Victor Cristino Larrosa

            El recordado Payador Carlos MOLINA, oriundo de Cerro Largo, en cierta oportunidad realizó gestiones ante la Sucursal Melo del Banco de la República, para obtener un préstamo que le permitiera construir una casa para su señora madre. Fue precisamente mi padre – funcionario del Banco – quien tomó a su cargo la tarea de asesorarlo y posteriormente quién efectuó las correspondientes inspecciones, hasta que se concluyó la obra. Entre Molina y papá nació una linda amistad y siempre que el Payador llegaba a Melo a visitar a su madre y a cumplir alguna actuación en La Voz de Melo, pasaba por el Banco a saludarlo. Esto sucedió durante algunos años, hasta que la señora fallece.-

            Pasados algunos días, Carlos llega al Banco de la República a decirle a papá que quería alquilar la casa y le pedía que se hiciera cargo de la tarea, pero como el Banco de la República no administraba propiedades, y precisamente era yo en ese momento el encargado de la Sección Administración de Propiedades del Banco Comercial, lo lleva a hablar conmigo y así tuve el privilegio de conocerlo y  trabar con él, una linda relación a tal punto que cada vez que actuaba en Melo, me visitaba para invitarme especialmente.-

            En una oportunidad concurro con mi familia a la Confitería Palleiro, en la esquina de las calles Justino Muníz y Florencio Sánchez, donde posteriormente se instaló la Oficina de la desaparecida ONDA.-

            Su variado repertorio se escuchó con mucha atención por el numeroso público, pero todos quedamos impactados al oír YERRA HUMANA que cuenta la historia de un negrito de once años, hijo de la “peona” de una estancia ubicada de la zona del Paso de Leoncho en el Departamento de Treinta y Tres, el que en una yerra fue marcado al igual que los terneros para luego ponerlo sobre el lomo de un  bagual y atarle los testículos con las crines del animal, al que hicieron disparar campo afuera  jugando al blanco con la inocente criatura, mientras otros cavaban la sepultura para enterrarlo. Por suerte Dios puso allí un valiente. Un contrabandista conocido como “Pancho” Cardozo, que llegó al lugar en busca de carne para él y sus hombres, que estaban acampados en un monte cercano, aguardando la noche para continuar su marcha, es quien revolver en mano, desparrama aquella banda de asesinos cobardes y presta los primeros auxilios al niño, ya castrado, a quien traslada a Vergara desde donde lo derivaron al Hospital de Treinta y Tres.-

            Consulté a mi padre sobre la veracidad de aquel horripilante caso y éste me lo confirmó, nombrándome varias de las personas que fueron testigos del hecho.-

            En mis andanzas por varios lugares de Rincón de Ramírez y Vergara oí diferentes versiones sobre el caso del “Peoncito de Leoncho” y no es mi intención contarlas, porque ya las contó Molina y éste, a quien muchas veces increparon por el tema, se cansó de manifestar: “Nunca escribí, ni canté una mentira” y con eso me basta. La historia fue bien contada pero desoída por quienes tenían la obligación de investigarla.-

            Yo tuve el placer de conocer a Víctor Cristino Larrosa en la década de los años ochenta. Al “tío” como todos le llamaban. Era un morenito de mediana talla, algo encorvado, no solo por el paso de los años, sino quizás también  por  la pesada carga que llevó consigo desde los once años. Lo ví por primera vez en el Arrozal El Tigre cuando alguna vez llegaba a visitar al “Turco” Elías, que entonces era capataz de chacra. Se quedaba siempre algunos días y era encargado de hacer mandados a la cantina, limpiar la casa y cocinar, para luego irse a otro lugar donde también le querían, con unos pesitos en el bolsillo  quizás a cumplir la misma tarea.-

            Algún tiempo después el “Pelado” Calvetti se hizo cargo de la cantina de la arrocera, y recibió la visita del "tío" quien antes lo visitaba en su Bar de Rincón. Ahí fuimos presentados y poco a poco entramos en confianza, hablando sobre diferentes temas, soportando las bromas y cargadas de Calvetti, pero sin soslayar siquiera algo que pudiera relacionarse a tan terrible situación, hasta que una noche en que nos habíamos reunido en casa para saborear un asado que el “tío” preparó con maestría, las guitarreadas y a lo mejor un poco de vino, provocaron a que el hombre, me contara por su propia voluntad, que cuando niño, le habían querido “dijuntiar”,  pero para que no se fuera orejano del “mundo de los vivientes” lo habían marcado  y castrado y acto seguido, pidiendo disculpas por “su atrevimiento” (así lo dijo) se levantó la camisa para que pudiera apreciarse la huella macabra que aquellos asesinos dejaron en su espalda. Luego se bajó el pantalón y mostró su sexo sin los testículos, con una terrible cicatriz.-

            Nadie le preguntó ni  donde, ni  como, ni  por qué. Ya lo sabíamos.  Tampoco él, dijo una sola palabra.-

Víctor Cristino Larrosa, llevó en su marcada espalda durante más de setenta años una carga macabra, sin pronunciar una sola palabra de resentimiento ni mostrar un mínimo deseo de revancha.-

 Yo tuve el placer de conocerlo, al igual que mi hija Liliana que siempre  recuerda al “tío”, como un hombre a quien, por culpa de unos cobardes, jamás alguien pudo haberlo llamado PAPA.-

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