3344 días hasta
el VI Centenario del Privilegio de la Unión de Pamplona

GRACIAS POR TU VISITA

VISITANTES

HISTORIA‎ > ‎

1 - Síntesis histórica de la ciudad



POMPAELO

            Rodeada de montañas, la fértil llanura de la Cuenca de Pamplona favorece, como ninguna otra comarca navarra, el asentamiento del hombre. No es de extrañar que algunos de los restos más antiguos de la presencia humana se hayan localizado en el entorno de las terrazas del río Arga. Herramientas de piedra que nos remontan unos 75000 años atrás. La historia escrita llegó de manos de los romanos durante su conquista de Hispania. El general Pompeyo llegó en el invierno del 75-74 a.C. Los vascones le abrieron las puertas de su “ciudad” y Roma decidió quedarse para siempre.

            Los primeros asentamientos

            El Neolítico trae la agricultura, la ganadería y los poblados al sur de Navarra, pero Pamplona apenas muestra aún huellas de talleres donde pastores y cazadores elaboraban sus herramientas de piedra y hueso camino de otra parte. Todo cambia hace tres mil años. Las influencias culturales del otro lado del Pirineo y del centro de la Península disparan el número de asentamientos permanentes. La Cuenca de Pamplona se convierte en una encrucijada de nuevas costumbres que aceleran el despertar cultural de Navarra. Hacia el primer milenio a.C. puede situarse un primer poblado bajo la ciudad actual, origen del nombre Iruña, “la ciudad”.

            Los vascones, por Estrabón

            Los primeros contactos de los romanos con los vascones les permitieron adquirir una idea de sus costumbres, que pronto fue transmitida por escrito. Esta imagen permite acercarnos a esa población anterior a Pompaelo. Estrabón los retrató así en su Geografía: “Todos los habitantes de las montañas son sobrios, no beben sino agua, duermen en el suelo, llevan cabellos largos al modo femenino, aunque para combatir se ciñen la frente. Comen principalmente carne de carnero; a Ares sacrifican carneros, y también cautivos y caballos […]. Comen sentados en bancos construidos alrededor de las paredes, alineándose en ellos según sus edades y dignidades; los alimentos se hacen circular de mano en mano; mientras beben, danzan los hombres”.

            El nombre de un general romano

            El general Cneo Pompeyo Magno (106-48 a.C.) fue uno de los principales estrategas del siglo I a.C. Su triunfo frente a Sertorio le convirtió en cónsul (año 70), la primera magistratura romana. Fue precisamente en esa campaña cuando estableció en tierras vasconas el campamento del que surgió Pompaelo (75-74 a.C.). Luchó contra los piratas mediterráneos y conquistó Siria para Roma. Aliado de Craso y Julio César, formará con ellos el Triunvirato que gobernó Roma hasta el año 52 a.C., y que acabaría en una guerra entre ellos de funestas consecuencias para Pompeyo. Ante el imparable avance de César, se vio obligado a buscar refugio en Egipto, donde fue asesinado por orden del faraón Ptolomeo XIV.

            El modelo urbanístico romano

            Pompeyo refundó la ciudad según el patrón romano, le dio su nombre y acentuó su función de enlace estratégico entre la península y Europa. En las cercanías del Pirineo, Pompaelo era la única que mantenía una dignidad urbana por encima del simple poblado. Su mercado tuvo cierta importancia comercial. De acuerdo con el modelo romano, se ensayó un diseño regular sobre dos ejes principales perpendiculares, el cardo maximo y el decumano, coincidiendo con las calles Dormitalería y Curia, en la Navarrería, a la que sirvió de cimiento. Sistema de alcantarillado, murallas, un foro de templos, mercaderes y políticos en la zona donde hoy se asienta la plaza de la Catedral, baños públicos y viviendas lujosas y humildes… Todo se apiñaba en un rectángulo de 150000 m2, apenas una tercera parte del perímetro actual del Casco Viejo. A finales del siglo III un incendio destruyó gran parte de la estructura urbana.

            San Fermín y la cristianización de Pamplona

            De manera paralela a la decadencia del Imperio, se produjo un cambio muy profundo en los ritos religiosos. El cristianismo, que se extendía de forma lenta pero incansable desde Oriente, acabó por llegar a Pamplona en un largo proceso que seguramente no caló en profundidad hasta los siglos III al V. La tradición cuenta que San Saturnino llegó a Pamplona a mediados del siglo III y consiguió convertir a varios habitantes de la capital, entre ellos a la familia de Firmo, un aristócrata local. El hijo de éste, Fermín, sería el primer obispo de los pamploneses y habría muerto martirizado en Amiens (Francia), donde había ocupado también la silla episcopal. Una placa junto a la iglesia de San Saturnino (el Pocico) recuerda el lugar donde fue bautizado. La figura de San Fermín surge, sin embargo, envuelta en la leyenda. Su historia no aparece hasta el siglo VII, precisamente en la zona de Amiens. Serán los emigrantes y peregrinos jacobeos del otro lado del Pirineo los que traigan a Pamplona la historia de su primer obispo. En 1189 el obispo Pedro de Artajona conseguirá una reliquia (un fragmento de la cabeza). Su fiesta, el 10 de octubre, empezó a calar hondo entre los pamploneses a finales de la Edad Media. En 1399 se le levantó un altar en la iglesia de San Lorenzo y en 1591 se hizo coincidir la conmemoración con las ferias de julio, el día 7. Medio siglo después (1657) se convertía en copatrón de Navarra. Contra lo que mucha gente cree, San Fermín no es el patrón de Pamplona, sino San Saturnino, aunque sí lo es de su diócesis.


LOS BURGOS MEDIEVALES

            Pamplona cayó en manos de visigodos y musulmanes entre los siglos VI y IX. Hasta el siglo X los clanes nobiliarios no acabaron de conseguir la suficiente autonomía como para hacer surgir el Reino de Pamplona, nombre que le dieron en homenaje al símbolo religioso y político que representaba la ciudad, a pesar de su escaso número de habitantes. Sin embargo, y pese a su prestigio, hubo que esperar un siglo para que Pamplona fuera algo más que un pueblo grande en torno a una catedral. Sólo con la llegada de emigrantes dedicados al comercio y la artesanía (los francos o burgueses) se produjo una expansión considerable a lo largo del siglo XII, pero entonces surgieron las tensiones internas.

            Francos y musulmanes

            Los musulmanes impusieron su autoridad antes del año 718. La nobleza pamplonesa supo maniobrar en estas aguas turbulentas. El pago de un tributo garantizó la paz y la conservación de influencias personales y familiares, sólo alteradas esporádicamente con la presencia de guarniciones árabes encargadas de asegurar el control. Poco a poco se iba confirmando el prestigio de Pamplona y su confirmación como alma de la tierra de los vascones. Linajes como los Arista se harán con el poder después de que los grandes monarcas francos fracasen en su intento de incorporar estas comarcas a su imperio. Carlomagno destruyó las murallas en el 778, pero fue derrotado a continuación en Roncesvalles. Luis el Piadoso impuso un gobernador el 812, que fue derrocado apenas llegó. Los pamploneses se revolvían, y los árabes les dejaban hacer.

            El nombre de un reino

            La aristocracia pamplonesa fue adquiriendo una autonomía y una capacidad de gobierno que destapó finalmente la caja de los truenos ante el Islam. Tras un siglo de ensayos más o menos provechosos, Pamplona acabó por dar su nombre a un nuevo reino a principios del siglo X. El marco en el que se desarrollaba la vida en la capital no iba más allá de las pocas hectáreas desplegadas por Pompaelo y su población apenas superaba entonces unos pocos centenares de habitantes dedicados a la Iglesia y al campo. Pero ya era un símbolo de la independencia.

            De ciudad episcopal a señorío

            Durante mucho tiempo el señor de la capital no fue el rey sino el obispo. Sancho Garcés II Abarca (970-994) había cedido esta potestad a la Iglesia como muestra de gratitud a Dios por la ayuda frente a los musulmanes. Los sucesivos monarcas habían confirmado semejante donativo. El obispo nombraba a sus delegados, encargados de velar por sus intereses económicos y jurídicos. El palacio construido en 1190 por Sancho VI el Sabio también había pasado al prelado y en él residía el rey cuando acudía a Pamplona. El apoyo que la mitra prestó a los nobles de la Navarrería en 1276 fue el principio del fin de este dominio. Un primer pacto fracasó en 1291. Finalmente, en 1319, Felipe II de Navarra y el obispo Arnaldo de Barbazán alcanzaron un acuerdo definitivo. Pamplona pasaba a manos del rey a cambio de la entrega de una compensación económica. La propiedad del palacio episcopal siguió en discusión hasta 1427, en que finalmente revirtió a la corona.

            La judería

            Pamplona contó con una comunidad hebrea desde 1154. Se instaló junto a los huertos de la catedral, a la sombra del obispo. Como otras comunidades similares, se dedicaba al comercio y al crédito, circunstancia esta última que no siempre les granjeaba las simpatías de sus vecinos cristianos. Sufrió los rigores del asalto francés en 1276, y sus habitantes se dispersaron por Pamplona. Esta situación resultaba extraña a la costumbre del país y del occidente europeo, donde los judíos vivían casi siempre en barrios diferenciados. Por eso, cuando la Navarrería fue reconstruida, a partir de 1323, se volvió a levantar una judería en su emplazamiento primitivo, coincidente, más o menos, con el espacio entre la actual calle de la Merced y la plaza de Santa María la Real. A mediados del siglo XIV lo ocupaban unas 150 familias, pero la decadencia de la aljama se avecinaba. Pamplona se había quedado sin judíos años antes de la expulsión de 1498 entre conversos y emigrantes.


EL PRIVILEGIO DE LA UNIÓN

            A finales del siglo XI, los monarcas de la dinastía de Aragón (Sancho Ramírez, Pedro I, Alfonso I) desplegaron una intensa actividad reconquistadora y repobladora. Emigrantes dedicados al comercio y la artesanía se instalaron a lo largo y ancho del reino. Antes de 1100 las campas situadas al oeste de la ciudad vieja empezaron a poblarse de franceses del Midi, devotos de San Saturnino, a quien dedicaron su iglesia y el nombre del nuevo barrio, el Burgo de San Cernin. Sus orígenes y dedicación mantenían a estos “burgueses” apartados de los antiguos habitantes “navarros”, y los privilegios que recibieron del rey en 1129 marcaron todavía más las distancias.

            La Guerra de la Navarrería

            Las distintas procedencias y los intereses encontrados de unos y otros impidieron durante mucho tiempo la buena vecindad. En el siglo XII había surgido la Poblaciópn de San Nicolás, en torno a una nueva parroquia, con nuevos emigrantes. En 1189 la Navarrería recibió su fuero de francos y el anexo de San Miguel. Pero no hubo unión. En 1222 los habitantes de San Cernin asaltaron y quemaron la iglesia de San Nicolás, su competidor más directo. Los intentos de la monarquía por acercar los tres núcleos fracasaron, y en 1276 tuvo lugar la Guerra de la Navarrería. La nobleza, firmemente asentada en la Navarrería y apoyada por el obispo, reclamaba la alianza con Castilla, mientras que la burguesía de San Cernin y San Nicolás prefería la solución francesa. El resultado fue la destrucción de la Navarrería por un

ejército ultrapirenaico. La más vieja de las ciudades pamplonesas fue arrasada, salvo los edificios de la Iglesi, los bienes de sus vecinos confiscados y el señorío del obispo sobre la capital puesto en cuarentena. Hasta pasado medio siglo (1323) no se inició la reconstrucción sistemática.

            Carlos III el Noble

            Con Carlos III el Noble (1387-1425) no sólo se alcanza la unión de los tres Burgos pamploneses: la corte navarra vive un cierto momento de sosiego después de años de absoluta dependencia de Francia y antes de la decadencia final y la conquista por Castilla (1512). El monarca opta por el entendimiento con sus vecinos e inicia una política exterior muy intensa. Consolida una monarquía más cercana a sus súbditos, más peninsular. Y le devuelve su esplendor construyendo palacios y templos y potenciando las artes y la economía.

            8 de septiembre de 1423

            Aunque de forma menos violenta, las discordias continuaron durante el siglo XIV, y

obligaron al rey Carlos III el Noble a tomar la decisión inapelable de transformar las tres entidades en una sola (1423). Según el privilegio real del día 8 de septiembre de 1423, diez jurados (5 del Burgo, 3 de la Navarrería y 2 de la Población) regirían conjuntamente los destinos de la ciudad y un alcalde, elegido anualmente por el rey en turno rotatorio, ejercería las funciones judiciales. Los monopolios de cada barrio desaparecen, se prohíbe la construcción de nuevas fortificaciones interiores y, en suma, se otorgan las disposiciones necesarias para crear un clima de convivencia. La Jurería (casa municipal) se edificará en el espacio situado entre los tres barrios, cerca del chapitel (almacén de granos del rey). Tardarían en derribarse las murallas interiores, pero era cuestión de tiempo.

          

 El nuevo escudo de la ciudad

            Cada uno de los municipios medievales de Pamplona contaba con sus propios sellos y símbolos. El sello de la Navarrería representaba en su anverso la imagen de Santa María con el Niño y en el reverso la fachada de la catedral románica. El Burgo de San Cernin empleaba una media luna y una estrella, mientras que la Población de San Nicolás mostraba una fortaleza y al propio obispo en una barca. Entre 1274 y 1423 Población y Burgo formaron un único municipio, y el sello que les representaba resultó una combinación. El anverso recogía el creciente y la estrella rodeados por una muralla con puertas y torres; en el reverso, la barca con el obispo. Con el Privilegio de la Unión de 1423, un único escudo sustituye a los existentes y las armas de la ciudad pasan a ser las actuales: en campo de azur, león de plata, lampasado y armado de gules, y surmontado al centro por corona real de oro; y como bordura, las armas de Navarra, cadenas de oro sobre gules, como símbolo de su condición de capital del reino.

            Una nueva Casa Consistorial

            El capítulo III del Privilegio de la Unión determina con exactitud el lugar donde debe quedar emplazada la nueva Casa Consistorial pamplonesa tras la paz de los tres Burgos. La Jurería se edificó, por tanto, donde la torre de la Galea y el portal del Burgo (Portalapea), en lo que era un foso, tierra de nadie, confluencia de los sistemas defensivos de las tres partes. Ante la más que previsible lentitud en el desarrollo de las obras, el propio Privilegio especificaba medidas prácticas y económicas.


CIUDAD DE FRONTERA

            Desde la conquista de Navarra y su incorporación a Castilla en 1512-1515, Pamplona se convierte en un puesto avanzado de la corona española ante Francia. El objetivo permanente de los tres siglos siguientes será el sostenimiento de la frontera ante posibles invasiones, y su función es, en ese punto, fundamental. Fortificaciones y murallas son el vital medio de defensa que, al mismo tiempo, impide su crecimiento horizontal. La Ciudadela y el nuevo recinto amurallado de finales del siglo XVI dan, ahora más que nunca, la imagen de una Pamplona-fortaleza.

            Pamplona, capital del nuevo Reino

            El alejamiento de los monarcas en la corte castellana y su representación por virreyes contribuye, de forma paradójica, a consolidar el papel de Pamplona como capital del Reino. Los virreyes se instalan de forma permanente en el palacio de San Pedro, las Cortes se celebran aquí de forma casi sistemática (55 de las 78 sesiones, desde 1512 hasta 1829). El Consejo Real, la Diputación del Reino, la Cámara de Comptos, en suma, las principales instituciones que ya no deben seguir al rey, se acomodan dentro del recinto, que se llena (o se ve rodeado) de conventos levantados por todas las órdenes religiosas de cierta relevancia, hasta el punto de acabar por dar nombre a más de una de las calles.

            Una fortaleza a la última

            La desaparición paulatina de las murallas interiores no supuso la caída del recinto. Los fosos entre los Burgos fueron ocupados por calles (por ejemplo, la calle Nueva desde 1582), pero el anillo exterior se reforzó. El castillo de comienzos del siglo XIII fue sustituido desde 1513 por otro en los terrenos de lo que hoy es el Palacio de Navarra. Entre 1540 y 1558, el reinado de Carlos V (IV de Navarra) vio un nuevo cierre de la ciudad por el norte y el este. Pero, sobre todo, desde los tiempos de Felipe II (IV de Navarra) se emprendió la reforma más profunda de las defensas: en 1571 se iniciaban las obras de la Ciudadela, dirigidas por Giacomo Palear Fratin, según las últimas novedades extendidas por Europa, el modelo Vauban. A partir de 1580 se completó este diseño con una nueva muralla al oeste y al sur. Todo el entramado defensivo estaba culminado hacia 1650. De forma paralela se abren los nuevos portales de Francia y Taconera (1666) y Nuevo (1680). En el siglo XVIII algunos baluartes contribuyeron a reforzar el sistema, que se mantendría prácticamente intacto hasta finales del siglo XIX.

            Ferias, mercados y provisiones

            Desde época medieval, Pamplona contaba con ferias y mercados que contribuían al aprovisionamiento y a la venta de la producción de sus artesanos y comerciantes al exterior. Durante toda la época moderna un mercado semanal recibía la visita, con sus excedentes, de los agricultores de la comarca, y una feria anual visitada por comerciantes de toda España hacía de Pamplona el centro de venta más importante del reino. Especial resonancia tenía la feria de San Pedro, hasta el punto de provocar el traslado al 7 de julio de la fiesta de san Fermín (hasta entonces celebrada en octubre) para hacer coincidir feria y fiesta. Hasta 1744 la feria duraba desde el 24 de junio hasta el 14 de julio. En ese año pasó del 29 al 19 de los mismos meses. El aprovisionamiento diario de los alimentos básicos se aseguraba con el Chapitel o mercado de granos, en cuyo entorno se situaban puestos de otros muchos productos. Hasta 1565 se situaba entre la plaza del Castillo y el edificio del Regimiento (la antigua Jurería), y desde entonces pasó a ocupar el solar del mercado de Santo Domingo. En 1527 el Vínculo sustituye al Chapitel en sus funciones, y se reserva el monopolio de la distribución de grano a las panaderías hasta el siglo XX. De otra parte, se aseguraba a los productores locales la venta de vino mientras hubiera reservas almacenadas, para evitar la competencia de los caldos de otras tierras.

            El voto de las Cinco Llagas

            Pamplona sufrió una epidemia de peste, otra más, en 1599. Al parecer, había

llegado desde Santander con mayor virulencia que en otras ocasiones. Entre las medidas tomadas no faltaron las de tipo religioso. El Regimiento (Ayuntamiento) prometió solemnemente que la ciudad guardaría abstinencia las vísperas de San Sebastián (19 de enero) y San Fermín (6 de julio), y levantaría una ermita en honor de San Roque, patrón de los apestados. El obispo recibió la noticia de una revelación divina que aseguraba la protección de todos los sanos y la curación de todos los enfermos que colocaran en su pecho un sello con una representación de las Cinco Llagas de Jesucristo. La enfermedad comenzó a remitir y en conmemoración de esa circunstancia la ciudad celebra desde entonces una función religiosa a la que asiste la Corporación municipal. Coincide con Jueves Santo, inmediatamente antes de los oficios del día, y tiene lugar en la iglesia de San Agustín. La contrarreforma de Trento no hizo sino acentuar las manifestaciones piadosas de la población.


LAS REFORMAS NEOCLÁSICAS

            A partir de 1750 Pamplona busca incansable la modernización. Nueva Casa Consistorial, alcantarillado, conducción de agua corriente, fuentes, fachada de corte neoclásico para la Catedral… Una explosión urbana interrumpida por la invasión napoleónica. Del recinto del Palacio de los Virreyes saldrán en el siglo XVIII nombres que contribuyeron a la “hora navarra”, y que también acertaron a dotar a la fisonomía urbana de palacios barrocos de indudable prestancia.

            Una sociedad aún muy tradicional

            Pamplona seguía teniendo una población acomodada a los ritmos de vida más tradicionales. Buena parte de sus habitantes pertenecía a la aristocracia y al clero, y casi la cuarta parte se dedicaba a la agricultura. Aunque un tercio de los vecinos estuviera dedicado a las tareas industriales, la inmensa mayoría no pasaban de ser pequeños artesanos. Sólo destacaban la fábrica de paños de la Misericordia, la de papel junto al Arga y un molino de pólvora.

            El sistema educativo

            En el siglo XVI el romance navarro evolucionó rápidamente hasta converger con el castellano, el idioma de las élites, que conocían también el vasco. Artesanos y agricultores manejaban con mayor fluidez este idioma, que empezó a perder terreno en la capital. La educación se impartía en escuelas municipales y en colegios religiosos, entre los que destacó el de los jesuitas (1580). La enseñanza superior tenía, sin embargo, graves deficiencias. Los dominicos mantuvieron entre 1630 y 1771 la Universidad de Santiago, con enseñanza de Filosofía y Teología. Desde 1757 se impartieron

clases de medicina en el Hospital General (hoy Museo de Navarra), fundado en 1556.

            Renovación urbana

            En los decenios finales del siglo XVIII Pamplona sufrió una fiebre de renovación urbana al hilo de las reformas ilustradas de los Borbones. Entre 1752 y 1760 se levanta el nuevo edificio del Regimiento. Se construye además una red de alcantarillas (1768-1772) con desagües para cada casa. Las calles, ahora libres de vertidos, se empiedran. Se trae el agua desde Subiza, en la sierra del Perdón (1790) gracias a un acueducto, el de Noáin. Media docena de fuentes diseñadas por Luis Paret distribuyeron esa agua por las plazas en 1798, Se instala un sistema de alumbrado público (1799). Y Ventura Rodríguez diseña la fachada neoclásica de la Catedral (1800). Un esfuerzo por modernizar la imagen de la ciudad y dotar a la población de unos servicios que el espíritu de la época veía ya imprescindibles.

            78 sesiones de Cortes

            De las 78 sesiones de cortes que se celebraron en Navarra entre los siglos XVI y XIX, dos terceras partes (55) tuvieron lugar en Pamplona: es la sedentarización de la Administración. Los representantes del clero, la nobleza y las villas, entre los que la capital del Reino tenía un lugar privilegiado, solían concentrarse en la sala de la Preciosa de la Catedral, uno de los pocos lugares con espacio suficiente. Las sesiones, presididas por el obispo, estaban dotadas de un protocolo muy especial, con desfiles de entrada acompañados de música (el actual Himno de Navarra o Marcha para la entrada del Reino) y maceros. Después de votar las peticiones de leyes, donativos y quejas, los Estados elegían a la Diputación encargada de velar por su cumplimiento, que también tuvo su sede en Pamplona. Su sucesora, la Diputación Provincial, ordenó la construcción del Palacio de Navarra (1843).

            Ayuntamiento

            La denominación de la institución encargada de regir los destinos de la

ciudad ha variado a lo largo de su historia. Los concejos medievales fueron sustituidos en el siglo XV por la Jurería, que agrupaba a los diez jurados rectores. El nombre de Jurería se cambió por el de Regimiento, por influencia castellana, a lo largo del siglo XVI. Entre 1752 y 1760 se construyó el palacio cuya fachada se conserva hasta hoy, y su nombre oficial de Casa Consistorial le llegó con las reformas liberales del siglo XIX; pero el de Ayuntamiento, por el que es más conocido, aparece ya en la centuria anterior.

            La toma de la Ciudadela con bolas de nieve

           En cumplimiento del tratado de Fontainebleau, las tropas de Napoleón entraron en Pamplona el 9 de febrero de 1808 y se alojaron en las cercanías de la Ciudadela ante la negativa del virrey, marqués de Vallesantoro, a que se instalasen en la fortaleza. Cada mañana, un grupo de soldados franceses acudía a recibir las raciones de pan destinadas a la tropa y que se elaboraban en el horno de la Ciudadela. El día 16 de febrero el grupo se acercó jugando con bolas de nieve hasta alcanzar el cuerpo de guardia, desarmar a los centinelas y facilitar la presencia de sus compañeros, que ocuparon inmediatamente el recinto. La protesta y la alarma que siguieron fueron calmadas por la inmediata autorización implícita de la corte madrileña. Poco después llegaría la Guerra de la Independencia y, con la derrota, el abandono de la plaza el 1 de noviembre de 1813. Es la única vez que la Ciudadela ha sido tomada.


LA PAMPLONA DEL SIGLO XIX

            El fin de la Guerra de la Independencia fue el presagio de un siglo de convulsiones. Las ideas liberales acabarían por imponerse en España, y Navarra sufre de forma especial las consecuencias. Las luchas entre carlistas y liberales envolvían un mundo de planteamientos ideológicos y económicos enfrentados. Buena parte del Reino se decanta por los carlistas defensores del absolutismo y del sistema foral. Pamplona se mantiene con los liberales, aunque parte de la población y de las autoridades tuviera sus simpatías por la causa carlista.

            La defensa de los fueros

            La activa burguesía pamplonesa y la burocracia funcionarial supieron maniobrar para hallar en la reforma de los fueros (la ley Paccionada de 1841), negociada entre los liberales navarros y el gobierno nacional, un hueco adecuado a sus planteamientos. En protesta por el intento del Gobierno de Madrid de recortar la autoridad fiscal navarra (llamado popularmente “gamazada” por el apellido del ministro Gamazo), tuvo lugar el 4 de junio de 1893 una gran manifestación en Pamplona. Como símbolo de ese espíritu se levantó el Monumento a los Fueros.

            José Yanguas y miranda

            Aunque tudelano, la figura de Yanguas está muy vinculada a Pamplona por su condición de secretario de la Diputación desde 1834 hasta su muerte. Es uno de los máximos exponentes del liberalismo pactista, empeñado en adecuar las instituciones del Reino a la ideología liberal, y uno de los principales artífices de la Ley Paccionada de 1841, base de la estructura institucional navarra durante más de un siglo.

            La sublevación de O’Donnell

            La fuerte presencia militar en Pamplona es aprovechada por algunos para prosperar políticamente en España. El 1 de octubre de 1841, el general Leopoldo O’Donnell, un liberal moderado destinado en la ciudad, se subleva contra el regente Espartero. Consigue el control de la Ciudadela, pero la falta de socorros le obliga a huir a Francia el día 23. Pamplona apoyaría la siguiente revuelta, definitiva, dos años después y lo celebraría con un banquete.

            Los primeros periódicos

            La mayor parte de la prensa surgida en el último tercio del siglo XIX tuvo una vida breve y una fuerte carga ideológica. El primer periódico de difusión diaria fue “El Progresista Navarro” (1865), Los carlistas mantuvieron una fuerte implantación con portavoces cualificados:”El Pensamiento Navarro” (1897), que alcanzaría casi el siglo de existencia. “El Tradicionalista” (1886) y “La Tradición Navarra” (1894) defendieron el integrismo. Los fueristas se manifestaban en “El Arga” (1879), “Lau-Buru” (1882) o “El Aralar” (1894); los republicanos, en “La Democracia” (1891); los monárquico-liberales, en “El Demócrata Navarro” (1904) y en “Diario de Navarra” (1903), defensor de los principios forales y antisocialistas y hoy líder de la prensa.

            Una reducida intelectualidad

            La población, en medio de esas intrigas, parece anclada en el pasado social, con una reducida actividad intelectual de corte progresista, aunque algunos personajes y movimientos contribuyeron, cuando menos, a matizar esa imagen. No se trata sólo de figuras destacadas del mundo artístico, como Pablo Sarasate, el mejor violinista de su tiempo; sino de republicanos como Serafín Olave; los revolucionarios del comité local de la I Internacional (1872); editores de periódicos como “El Progresista Navarro” (1865) o “El Porvenir Navarro” (1898); o intelectuales, como los miembros de la Asociación Éuskara (Iturralde y Suit, Campión). Por otra parte, es el siglo de los músicos en Navarra: además de Sarasate, están Gayarre, Gaztambide, Hilarión Eslava, Guelbenzu, Larregla, Astráin…

            De Zumalacárregui al bloqueo de 1874-1875

            Tomás Zumalacárregui (1788-1835), principal jefe militar carlista en la primera contienda, organizó las tropas navarras a la muerte de Fernando VII y se lanzó con ellas a la conquista del Norte, hasta fracasar frente a las defensas bilbaínas. Su vinculación a Pamplona más conocida es la salida de la capital por el Portal de Francia o Zumalacárregui el día 2 de noviembre de 1833 para ponerse al frente del ejército del pretendiente Carlos V. Por otra parte, los triunfos carlistas en las campañas de 1873-1874 obligaron al repliegue de las tropas liberales. Pamplona quedó convertida en un islote liberal, y el ejército del pretendiente Carlos VII la bloqueó en septiembre. El sistema de defensas impidió el asalto, pero no el hambre y las enfermedades. Burros, perros y gatos surtieron las mesas hasta el final del sitio, el 3 de febrero de 1875, con la llegada de las tropas de Alfonso XII.

            El Primer Ensanche

            La línea de defensas fortificadas seguía estancando el desarrollo urbano. La

ciudad crece hacia arriba y hacia adentro, en sobrepesos y patios, o en alguna barriada relativamente alejada del recinto, como la Rochapea. Las complicadas negociaciones entre el Ayuntamiento y el Ejército, empeñado en mantener la seguridad incluso después de la derrota de los carlistas, tuvieron el primer éxito con la construcción del Primer Ensanche (1888). Dos años después desaparecen dos de los baluartes de la Ciudadela. Los mejores arquitectos locales del momento diseñan allí proyectos modernistas, según la moda. Son el símbolo del ímpetu expansivo de una ciudad que en 1900 supera los 30000 habitantes.


LA PAMPLONA CONTEMPORÁNEA

            El siglo XX es el de expansión. Crecimiento no sólo urbano o económico, sino también tecnológico, social y cultural. La Pamplona que comenzó la centuria reclamando una vez más la ruptura del corsé defensivo que le impedía crecer, cuenta al acabar el siglo XX con una de las más elevadas tasas europeas de servicios sociales, de oferta educativa y sanitaria, de espacios dedicados al ocio, de polos de actividad industrial o de comunicaciones de todo tipo. Pamplona es una ciudad reconocida por sus fiestas, pero, también, por la calidad de vida que ofrece.

            Los marasmos políticos hasta la Guerra Civil

            La primera mitad del siglo XX contempló una cierta continuidad en las inclinaciones políticas y religiosas. Pamplona siguió siendo una capital con una fuerte presencia de carlistas y conservadores, aunque los republicanos supieron hacerse con el control municipal en mayo de 1931. Los meses siguientes fueron decisivos en el proceso fallido para vincular Navarra a un “estatuto vasco-navarro”. Con todo, la capital fue una de las bases principales para la sublevación contra la República, en julio de 1936, de la mano del general Emilio Mola, aunque permaneció alejada del frente.

            Una industria automovilística pujante

            La industrialización impulsada en los años 60 en el polígono de Landaben o en otros polos comarcales tuvo como símbolo principal desde 1966 la fábrica de automóviles de Authi (más tarde Seat y Volkswagen), centro de la industria automovilística y motor económico regional.

            Expansión urbana

            La ciudad, totalmente amurallada hasta 1915, obtuvo en ese año permiso para

derribar una parte de sus murallas y expandir su área urbana. En 1920 se aprueba el II Ensanche de Pamplona, que extendió en las dos décadas siguientes la capital hacia el sur. El fin de la Guerra Civil permitió la culminación del Ensanche y el desarrollo de barrios como Rochapea, Chantrea o Milagrosa (años 50), San Juan (años 60 y 70), Iturrama y Azpilagaña (años 70 y 80), Menbaldea y Mendillorri (años 90) y, más recientemente, Bustinchuri y Lezcairu (2010). Todo esto, junto a poblaciones anexas (Barañáin, Burlada, Cizur…), han acabado por configurar un área metropolitana de más de 250000 habitantes.

            Una ciudad universitaria

            El crecimiento demográfico aceleró la puesta en funcionamiento de centros de todo tipo. Las primeras ikastolas o escuelas en vascuence, son de los años 60. En 1952 se crea el Estudio General de Navarra, más tarde Universidad de Navarra (1960), vinculada al Opus Dei, cuya aportación al desarrollo de su entorno ha sido reconocida con la Medalla de Oro de Navarra de 1997. Algunos centros públicos como la Escuela de Magisterio o la de Peritos Agrícolas permanecieron ligados a diferentes universidades españolas hasta la creación de la Universidad Pública de Navarra (1987). La coexistencia de tres universidades y sus 30000 alumnos determina el carácter dela ciudad.

            La fuga de San Cristóbal

            A poco de terminar la última guerra carlista (1876), se construyó en lo alto del monte San Cristóbal un fortín destinado a convertirse en el principal seguro militar de Pamplona en caso de una nueva campaña. El castillo, una especie de acorazado de montaña, llevó el nombre de Alfonso XII. En 1934 se convirtió en penal y en 1935 el Ayuntamiento convocó un paro general para suprimirlo. En 1938, un espectacular intento de fuga de prisioneros republicanos acabó con la muerte de trescientos de ellos. Hoy está abandonado.

            Los Encuentros de Pamplona

            La Pamplona industrializada es un buen caldo de cultivo en el que diversos grupos intentan crear un clima favorable a nuevos sistemas políticos al final del franquismo. Las huelas del 73 y del 74, algunas de carácter general, la afirmación de la presencia sindical en las grandes empresas y el crecimiento de los partidos políticos son algunos de los síntomas más evidentes. Un acto de carácter aparentemente lúdico en exclusiva, como los Encuentros de Pamplona (1972), manifestación pública de las vanguardias artísticas con gran eco a nivel nacional, no quedó exento, antes al contrario, de las tensiones políticas de los primeros años de los primeros años setenta. La democracia ha mantenido hasta hoy el interés de una sociedad profundamente activa por casi todos los problemas de relieve.

            Uno de los mejores ciclistas de la historia

            Aunque nacido en Villava (1964), un pequeño pueblo a seis kilómetros de la capital, la figura de Miguel Induráin, ganador de cinco Tour de Francia consecutivos (1991-1995), ha llevado el nombre de Pamplona a todo el mundo. Induráin, hijo adoptivo de la ciudad, está considerado el mejor deportista español de todos los tiempos y uno de los cuatro o cinco grandes “monstruos” del ciclismo. Pero la relación no se agota con Induráin. El fútbol, el deporte rey, está personalizado en Osasuna, un club fuertemente identificado con la ciudad y con el cuidado de la cantera, cuya trayectoria futbolística ha sido oscilante entre la primera y la segunda divisiones. Actualmente milita en primera división.