con botijos y herradas para consumo e higiene de sus casas y familias.

EL DERRIBO DE LAS MURALLAS


El 25 de julio de 1915, festividad de Santiago Apóstol, tuvo lugar en nuestra ciudad el histórico acto del derribo de la primera piedra de las murallas, que tanto tiempo había sido esperado por las autoridades y por el vecindario. Como escenario simbólico de aquella solemne ceremonia se eligió precisamente la punta o ángulo exterior del baluarte de la Reina, punto en el que se colocó la carga explosiva, cuyo detonador, accionado desde la tribuna de autoridades, hizo saltar en mil pedazos la garita que allí existía. En el cercano puente del Portal de San Nicolás bailaron los gigantes, mientras una multitud de personas presenciaban el acontecimiento en una auténtica explosión de júbilo popular. Si embargo, las obras de derribo no se iniciaron hasta tres años más tarde (1918) y prolongarían hasta 1921.

El flanco derecho del desaparecido baluarte de la Reina vendría a coincidir hoy con el primer tramo de la actual calle de Paulino Caballero, desde la esquina de las oficinas de Banesto hasta la de la misma calle con la avenida de Roncesvalles, donde actualmente hay una relojería. Ahí la muralla doblaba en ángulo obtuso para formar la cara derecha del baluarte, cuya punta se localizaría bajo la tercera manzana de la avenida de Carlos III, a la altura del interior de la casa que lleva el número 11. Partiendo de este punto, la cara izquierda cruzaba en diagonal por debajo del actual Servicio Doméstico hasta el lugar donde se halla el monumento a Hemingway, junto al callejón de la plaza de toros. Allí volvía a doblar otra vez en ángulo obtuso, para formar el flanco izquierdo del baluarte, en cuyo extremo se abría el Portal de Tejería. Junto a la jamba del arco de dicho portal, el muro del baluarte enlazaba, formando un ángulo recto, con la muralla del frente de la Tejería, lienzo de considerable longitud, que terminaba en el actual baluarte de Labrit, detrás del frontón del mismo nombre.