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Escuchando a nuestro Juan Díaz Bordenave

publicado a la‎(s)‎ 5 feb. 2016 6:00 por Sara Saavedra

Daniel Prieto Castillo

Mendoza, diciembre de 2012

 

En el año 2006, por invitación del padre Atilio Rosso, director de los Movimiento los sin Techo de Santa Fe, pudimos reunir a un grupo de queridos amigos para apoyar el trabajo de las comunidades y para ofrecer disertaciones a interesados en temas de educación y comunicación. Estuvieron Luis Ramiro Beltrán, Francisco Gutiérrez, Frank Gerace, Alfonso Gumucio Dagrón, Washington Uranga y Juan Díaz Bordenave. Fueron días preciosos por el encuentro y por la convivencia. Sabíamos todos que difícilmente volveríamos a encontrarnos en grupo, gozamos de esa experiencia sintiendo que se constituía en una maravillosa oportunidad de interacción y a la vez una suerte de despedida.

Tuve la oportunidad de formalizar entrevistas a todos los amigos, en un diálogo que nos permitió rescatar recuerdos, formas de trabajo y, sobre todo, la mirada de cada uno en relación con nuestra América Latina y el campo de la comunicación y la educación.

Cuando recibí la invitación de colaborar en este texto que recuerda a Juan, reflexioné mucho sobre quién debía tomar la palabra, si yo para hablar de él o bien él mismo. Opté por lo segundo. Por eso retomo parte de la entrevista que compartimos, con alguna que otra intervención para situar al lector.

 

Sabemos que trabajas mucho en los alcances y la puesta en práctica de la movilización comunitaria.

 

“La base de la movilización comunitaria es la participación. Y para que la haya, es preciso que la gente tenga una autoestima, una conciencia de su propio valor, de lo que puede ofrecer y exigir, saber con quién puede aliarse, quiénes son sus enemigos, etc. Tiene que tener, pues, alguna ideología que favorezca sus intereses. Como decía nuestro amigo Manuel Azcueta, la clase dominante ha tenido toda la historia para ir forjando su propia ideología. Pero las clases oprimidas, llamémosles así, sólo ahora están descubriendo que sus intereses son propios de ellas y diferentes de los de las clases dominantes. Las clases populares viven tratando de resistir o luchar contra, pero no a favor de; no tienen su proyecto propio, porque no tienen ideología propia. Un ejemplito: estaba en un taxi en San Pablo cuando Lula era candidato a intendente de la ciudad. Le pregunté al chofer del taxi por quién votaría. Me dijo que por Maluf, un empresario millonario, bastante poco ético. Me sorprendió que no votara por Lula, y me dijo que no, que era un metalúrgico que no había terminado ni la secundaria. No tenía conciencia de clase: él era un chofer de taxi pobre, probablemente más pobre que Lula, que era metalúrgico y ganaba relativamente bien, pero Lula no era nadie, porque no tenía diploma.”

 

En todo vuelve la importancia de la información y la educación.

 

“Para mí, la información y la educación son armas fundamentales de esa clase popular pues de otro modo no va a conseguir organizarse y asumirse. Pero no se trata de cualquier tipo de educación. La que hemos recibido hasta ahora a través de las escuelas, etc., ha servido justamente para perpetuar una pirámide de poder. Recuerdo que en Lima había un colegio de monjas que tenía un establo con caballos para enseñarles equitación a las chicas. Y es que esas niñas estaban siendo cultivadas para ser de la elite, y tenían que saber andar a caballo. Imagínate, en una escuela de monjas; hasta ese extremo llegó la educación católica: a adular a las elites, a confundirse con ellas. La escuela pública, que es la escuela que sería el instrumento de liberación de esas clases dominadas, fue debilitándose cada vez más, y hoy tenemos gran parte de la educación en manos de escuelas privadas, que tienen justamente la mentalidad de la pirámide.

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¿Recuerdas una experiencia en la que se muestre una pedagogía diferente?

 

Una muy pequeña, que tiene mucho que ver con el tipo de educación necesaria. ¿A qué me refiero al decir “tipo de educación”? Resulta que la forma en que hemos sido educados tradicionalmente es lo que se llama la pedagogía transmisora, es decir, una forma en la que educación es la transmisión de contenidos. Esa pedagogía explica muchas de las características negativas de nuestra cultura, puesto que en ella la enseñanza es lo importante y el aprendizaje es secundario. La consecuencia de ello es un alumno memorista, imitador, y una cultura también imitadora. Nuestras culturas son culturas reflejas, en donde el tipo de universidad se copió primero del modelo europeo, luego del norteamericano y acríticamente, es decir, no tenemos un modelo propio de universidad. Lo mismo ocurre con otra serie de instituciones; hasta la arquitectura es copiada. En la pedagogía transmisora la realidad no tiene mucha importancia, porque viene a través del profesor y del libro; la realidad real, la de uno, la de los alumnos, no entra en el currículum porque la observación directa de la realidad no es importante. Por eso es que tenemos soluciones imitadas y por eso no somos originales.

 

La pedagogía problematizadora, que fue divulgada por Paulo Freire y que tiene una base teórica en Piaget, en pensadores de tipo constructivista y ahora en Maturana, parte, en cambio, de la realidad. El alumno tiene que conocer la realidad para poder transformarla, y al transformarla se transforma, es decir, la educación aquí equivale a la transformación de la persona del alumno en cuanto transforma su sociedad, su medio. Cuando descubrí esa pedagogía quedé encantando con ella, y fue cuando viví el siguiente episodio. Estaba yo en Asunción, en mi país, y una señora, Beatriz Prieto, tenía un instituto de relaciones públicas, una especie de pequeña facultad. Me pidió que tomara a mi cargo la materia Comunicación, y acepté. Apliqué la pedagogía problematizadora; dividí a mis alumnos en grupos, y para cada tema del programa ellos primero tenían que observar la realidad. Por ejemplo, para el caso de comunicación en la familia, tenían que observar su familia o la familia del vecino, y ver cómo se distribuían los roles, cómo era el diálogo, etc. Luego traían esas observaciones a la clase, discutían entre sí, yo les daba un poco de insumos teóricos y ellos formulaban hipótesis de solución y demás. Cuando terminó mi curso la directora me llamó para explicarme que allí la evaluación se hacía de forma personal; ella misma entrevistaba a cada alumno. Cuando había entrevistado a todos me llamó a su escritorio y muy formalmente me dijo: “Quiero hacerle una pregunta, Díaz Bordenave. ¿Qué hizo usted con esos alumnos?” Estábamos en plena dictadura de Stroessner. Cuando ella me dijo eso me quedé frío, preguntándome qué habría dicho en clase que había llegado a oídos de la directora, y por qué me está queriendo sancionar o cuestionar... Y le digo, “¿Qué ha sentido que he hecho yo con nuestros alumnos?” Y me contestó: “Díaz Bordenave, estos alumnos piensan, preguntan, cuestionan...” Yo le dije que había aplicado mi método de siempre, y me dispensó. Yo me quedé con mucha curiosidad acerca de cómo enseñaban los otros profesores en esa escuela, para que ella se haya sorprendido tanto con mi metodología. Entonces me dediqué a observar subrepticiamente, y me di cuenta de por qué había asustado a la señora. Un profesor de economía, que era diputado de un partido de la oposición, enseñaba dictando de un libro de economía; se paseaba entre las filas, y todos los alumnos permanecían en silencio copiando lo que el profesor decía. ¿Te das cuenta?”

 

Tú has trabajado mucho esa pedagogía en distintos libros, en el sentido de una crítica a modelos tradicionales. Tienes una obras que llevan más de veinte ediciones, ¿a qué atribuyes ese sentido de la venta y la circulación?

 

Todo eso se debió a que la nueva propuesta sustituía el modelo tradicional de enseñanza por un nuevo modelo problematizador, que consiste en un arco que sale de la observación directa de la realidad, sube al análisis teórico de las causas del problema, y luego desciende para volver a la realidad a través de la soluciones que los propios alumnos van generando acerca del problema que se discute. Se trata de una propuesta en la que cada capítulo comienza con el problema, los puntos clave es decir las variables importantes, la teorización, es decir las causas teórico-científicas que explican el problema, después vienen hipótesis de solución y finalmente aplicación a la realidad.”

 

¿Qué papel pueden jugar en esta problematización, en esta manera de trabajar, las tecnologías digitales? ¿Cómo ves este mundo dentro de este esquema que tú planteas?

 

“Cualquier tecnología, analógica o digital, si parte de una epistemología, puede contribuir o no contribuir, depende de la opción pedagógica. Por ejemplo, Internet, las video conferencias, etc., todos estos medios nuevos, pueden transmitir simplemente, o ser dialógicos, participativos, cuestionadores, todo depende de la filosofía pedagógica con la cual se aborda. Pero sí, Internet evidentemente es una enorme contribución porque favorece el diálogo y no hay fronteras, ni de clase, ni de país, ni geográficas, entonces para mí es una bendición enorme de la democratización de la educación. Y la educación a distancia, que antes era una especie de sueño, hoy es una realidad cada vez más potente y muy facilitada por estas nuevas tecnologías. La desgracia es que estos medios todavía no están al alcance de aquella clase que queremos ayudar a liberar, ahí está lo que llaman el digital gap, ese abismo digital. El precio de estos aparatos todavía está un poco alto, pero noto que hay esfuerzos incluso de los gobiernos, de empezar a meter computadoras de a poco en las escuelas. En este sentido, curiosamente, la universidad sea tal vez la más atrasada; las escuelas ya están enseñando con computadores, y en las universidades todavía se enseña con un magister dixit.

 

Juan, tú tienes también una relación con la Iglesia de los pobres, con toda una línea de reflexión y de trabajo desde la cual hay mucho que aprender y mucho que caminar. ¿De qué manera tu religiosidad tiene que ver con tu práctica cotidiana y con estas búsquedas de las que estamos dialogando?

 

“Bueno, nuestro fundador, Jesús, nunca adhirió al síndrome de la pirámide; él siempre estuvo en favor justamente de la parte de abajo, contra las autoridades de su tiempo. Por eso lo mataron. Si uno adhiere a la teología de la liberación, no hace otra cosa que seguir las enseñanzas y los ejemplos de Jesús. Yo tuve la suerte de ser amigo de representantes brasileros de esta teología, como Fray Beto, Leonardo Boff, y de ellos bebí este entusiasmo por los pobres y por su proceso de liberación. Hay una pedagogía allí también. Fray Beto era asesor de Lula cuando era metalúrgico todavía y cuando asumió la presidencia, Lula lo llevó al palacio, lo puso en una oficina al lado de él como asesor especial en movilización social para el programa Hambre Cero. Leonardo Boff vivía trabajando con organizaciones populares de todo el país. Sus libros últimos son todos sobre ecología, sobre la carta de la tierra, los pobres. Son místicos, son profundos, de gran meditación y oración, pero al mismo tiempo con los pies totalmente en la tierra, y en la tierra de los pobres. Hacen solidaridad total con los pobres. Yo no tuve la suerte de estudiar teología, estudié agronomía. Pero un tiempo fui pequeño agricultor en el Paraguay y también pisé la tierra para plantar en ella, no para evangelizar. Y ese contacto con la tierra y con los campesinos me hizo comprender mucho a esa gente. De ahí que en mis libros siempre recuerde a aquel campesino y siempre escriba de la manera más simple y llana posible, no para alcanzar grados académicos o títulos o prestigio, sino para hacerme entender y llevarles a ellos ideas que les pueden ayudar.”

 

Siempre una cuestión valiosísima en todo esto es aclararse para quién escribe uno.

 

“Y qué le hace falta para comprender su realidad y poder liberarse. Así como Paulo Freire inventó todo un método de alfabetización que al mismo tiempo concientizaba, me di cuenta una vez, tratando con exiliados paraguayos en Buenos Aires, cómo los intelectuales, o las personas que hemos estudiado, podemos ayudarles. Yo estaba hablando sobre comunicación con estos exiliados pobres paraguayos, sentados en cajones, y mencioné de repente la siguiente frase: “Como todos ustedes saben, la autoestima es muy importante porque determina nuestro comportamiento” , e iba a seguir con mi conferencia pero tuve que parar porque ellos querían saber más sobre el concepto de “autoestima”, que no lo tenían. Le dedicamos una hora al tema, y me di cuenta por qué: porque eran obreros, campesinos, que hablaban guaraní y que estaban en Buenos Aires nada menos, una gran ciudad donde se los llamaba “cabecitas negras” y eran humillados muchas veces, entonces a la autoestima la tenían muy baja. Y cuando, por casualidad mencioné el concepto, a ellos les sirvió mucho para comprender lo que les estaba pasando, para tratar de dominar la baja autoestima y mantener su dignidad. Hasta ahora me encuentro algunas veces con ex-alumnos de aquella conferencia, y la recuerdan mucho. Entonces pienso que el papel del intelectual es muchas veces llevarle al pueblo, no soluciones a sus problemas, pues las soluciones tienen que partir de ellos, sino algunos conceptos que les pueden ayudar a entender su realidad para poder modificarla.”


Iba a preguntarte qué hacer, cuál es el papel nuestro, pero lo acabas de decir.

“Doy un pequeño ejemplo. Yo nunca fui periodista como tú, pero me invitaron a ser columnista de un periódico de Asunción, que ya cerró. Durante dos años mantenía una columna los domingos, y a diferencia de los demás columnistas, unos siete u ocho muy buenos, que escribían sobre la vida cotidiana política o social del Paraguay, yo decidí escribir sobre cosas más generales, más amplias, como el sentido de la vida, la autoestima, temas así. Y me di cuenta, por la cantidad de lectores que tuve, que estaba mirando una necesidad de mucha gente, al abordar estos conceptos más espirituales, más profundos, sin preocuparme tanto por la política diaria. Creo que una de las contribuciones que podemos hacer es ésa: estar buscando siempre cuáles son aquellos temas que pueden ayudar al pueblo a entender su situación y a motivarse a cambiarla.”

Hasta aquí las preciosas palabras de un ser que admiramos y amamos todos quienes tuvimos la dicha de conocerlo. No hacía falta escribir desde mí, la voz de Juan se dice sola, la invitación es a escucharla porque está y estará presente en nuestros espacios dedicados a la comunicación y la educación.

 

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