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"El modelo heterotópico"

o el desorden de los fragmentos

Por: Iván Mejía

 

 

 

 

Llevar a cabo un proyecto curatorial que de cuenta –“objetivamente”- del arte que se produjo el siglo pasado en América Latina, es una labor tan ardua como compleja, pero al mismo tiempo emocionante. La curadora Mari Carmen Ramírez propuso un modelo curatorial “constelar”, para el Museo Nacional Reina Sofía, en el año 2000, llamado: Heterotopias: Medio Siglo Sin-lugar: 1918 a 1968, en que buscó constituir un panorama “objetivo” sobre el arte producido durante este periodo histórico en América Latina.

 

M.C. Ramírez, parte del concepto “heterotopía” -basándose en Foucault-, que representa un cuestionamiento a la vez mítico y simbólico, del espacio en que vivimos. Mítico, desde el punto de vista de que preserva el no-lugar de la utopía; simbólico en tanto que permite articular (metafóricamente) las coordenadas de ese no-lugar. Más importante aún –dice Mari Carmen acerca del concepto de heterotopía- es: su capacidad de reunir, en un solo sitio, varias versiones utópicas que son, a la vez, incompatibles. El desorden en el cual estos fragmentos adquieren verdadero sentido y se destacan.[1]

 

A partir de esta concepción foucaultiana del concepto heterotopía, Mari Carmen Ramírez propone un “Modelo Constelar” que busca dibujar un panorama simultáneo, fragmentado y discontinuo del arte latinoamericano, y que articula en siete constelaciones, que representan los aspectos críticos –tanto ideológicos como formales- de las problemáticas de las “vanguardias en Latinoamérica”.

 

A manera de esquema, dichas constelaciones, están configuradas de la siguiente manera:

 

-Constelación Promotora. En esta constelación, la curadora congrega a artistas (Dr. Atl, Barradas, Torres García, Orozco, Rivera, Sequeiros) que realizaron una producción de un arte nuevo para países en pleno proceso de modernización y consolidación nacional. Los artistas aquí reunidos, comparten el interés en redefinir (para sus propios fines y propósitos) la relación entre tradición y modernidad que subyace en el meollo del fenómeno vanguardista central. El objetivo de volver a la herencia del pasado como base para establecer el nuevo arte del futuro es el factor medular que determina su adhesión tanto a las tendencias clásicas y futuristas como a la propia noción de Vanguardia. Al mismo tiempo la idea de que, antes de trascender al plano universal, el arte debía de estar arraigado a una localidad o a una cultura específica, también formo parte de los objetivos visualizados y esbozados por este ecléctico grupo de artistas desde la objetividad distanciada que les brindaba su exilio temporal en el Viejo Mundo.   

 

-Constelación Universalista-Autóctona. En esta constelación, Mari Carmen, agrupa la obra de artistas (Monteiro, Torres-García, Grupo Moristas, Figari, Solar, Siqueiros, Muralismo, Minoristas, Escuela del Sur, Enríquez, Fonseca) que comparten el interés en las antinomias: universalismo/nacionalismo. Son artistas que tuvieron por objetivo paradójico: el anhelo de un arte universal de raíces autóctonas. Y que comparten una preocupación particular por la raza -sea ésta indígena, mestiza, negra o mulata- como base sobre la cual erigir la especificidad de una conciencia vernácula.

 

-Constelación Impugnadora. Aquí, la curadora- agrupa a los artistas (Orozco, Arango, Raquel Rivera, Berni, Distéfano, Ferrari, Santantonín, Contramaestre, Morera, González, de la Vega, Heredia) que tuvieron la necesidad de poner en tela de juicio, a través del arte, la injusticia perpetrada en todos los ámbitos de América Latina. Más que ilustrar en forma didáctica la miseria o la injusticia, las obras aquí reunidas recrean su esencia perversa mediante estrategias discursivas que se valen tanto del acervo emblemático de la alegoría como del doble código de la parodia.    

 

-Constelación Cinética. La curadora reúne aquí un arte (Siqueiros, Berni, de Andrade, Ejercicio plástico, retrato de la burguesía, Cruz Diez, Otero, Soto, Gego) dinámico capaz de resolver el conflicto entre stasis y movimiento que aquejó desde sus orígenes al medio pictórico, sirvió como foco de acción utópica para un grupo restricto, aunque visionario, de artistas latinoamericanos del periodo en cuestión.

 

-Constelación Concreto-Cosntructiva. Agrupa las corrientes derivadas del Abstraccionismo Constructivo y Geométrico. El objetivo de anular el mundo de la representación, estableciendo la estructura de la obra como una realidad concreta –donde línea, color y plano funcionan por sí propios y no en relación al mundo exterior- es compartido, desde diversos ángulos, por todos los grupos y tendencias de esta constelación (Fontana, Rothfuss, Arden Quin, Torres García, Kosice, Jommi, Otero, Cordeiro, de Barros, Clark, de Castro, Barsotti, Oiticica, Valera).

 

-Constelación Óptico-Háptica. Obras consideradas como un hecho concreto que nos conduce tanto a lo óptico como a lo táctil (Soto, Reverón, Fontana, Camargo, Schendel, Oiticica, Gego, Pape, Clark, Meireles, Le Parc, Cruz-Diez, Palatnik, Kosice). El conjunto de desplaza entre núcleos comprendidos por las polaridades de luz/sombra, materialidad/desmaterialidad, espesor/transparencia, línea/volumen. Estos núcleos, a su vez, abarcan desde la percepción desmaterializada de la luz, pasando por la “mirada háptica”, el dibujo especializado, la síntesis sensorial, la opticidad móvil, culminando en la propia empresa física de la luz hecha color.

 

-Constelación Conceptual. En esta constelación, Mari Carmen agrupa a artistas y grupos (Cordeiro, Balmes, Greco, Bony, Ferrari, Camnitzer, Tucumán Arde, Favario, Carreira, Dias, Barrio, Oiticica, Clark, Arte de los Medios, Costa, Jacoby, escari, Manuel, Meireles, Benedit) que se destacan bajo la utopía conceptual. Un momento donde la inversión absoluta de valores se convierte en un objetivo deliberado que se encamina a producir un nuevo espacio crítico desde donde “pensar” la función del arte en y desde las sociedades latinoamericanas.

 

 

 

Estas constelaciones son concebidas, por Mari Carmen, como categorías abiertas y flexibles, en un mismo espacio crítico y museográfico, para poder agrupar a artistas, obras, estilos y temporalidades dispares. Pero que muy a pesar de la disconformidad cronológica y geográfica que caracteriza a cada una de las constelaciones, el conjunto -explica la curadora- persigue revelar algunos hilos en común, a manera de nexos, contradicciones y contrapuntos, tejiendo por encima de consideraciones de tiempo y espacio, de Historia Oficial o de oficio histórico, la producción artística de los artistas latinoamericanos más destacados.

 

Por lo cual, el trabajo curatorial, de Mari Carmen, no estipula ni un recorrido lineal, ni una travesía unívoca, sino, como ya mencionamos, pretender constituir un modelo simultáneo, fragmentado y discontinuo del arte latinoamericano del siglo XX, para actualizar y redimensionar, este pasado artístico inmediato, ejecutando una revisión crítica de los momentos que por varios motivos, han pasado desapercibidos en su complejidad.

 

Ahora bien, Mari Carmen no sólo está proponiendo un modelo curatorial. Ella intenta escapar del paradigma historicista con el que siempre se ha pretendido encasillar a la producción artística en América Latina. Quiere desafiar una metanarrativa tergiversada que se ha construido sobre el arte periférico latinoamericano. Ambiciona contraponerse a la visión generalizada que rebaja el arte que se produjo en Latinoamérica, el siglo pasado, a la mera capacidad de carnavalización y espectáculo de la excentricidad.

 

Hacer justicia a ese pasado ignorado es precisamente la intención primordial de la curadora. Y su táctica es: pugnar contra una visión esencialista, anclada en una falsa problemática identitaria, que no toma en cuenta las enormes variantes étnicas, socio-económicas, e incluso lingüísticas, que pueden haber en cada país. Es -esta visión esencialista- un sello de inautenticidad que -de acuerdo con Mari- Carmen Ramírez, sólo puede servir para enmascarar los desajustes internos del eje de poder.

 

Ahora bien, estamos de acuerdo, sin objeción alguna, que hay que trabajar ardua y “combativamente” para incluir y “hacer justicia” -como dice Mari Carmen- al arte que se produjo en Latinoamérica el siglo pasado; revisar los atropellos que se han hecho “visibles” después del eclipse –por citar el nombre de otra exposición sobre otro periodo, pero con las mismas premisas que Medio siglo sin lugar 1918-1968-. Imponer una identidad al Otro, ha sido el pasatiempo predilecto de Occidente. Por ello, idear nuevas lecturas y nuevos modelos curatoriales, es la mejor respuesta para perturbar las falsas concepciones sobre lo latinoamericano. Estamos de acuerdo también en que hay que particularizar las problemáticas de las ideologías que coexisten en Latinoamérica, con el fin de contrarrestar las lecturas eurocentradas. Sin embargo, habría que preguntarse sí el desorden de los fragmentos del Modelo Constelar, es una manera viable para obtener resultados benéficos. Lo planteo como una cuestión, porque la operación de Mari Carmen es más una labor rastreo e inclusión, que un efectivo ejercicio de subversión del estereotipo exótico y generalizado impuesto sobre una supuesta identidad latinoamericana.

 

Pensar el arte como una constelación, significa pensar en un fenómeno estático y no aventurarse a construir una lectura del periodo propiamente dicha. Lo que quiero decir es que, Mari Carmen descompone un momento histórico (1918-1968) en fragmentos que representan puntos de coincidencia entre las preocupaciones, sociales, históricas y formales de los artistas que selecciona. Pero, al parecer, la curadora no quiere arriesgarse a construir una lectura propia, se limita a disgregar, como ya mencionamos, un momento histórico, pero no a reconstruirlo para interpretarlo. No es algo que tenga la obligación de hacer, pero pudo haber sido una oportunidad de convertir el espacio museístico donde fue presentado como un verdadero lugar de confrontación como aspiraba Mari Carmen y no sólo para mostrar “puntos luminosos de un pasado sin-lugar”. “Hacer justicia a un pasado ignorado” no sólo es ocupar un espacio museístico oficial, con objetos artísticos que habían permanecido en la periferia, sino construir narrativas y discursos en torno a ellos para mejor entenderlos.   


[1] Cfr. Ramírez Mari Carmen “Reflexión heterotópica: las obras” en: Ramírez Mari Carmen y Héctor Olea ed. Medio siglo sin lugar 1918-1968. Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2000. p. 42.

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