1. Juana y Sergio

Érase una vez, en un lugar de Andalucía, de cuyo nombre no suelo acordarme, existía un pueblecito en el que vivían pocas personas para los metros cuadrados de extensión que había. Al adentrarse en el pueblo, podía distinguirse con facilidad la correspondiente iglesia, la tienda de ultramarinos, la plaza con la fuente y muchas casas de adobe y madera, que estaban abandonadas por su gran antigüedad. Entre todas las casas había una que se destacaba de las otras. Ésta estaba hecha de cemento y era de color blanco, para que el calor del duro verano no se adentrase en ella. Era como una paloma en medio de una bandada de viejos patos. En esta casa vivían, al contrario de lo que se podía pensar, la familia más pobre de todo el pueblo. Si no fuesen pobres se les podía considerar como una familia de pueblo corriente, con un padre en la finca, la madre en casa fregando y barriendo, una hija trabajando en labores de cocina y un hijo que "se está tocando las narices" sentado en el sillón y viendo la televisión en blanco y negro, con un poco de nieve. El padre se llamaba Florindo; la madre, Clodovea; la hija, Juana y el hijo, Sergio.

En este pueblo existía el único equipo de fútbol mixto de toda la comarca, al cual le faltaba un componente para formar la selección andaluza al completo. En la selección había quince chicas y doce chicos, a la espera de alguna persona que quisiera apuntarse. Todos los jugadores y jugadoras habían tenido que pasar por unas duras pruebas de selección para poder alistarse al equipo.

En la casa que había en medio de todas las otras y que resaltaba por su color, Juana y Sergio se habían enterado de la falta de un chico o una chica en el equipo de la comarca, por lo que fueron rápidamente a alistarse en él, los dos llegaron a la vez y el entrenador decidió hacerles unas pruebas, para que el ganador de todas ellas pudiera entrar en el histórico equipo.

Los llevaron a una extensa llanura para examinarlos. Sergio fue el primero en empezar y pasó la prueba sin muchos problemas. Cuando le tocó el turno a Juana, también superó la primera prueba sin problemas.

Era la hora de realizar la segunda prueba que definiría el regate que es capaz de realizar el propio jugador. Para superar esta prueba tenían que sortear, lo más rápidamente posible, unos árboles que se encontraban a medio metro de distancia entre sí. Los dos volvieron a superar esta prueba con algún problemilla que otro, pero lo habían conseguido y estaban dispuestos a afrontar la última y definitiva que aclararía todas las dudas sobre la calidad de Juana y Sergio. Esta prueba consistía en meter, desde cincuenta metros de distancia, el mayor número posible de goles en un determinado tiempo, que establecería el entrenador. Comenzó a lanzar Sergio que tenía un tiempo de cinco minutos para intentar el mayor número de goles. Tras pasar el tiempo, Sergio consiguió marcar nueve goles que ponían en un serio aprieto a su hermana. Se disponía a tirar Juana, que creía tener el mismo tiempo que su hermano Sergio, pero no fue así porque el entrenador le dio tan sólo cuatro minutos para intentar lo mismo. Corría el minuto tres y medio y Juana llevaba nueve goles transformados. Tiró y marcó, pero sólo le daba tiempo para realizar un tiro más. Se concentró sin ponerse nerviosa, disparó con toda su alma y... ¡Gooool...! Juana había conseguido quitar las telarañas a la portería y eso suponía el pase al equipo de fútbol. La hermana de Sergio, aunque un poco desilusionada por el comportamiento del entrenador, celebraba su victoria con los demás componentes del equipo.

Juana estaba muy contenta, pero no por haber ganado y conseguido su pase al equipo, sino por haber demostrado que si le hubiesen dado las mismas oportunidades que a Sergio, le hubiese ganado, y con esto había conseguido lo más importante: enseñar a los demás que una mujer es igual, o mucho mejor que un hombre, en igualdad de oportunidades.





Eva y Sergio de 6º B - CEIP SAN WALABONSO