Culebra herradura

“Culebra herradura” o “mito alicántara”, pasando por la víbora.

“Si la víbora viera y la alicántara oyera, no habría hombre que al campo saliera”.

 

Quien más y quien menos, en alguna de sus múltiples variantes en toda la geografía española, ha oído esta sentencia o refrán en más de una ocasión, del que se desprende la ceguera y sordera de la víbora y de “esa otra culebra” respectivamente, que, a la postre, no es más que la inseguridad de los humanos ante la incertidumbre del mundo que nos rodea.

Conquista no está al margen de España, sino por el contrario muy integrada, por ello me atrevo a decir que, al menos hasta donde yo conozco, se comparte el refrán íntegramente y, además, se tiene la creencia generalizada de que la víbora es muy pequeña, de menos de cincuenta centímetros, fina, de cabeza triangular, plateada y provista de una cadena negra sobre el dorso, mientras que la alicántara es bastante más grande, de entre ciento veinte y ciento cincuenta centímetros, de cabeza y hocico redondeados, también plateada, adornada con una cadena de grandes lunares negros sobre el lomo y con el vientre blanco, pero manchado de color rojo cobre; en pocas palabras, se identifica con la culebra que aparece en la fotografía adjunta, que abunda en las paredes viejas de las casas, corrales y caminos de nuestro pueblo, de la que se dice que tiene más veneno y es más peligrosa cuanto mayor y más intensa es la mancha de su vientre.

 

Recuerdo que, siendo yo muy niño, unos trabajadores sacaron de la tierra por casualidad una culebra aletargada por ser invierno, que medía unos veinte centímetros, era blanca plateada brillante, provista de una cenefa negra sobre el lomo, en cuya cabeza no reparé y, por tanto, no puedo precisar si era o no de forma triangular, de la misma manera que tampoco sé decir si sus pupilas eran verticales o redondas. Algunos de aquellos hombres dijeron o admitieron que se trataba de una víbora y, como era normal y estaba bien visto en esa época, la mataron con el azadón, porque con ello “quitaban de en medio un bicho dañino y perjudicial para el hombre”.

 

La imagen de aquel reptil, al contrario de lo que se suele decir, no quedó grabada en mi retina, sino que lo hizo en mi mente. Tuve la “suerte” de que dos años y medio después, en el verano del año mil novecientos sesenta y cuatro, pude ver un ejemplar similar al descrito en el párrafo que precede; llamé de inmediato a mi progenitor, que también había intervenido en el incidente descrito anteriormente, pero no llegó a tiempo, pues “la bicha” se refugió bajo un pilón del agua, entre las múltiples piedras que lo acuñaban. “Suerte la mía”, la imagen de mi mente se había fortalecido, pero en igual medida lo habían hecho la certeza o mi concepto equivocado respecto al conocimiento de la víbora.

 

El día de marras, con nueve años cumplidos, recibí mi segunda lección respecto a las víboras, cuando mi padre me explicó que ésa, la que yo acababa de ver por segunda vez, era una hembra y que los machos tenían el morro respingón (hoy el autor cree reconocer en esta última a la víbora hocicuda), porque así se lo contó a él en La Ribera (de San Juan) un nativo de San Benito (Ciudad Real). Supuestamente los machos eran “súper-venenosos”, mortales por necesidad, pues ante su “picadura” no había escapatoria.

 

Una o dos horas después, a la luz de un carburo y no de un generador como hay actualmente en muchos cortijos, recibí la segunda disertación del día, la que venía de mi madre, aquélla que dice: “Si la víbora viera y la alicántara oyera, no habría hombre que al campo saliera”.

 

Durante más de cuarenta años he vivido convencido, al igual que la mayor parte de mis amigos conquisteños, de que en las paredes de los caminos, huertos y corrales de nuestro pueblo existen multitud de alicántaras; ¡menos mal que son sordas, porque de lo contrario podríamos tener muchos y serios problemas!

 

Hace alrededor de cinco años, cuando apareció una “alicántara” muerta en una calle de Conquista, uno de nuestros convecinos, nacido en San Benito, me indicó que esa culebra no era venenosa. Acto seguido y con la intención de demostrar su afirmación, metió un palo muy fino en la boca del ofidio y lo arrastró varias veces desde atrás hacia adelante rozando la mandíbula superior, para probar que no existía ningún colmillo que lo retuviese. El resultado de la prueba me dejó perplejo y decidí realizar una consulta a un experto conquisteño, quien lejos de aclarar mis dudas hizo que éstas se multiplicasen por mil, pues me dijo que las alicántaras tenían los colmillos retráctiles y por eso no fueron detectados con el palillo.

 

Tres años después, un vehículo arrolló accidentalmente una “alicántara”, la que aparece en la fotografía, en la entrada a Conquista por la carretera de Torrecampo, junto al antiguo depósito del agua; se trataba de un hermoso ejemplar de ciento cincuenta y dos centímetros, la más grande de esta raza que jamás he visto. Con el vello erizado por el infinito respeto que esas bichas me originan, me aproximé hasta ella y la observé detenidamente, aunque a cierta distancia por si acaso…, y me prometí averiguar todo lo que me fuera posible respecto a esa especie de culebra.

 

Tras unas breves indagaciones, a las que sólo fue preciso dedicar un escaso período de tiempo, fue fácil determinar que:

·      En muchas zonas de España se habla de la “alicántara”, pero nadie en ninguna de ellas puede hacer una descripción fiable del ente, pues la imaginación se dispara y da la sensación de que nos encontramos ante un ser mitológico, como pudiera ser el cancerbero, la esfinge o similar.

·      Nuestra “alicántara” conquisteña es simple, sencilla y llanamente la culebra herradura, totalmente inocua, agresiva cuando se ve acosada y de mordedura desagradable porque, por la posición de sus dientes, suele quedar prendida a su bocado.

·      En la Península Ibérica hay catalogadas tres variedades de víboras, ninguna de ellas ciega: la hocicuda, el áspid y la cantábrica. La hocicuda (la famosa víbora macho de San Benito) resulta ser la menos venenosa y visible en las cuatro quintas partes del territorio; mientras el áspid y la cantábrica son más venenosas y suelen verse en la franja norte, desde Galicia hasta Cataluña.

·      La víbora hocicuda, que es la que nos interesa por ser la que habita en nuestra zona, es pequeña, rara vez supera los cincuenta centímetros, rechoncha y de cola corta, de cabeza triangular, con las pupilas verticales, de color “plateado”, más bien pardusco, y con un dibujo negro zigzagueante a lo largo de todo su dorso.

·      La serpiente más común en nuestro entorno y más parecida a una víbora es la denominada culebra viperina, que no es otra cosa que la muy abundante y conocida genéricamente como culebra de río o de agua.

·      Ahora, después de ampliar mis conocimientos sobre el tema, puedo decir que, casi con total seguridad, no he visto en mi vida una sola víbora en libertad y en su medio natural, pues tengo el convencimiento de que las dos que vi de pequeño se quedaron en presuntas.

 

Aunque sólo sea como un inciso anecdótico en este relato, sin demasiada importancia en el tema tratado porque no aporta ninguna aclaración determinante, estimo conveniente matizar que, al contrario que la generalidad de los reptiles, las víboras no son ovíparas y, por supuesto, tampoco son vivíparas, sino una mezcla de ambos conceptos denominada ovovivíparas, que consiste en que los huevos quedan retenidos en las overas de la hembra, donde el calor corporal de la misma facilita la incubación y eclosión; momento en que se produce un parto o alumbramiento, mediante el cual las pequeñas crías son expulsadas el exterior con la fisonomía de ejemplares adultos.

 

El hecho de desmitificarlas no quiere decir que se les pierda el respeto y, por ello, deseo recordar un dicho entre los aficionados a la micología, que

traspuesto al mundo de las serpientes vendría a decir lo siguiente: “Todas las culebras son unas mascotas preciosas para jugar con ellas; con algunas, sólo se juega una vez”.

 

Puesto que la prudencia siempre es vital, a todas las personas de Conquista que tenían uso de razón a principios de los años setenta, las invito a recordar el incidente sufrido en esa época por nuestro convecino noriego señor Madrid, mientras sugiero a los jóvenes que pregunten a los mayores.

 

 

Pamarquez.

 

Comments