OPINIONES SOBRE LA CONSTITUYENTE

Les entregamos algunas opiniones de personas que se han referido a este tema que nos preocupa, es decir, La Asamblea Constituyente:

Juan Gómez Leyton,  FLACSO MÉXICO. 
Mario H. Concha Vergara, El autor es politólogo; autor de “Constituyente desde su Origen”; 1999, Maracay, Venezuela.Periodista, escritor y académico. Andrés Figueroa Cornejo, Polo de Trabajadores por el Socialismo. 


 

CHILE: LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE ES UN PUNTO DE LLEGADA Y NO DE PARTIDA

1.    Las constituciones, las asambleas constituyentes y los cuerpos jurídicos, en general, son expresiones de las relaciones de fuerzas existentes en una sociedad en un momento determinado. Es decir; no comportan el "espíritu" neutral de la justicia en términos idealistas, ni mucho menos, las cartas jurídicas fundamentales son hijas de la filosofía y están por sobre las relaciones materiales de una sociedad dada.

2.    Al igual que la radicalización política de los pueblos, y de Chile en particular -que cristalizará mañana en formas generalizadas de lucha popular y cuyo porvenir será sentenciado por su independencia de clase y contenidos socialistas (en su versión anticapitalista y antiimperialista al mismo tiempo)-, las constituciones políticas, y la "puesta de cabeza" y superación de la Constitución impuesta por la dictadura pinochetista en 1980, son siempre, un punto de llegada y no de partida.

3.    Resulta una antigua demanda de los sectores más auténticamente democráticos –quizás parida al día siguiente de la promulgación de la Constitución pinochetista- la convocatoria a una Asamblea Constituyente. En efecto, la Constitución de Pinochet fue impuesta por la minoría burguesa en la década de los 80 y su artífice fundamental, Jaime Guzmán (a cuya inauguración de su escultura-homenaje asistirá la presidenta Bachelet próximamente),es un inimitable articulado que salvaguarda los intereses irreductibles de la clase patronal, cuyas ramificaciones antipopulares se expresan en un Código del Trabajo a la talla del empresariado y contra la sindicalización; el valor supremo de la propiedad privada puesto a escala metafísica; y la imposibilidad de reconstruir de manera viable los viejos "tres tercios" que consideraba la Constitución  de 1925, y que permitió, entre otros logros del Estado desarrolista extinguido durante la primera década de los 70, que Salvador Allende accediera al Ejecutivo.

4.    La Constitución del 80, en resumen, es la superestructura jurídico-política del régimen militar capitaneado por Pinochet y la burguesía en un momento de pleno aniquilamiento de las fuerzas populares y sus destacamentos políticos. En realidad, Jaime Guzmán fue hábil, pero no un genio: sólo aprovechó las inmejorables condiciones que le brindaba una dictadura militar para producir una Carta Magna a la medida del puñado de ricos que gobernaba entonces –y, en gran medida, todavía lo hace-.

5.    No deja de ser loable reivindicar una Asamblea Constituyente para construir una nueva Constitución. El enunciado jamás ha sido el problema. Lo realmente sustantivo es que si no se entiende que este empeño debe darse en condiciones de hegemonía de la clase trabajadora y el pueblo, parece que parte de la izquierda chilena continúa desconcentrada y presa de un relato propositivo de grandes rangos pro populares, pero incapaz de dibujar el camino básico, la táctica mínima para enfrentar la enorme acumulación de fuerzas que demanda, no sólo una nueva Constitución, sino, en general, el conjunto de luchas y sujetos para jaquear al capital reinante en Chile.

6.    La primera conclusión del Congreso de Derechos Humanos realizado hace poco más de un mes, indica la necesidad de diseñar una nueva Constitución que garantice los derechos fundamentales de las personas, como la salud, educación, techo, trabajo digno, reconocimiento de los pueblos originarios,  la pluralidad sexual, el medioambiente, etc. Tal declaración ya comporta por sí sola un enorme avance de este sector de organizaciones que, producto de la estrategia de la pura judicialización de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, mantenía a este ámbito estrechado al micromundo de los familiares y un pequeño contingente de militantes históricos. Si bien, la propuesta de una Asamblea Constituyente de algún modo, politiza este sector extremadamente encapsulado hasta ahora y que jugó un papel relevante en la denuncia valiente bajo el pinochetismo, no es suficiente para reimpulsarlo y convertir sus acuerdos en algo parecido a un proyecto. Lo vital del Congreso fue, más bien, decidir colectivamente, poner sus tensiones y atenciones al servicio de las actuales luchas del pueblo. Nuevamente la Constitución democrática de las grandes mayorías nacionales se ubica como horizonte de sentido, como proceso que rima con la lucha de clases, camino que hace justicia a la causa socialista de los miles de asesinados durante el régimen militar. No como un punto de arranque.

7.    Las fuerzas de la izquierda chilena resultan "culturalmente" potentes, pero exiguas política y orgánicamente. La agenda impuesta por el bloque en el poder, inmediatamente electoraliza la lucha y organización popular de la izquierda tradicional y los resabios de los destacamentos políticos de inspiración revolucionaria. Pareciera que, en vez de observarse el parlamentarismo burgués como un aditamento significativo, pero no medular, en la construcción de la fuerza social capaz de poner en crisis el actual modelo, se convierte -por obra de matrices políticas correspondientes a un estadio de lucha de clases, a un país y a un mundo  completamente distintos al actual- en un fetiche, en una reificación de la arena electoral super controlada por arriba. Considerando, por lo demás, el peso cada vez más relativo del poder legislativo en un Chile donde el Ministerio de Hacienda, el Banco Central y la Confederación de la Producción y el Comercio (gremio patronal) imponen realmente las reglas del juego. Naturalmente ninguna de estas instituciones están sometidas a escrutinio general.

8.    Es cierto; se puede caminar y masticar chicle al mismo tiempo. Se puede advertir "tácticamente" a las elecciones ordenadas por la burguesía como una línea de propaganda, visibilización y denuncia del campo popular. Pero lo que resulta peligroso, y no hace más que fortalecer aún más a los que detentan el poder, es ubicar la lucha electoral como eje de la construcción y escenario sobredimensionado  donde se resuelve la lucha de clases. Justo cuando hoy, más que nunca, circuitos populares están en pleno proceso de reconstitución, recién asoman la cabeza, vuelven paulatinamente a convertirse en sujeto.

9.    Si las elecciones fueran plenamente funcionales a los intereses del pueblo y los trabajadores, simplemente no existirían en Chile. La concepción de que no estar en el parlamento de los de arriba es sinónimo de marginalidad política, no visualiza lo realmente significativo. Lo que define la marginalidad política de las izquierdas es su escasa existencia en el campo de lucha de los trabajadores y el pueblo, construyendo la armadura de los pobres, orientando desde el seno del pueblo, apostando a las semillas futuras del poder popular. Tener uno o más diputados, uno o más alcaldes incluso (con los cuestionables resultados de gestión en aquellos municipios donde se ha llegado), deben ser piezas de un complejo dinámico de luchas sociales. Por sí solos resultan extraordinariamente insuficientes. Más allá de las nobles intenciones y los deseos.

10. Se observa, en este plano, una confianza asociada a la nostalgia, al etapismo político, al camino colocado en cuestión por la historia de Chile del reformismo por parte de un segmento de las izquierdas chilenas. Es preciso instalar con fuerzas los horizontes políticos de los trabajadores y el pueblo –como el caso de construir una Constitución democrático popular, pero, por un tema económico-orgánico y político, lo urgente es potenciar las luchas cada vez de mayor tonelaje de los asalariados y el conjunto de rebeldías anticapitalistas, con centrales modos unitarios, privilegiando la organización por abajo –sin desdeñar la escasa presencia e influencia política alcanzable por arriba-. Es decir, es necesario subordinar la táctica por arriba, a las fuerzas reales –dinámicamente en crecimiento y disputa contra el capital, gradualmente politizándose-,a la organización del pueblo concreto. Parece más arsenalería política de museo la creencia de que las elecciones, por sí solas, dinamizan procesos de construcción popular. Desde el retorno a los gobiernos civiles en Chile esto no sólo no ha ocurrido, sino que fortalece el modelo, lo legitima, y la "izquierda dura" electoralmente ha ido de más a menos con los años.

11.    Con las actuales condiciones de  fuerza, ni una nueva Constitución, ni la revolución social están a la orden del día en Chile. Lo que sí corresponde a una tarea ineludible de la militancia anticapitalista, es potenciar la organización popular en clave socialista y con independencia de clase, la unidad de todos aquellos cuyos intereses se contradicen al capital y la burguesía, y la convicción de golpear sistemáticamente a la minoría en el poder.

12.                En Venezuela, la Constitución Bolivariana significó un gran avance pro popular debido a que Chávez está en la presidencia, el momento de producirla encontró una oposición política muy debilitada, y la mayoría de las fuerzas armadas apoyan el proceso. Otro gallo canta en Bolivia donde, con Evo en el Ejecutivo y un vasto movimiento social a favor de las transformaciones antioligárquicas, la derecha ha sido capaz de boicotear violentamente la Asamblea Constituyente , restándose de su ejercicio y, en los hechos, deslegitimándola.

13.                Es correcta la demanda por una nueva Constitución política. Sin embargo, para llegar allí es preciso construir las fuerzas populares que la vuelvan acorde a sus intereses. De hecho, de establecerse una Asamblea Constituyente hoy, lo más probable es que se ratifiquen los contenidos de la imperante, se modifiquen aspectos adjetivos y todo quede "en donde lo dejamos", tal cual ha ocurrido en todas las fórmulas del mal llamado "pacto social" vitoreado por arriba, el que, sin pueblo, reproduce las desigualdades estructurales en la salud, la previsión social, el trabajo, la educación y la salud. El punto clave es la correlación de fuerzas y no solamente lo correcto de nuestras propuestas y salidas políticas.

Andrés Figueroa Cornejo
Polo de Trabajadores por el Socialismo   
Enero de 2008

A VOTAR POR UNA:

ASAMBLEA DEMOCRÁTICA CONSTITUYENTE!!

Por: Juan Gómez Leyton
FLACSO MÉXICO
e-mail: jcleyton@yahoo.com

En relación a los recientes acuerdos adoptados por los principales centros de estudios
ligados a la Concertación de Partidos Políticos por la Democracia de conformar una
Comisión Constituyente destinada a la elaboración de una nueva Constitución Política del
Estado que reemplace a la actual y logre resolver así el permanente fracaso
concertacionista de reformar la Constitución Política de los ochenta. No podemos dejar de
celebrar la idea de buscar a través de otros medios resolver el problema constitucional.
Pero, como es habitual en el comportamiento político de los sectores concertacionistas en
vez de abrir el debate a la ciudadanía lo cierran y lo elitizan.
La idea de conformar una Comisión Constituyente integrada por unos cuantos personajes
elegidos a dedo por los propios partidos políticos concertacionistas es: impresentable,
grotesca y antidemocrática. Se ha sostenido que la Constitución Política de 1925 fue
elaborada por una Comisión Constituyente, en realidad, ella fue elaborada por un Comité
integrado por 15 personas nombradas directamente por el presidente Arturo Alessandri
Palma. El propio presidente Alessandri y dos de sus ministros integraron el Comité, o sea,
el poder constituido intervino en la redacción de la Constitución, lo cual es una aberración
política, pues el poder constituyente debe ser autónomo e independiente del poder
constituido. Y, la Comisión Constituyente nunca ejerció ni tuvo el poder constituyente, sólo
fue una Comisión Consultiva la cual bajo presión del poder militar termino aceptando la
imposición de la Constitución elaborada por Alessandri y sus ministros. De manera que la
idea concertacionista es insuficiente y escasamente democrática.
Por esa razón, la única posibilidad real de avanzar en la resolución del problema
constitucional es plantearse, no cómo última instancia, la convocatoria de una asamblea
nacional constituyente. De allí, que es oportuno volver a dar conocer a la opinión publica
ciudadana este artículo escrito hace ya un tiempo, pero que de ninguna manera a perdido
vigencia política.
Frente a la demanda de una Asamblea Constituyente muchos actores sociales, políticos
como los propios ciudadanos y ciudadanas se muestran desconfiados y, sobre todo,
escépticos. La experiencia histórica enseña que cada vez que la ciudadanía nacional se ha
movilizado exigiendo la conformación de una Asamblea Constituyente, ésta ha sido
escamoteada por el poder constituido, ya sea, civil o militar. No vamos aquí ha reseñar
cada una de esas ocasiones, pero digamos que ellas han estado presente desde los
albores mismos de la República. El más reciente movimiento pro Asamblea Constituyente
que se gesto y desarrollo a comienzos de la década de los ’80 terminó institucionalizado,
por obra y gracia de los partidos políticos concertacionistas, en la espuria Constitución de
1980 impuesta por el poder militar. Por tanto, la ciudadanía que goza de buena memoria
histórica se muestra recelosa de una idea nueva de pura vieja como es la pensar en la
convocatoria de una asamblea constituyente.
Pero cabe señalar también que la idea de conformar un gran movimiento ciudadano por
una asamblea constituyente ha sido política e históricamente un fantasma que de tanto en
tanto recorre la sociedad chilena amenazando a los poderes constituidos. Especialmente,
porque ha sido siempre un movimiento subterráneo y subversivo que surge desde la
ciudadanía, quién reclama para sí el ejercicio soberano del poder constituyente. Por esa
razón, ha sido permanentemente negado, perseguido, acallado y escamoteado por el
poder establecido. Este muchas veces se ha transformado asimismo en un espurio poder
constituyente para birlar el poder soberano ciudadano. Como ocurrió en la década de los
veinte cuando el contubernio entre el Presidente Arturo Alessandri Palma y los militares
rechazaron y desecharon la potente voz ciudadana que demandaba la convocatoria de la
Asamblea Constituyente, traicionando de esa forma, el compromiso que tanto Alessandri
como los propios militares habían realizado a la ciudadanía.
Por eso, Chile tiene el triste record de ser el único país de América Latina en el cual su
ciudadanía nunca en forma libre, inclusiva, democrática y participativa ha generado una
Constitución Política. Las que han existido han sido impuestas y dictadas por el poder
presidencial apoyado en el poder militar. Un record que de ninguna nos debiera hacernos
sentir orgullosos.
Con todo la pregunta de fondo que debemos plantearnos aquí es la siguiente: ¿es posible
construir un movimiento ciudadano por una asamblea constituyente hoy en Chile?
En realidad como diría el viejo maestro de Treveris, hoy en la sociedad chilena están dadas
las condiciones objetivas materiales y políticas como también las subjetivas para la
conformación de dicho movimiento. Sin entrar en mucho detalle digamos que el fracaso
político rotundo del modelo de democracia avalado por la Concertación como por la Alianza
por Chile, después de 12 años de establecido tiene a poco menos del 50% de la
ciudadanía nacional alejados completamente de la política democrática, con altísimos
niveles de desconfianza ciudadana para con sus representantes y autoridades políticas.
Situación que puede ser sintetizada en un frase dramática pero reveladora del sentir y del
pensar de la ciudadanía nacional, dicha por un joven estudiante hace algunos días en
relación a la situación política que vive el país, a raíz de los escándalos de corrupción
política en que se han visto envueltos autoridades y representantes públicos. El joven
estudiante señalo: “antes estábamos gobernados por asesinos, ahora por ladrones”.
A mi entender esta frase es fuertemente indicativa de que las condiciones objetivas y
subjetivas están dadas para la conformación de un gran movimiento ciudadano para llevar
a cabo, aquello que era muy propio de los movimientos sociales populares de comienzos
del siglo XX, una completa “regeneración” de la sociedad chilena, a través de la
convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente.
La tarea no es fácil. Pero existen distintos caminos posibles que se pueden tomar para
conseguir tal objetivo. Quisiera compartir con los lectores de este medio de comunicación
la siguiente experiencia histórica y política de como un movimiento cívico logró convocar
una Asamblea Constituyente y darse una Constitución Política generada en forma
democrática con la participación activa de todos los ciudadanos democráticos del país.
Me refiero al “movimiento por la séptima papeleta” organizado por estudiantes
universitarios colombianos que condujo al país a convocar la Asamblea Nacional
Constituyente de 1991. Dicho foro constituyente se entregó a la tarea de diseñar
democráticamente una nueva carta política para Colombia. Nos interesa aquí resaltar,
esencialmente, la forma como la ciudadanía colombiana a través del citado movimiento
obligó al poder político constituido a aceptar la demanda de convocar a una asamblea
constituyente. Pienso que en esa forma de acción colectiva conforma un buen ejemplo a
seguir para por lo menos instalar claramente la voz de los sin voz en el espacio público,
hoy monopolizado por la decadente clase política nacional.
La Asamblea Constituyente de 1991 fue el punto culminante de un largo y accidentado
proceso político cuya finalidad era el logro de una solución duradera, a una no menos,
larga crisis política que afectaba al sistema político colombiano. Que se expresaba
básicamente dos dimensiones, por un lado, en la crisis de legitimidad política del régimen
político que se reflejaba a través del creciente desinterés ciudadano en los partidos
políticos, en la apatía política, en la alta abstención electoral y, sobre todo, en la
desconfianza de la ciudadanía en las instituciones políticas y en sus representantes y
autoridades.
En segundo lugar, la crisis se manifestaba a través de una descomposición social cada
vez mayor. Tal descomposición se veía en la profusión de una violencia multifacética –
delincuencia común, violencia guerrillera, la violencia del estado, la violencia paramilitar y
en las fuerzas de “autodefensa” y la violencia del narcotráfico. Además de constantes actos
de corrupción política que involucraban a casi todos los estamentos dirigenciales del
estado colombiano como a importantes instituciones de la sociedad civil.
Frente a esta crisis política y social desde 1978 a 1990 los diversos gobiernos
colombianos intentaron distintas soluciones. Todas las cuales por diversas causas,
razones y circunstancias fracasaron. Estos constantes fracasos agudizaron la conciencia
de crisis en la ciudadanía. La evidente incapacidad de la clase política de enfrentar
adecuadamente la crisis política, creó las estructuras oportunidades políticas para que
surgiera un movimiento estudiantil, que, a pesar de su desarticulación, promovió con éxito
la idea de introducir profundas reformas a la carta constitucional vigente por la vía
extraordinaria de una asamblea nacional constituyente.
Sus esfuerzos encontraron eco en grandes sectores de la sociedad civil y se concretaron
en la propuesta de la “séptima papeleta”. Esta propuesta consistía que cada elector
depositara en las urnas con ocasión de una elección una papeleta (voto) en la cual
demandaba la convocatoria de una asamblea constituyente. Así lo hicieron dos millones de
ciudadanos y ciudadanas colombianas en las elecciones municipales de marzo de 1990.
Esta demanda se hizo “oficial” cuando en las elecciones presidenciales de mayo de ese
mismo año se contabilizaron 5.236.863 votos a favor de la posibilidad de convocar la
asamblea constituyente. Esa cifra representaba al 86.6% de los electores. Un grito
ciudadano tan potente como ese fue, finalmente, escuchado. El presidente-electo César
Gaviria Trujillo, llegó un pacto político con los diversos actores políticos relevantes de la
sociedad colombiana incluido el movimiento guerrillero M-19 para la convocatoria de una
asamblea nacional constituyente.
El 9 de diciembre de 1990, 10 meses más tarde de la acción colectiva ciudadana
estudiantil, se realizaron las elecciones para la integración del cuerpo constituyente. Con la
conformación de la primera Asamblea Nacional Constituyente popularmente elegida en la
historia política de Colombia, todo quedaba listo para dar un nuevo intento de resolver la
crisis política colombiana a través de un pacto político constitucional sin precedentes. Que
lo haya conseguido o no es materia de otro análisis. Por lo pronto, quiero destacar los
siguientes aspectos.
Primero, el movimiento impulsado por los estudiantes fue una acción política colectiva de
carácter pacífico y cívico. Segundo, utilizó el principal mecanismo de las democracias, el
voto. Tercero, sin desvirtuar los objetivos y fines de los procesos electorales, los electores
hicieron sentir su voz. Todos estos aspectos podrían, perfectamente, ser utilizados por los
ciudadanos y ciudadanas nacionales para exigir la convocatoria a una asamblea nacional
constituyente.
Los mexicanos tienen un grito para alentar a su selección de fútbol que asiste en forma
permanente a los mundiales de ese deporte, que es “¡¡si se puede!!, ¡¡si se puede!!”, sobre
todo cuando deben enfrentar a selecciones de mayor nivel futbolístico que ellos. Y, muchas
veces han podido vencer a poderosos rivales, como a Brasil en su monumental estadio
azteca. Pienso que dadas las condiciones políticas existentes en el país “¡¡si se puede!!”
comenzar a trabajar en la construcción de un movimiento ciudadano que demande la
convocatoria a una asamblea nacional constituyente.
Para hacer oír la voz ciudadana solicitando la convocatoria de una Asamblea Nacional
Constituyente debiéramos aprovechar las próximas elecciones municipales (octubre 2004)
y presidenciales-parlamentarias del 2005. ¿De qué manera? Simple, muy simple, sigamos
el ejemplo colombiano cuando los ciudadanos y las ciudadanas concurramos a votar,
escribamos en nuestra papeleta: Asamblea Constituyente. Tan simple: Votemos por una
Asamblea Nacional Constituyente. Así evitaremos el uso electoral y elitista de la
Concertación de la cuestión constitucional.
Juan Carlos Gómez Leyton, Historiador y Doctor en Ciencia Política, docente flexible de las
universidades ARCIS, Alberto Hurtado y Talca.
Publicado el jueves, 09 de septiembre de 2004

 

CONSTITUYENTE EN CHILE
Mario H. Concha Vergara*

El ex ministro de Agricultura de Salvador Allende Gossens, Jacques Chonchol, ex dirigente de la Izquierda Cristiana de Chile y, actualmente asesor de la FAO en Agricultura  está impulsando el llamado a una Constituyente en Chile. Para él y sus seguidores “La Constitución (de Chile)  actual ampara a los poderes fácticos que ayer se sirvieron de la
tiranía y que hoy gozan de ocultos e irritantes privilegios, ejerciendo un control decisivo sobre la economía, las instituciones políticas y los medios de comunicación. No sólo es ilegítima en su origen. Es, además, antidemocrática, porque privilegia la renta y el lucro por sobre la dignidad humana, deja los principales resortes del poder económico y jurídico fuera del alcance y control de la ciudadanía y establece obstáculos insalvables para su
modificación. Representa, en definitiva, la continuidad jurídica de la dictadura e impide el establecimiento de un régimen verdaderamente democrático.

Un poco de historia constituyentista
La historia  nos indica, día a día, qué hacer y, nos demuestra la vía de un posible futuro; sin embargo, nosotros sus actores somos los últimos en enterarnos y en darnos cuenta de qué es lo que está sucediendo históricamente, y por qué suceden los acontecimientos que vivimos: por lo tanto, nos cuesta aceptar los cambios porque no sabemos a ciencia cierta hacia dónde vamos.
Las avecillas saben de antemano cuando vendrá un sismo o una tormenta y se ponen a salvo. Las gallinas se inquietan y los gallos avisan con su canto horas antes de que suceda un sismo; los perros ladran o lloran cuando presienten un sismo; en fin, todas las especies animales  menores, las más irracionales, tienen la capacidad, de la  cual carecemos los humanos, de adelantarse a los hechos y de percibir los cambios por medio de la simple observación de las variables y características de su medio ambiente.
Por eso, “El curso de las cosas, en sus momentos excepcionales, ata las condiciones históricas particulares con el esfuerzo sobrehumano que algunos hombres son capaces de realizar[.1]  ”. Un hombre (Ser) con la sagacidad de un ave y la sabiduría de un can, sabría subirse al carro de la historia y dejarse llevar por ella; otros tratarían de empujar ese carro sin saber hacia dónde se dirige; en ambos casos hay posibilidades ciertas de éxito,
lo contrario, es decir, ignorar la historia y/o querer imponer a juro las propias ideas, o crear
ideologías para guiar el curso histórico, es no entender la dialéctica histórica y el  individuo
puede con mucha facilidad llegar al completo fracaso en sus pretensiones de alterar la evolución natural de los acontecimientos.
Para el insigne Simón Rodríguez “cuando las cosas toman una dirección, algo las impulsa o las atrae, y no es una razón para oponerse a su marcha, el no saber a que punto se dirigen[.2]  ” Estos argumentos (e indudablemente, otros) podrían ser, sin duda alguna, una muy buena apología al plantearnos la necesidad histórica de buscar los cambios a los cuales nos empuja la evolución natural de los pueblos, para el establecimiento de una Asamblea Popular Plenipotenciaria Constituyente, en Chile. Sin embargo, se nos hace necesario entender con claridad y transparencia el proceso histórico que estamos viviendo, no solamente desde el punto de vista consignista, propagandístico, ideologizante y perverso-político, como aparentemente ocurrió en 1999 en Colombia y al poco tiempo  en Venezuela, cuyas constituyentes fueron hechas como el Conde de  Lampedusa, quien en
su magna obra “Il Gastopardo”, cambia todo políticamente para que en realidad nada cambiara.
En Ecuador, después de la caída del presidente Bucaram, quien fue sacado del poder al ser declarado demente, se llevó a cabo un proceso constituyente al cual se le pusieron tantas trabas que los constituyentistas no tenían ni un local en el cual reunirse; allí, el Congreso no fue destituido y la Asamblea no fue Plenipotenciaria (es decir, carecía de todos los poderes); esa Constituyente también fue “lampedusiana” y en Ecuador no cambió nada, de tal maneraque el Presidente Correa, llamó a otra Constituyente, (2007) pero no se disolvió el Parlamento y la Constituyente tampoco es Plenipotenciaria porque no está sobre los poderes del Estado. En Bolivia, el presidente Evo Morales, también llamó a una Constituyente. Allí se presenta el mismo vicio: no se disuelven los poderes del Estado,
la Constituyente no es Plenipotenciaria y, por lo tanto, es de esperarse otro “Gatopardo”.Si retrocedemos en la historia, y nos ubicamos en tiempos de Simón Bolívar, podremos recordar que El Libertador planteaba. “Colombianos: acercaos en torno al congreso constituyente: él es la sabiduría nacional, la esperanza legítima de los pueblos y el último recurso de reunión de los patriotas[.3]  ”
Como se puede apreciar, Bolívar daba una extraordinaria importancia a la convocatoria de una Cosntituyente; tanta, que para él el patriotismo se demostraba en la creación de las estructuras republicanas en forma
democrática.
En América Latina hay una larga historia de Constituyentes. Al parecer nadie a quedado contento pues las constituciones emanadas del Poder del Pueblo, total o parcialmente no han logrado crear un cuerpo rector-legal, una LEY de LEYES, que pueda permanecer en el futuro con pocas enmiendas. Esto lo han logrado, solamente, los suizos y los anglo-sajones con su Bill of Rights, y los norteamericanos de EE.UU., con sus enmiendas
constitucionales, ¿por qué? Porque han dejado el espacio suficiente para que el Ser vea expresada en cada una de las normas sus intereses personales (particulares) junto a los intereses colectivos, lo cual, finalmente, es el resultado de la República.  
¿Cómo hacerlo?
Para llevar a cabo una Constituyente, es necesario que el pueblo perciba que ella puede efectuar los cambios
necesarios para construir una nueva sociedad que a la vez permita las expresiones culturales existentes y creativas. Esto evita, a mi modo de ver, los traumas de una guerra civil o revolución violenta pues, una Constituyente en sí no es otra cosa que una revolución pacífica, darwinniana pues es parte de la evolución popular. Obviamente, el pueblo, entiéndase aquí por pueblo toda la sociedad democrática, deberá estar atenta a
los atentados o regresiones que quieran hacer grupos sociales que sientan o pretendan que sus intereses serán conculcados.
Para poder llevar a cabo un proceso constituyente, lo primero que hay que hacer es organizar al pueblo en unidades constituyentistas plenipotenciarias (UCP) que sean capaces de organizar Foros Constituyentes que ayuden a entender el proceso a la masa popular. Estos frentes pueden ser modulares; es decir, que reúnan a personas afines, por ejemplo, a una actividad o profesión, o que se reúnan por su afinidad vecinal o laboral, etc. Para que el trabajo de estas UCP sea más efectiva se pueden dividir en Círculos o Grupos Constituyentistas, o las formas que decida el pueblo.
Lo importante de estas UCP es que son organizaciones populares emanadas del mismo pueblo y, que por lo tanto, serán autónomos, no obedecerán a consignas partidarias ni a direcciones políticas contaminantes. Lo cual, no quiere decir, que en cuerpo no haya militantes políticos.
Las UCP, serían el rescate de la Soberanía Popular que es en donde realmente reside el Poder; pero, estas
organizaciones no sólo se quedarán en el plano educativo y organizativo popular pues ellas deberán ser los nutrientes directos de la soberanía popular al Poder Cosntituyente Plenipotenciario, con sus ideas, críticas, acciones y hechos constituyentes.
Por ejemplo, si un Serami “X” no sirve, ese Poder Cosntituyente organizado en las UCP podría destituirlonombrando a otro.
Contrato Social
Para Jean Jacques Rousseau, en su “Contrato Social” , “la soberanía primaria sólo reside en el pueblo, el cual puede delegar esta soberanía en poderes constituidos , para evitar la anarquía”. Esto no significa otra cosa que para que existan los poderes constituidos tengan que existir asentamientos humanos (naciones, países, Estados), estructuralmente complejos, con sistemas organizativos pluriclasistas, pluriproductores económicos,
pluriculturales, etc,, pero, que tienen problemas comunes que exigen que toda la administración de los recursos se efectúe en forma colectiva para poder conseguir el bien común. Nótese que he dicho la administración de los recursos y no su producción. Todo esto, se logrará solamente por medio de la organización política de la sociedad. (Aquí no hablamos de política partidista, sino que de la ciencia política).
Ahora bien, este “Contrato Social”, que sería normado por la Constituyente Plenipotenciaria, es producto del Poder Popular que emana e imana los resultados constituyentistas. Y, como el Ser es el mayor y más importante producto o bien de la madre naturaleza, debe seguir sus reglas y leyes naturales, esto es vivir en orden y sin anarquía, y, obviamente, en forma solidaria. (La única forma de solidaridad que no ha fracasado es la democracia).
Así como la naturaleza vive en orden, y el año se divide en estaciones climáticas, y las aves emigran de acuerdo con esas estaciones o cambios ambientales, y otros animales mayores, por ejemplo, en busca de alimentos o agua, el humano, como Ser racional, va planificando sus necesidades de acuerdo a su medio ambiente natural y de convivencia con otros seres humanos.
Según el filósofo alemán Karl Schmitt, el “Poder Constituyente es la voluntad política cuya fuerza y autoridad es capaz de adoptar la concreta decisión del conjunto sobre modo y forma de la propia existencia política determinando así la existencia de una unidad política (Chile), como un todo”.  Esto significa que el Poder Constituyente es, en su esencia, como en su existencia, eminentemente político como unitario; es decir, nacional; es único y total,
no de grupos, ni de partidos pues se supone  que el pueblo es UNO SOLO, en nuestro caso, el pueblo chileno está compuesto por habitantes blancos, criollos, mestizos, indígenas de las diversas etnias, extranjeros residentes, gitanos, etc., el gentilicio es uno y es indivisible.
Para Simón Rodríguez la ecuación de un pueblo ético y soberano es la siguiente: “Pueblo multiplicado por intereses particulares y dividido por intereses particulares, igual uno, igual República”.  Por esto, no son los Partidos, ni la Iglesia, ni las FF.AA., ni los diputados, senadores o ministros, ni los Mandatarios, ni los Jueces o Magistrados, quienes hacen las constituciones. (La burocracia, en el sentido weberiano, está llamada a servir, más no a
mandar porque su amo es el Pueblo). La suma de los intereses míos, multiplicado por los tuyos y dividido por los del tercero, son igual a uno, igual a República, igual a constituyente, agregaría yo.Burocracia no es poder, es servicio
¿Por qué los aquí nombrados no pueden hacer constituciones? La razón es simple, sus intereses son demasiado particulares. Además, ellos forman la burocracia civil, militar y religiosa, la cual no está destinada a mandar, de acuerdo al Contrato Social que debe imperar entre el pueblo y el pueblo mismo.
Los partidos son grupos de presión que buscan beneficios de grupo y no de totalidad. Buscan hacer cambios pormedio de doctrinas que pretenden cambiar la historia y eso, es imposible pues la historia está por sobre los dogmas de las doctrinas. Lo mismo pasa con las religiones. Los mandatarios tiene sus propios vicios pues su Poder no emanó de una
Constituyente Plenipotenciaria; en otras palabras, a pesar de que son elegidos democráticamente, el pueblo no participó en la creación de las normas que establecen su mandato. Y así podríamos ir por analizar el caso de los militares, quienes obtuvieron, supuestamente, el Poder de las Armas por mandato popular para, como decía Sócrates, ser guardianes de la nación y no asesinos de ella.
La verdad, amigas y amigos es que tengo muchos argumentos más que entregar sobre el proceso constituyente. Este es necesario e imperativo, siempre que cumpla con los requisitos, diría yo, que he enumerado en este escrito. En caso contrario todo cambiaría para quedar igual.
Yo no conozco las propuestas completas de Chonchol. Me imagino que ha considerado los principios de una Plenipotenciaria, la cual asume TODOS LOS PODERES DEL ESTADO y mientras “fabrica” la nueva Constitución, gobierna por decreto hasta que ella, a través de un referéndum, sea aprobada o rechazada. Si es rechazada (EL PUEBLO ES SOBERANO), se disuelve la Constituyente y se espera un período presidencial para llamar a otra.
(*) El autor es politólogo; autor de “Constituyente desde su Origen”; 1999, Maracay,
Venezuela.
Periodista, escritor y académico.   -  E-mail: conchamh@gmail.com