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LITERATURA JAPONESA Y LA NATURALEZA

por Hitoshi Oshima

 

“El maestro (Basho) dijo que sobre el pino, aprendiéramos directamente del pi­no; que sobre el bambú, hiciéramos lo mismo. "Aprender" significa "re­chazar todo juicio subjetivo ". "Aprender "significa "tocar con nuestros sentidos cada cosa y sentir en ella la sutil manifestación de la vitalidad. Sin este aprendizaje, el poema crearía una emoción falsa porque enton­ces, la cosa y el poeta serían dos seres separados, no unidos.

 (Hatori Dohou, Sansoushi, 1740)”

 

Los que conocen un poco de la literatura clásica japonesa, ya reconocerán él hecho de que esta literatura tiene una relación estrecha con la naturaleza. Quizá todos los pueblos del mundo tengan en su estado primitivo esa estrecha ligazón con la naturaleza y la  expresen a través de sus rituales, mitos o literaturas orales. En el caso de la literatura japonesa, ésta ha mantenido esa ligazón incluso después de la introducción de la escritura en su expresión literaria, durante más de once siglos.  .. 

Esa ligazón con la naturaleza es seguramente, debido a la men­talidad del pueblo japonés, y más concretamente, a su religión shin­toísta, que consiste en el culto a todos los fenómenos naturales considerados como diversas ma­nifestaciones de la misma ener­gía creadora divina. La literatu­ra japonesa que expresa el alma japonesa, debe prestar su aten­ción únicamente o principalmen­te a estos fenómenos, abandonan­do otro tipo de fenómenos como los sociales o los ideológicos.

Los fenómenos naturales en los que se concreta la literatura japonesa, no se limitan sólo a los fenómenos exteriores al ser humano como son los pájaros, los lagos, los vientos, las estrellas, etc., sino que también son consi­derados como parte de los fenó­menos naturales, los que se en­cuentran en nuestro cuerpo y sen­timientos. Se piensa que nuestro cuerpo y nuestro sentimiento manifiestan, tanto los fenómenos del mundo exterior, la energía creadora de la naturaleza.

 

Además no se concibe esa dis­tinción neta entre el mundo fí­sico y el psíquico, de modo que no se distingue el cuerpo del sentimiento. Se piensa que el cuerpo tiene sentimientos, que el sentimiento no puede existir fue­ra del cuerpo. Este pensamiento, ya lo encontramos en la primera obra literaria llamada "Koyiki", que significa el recuerdo de los acontecimientos antiguos, y que consta de mitos y leyendas com­pilados hacia el siglo VIII.

 

 

“... y aparecieron a continuación, dos dioses invisibles y solteros; y por fin, cuatro parejas de dioses esta vez visibles. La quinta pareja fue el Dios Invitador Izanagui y la Diosa Invitadora lzanami, quienes -en calidad de seres humanos- recibieron la orden suprema de los dioses celestiales  de crear un país. Al recibir esta orden, el Dios Invitador le preguntó a la Diosa Invitadora: ¿de qué forma está hecho tu cuerpo? -Respondió la Diosa: mi cuerpo está muy bien hecho pero hay una cosa que le falta. Entonces el Dios Invitador le dijo: ¡mira!, mi cuerpo también está muy bien hecho pero hay una cosa que le sobra. Por eso pienso crear un país llenando lo que te falta, con lo que me sobra a mí. ¿Qué te parece? -Muy bien, respondió la Diosa, y se juntaron. Así de este modo, después de ha­ber dado a luz dos seres disformes y habiéndolos tirado, dieron a luz va­rias islas.” (Koyiki, 712)

 

La diferencia entre esta poesía moderna y la tradicional quizás no se note tan fácilmente en la traducción, en su forma origi­nal se aprecia mejor esa sutil di­ferencia, y es la carencia de pro­yección sentimental hacia el mun­do natural. Los poemas de Masaoka son producto de un constan­te esfuerzo de rechazo de cual­quier sentimiento que para él sea engañoso, sin base o poco sus­tancial. Esta visión proviene de la influencia del positivismo oc­cidental y de la filosofía del bu­dismo zen.

 

Hasta ahora, he hecho una exposición sobre la relación en­tre la literatura japonesa y la na­turaleza prestando atención casi exclusivamente a la poesía, pero esto no significa en absoluto, que en el mundo narrativo no se re­fleje esta estrecha ligazón con la naturaleza.

 

 Quizá con menos intensidad que en la poesía, encontramos en la narrativa la misma visión de la naturaleza. Por ejemplo en "la leyenda de Genyi" de Murasaki Shikibu, escrita a fines del siglo X, la naturaleza se presenta tan­to en forma de los fenómenos na­turales vinculados con el cambio de las estaciones, como en for­ma de inconstantes y apasiona­dos sentimientos humanos. El te­ma de la novela es el amor, el cual no se desarrolla como en las novelas occidentales, como consecuencia de la voluntad hu­mana, sino como irreprimibles manifestaciones de la fuerza natu­ral superior a la voluntad humana. El amor en esta novela femenina, no es concebido como algo independiente del mundo fí­sico que rodea a los personajes enamorados; al contrario, es to­talmente susceptible a cualquier cambio físico del mundo natural, como es el clima, las estaciones, el viento, el aroma de las flores, etc. El ejemplo de la Leyenda de Genyi, muestra bien que esa es­trecha ligazón con la naturaleza, no es exclusiva de la poesía.

 

Los escritores conocidos en Occidente como Tanizaki Jyuni­chiro.. Akutagawa Ryunosuke, Kawabata Yasunari, Oé Kenzabu­ro, Abe Kobo o Mishima Yukio, son todos contemporáneos o pos­teriores a Shiga Naoya, sin embar­go, éstos han sido más conocidos en Occidente que Shiga, al que se consideró en Japón como "el di­vino". La razón de la populari­dad internacional de los citados escritores es: primero, que tienen un arte narrativo mucho más acaba­do a la manera occidental; segun­do, que carecen de esa experiencia íntima con el mundo natural y tan difícil de transmitir en otros idiomas y por último, usan un lenguaje abstracto y conceptual cuyo origen es el lenguaje occi­dental y que por supuesto faci­lita la traducción al original len­guaje occidental. No siempre los escritores más conocidos en Oc­cidente, son los más representa­tivos, a veces sus obras gozan de popularidad fuera de Japón justa­mente por no reflejar ninguna rea­lidad.

 

De todos modos, la litera­tura japonesa contemporánea no parece tener nada de su visión tradicional de la naturaleza, esa visión tan poética y mítica de la naturaleza, esa estrecha ligazón con el mundo natural que la li­teratura japonesa ha cultivado durante mil años, y que ya perte­nece a un tiempo perdido que cada uno de nosotros tenemos que ir buscando.

Fuente: Revista Sekai Año 5, Nº 44

 

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Las  Creaciones Literarias del Pueblo Japonés

 

por Yukihisa Eto

 

 

 

La Época Antigua

 

El mundo occidental apenas tiene conocimiento del inmenso y milenario patrimonio literario de Japón. Será para nosotros un gran placer si este artículo puede servir a manera de introducción literaria despertando un nuevo interés en el lector hacia las letras japonesas.

Los japoneses de la época prehistórica ya parecían gozar del placer de crear cantos y poemas, pero el verdadero amanecer de la literatura escrita llegó cuando aprendieron el uso de los caracteres ideográficos traídos de la China antigua por los misioneros budistas, quienes habían  arriesgado sus vidas en verdaderas odiseas al atravesar el Mar de la China en los barcos primitivos de aquel entonces. Así, la primera obra escrita apareció a principios del siglo VIII bajo el nombre de “Mitología” (Kojiki, en japonés), en la que quedó registrado un vasto legado verbal de cuentos y episodios de la Corte Imperial, que desde su establecimiento habían sido trasmitidos de padres a hijos por los historiadores cortesanos.

Curiosamente, en esta obra, la historia de la creación de este mundo es casi igual a la que se revela en la Biblia, y las leyendas de héroes y bellas damas son igualmente parecidas a las aventuras homéricas. La obra no solo influyó en el posterior estilo de las letras del país, sino que también dejó aclarado que la dinastía imperial japonesa estaba constituida nada menos que por los descendientes de la “Diosa Solar”. (Cabe notar que la Familia Imperial actualmente reinante es continuación de la misma línea que se consigna en este libro).

Poco después, a fines del siglo VIII, se publicó la “Miríada de Poemas” (Manyosiu), una vasta colección de poemas compuestos por emperadores y emperatrices y miembros de la nobleza, como así también por gente humilde y soldados reclutados para la guerra con los países extranjeros. En ellos se expresa una variada gama de  los sentimientos humanos, tales como el amor, los afectos familiares, la admiración por la magnificencia de la naturaleza, la melancolía y la añoranza, e inclusive, cabe notar, sentimientos de pesar por la pobreza. A través de su lectura, el lector moderno no puede dejar de percibir la identidad de sentimientos experimentados por los seres humanos tanto en la vida primitiva del pasado como en la actual, rodeada de todas las comodidades del presente.

Casi todas las poesías están compuestas por 31 sílabas (con rimas necesarias y en cinco líneas 5-7-5-7-7, sistema de composición poética denominado “waca” que persiste hasta el día de hoy. Las columnas literarias dominicales de los diarios japoneses de la actualidad están llenas de poemas de esta clase, como así también de “haiku” (al cual nos referiremos más adelante), enviados por lectores de la más diversa escala social.

Un famoso waca de la “Miríada de Poemas” dice así:

 

“Vi la niebla cubriendo el campo

en el este,

y al volverme, observé a la luna

reclinarse lentamente sobre la colina en el oeste”

(por Jitomaro Kakinomoto)

 

Los emperadores posteriores mandaron editar colecciones de poemas al estilo de la “Miríada de Poemas”, de tal suerte que en el siglo X se publicó la antología “Poemas Antiguos y Contemporáneos” (Kokinsiu), a la que siguieron otras importantes recopilaciones en los siglos siguientes. De esta última antología extraemos el siguiente poema:

 

“¡OH, cuánto más triste parece el otoño

cuando en la espesura del monte

resuena del ciervo el lamentoso bramido

piafando entre las hojas de arce caídas!”

                         (Sarumaru Dayu)

 

Tanto la “Mitología” y la “Miríada de Poemas”, como así también todas las obras que les siguieron, fueron posibles gracias al ingenio del pueblo japonés que, poco después de  aprender los miles de caracteres chinos, inventó un  propio sistema de alfabeto fonético denominado “kana” que, usado conjuntamente con tales caracteres, permitió la adaptación del sistema de escritura a la pronunciación del idioma japonés.[1]

 

La Época Pre-Medieval

 

Después que la capital del país se trasladó de Nara a Kioto, al oeste de Japón, la prosperidad cultural de la aristocracia antigua, que se asemejaba al florecimiento de los cerezos en primavera, no solo se reflejó en el más alto nivel estético,  sino que además culminó en un hecho singular y sorprendente en la historia literaria del mundo, como fue la aparición de “Cuentos del Príncipe Esplendente” (Genji Monogatari), primera novela de la literatura mundial, escrita a principios del siglo XI por Doña Púrpura (Murasaki Shikibu), una de aquellas mujeres altamente educadas en toda clase de artes que rodeaban al Emperador y a la Emperatriz y a otros aristócratas de la corte. El Príncipe Esplendente, desde entonces convertido en sinónimo de “hombre hermoso” en japonés, era  hijo de un emperador y siendo muy joven se enamoró de una de las amantes de su padre, Doña Glicina (Fujitsubo).

El voluminoso libro relata en una prosa exquisita e insuperable, con una profunda observación de la psicología humana completamente identificable a la de un escritor moderno, cada uno de los varios amores del Príncipe y de su hijo.

Los 54 capítulos de la obra suministran los detalles de las costumbres y modos de vida de la época, lo que agrega a la novela otro valor muy importante como documento histórico. Cuando la genial dama anunció la novela en la corte, los primeros capítulos despertaron la admiración entre todos los intelectuales, incluyendo la corte, quienes la urgieron a completar su obra.

Entre otras escritoras notables de la época, no se pueden dejar de mencionar a Doña Claridad (Sei Shonagon), quien escribió un famoso tomo de  ensayos titulado “Lectura para dormir” (Makura no Soshi) en el que cada uno de los capítulos constituye una perla literaria que refleja la sensibilidad femenina frente a la naturaleza, la literatura y la vida humana, y a Doña Fuente (Izumi Shikibu), brillante poetisa conocida por sus aventuras amorosas que nos dejó un exquisito legado de apasionados poemas.

La tradición de escribir ensayos iniciada por Doña Claridad alcanzó su auge medieval cuando el sacerdote Kenko Yoshida completó en el siglo XIV su colección de ensayos bajo el título de “En Tiempos Ociosos” (Tsurezure-gusa), en los cuales reveló pensamientos filosóficos altamente influidos por el Budismo Zen y enseñó por primera vez al pueblo la manera de buscar dentro de la naturaleza que lo rodea momentos de tranquilidad en medio del ajetreo de la vida cotidiana.

A modo de ejemplo, citamos aquí un poema waca de cada una de las tres mujeres rivales del mundo literario clásico:

 

Fue tan fugaz la visión de mi amado señor

que no estoy cierta de haberlo visto.

Fue como si la luna de medianoche

se ocultara velozmente entre cortinas de nubes.

                         (Doña Púrpura)

 

(En el poema siguiente, la autora rechaza los requerimientos amorosos de un cortesano valiéndose de una alusión, en forma metafórica, a un conocido episodio histórico)[2].

 

“Aun cuando toda la noche

suene el imitado canto del gallo frente a la guardia,

de ningún modo hay esperanza de que sean abiertas

las puertas de la fortaleza de Osaka”.

                   (Doña Claridad)

 

“Quisiera, por última vez, ver aquel hombre

para poder siempre evocarlo

también en el otro mundo,

si como dicen, el otro mundo existe”.

                  (Doña Fuente)

 

 

La Época Medieval

 

Desde la época medieval hasta mediados del siglo XIX, la clase armada de los samurai, originariamente constituida por mercenarios al servicio de grandes terratenientes de la aristocracia, ganó supremacía sobre las restantes clases sociales de Japón. En un principio, los dos clanes más importantes de samurai fueron el de la Familia Heique y el de la Familia Minamoto. La lucha por la hegemonía entre estas dos familias dio origen a la más voluminosa crónica rimada, “El Cantar del Clan Heique” (Heique Monogatari), que apareció en el siglo XIII (poco antes que el veneciano Marco Polo relatara su viaje a Oriente) como una recopilación de una serie de cantares que tenían sus trovadores en monjes budistas itinerantes que peregrinaban de aldea en aldea cantando los episodios al son de los acordes del “biwa”, instrumento musical de cuerdas semejante al laúd.

Según esta crónica cantada, el General Kiyomori, genio militar y protagonista de la gesta, después de derrotar a la familia rival de Minamoto asumió la función de Jefe de Gobierno en la Corte Imperial, siendo esta la primera vez en que un samurai, que en un principio eran de clases muy humildes, ocupaba tal alto rango.

Sorpresivamente, Kiyomori dejó libres a tres de los hijos del general enemigo para conseguir los favores de su bella esposa Tokiwa y madre de los mismos. Estos últimos buscaron refugio en las montañas y al llegar a la mayoría de edad reclutaron a los pocos samurai fieles que habían quedado del Clan Minamoto, ya casi aniquilado por el Clan Heique, y encabezando una sublevación derrocaron a los hijos de Kiyomori.

El hijo menor del resurgente Clan Minamoto, llamado Yoshitsune, quien poseía geniales dotes de militar, derrotó en dos años al cabo de cuatro campañas decisivas a la inmensa fuerza enemiga del Clan Heique, pero al restablecerse la paz despertó el odio y el recelo de su hermano mayor Yoritomo (quien fundó el primer gobierno samurai anulando por completo el poder político del emperador y relegándolo a una función protocolar) por sus brillantes condiciones de estratega, por la popularidad de que gozaba entre los jefes de los samurai y por el predicamento que tenía ante el Emperador.

Yoritomo ordenó una cruel persecución de su hermano olvidando el recuerdo de los penosos padecimientos que durante largo tiempo habían sufrido en común, y éste, seguido por una pequeña comitiva de adeptos y de su amada esposa Doña Serenidad, de la cual tuvo que separarse ene. Templo del Monte Yoshino (situado en la zona central de Japón y famoso por sus millares de árboles de cerezos), debió emprender la huída errando de un lado al otro por todo el territorio japonés, ya que por ser un archipiélago distante del continente asiático no pudo buscar asilo más allá de sus fronteras.

Poco antes de ser ultimado en un templo al norte de Japón, el comandante de una fortaleza llamada Ataca dejó pasar a Yoshitsune y a su comitiva conmovido por la lealtad de los seguidores del perseguido príncipe, ya que uno de ellos, el bonzo guerrero Benkei, castigó al propio Yoshitsune a latigazos, casi llorando, para disimular su identidad.

Tadaneri, uno de los príncipes más heroicos del  decadente Clan Heique, quien al igual que los  miembros de dicho clan se sentía cada vez más atraído por la actividad cultural y cultivaba  el tradicional estilo poético de 31 sílabas denominado “waca”, fue uno de los más notables poetas de la época.

En el momento en que la familia derrotada emprendía un precipitado éxodo de la capital Kioto hacia las montañas del Oeste perseguida por el Clan Minamoto, Tadaneri logró visitar por unos instantes a su maestro de literatura, ministro de la Emperatriz y el poeta de mayor prestigio de la época, Tesinari Fujiwara, y le dejó en sus manos un rollo en el que estaban escritos sus mejores cien poemas para agradecerle la enseñanza de muchos años, sabiendo que nunca más podría reconquistar a la capital ni ver a su querido maestro. Tadanori, en efecto, murió poco después luchando contra el ejército de Yoshitsune.

Años más tarde, al ser encargado por el Emperador de recopilar los mejores poemas contemporáneos como selección imperial, Tesinari no pudo dejar de incluir una de las poesías del trágico alumno guerrero a la cual consignó como de autor anónimo ya que los miembros del Clan Heique habían sido sancionados a una eterna condena aun después de su completa extinción.

 

Dicha poesía expresaba lo siguiente:

 

La tristeza me invade al visitar

las ruinas de la antigua capital

bañadas por las serenas ondas del lago.

Tan solo permanece sin cambio el inmutable color

conque el cerezo adorna aún

las huellas de los recuerdos de esplendor.

 

Y he aquí, a la vez, el poema más famoso de Tesinari:

Jamás existe en este mundo

un camino fácil de seguir,

pero no es difícil, en cambio,

encontrar un sendero en el monte,

donde acabo de oír

el triste bramido de ciervos errantes.

 

En torno de los referidos hechos históricos, la crónica relata un gran número de episodios trágicos de guerra y amor basándose en la filosofía budista que conceptúa a la vida como un trámite efímero y destaca la inexorabilidad del destino humano.

La tradición de la crónica fue seguida por muchas otras obras posteriores, entre las cuales la más importante es la “Crónica de la Gran Paz” (Taiheiki) del siglo XIV, la que a pesar de su título no es sino un relato de la lucha por el poder entre los samurai y el Emperador Godaigo que aspiró en vano a recobrar la hegemonía que mantenían los primeros desde hacía tres siglos.

Estas crónicas contribuyeron decisivamente a la formación de los teatros clásicos de Japón, el Noh y el Kabuki, y hasta el día de hoy siguen constituyendo las fuentes más importantes para los novelistas modernos que escriben sobre el samurai y la época medieval.

En el siglo XV, en medio de la larga guerra civil relatada en la “Crónica de la Paz”, el genio artístico de Zeami, hijo de un destacado actor de teatro popular, perfeccionó el teatro de pantomimas Noh incorporándole acompañamiento de canto y música, con lo que lo convirtió en el espectáculo más importante de diversión en una época de padecimientos bélicos. Fue así como, gracias a Zeami, el Teatro Noh adquirió una estética metafísica que, al igual que en lacedemonia del Té y el arte de arreglo floral (Ikebana), se basa en la filosofía del Budismo Zen, ampliamente difundido en ese entonces.

Las normas establecidas por Zeami para la elaboración de obras de este teatro, clasificadas en dramáticas, históricas, trágicas, legendarias y fantásticas, con conservadas casi sin modificación en la actualidad por los cinco grupos modernos de Noh.

Dos siglos más tarde, igualmente en medio de otra larga contienda civil, tuvo su origen el teatro “Kabuki” en el que se aunaban el baile y la música con diálogo altamente refinados, a punto tal que la composición de una obra para este teatro era considerada como una difícil labor literaria. Tanto las obras trágicas como las históricas desempeñan un papel importante en el Kabuki (es así como la escena de la despedida de Yoshitsune de su esposa Doña Serenidad y la escena de la fortaleza Ataca constituyen temas  favoritos del Kabuki), pero en lo que a su forma se refiere, su característica más importante es la de que los papeles femeninos son desempeñados por actores masculinos como consecuencia de la prohibición de la actuación de las mujeres en el escenario impuesta por el gobierno por razones moralistas en el siglo XVI.

 

Época de Aislamiento

 

Desde el siglo XVII, para los ciudadanos de la capital japonesa Edo, una ciudad próspera en cultura con un millón de habitantes, como así también para la gente del campo, el teatro Kabuki llegó a asumir un papel tan importante como la televisión en la vida moderna. Monzaemon Chikamatsu, uno de los más célebres dramaturgos contratados por las empresas teatrales de Kabuki, comparable por su ingenio fértil a Lope de Vega y a Shakespeare, escribió en el siglo XVIII un número de obras, como “El Mensajero del Infierno” y “El Amor Desesperado”, que muchas veces tratan de suicidios de jóvenes amantes ante la imposibilidad de casarse, y en las que se enfatiza la opresión ejercida por la sociedad y la fuerza del destino. Estos rasgos característicos de su producción literaria dejaron grandes huellas de pesimismo y sentimentalismo en el carácter básico de la literatura japonesa. También escribió obras de aventuras de samurai, la más famosa de las cuales se titula “Las Batallas de Reconquista” (en la que relata la historia de un héroe chino que trató de restaurar el dominio de la Dinastía Ming sobre los invasores del Imperio Ching.

Los libretos del Kabuki, cabe agregar, son usados igualmente para el teatro de marionetas llamado “Bunraku” que fue también muy popular en la época feudal y que se conserva en la actualidad como un “Patrimonio Nacional Humano”.

Partiendo del acostumbrado esquema poético de 31 sílabas, los poetas medievales idearon otra forma más breve, pero de mayor sensibilidad expresiva, integrada por 17 sílabas (3 líneas de 5-7-5).

El estilo, denominado “haiku” requiere más esfuerzo de composición por lo limitado de su extensión, pero resulta de mayor contenido filosófico y corresponde mejor a la idea de simplicidad del Budismo Zen que cada día se enraizaba con mayor profundidad en el corazón del pueblo japonés.

A  fines del siglo XVII, el poeta viandante Basho Matsuo llevó la técnica del haiku a su más acabada expresión  a través de sus inspiradas creaciones en las que abundan gemas poéticas sobre las impresiones de sus viajes a lo largo del Archipiélago de Japón, como así también a través de sus brillantes discípulos. Citaremos, como ejemplo, un famoso haiku de Basho contenido en su obra maestra “Viajando por los senderos del Norte” (Oku no Hosomichi)...:

 

“Las hierbas abrasadas por el sol estival

huellas del sueño son

los héroes que aquí lucharon”[3]

 

En otro de sus haiku expresa de este modo la impresión que experimenta ante la vastedad del mar en una noche poblada de estrellas:

 

“El océano, oscuro y bravío,

se extiende hasta la lejana Isla de Sado

bajo una catarata de estrellas”

 

Al tiempo que los ciudadanos disfrutaban de la composición de haiku en reuniones literarias como resultado de la prosperidad económica de las grandes ciudades y de la paz política y social durante los tres siglos (XVII-XIX) del reinado militar del Clan Tokugawa durante los cuales el Gobierno mantuvo rígidamente un aislamiento voluntario del resto del mundo motivado por el temor hacia una demasiada rápida difusión de la influencia occidental, se produjo en el país una eclosión casi volcánica de novelas populares. El género humorístico tiene su exponente más logrado en “Las 53 famosas estaciones del Gran Camino de Kioto” (Tokaidochu Hizakurige), escrita por Ikku Jippensha, en la que dos viajeros, ambos modestos habitantes de la capital Edo, protagonizan episodios quijotescos en los paraderos del famoso camino a la antigua capital Kioto.

En cuanto al género caballeresco o novela de samurai, donde mejor se refleja el espíritu de esta clase social es en los “Cuentos de los Héroes del Clan Satomi” (Nanso Satomi Hakkenden).

Otro famoso autor del siglo XVIII fue Akinari Ueda, quien, poseedor de un elegante estilo, se especializó en la narración de cuentos fantásticos, de uno de los cuales se hizo el notable film “Cuentos de Lluvia y Luna” (Uguetsu monogatari).

La enorme prosperidad y popularidad de que gozan las novelas sobre temas de samurai en el siglo XX tuvo su origen ya desde la época feudal, de la que por citar tan solo un ejemplo mencionaremos a Bakin Takizawa, quien escribió la novela más voluminosa y de mayor venta titulada “Los Ocho Caballeros del Rey Satomi” (Satomi Hakkenden) en el siglo XIX. La obra que nos recuerda un poco a “Los Caballeros de la Mesa Redonda del Rey Arturo” (de Inglaterra) tanto como a “Los Ciento Ocho Héroes en la Fortaleza” (Sue Hu Dien, de China), relata centenares de aventuras vividas por cada uno de los ocho hermanos, nacidos de una princesa virgen, hija del Rey Satomi, enamorada por un demonio bajo una singular circunstancia. Finalmente, los ocho hermanos se reúnen en torno de su abuelo, el Rey Satomi, para defender su reino.

 

Época Contemporánea

 

La época feudal y el dominio de los samurai, así como el aislamiento voluntario, terminaron en 1868 después de la conmoción nacional y la guerra civil provocadas por la visita del almirante americano Perry quien presionó  para que Japón desistiera de su política de aislamiento. Estos hechos culminaron con la restauración de la Casa Imperial al poder. La masa altamente educada de la nueva sociedad democrática encontró su deleite en la lectura proporcionada por una abundante y variada literatura que acompañaba al creciente nivel de vida del pueblo.

Una innovación importante en la estructura poética fue la creación de nuevas formas de poesía, libres ya de las reglas de la rima y del límite en el número de sílabas. Pero las características más importantes de la literatura contemporánea es el volumen  de novelas que se publican diariamente en centenares. El éxito de muchas de ellas es de tal magnitud que entre los individuos de mayor ingreso anual, según anuncios de la Dirección de Impuestos del Estado, figuran hoy en día escritores de novelas sociales y populares como Seicho Matsumoto (autor de “El Castillo de Arena”) y Seiichi Morimoto (autor de “La Prueba de que fue un Ser Humano”), los cuales a veces superan en ingresos a los grandes terratenientes y a los presidentes de compañías manufactureras. Ante tal vastedad de producción literaria, resulta una pena comprobar que casi ninguna de las obras japonesas ha sido traducida a idioma occidental y, por lo tanto, son casi totalmente desconocidas en el resto del mundo.

El otro campo floreciente de las novelas populares es el de los samurai, que satisface la nostalgia de un gran número de lectores. Entre sus más destacados cultores cabe mencionar a Eiji Yoshikawa, que se inició con una de las novelas de mayor éxito, denominada “La Vida de Musashi”.

Musashi fue un ídolo popular del siglo XVII que adquirió su fama por se el más hábil espadachín, ya que por sí solo batió a cuarenta y siete rivales, como así también destacado poeta, pintor y filósofo, a más de ser un incansable viajero que pasó toda su vida recorriendo solitario de un lado al otro el archipiélago japonés.

Yosikawa se consagró por completo como escritor a introducir al lector moderno en las crónicas clásicas japonesas y chinas.

En la literatura más profunda resulta sumamente difícil seleccionar algunos nombres de entre una legión de autores donde no faltan escritoras de brillante talento comparables a Doña Púrpura, Claridad y Fuente. Entre la pléyade de famosos autores nacidos en las postrimerías del siglo XIX, podemos citar como ejemplo a Soseki Natsume (“Corazón”, “El Gato Filósofo”). En cuanto a los representantes más preclaros de mediados del sigloXX podemos señalar a Yasunari Kawabata, reciente ganador del Premio Nóbel de Literatura, quien se especializó en expresar el mundo de los sentimientos delicados del pueblo japonés con un refinado estilo de estético lenguaje. Sus obras más representativas, tales como “El País de  Nieve”, y “La Bailarina del País Volcánico”, han sido traducidas al inglés, lo que ha permitido a un gran número de lectores occidentales asomarse a un pintoresco mundo de poéticos sentimientos.

Tampoco es posible dejar de mencionar nombres esclarecidos como Riunosuke Akutagawa, autor de “La Puerta del Infierno” (Rashomon), obra original de un film mundialmente famoso; Osamu Dazai “El Sol Decadente” y Yukio Mishima, “Después del Banquete” y “Confesiones de una Máscara”, quien fue varias veces candidato al Premio Nóbel.

Yasushi Inoue, traducido al mundo occidental, es el más destacado literato de la actualidad. Si bien escribe sobre temas de la vida moderna, es más famoso por sus trabajos de novelas históricas. En “El sueño del Viaje a Rusia”, el autor relata los padecimientos del náufrago japonés Kodaiu, quien en el siglo XVIII, debido a la extraña ley del aislamiento voluntario, no puede regresar a su patria y termina su vida en la Rusia Imperial. En “El Tejado del Templo Antiguo” (Templo no Iraca) describe las aventuras del misionero budista Ganyin quien en el siglo VIII fracasó varias veces en su intento de atravesar el Mar de China para divulgar las enseñanzas de Buda en Japón. En “Las Olas y los Vientos” (Futo) trata el dilema del rey de la Península Coreana, obligado a servir de guía en las frustradas invasiones de las fuerzas mongólicas a Japón en el siglo XIII.

Riotaro Shiba, autor de máxima Popularidad como escritor histórico, escribió un número de obras de las que señalamos “Las nubes más allá de la Cuesta”, en la que relata la vida de tres heroicos hermanos del Imperio del Sol Naciente durante la Guerra Ruso-Japonesa, uno de los cuales fue el Almirante Masayuki Akiyama, Jefe de Operaciones en la Batalla Naval de Tsushima  en 1905, y “Allí va Riuma” Riuma ga Yuku), donde presenta a un hombre extraordinario que en el tiempo de la Restauración Imperial de 1868 bregó solo por la modernización del pueblo a pesar de la oposición del gobierno reinante.

Por último mencionaremos a otro autor, Siusaku Endo, quién es conocido por su obra “El Silencio” en la que trata de la valentía de los primeros cristianos japoneses que fueron ajusticiados en el tiempo de la prohibición del cristianismo.  FIN

 


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[1]  El idioma japonés es completamente distinto del chino en cuanto a la pronunciación, gramática y vocabulario. El sistema kana fue posteriormente perfeccionado en el siglo IX por el talentoso sacerdote budista Kobodaishi, quien sirvió al Emperador como preceptor en materia de literatura y religión.

[2]  Este episodio se refiere a la toma de una fortaleza cuando el centinela de guardia, semidormido, abre las puertas de la misma creyendo llegada el alba por haber oído el canto del gallo, cuando en realidad no era más que una imitación de su canto hecho por uno de los guerreros que intentaban tomar dicha plaza.

[3]  Este haiku lo compuso cuando llegó al jardín del templo donde murió luchando el héroe Yoshitsune, episodio que ya ha sido señalado más arriba.

 

 

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