CUENTOS FAVORITOS


UTZEL Y SU HIJA LA MISERIA

REGRESAR

 Utzel y su hija La Miseria < namespace="" prefix="o" ns="urn:schemas-microsoft-com:office:office" xml="true">

Este cuento nos habla de las razones por las que debemos luchar para salir adelante en la vida, y que no son otras que el amor a nosotros mismos y a los seres queridos. También nos enseña el valor y la necesidad del trabajo, no viéndolo como una maldición o como una obligación, sino como una necesidad natural que nos enriquece.

 

Utzel era un hombre pobre, muy pobre. Y era pobre porque era muy vago, tremendamente vago. Si alguien le ofrecía trabajo, él siempre contestaba lo mismo:
-Hoy no... ¡déjalo para mañana!-¿Y por qué no hoy? -le preguntaban.-¿Y por qué no mañana? -contestaba.
Utzel vivía en una cabaña que había construido su abuelo.

La techumbre de paja tenía la virtud de dejar entrar el agua, a través de innumerables goteras, y de no dejar salir el humo de la chimenea. Las paredes criaban moho y el suelo se lo comía la humedad. Hubo un tiempo en que había muchas ratas, pero ya no quedaba ni una... ¡las pobres no tenían qué comer! También la mujer de Utzel se había muerto de hambre, pero, antes de morirse, había dado a luz a un hermosísimo bebé. Utzel bautizó a la niña con el nombre de Miseria.

A Utzel lo que más le gustaba era dormir. Solía acostarse muy pronto, y su lugar favorito era en el corral con las gallinas. Al despertarse por la mañana, siempre se quejaba de que tenía mucho sueño... tanto, que se volvía a dormir. Las raras veces en que no dormía, se tumbaba en el sofá y se dedicaba a quejarse de la vida, entre bostezo y bostezo:

-Hay gente con suerte... tienen tanto dinero que no les hace falta trabajar... yo estoy dejado de la mano de Dios.

Utzel era un hombre de pequeña estatura. Su hija, en cambio, era gigantesca., A los quince años tenía que inclinarse para pasar por la puerta. Sus pies eran del tamaño de un hombre. Los vecinos decían que la estatura de Miseria estaba en proporción inversa a la pereza del padre. ¡Cuanto menos trabajaba Utzel, más crecía la Miseria!

Utzel era un hombre huraño, celoso de todo el mundo. Tan envidioso era, que envidiaba a los mismos animales, a los gatos, a los perros, a los conejos y a todas aquellas criaturas que no tenían que trabajar para ganarse la vida. Utzel odiaba a todo el mundo... excepto a su hija, la Miseria. Soñaba que, algún día llegaría un hombre rico de algún lugar lejano, se prendaría de su hija, se casaría con ella... ¡y mantendría a su suegro! Pero la verdad es que no había nadie en el pueblo que hiciera el menor caso a la muchacha. Su padre le decía que tenía que salir con los chicos, para ver si pescaba novio. Pero la Miseria le decía:-¡Cómo quieres que alguien se fije en mí, si voy descalza por la calle y llevo un vestido lleno de remiendos!

Un día se enteró Utzel que había en el pueblo una Sociedad de Beneficencia, que prestaba dinero a los pobres, sin ningún tipo de interés. Ese día hizo Utzel un gran esfuerzo, se levantó de la cama, se vistió y se encaminó a las oficinas de la Sociedad.
-Quisiera pedir un préstamo de cinco monedas de plata -le dijo al encargado. -Cinco monedas... ¿y para qué quieres tú cinco monedas de plata? Ya sabes que sólo hacemos préstamos a aquellas personas que realmente lo necesiten.-Yo las necesito para comprarle unos zapatos a mi hija -dijo Utzel-. Verá usted: si yo le compro unos zapatos a la Miseria, ella empezará a salir con chicos; y si sale con chicos, es seguro que se enamorará de ella algún joven apuesto y rico; y entonces se casarán, y me comprarán a mí una casa; y entonces yo le devolveré las cinco monedas de plata que me ha prestado.

Al encargado no le hacían mucha gracia los razonamientos de Utzel. La verdad es que la Miseria no estaba para que nadie se enamorara de ella... Pero Utzel tenía tan mala pinta, que el encargado se apiadó de él, y le dio las cinco monedas de plata, junto a un recibo que Utzel hubo de firmar.

Con este dinero fue Utzel a ver al zapatero don Sandalio. Hacía tiempo que Utzel había ido a verle para pedirle que le hiciera unos zapatos para su hija, pero don Sandalio, después de tomar las medidas de los pies de la Miseria, le había pedido el dinero por adelantado. En esta ocasión, Utzel le puso en la mesa las cinco monedas y don Sandalio revolvió su cajón en busca de las medidas de la Miseria. Quedaron en que el próximo viernes, don Sandalio les llevaría los zapatos a su casa.

Utzel quería sorprender a su hija y no le dijo nada de los zapatos. Al mediodía del viernes, don Sandalio, como un reloj, llamó a la puerta de Utzel. Utzel estaba en la cama, papando moscas, pero al ver entrar al zapatero se incorporó. La Miseria, por su parte, al ver el par de botines nuevos que llevaba don Sandalio en la mano, no pudo reprimir su gozo... y se puso a llorar como una magdalena. Don Sandalio se arrodilló y trató de calzarla, pero no podía.

-¡Qué raro! -dijo don Sandalio-. Juraría que he seguido las medidas de tus pies al pie de la letra.

Ocurría que en los pocos meses que habían transcurrido desde que el zapatero le tomó las medidas, la Miseria había crecido... y con ella, sus pies. La chica seguía llorando... sólo que ahora lloraba de verdad.

Utzel estaba anonadado. No se explicaba lo que había ocurrido:
-¡Y yo que creía que los pies de la Miseria ya no podrían crecer más!

Don Sandalio le preguntó:
-Dime Utzel ¿se puede saber de dónde has sacado las cinco monedas de plala?

Y Utzel hubo de contarle la historia del préstamo.

-Eso quiere decir que ahora tienes una deuda -dijo don Sandalio.-Eres, por lo tanto, más pobre de lo que eras antes...

Antes tú no tenías nada, pero ahora tienes menos que nada, cinco monedas de plata menos que nada. Y ya sabes tú que cada vez que tú te empobreces, la Miseria crece. Crece su cuerpo, y crecen también sus pies. Por eso no le caben los ¿apalos. Todo ha sido por culpa tuya.

-¿Y qué puedo hacer? -exclamó Utzel, sumido en la desesperación.-Sólo hay una forma de que salgas de este pozo... Ponte a trabajar. Cuando trabajes, la Miseria disminuirá y sus pies con ella... hasta que llegue el día en que los zapatos que yo le he hecho le vayan a la medida.

La idea de ponerse a trabajar hacía temblar al pobre Utzel. Pero, ahora, al menos, tenía un ideal por el que luchar: los pies de su hija. Su trabajo sería la horma que los zapatos necesitaban. Padre e hija decidieron ponerse a trabajar cuanto antes.
Utzel encontró empleo de aguador. La Miseria fue a servir de criada. Por primera vez en sus vidas, trabajaban sin descanso. Tan ocupados estaban, que se olvidaron por complelo de los zapalos... hasta que un domingo por la mañana, la Miseria decidió probárselos. Y en efecto le venían como anillo al dedo.

Utzel y su hija la Miseria iban comprendiendo que, en esta vida, todo el mundo trabaja, incluso los animales. Las abejas hacen la miel, las arañas sus telas, los pájaros sus nidos, los topos hacen agujeros en la tierra, las ardillas guardan comida en sus despensas... Utzel encontró un trabajo mejor que el de aguador. Se dedicó a reparar su casa y a comprarse muebles. Y cuanto más trabajaba Utzel más peso perdía la Miseria. Y cuanto más peso perdía, más guapa se ponía. Y cuanto más guapa se ponía, más mozos la seguían. Uno de estos mozos se llamaba Mahir, y era el hijo mayor de un rico comerciante en telas. Y así fue cómo el sueño de Utzel se hizo realidad. Su hija se casó con Mahir, y su yerno se convirtió en un hombre muy rico... sólo que ahora, Utzel ya no necesitaba el dinero de nadie. Tan respetable se hizo el señor Utzel, que en los últimos años de su vida le dieron el puesto de encargado de aquella Sociedad que le había presitado a él las cinco monedas de plata.

El amor de su hija... y un par de botines, habían salvado a Utzel. Y para no olvidarlo, puso un letrero en su oficina que decía:

<<No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.>>

 

REGRESAR