Historia del punto de cruz

**Carolina Sierraalta** 


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Los fragmentos más antiguos de lo que significa el punto de cruz provienen de Asia Central en el año 850 d.C. Sin embargo, es en la época del Renacimiento que el punto de cruz, se extiende por toda Europa y se convierte en una de las bases de la fineza de la educación femenina. Parece ser que allí se han encontrado retazos de seda bordados con un punto muy similar al punto de cruz, que se remontan a ese año aproximadamente.

Este arte o entretenimiento llega a América junto a otras tradiciones del viejo continente y los motivos decorativos europeos adquieren nuevas inspiraciones y vitalidad del folklore del Nuevo Mundo, y era clase obligatoria para la verdadera educación de una dama.

El punto de cruz en el siglo X y XII le sirvió a las mujeres para copiar los motivos de las alfombras traídas de Oriente, también eran utilizados para que las mujeres aprendieran las letras de los abecedarios. En el siglo XVI, a mediados del año 1.500 comienzan a circular los primeros esquemas impresos, provenientes de Europa, específicamente de Alemania e Italia; verdaderos modelos de temas típicos: decoraciones florales, heráldicas y religiosas, llenas de símbolos como cruces, cálices y palomas. Las telas sobre las que se bordaban no comprendían aún el algodón, sino que eran el lino, la seda y la lana. También se disponía de pocos hilos de colores. Durante mucho tiempo, específicamente en el siglo XVII el más difundido fue el rojo, capaz de soportar mejor que los demás los lavados, ya que llegan los colorantes provenientes de América, que permiten teñir los hilos y los bordados en rojo sobre fondo blanco, acompañados de distintos alfabetos y símbolos.

Dibujar las propias iniciales con aguja e hilo fue seguramente para muchas mujeres la primera forma de escritura, y los famosos "trabajos de prueba" (samplers, marquoirs o ensayos), sobre los cuales se bordaban diversas variantes de letras y números, se convirtieron en instrumentos de alfabetización, esto es, en verdaderos ejercicios de lectura y escritura.
Así fue que nació el famoso muestrario de forma cuadriculada. Ya para el siglo XVIII, los dibujos se hacen más realistas y en la segunda mitad del siglo aparecen los primeros paisajes y en el siglo XIX nace la edad de oro del bordado en punto de cruz. En este siglo seguramente el de mayor éxito para el punto de cruz. Los grandes progresos de la imprenta permitieron satisfacer la demanda creciente de esquemas y modelos: parece ser que en 1.840 se publicaron más de catorce mil. También los avances de la química y de la industria textil hicieron cada vez más agradable el trabajo de las bordadoras: se disponía de hilos de muchos colores y a los tejidos tradicionales se añadieron el algodón y el organdí.

No sólo se bordaba en los conventos, sino que también se hacía en los salones; el punto de cruz pasó de ser una asignatura obligatoria en las escuelas a un pasatiempo de moda e incluso fue un signo de distinción típicamente femenino. La mujer afirmaba su papel de "ángel del hogar" decorando cada ángulo de su casa: toallas, centros, cojines, reposapiés, fundas para sillas, tapetes, cortinas, barandillas, paneles contra el fuego, etc. No se escapaban del bordado, además de bolsos de noche y para el trabajo, ni siquiera las pantuflas y las protecciones para los relojes del marido (o del enamorado). Incluso la escritora e intelectual George Sand, atrapada por la pasión hacia su amante veneciano, bordó en punto de cruz todo un salón.

Hacia el final del siglo XIX, con el gusto por lo exótico, en particular por lo chinesco, se adquirió de nuevo el placer por los colores luminosos y los objetos puramente decorativos.

En los primeros decenios de nuestro siglo llegó el declive del punto de cruz. Sólo se aprendía y se practicaba en las escuelas y los escolares lo olvidaban pronto, en algunos casos para pasar a técnicas de bordado más complejas y refinadas, y en otros para odiar de forma definitiva la aguja y el hilo. A pesar de que la práctica del bordado ha ido desapareciendo día a día, en los años ochenta y de forma inesperada recobró vida. El gusto y la pasión por la técnica del punto de cruz volvieron a la vieja Europa desde Estados Unidos, donde los descendientes de los pioneros habían sabido restituir frescura e inventiva a la tradición de sus antepasados.

Quizás empujadas por la nostalgia de épocas menos frenéticas que la nuestra e ignorando el prejuicio que suponían los "trabajos femeninos" como actividades repetitivas que precisan tiempo robado a la inteligencia, también las mujeres de nuestro tiempo han descubierto el placer de la creatividad, el deseo de dejar una señal única y personal a través de la aguja y el hilo. El punto de cruz ha pasado a ser un distractor energético de nuestros días, el cual nos brinda una inmensa tranquilidad, llenándonos de paz y armonía esos días difíciles de nuestras vidas.

 
 
 

  

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