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el VI Centenario del Privilegio de la Unión de Pamplona

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Otras Curiosidades de Navarra






 
           NAVARRA

            Parece venir de “nava” o naba (voz prelatina = tierra llana rodeada de montañas) + “erri” (pueblo o tierra, en euskera). Para Bosch Gimpera viene de “Navar - dunum” = establecimiento de una posición fortificada céltica en el territorio (de los vascones). Para el Príncipe de Viana, nuestro primitivo solar estaba en los valles que rodean a las sierras de Urbasa y Andía; si no es así, no estaría muy lejos, quizá en las Cuencas Prepirenaicas de Pamplona y Lumbier-Aoiz o en la Tierra de Sangüesa, que son también grandes navas.

            La palabra Navarra puede venir también de “nabar” (= reja y surco de arado, o color pardo), de tal modo que los “nabarri” o “navarri” serían la mayoría del pueblo (campesinos y villanos) frente a la nobleza guerrera. De “nabarrus-navarrus” derivarán después las expresiones “terra navarra” y “Navarra”, acuñadas seguramente en Francia. Entre nosotros aparecerá por vez primera el año 1087. Sólo casi un siglo después, en el año 1162, el rey Sancho VI el Sabio sustituirá el título de “rey de los pamploneses” por el de “rey de Navarra”.

            RESUMEN HISTÓRICO

            Navarra es una región histórica coherente, es decir, la historia forjó sus fronteras, y, la pluralidad desempeñó un papel muy importante en la formación, consolidación y pervivencia de nuestro viejo reino. Hace 2.000 años, Estrabón habla de los vascones (vivían más o menos en la actual Navarra y ciertos apéndices exteriores hacia Guipúzcoa, La Rioja y Aragón); estos apéndices variaron según épocas por la movilidad propia de los pueblos pre-romanos, pues vivían de las razias, del abigeato (robo de ganado) y de la ganadería. Los vascones eran un pueblo más afín en sus modos de vida a los jacetanos e ilergetes (entre el Pirineo y el Ebro) que a los del norte de Iberia (várdulos, caristios, autrigones, cántabros, astures y galaicos). A los vascones se les incluye en el Valle del Ebro por 4 razones: 1ª) la mayor parte de su territorio vierte sus aguas al Ebro; 2ª) el nomadismo pastoril y la trashumancia entre Pirineo y Valle del Ebro por razones climáticas al este de Orzanzurieta y no al oeste; 3ª) los romanos les incluyeron en el convento jurídico de Zaragoza, al igual que a otros pueblos entre el Pirineo y el Ebro; y, 4ª) historiadores, filólogos y etnólogos opinan que los vascones fueron más temprana e intensamente romanizados que los otros pueblos asentados al oeste de ellos en la franja norte peninsular, sobre todo los

vascones del sur, que también habían sido antes más indoeuropeizados. Esto explica la existencia de un saltus vasconum (Montaña) y un ager vasconum (Ribera). Durante la antigüedad, Navarra constituía una parte indiferenciada del territorio de los vascones (Euskalherria). Pero, mientras sus zonas montañosas donde ha persistido hasta hoy el uso de la lengua (euskera) se mantuvieron libres del dominio romano o visigodo al igual que sucedió en el País Vasco, las llanuras vieron surgir núcleos de población colonizadora como el de Pamplona, asentada junto a la nativa Iruña. La progresiva diferenciación entre vascos y navarros se consolidó con la formación del reino de Navarra, que tuvo de hora de apogeo alrededor del año mil, durante el reinado de Sancho Garcés III el Mayor, y, que motivó un constante enfrentamiento entre los monarcas de Pamplona y los vascos reacios a cualquier sumisión. Con la subida al trono de las dinastías de Champaña y de Evreux se produjo una importante inmigración francesa que aportó uno de los rasgos característicos de la cultura navarra medieval. La endémica pugna entre agramonteses y beaumonteses vino a complicarse con la disputa sucesoria entre el infante Juan de Aragón (futuro Juan II de Aragón) y su hijo el príncipe de Viana, a mediados del s. XV. El resultado final fue que la corona pasó a Leonor y a Gastón de Foix, quien era vasallo del rey de Francia por sus posesiones ultrapirenaicas. Al enfrentarse los Reyes Católicos y Francia, los soberanos de Pamplona lo tuvieron difícil, ya que Fernado el Católico al descubrir la alianza secreta entre Juan de Albret y Luis XII arrancará del Papa una bula de excomunión contra el rey de Navarra y le despojará de sus tierras; así, en 1512, el duque de Alba conquista Navarra en pocas semanas y en 1515 las Cortes de Burgos proclaman la incorporación del reino a la corona de Castilla. En aquel momento, Navarra tenía 6 merindades y de 100.000 a 150.000 habitantes.

En 1530, Carlos V decide abandonar la  Merindad de Ultrapuertos por razones estratégicas, aunque concedió a sus habitantes los mismos privilegios y derechos de naturaleza de que gozaban los restantes navarros. La Baja Navarra o Navarra Francesa serviría de asiento a los desposeídos monarcas de la casa de Albret, emparentados más tarde con los Borbón, y se unirían a Francia en 1607, al ascender al trono  francés Enrique IV, cuyos descendientes seguirían titulándose reyes de Francia y de Navarra. Las 5 merindades de la Navarra Alta incorporadas a Castilla gozaban de amplia autonomía: tenían un virrey; las Cortes aumentan y consolidan sus prerrogativas, conservando hasta el s. XIX sus propias leyes, su moneda, sus fronteras (Navarra era una “provincia exenta”, no incluida dentro del sistema aduanero castellano) y sus privilegios. Sin embargo, gradualmente, se iba pasando de reino a provincia (las Cortes se reunieron 46 veces en el s. XVI, 21 en el s. XVII, 10 en el s. XVIII y sólo 3 en la 1ª mitad del s. XIX) hasta la integración de los navarros en la vida castellana.

            La guerra contra la Francia republicana y la guerra de la Independencia (aquí surge el movimiento guerrillero dirigido por Francisco Espoz y Mina) produjeron grandes devastaciones que se agravarían con los estragos de las guerras civiles (la zona montañosa abraza el carlismo en la 1ª y 3ª guerras carlistas, mientras los núcleos burgueses de las ciudades, sobre todo Pamplona, sostienen el liberalismo). Desde 1841, el antiguo reino se convirtió en provincia, aunque guardó buena parte de sus instituciones forales que sobrevivieron incluso a la guerra civil de 1936-1939, ya que Navarra fue uno de los focos iniciales del levantamiento militar. Los fueros atrajeron a muchas industrias y comercios (debido a la menor presión fiscal) que transformaron la sociedad navarra y provocaron una notable migración hacia Pamplona. Así surge también un pujante movimiento obrero y el carlismo evolucionó hacia planteamientos euskeras y socialmente radicales (vinculación de su base social más joven con el independentismo vasco). En 1979 se creó el Parlamento Foral, concebido como órgano legislativo de la Diputación Foral. Paralelamente, la posible incorporación de Navarra a Euskadi pasó a depender de la decisión del Parlamento Foral, de acuerdo con lo previsto en la Constitución Española de 1978 y el Estatuto Vasco de 1979.

            VASCO

            Vasco o basco parece derivar de “baso + ko” = montañés. Para Tovar, vascones viene de “barscunes” (celta) = los altos, los que están en lo alto, los orgullosos. El solar de los vascones quizá estaría en el Pirineo Occidental y de ahí migró hacia el sur celtizado; otros piensan que desde el Ebro migraron hacia el norte y se extendieron también al norte del Pirineo en el Bajo Imperio Romano y principios de la Edad Media.

            Lo que hoy parecen demostrar las últimas investigaciones, es que Navarra ha sido durante, al menos más de 2.000 años, el reducto más importante de los vascones que hace aproximadamente 6.000 años vinieron del norte de África, y que estuvieron en casi toda la Península, como hoy está demostrado con más de 4.000 palabras euskéricas idénticas a las ibéricas que aparecen en bronces y cerámicas esparcidas por toda la Península; y más aún, que somos beréberes, como lo sabemos desde hace 20 años por el A.D.N., y que por lo tanto somos descendientes de las grandes civilizaciones norteafricanas, como los semitas y camitas, civilizaciones que albergaron los grandes bosques que hoy estamos sacando en forma de petróleo.

            NAVARRA Y EL VASCUENCE

            Los romanos, con el latín, salvaron a los vascos de quedar en la barbarie y de que desapareciera su lengua. De los primeros textos medievales llega la manida y tergiversada expresión “lingua navarrorum”. Esos “navarri” posiblemente eran labradores y pastores, porque no se trata de un etnónimo, sino de un sociónimo, como puede probarse por otros textos más o menos coetáneos. No todos los navarros ni mucho menos los “seniores pampilonenses” usaban esta lengua. Por el contrario, sucesivas Cortes del Reino exigen que los documentos les lleguen en “lengoage de Navarra, in idiomate navarre terre”, es decir, en romance. Es cosa bastante sabida, pero conviene recordarla.

            El vascuence sufrió un retroceso debido a causas ajenas y también propias. A fines del s. XIX se produce una reacción a favor de la lengua primigenia con la fundación de la Asociación Euskara de Navarra y su órgano, la Revista Euskara, escrita casi toda en castellano; teóricamente apolíticas ambas, con marcado carácter católico y fuerista. Otro impulso fue la creación de la Real Academia de la Lengua Vasca, Euskaltzaindia, en el  I Congreso de Estudios Vascos, inaugurado en 1918 por el rey Alfonso XIII. De allí salió la Sociedad de Estudios Vascos. Las dos desarrollaron una seria y positiva labor a favor de la lengua hasta la guerra civil. La Constitución de 1978, una de las más autonomistas de Europa, posibilitó nuestro “Amejoramiento”. En él se dice que el vascuence tendrá carácter de lengua oficial en las zonas vascoparlantes. A la Academia Vasca le pareció poco y quiso que se aplicasen en Navarra los mismos criterios que en el País Vasco, algo que viene repitiendo hasta el presente yendo acaso más allá de sus competencias consultivas. Solo ve insensibilidad en las autoridades democráticamente elegidas. El estado lingüístico actual (año 2002) es el siguiente: monolingües vascoparlantes (0.2%), monolingües castellanoparlantes (80.6%), bilingües (9.4%) y bilingües pasivos que saben algo o entienden el vascuence (9.8%). Las instituciones públicas financian 68 centros donde todas las materias se dan en vascuence y 108 donde se dan parte en un idioma y parte en otro, frente a 102 donde se dan únicamente en castellano.

            El vascuence está hoy ligado a actividades políticas y es triste que aquella simpatía de los navarros por el vascuence ya no existe, porque hay quienes persiguen otros fines particulares.  

            “LINGUA NAVARRORUM”             

Nadie pone en duda que el vascuence o euskera era el idioma de los primitivos vascones que se asentaban en la mayor parte de Navarra; pero no consta, sin embargo, la raíz vascona de buena parte de la Ribera, donde hubo otros asentamientos étnicos. El vascuence convivió con otras lenguas: primero con el latín (lengua de cultura y civilización traída por los romanos) y luego con el romance navarro que surgió alrededor del Monasterio de Leyre y se extendió por amplias zonas del viejo reino (por ejemplo: el Valle del Romanzado) y que después acabó fundiéndose con el romance de Castilla. En Navarra siempre ha habido (también hoy en día) monolingües latinos o romanzados, monolingües vascófonos (hoy casi no existen) y bilingües. Pese a esto, el idioma oficial de las instituciones navarras fue primero el latín y después el romance. Por tanto, el romance navarro (hoy castellano o español) es una lengua autóctona de Navarra al igual que el euskera. El romance se extendió de forma natural, sin imposiciones, por el hecho de ser lengua de progreso cultural y científico. El romance se convirtió a su vez en la lengua común de los españoles, con independencia de las demás lenguas propias. Hasta que a mediados del s. XX la Real Academia Vasca no inició la unificación del vascuence (el “batua”) este idioma no podía usarse como lengua de cultura y mucho menos como lengua de la Administración. Es falso que el rey Sancho el Sabio (1167) calificara al vascuence como lengua de los navarros en ningún documento oficial. La expresión “lingua navarrorum” figura en un documento notarial de la época, documento escrito en romance (figuran algunas palabras escritas en “lingua navarrorum”). Hay que tener en cuenta que en aquella época se llamaba “navarros” tan sólo a los de origen vascón, que en las ciudades habitaban en barrios que llamaban “navarrería” en contraposición a otros habitados por francos, judíos, etc. Para el Príncipe de Viana, la antigua Navarra estaba formada por las Villas de Goñi, Yerri, Valdelana, Améscoa, Valdegabol, Campezo, Berrueza y Ocharán.  En el juramento de los reyes navarros ante los representantes de todo el reino, se calificaba al romance como “idiomate terre navarre”, por lo que se deduce que el vascuence no era idioma común de todos los habitantes del reino. Por tanto, el euskera nunca ha sido la lengua de todos los navarros.

             SEDES REALES DE NAVARRA

             LA CAPITAL Y OTRAS SEDES DEL REINO 

             La condición de sede episcopal y antigua ciudad romana, además de una adecuada situación geográfica, explican la elección de Pamplona como sede de la monarquía gestada  a lo largo del s. IX y que a partir del 905 ensambló los territorios del Pirineo occidental y central refractarios a la soberanía musulmana de Córdoba. La ciudad dio nombre durante dos siglos y medio al nuevo estado: el reino de Pamplona.

             Su expansión hizo que los monarcas residieran en otras sedes, pero no por ello Pamplona perdió su condición de sede principal y epónima. El actual Palacio Real, iniciado en el s. XII, es el principal exponente de esa condición. Su precario estado, digno de un esfuerzo de restauración amplio y concienzudo, no empaña su valor simbólico en la historia de Navarra.

             Otras ciudades navarras ostentaron la condición de sede, más o menos estables, de la monarquía. Durante un siglo (1134-1234) los soberanos, y en especial Sancho el Fuerte, residieron preferentemente en Tudela, en el castillo que coronaba el cerro en torno al cual se asienta la ciudad. Aunque no fue residencia continuada, Estella acogió en numerosas ocasiones a los reyes, especialmente en el s. XIII, tanto en el castillo como en el posible palacio real románico emplazado frente a San Pedro de la Rúa. Olite y Tafalla fueron sedes permanentes de los monarcas en los siglos XIV y XV. Carlos III fue el principal promotor de suntuosas residencias que cohonestaron las necesidades defensivas con el esplendor y el lujo de una corte bajomedieval. Ha subsistido en pie el castillo de Olite; de Tafalla sólo se conservan planos y dibujos.

              LA VINCULACIÓN CON EL NORTE DE FRANCIA 

              Los azares dinásticos hicieron que la corona de Navarra recayera a partir de 1234 en soberanos originarios del norte de Francia. Se inauguró así una nueva dinámica: los reyes alternaban sus estancias en el reino y en sus posesiones francesas.

              Entre 1234 y 1274 Troyes y Provins, como capitales respectivas de los condados de Champaña y Brie, fueron residencias habituales de Teobaldo I y Teobaldo II. Las murallas y los restos del palacio acreditan su presencia en Provins, mientras que en Troyes sólo quedan restos de su mecenazgo eclesiástico en la catedral y en la colegiata de San Urbano.

               Los soberanos franceses de la dinastía Capeta reinaron en Navarra durante medio siglo (1274-1328), durante el cual París fue punto último de referencia para la administración y la sociedad navarras. Desde el palacio de la “ile de la Cité” o desde residencias de los alrededores, como Fontainebleau o Saint-Germain-en-Laye, despachaban los asuntos del reino.

               Los condes de Evreux, rama secundaria del tronco capeto, obtuvieron la corona en 1328 y la mantuvieron durante más de un siglo. La ciudad normanda desempeñó papeles similares a los de Troyes y Provins, aunque con menor intensidad, pues los soberanos acabaron perdiendo casi todos sus feudos en Francia y se refugiaron en Navarra. Las vidrieras de su catedral todavía muestran a miembros de la dinastía.              

                TIEBAS Y SANGÜESA: AZARES INTERNOS

                La falta de control inmediato sobre Pamplona, sometida al régimen señorial del obispo, hizo que los órganos de la administración central se instalaran circunstancialmente en el cercano castillo de Tiebas durante el s. XIII y los inicios del s. XIV. Sangüesa fue sobre todo sede regia durante la guerra civil del s. XV. Su proximidad a Aragón la convirtió en residencia idónea para la corte agramontesa mientas Pamplona era controlada por beaumonteses.

                PAU Y NÁJERA: PROYECCIÓN EN EL ENTORNO              

                Temporalmente Navarra proyectó su soberanía en tierras cercanas y los monarcas instalaron su sede en algunas de sus ciudades. La reconquista de la Rioja a principios del s. X permitió contar con Nájera, núcleo con población y funciones urbanas, bien situado ante los territorios castellano-leoneses. Fue sede regia en los siglos X y XI, y vivió su momento álgido durante el reinado de García Sánchez III (1035-1054), quien procuró engrandecerla con una gran fundación que sirviera de capilla palatina y panteón regio: el actual monasterio de Santa María.

                En los epígonos de su trayectoria independiente, Navarra fue gobernada por la casa de Foix-Albret (1479-1512), dueña de amplios dominios en el sur de Francia. En ellos destacó Pau, capital del vizcondado de Bearn y residencia habitual de los reyes. Allí se refugiaron cuando en 1512 las tropas castellanas conquistaron el reino. Subsistieron durante un siglo hasta que los azares dinásticos los catapultaron al trono de Francia (1589). El majestuoso castillo, restaurado y reformado en el s. XIX, es testigo de todo ello.

            PANTEONES REGIOS

            El anhelo de perpetuar después de la muerte la imagen y las gestas de un soberano halló su mejor respuesta en los panteones regios, que se convirtieron en símbolos de dinastías y monarquías. La imprevisibilidad de la muerte y las cambiantes coyunturas políticas quebraron la tendencia a concentrar en un mismo lugar a los miembros de una dinastía e impusieron a veces ubicaciones imprevistas. Los primeros caudillos del núcleo pamplonés hallaron su descanso final en Leyre, el principal foco monástico de sus dominios, aunque sea imposible precisar con exactitud la nómina de los sepultados en el monasterio. A partir de 1134 es la catedral de Pamplona el lugar habitual de enterramiento de los monarcas navarros. En lógica consecuencia con su condición de primer templo navarro, servía de marco a las ceremonias oficiales de inauguración, la coronación y conclusión de cada reinado. Sin embargo, los azares del destino y los deseos personales de los monarcas introdujeron numerosas excepciones dentro del esquema trazado. El papel de Nájera como sede regia en los siglos X y XI explica la constitución de Santa María en un gran panteón de la familia real pamplonesa. Las uniones de Navarra con otros reinos conducen a panteones foráneos, como San Juan de la Peña en Aragón o Saint-Denis en Francia. El exilio convirtió a la catedral de Lescar en necrópolis improvisada de los últimos soberanos privativos de Navarra. A ellos se añaden mausoleos singulares, como los de Sancho el Mayor en Oña, Sancho el Fuerte en Roncesvalles, etc.

            ESCUDO DE NAVARRA

            En heráldica, a la figura que se representa en nuestro escudo se la denomina “marro”, es decir, el conjunto de cadenas dispuestas en orla, cruz y sotuer. Sus sinónimos son: alquenque, estarblunco.

            La palabra “marro” en Navarra tiene otras significaciones: carnero padre, morueco (voz vasca del Baztán, Valcarlos, Erro y Esteríbar); bicho o gusano en general (Vidángoz); regate que hace la liebre para burlar la persecución de los perros (Ribera); juego infantil [es el lugar del refugio en los juegos de persecución] (Sangüesa); voz que dicen los chicos en los juegos de persecución cuando uno de ellos aprisiona a otro (Ujué).

            En la Iglesia de San Miguel de Estella, un ángel (San Miguel) está matando al dragón y lleva el escudo de Navarra; pero dicen que, en realidad, el escudo no lleva cadenas, sino carbunclos (piedra de los ojos de basilisco que irradian luz), que son también símbolo de San Miguel, siendo, por tanto, un símbolo de arte alquímico. “Carbunclo” era una piedra preciosa llamada así porque se suponía que lucía en la oscuridad como un carbón encendido. Corresponde al granate oriental, o, según otros, al rubí.   “Carbúnculo” es el rubí (en heráldica es una piedra preciosa de gules que se representa en el centro de ocho rayos flordelisados, pometeados o ambas cosas a la vez).  “Bloca” es la punta de forma cónica o piramidal que tenían en el centro algunos escudos y rodelas. Los escudos de guerra, hechos de tablas y forrados de cuero, necesitaban un elemento de trabazón para no saltar en pedazos al ser golpeados. La bloca, formada por tiras metálicas claveteadas, proporcionaba resistencia a la pieza y, a la vez, servía para adornar y enriquecer los más lujosos con labores y piedras engastadas. La bloca era entendida como la totalidad del refuerzo metálico, con sus barras radiales, no sólo la pequeña pieza central o “umbo” (prominencia en el centro de los escudos que utilizaban los soldados romanos).

            Parece que los grandes personajes no aceptaron fácilmente al principio la moda de los escudos adornados con emblemas, extendida entre gentes de menor condición. Adoptaron el uso del sello. A partir de 1170-1175 se establece la moda de los emblemas heráldicos en el reverso del sello: habían logrado ya la aceptación social necesaria.

El sello personal de Sancho VI el Sabio representa una figura ecuestre con un escudo almendrado que lleva la bloca.

Sancho VII el Fuerte, en su sello personal, sustituye la figura ecuestre del reverso por un águila con las alas abiertas que llena todo el campo. Quizás el origen de este emblema se halle en la abuela del rey (Margarita de l’Aigle, esposa de García Ramírez, que poseía un pequeño feudo en Normandía con este mismo emblema). Tras la batalla de las Navas de Tolosa, el rey de Navarra no introdujo ningún cambio en su emblema, como tanto se ha repetido, pues al menos dos años más tarde sigue grabando en su nuevo sello el águila en el escudo de la figura ecuestre (tan sólo añade en el reverso, bajo cada una de las garras del águila, un pequeño león). En cuanto a los colores con que se representaba, ningún testimonio válido es conocido: el Padre Moret supone que el águila era negra en campo blanco.

La bloca, a la que ahora se debe llamar carbunclo, ha alcanzado pleno valor significante al final del reinado de Teobaldo I. En los sellos que usa Teobaldo II desde el comienzo de su reinado, el carbunclo aparece ya tratado como figura heráldica y, por ello, trasladable de soporte.

En los armoriales franceses e ingleses de hacia 1275-1285, las armas del rey de Navarra se blasonan siempre como un “charboucle besancié” (el adjetivo alude a los besantes, monedas bizantinas de oro, que son como botones o discos que adornan el carbunclo de Navarra). En el nombre se mezcla la “boucle” (bloca o bocla) con el carbunclo o carbúnculo (que era entonces un rubí rojo como un carbón encendido). Sólo a fines del siglo XIV se trocará en esmeralda verde (formación de la leyenda de las Navas, con mención de encadenados y cadenas en los relatos de la batalla).

La sustitución del águila por el carbunclo o “cadenas” se produjo en 1234, no en 1212.