Código promocional EL CORTE INGLES

La calidad y el buen servicio que ofrece El Corte Inglés es conocido por todo el mundo, variedad de productos, todos de una gran calidad y un trato exquisito y todo ello con precios de todo tipo y disponiendo a la vez de su propia marca. 

El supermercado por ejemplo suele ser algo más caro que el resto, pero es que la calidad se paga y nadie da duros por pesetas, eso es importante tenerlo presente. Los pedidos por web, online, en su página vamos, cada día tienen más adeptos, no sólo por la tranquilidad que es comprar desde tu casa, sino porque si el artículo que adquieres no te convence lo puedes devolver sin ningún problema y gratuitamente en uno de sus centros comerciales, sólo tienes que llevar el ticket de compra o el talón de venta, llámalo como quieras, o sea, el papel que te envían junto con tu pedido. 

Los gastos de envío sí que no te los reembolsan, con la excepción de que el producto venga ya defectuoso o el envío sea erróneo o cualquier tipo de equivocación de esas. 

Pero si no tienes cerca un centro de El Corte Inglés, te pones en contacto con ellos por correo electrónico o por teléfono y ellos acudirán a tu casa a recoger el artículo. El plazo que tienes para devolver el producto es de una semana tras lo que te devolverán tu dinerito. Su web es muy clara, diáfana, intuitiva y útil, es un placer comprar por ella, seguro que repites una vez que la pruebes.

El caso es que me incluí en el avión de los ejecutivos -vuelo IB 0443, Bilbao-Madrid, de las siete y media de la mañana- con la idea de alcanzar luego el Madrid-Londres dos horas después.Era el jueves 10 de enero. 

Aún sin despertarme del todo, la mente me pedía datos sobre el viaje. Cómo obtener la documentación que precisaba para elaborar el trabajo, dónde acudir a por ella, y toda esa serie de etcéteras pertinentes. Y, de repente, me topé con él. Estaba a un lado de la cafetería, cerca del control policial. Alto, lucía enormes bolas bañadas en purpurinas doradas y plateadas, y me miraba desde su impresionante distancia. ¡Todavía un árbol de Navidad, cuando, seguro, en El Corte Inglés ya va siendo primavera! 

Sonreí para mis adentros, tratando de quitarle fuerza al asunto. Una vez acomodado en el ingenio volador, traté de evadirme leyendo el periódico, pero la megafonía del aparato me lo impidió. Sus altavoces difundían alegres villancicos, que iban desde el Navidades blancas -debidamente cantado en inglés, «I'm dreaming of a white Christmas»- a El pequeño tamborilero, pasando por el inevitable A Belén va una burra. 

Tras los saludos de rigor del comandante, pensé en mi ingenuidad que la tortura había terminado. Pues no. Restablecida la normalidad, el pasaje fue atacado en toda la extensión de la cabina por el insufrible Ay, del chiquirriquitín, de efectos nocivos en algunos casos.Así que llegamos a la interminable T-4, pude darme cuenta de que también la terminal lucía unas estrellas gigantes propias de la Pascua. Según entendía, AENA no se resignaba a que la fiesta terminara. ¡Gloria a Dios en las alturas!

Resuelto el trabajo que me llevó a Marble Arch e inmediaciones de Mayfair, el domingo regresaba feliz por los resultados obtenidos.Balanceada por las turbulencias, la aeronave hizo lo que pudo por regresarnos los alimentos que acabábamos de tomar -nunca adquiridos en vuelo, donde te venden el Donuts a dos euros y un miserable Sándwich Club a 10,50-, a pesar de lo cual fuimos capaz de culminar el retorno. 

Del lance resultaron afectados hasta los fornidos jugadores de rugby pertenecientes a un club vasco francés, auténticos armarios de cinco cuerpos como poco.Resuelto, aunque con lentitud, el trámite aduanero y después de hacerme con el equipaje, resolví salir a la espléndida y gélida sala de llegadas al aire libre con la que un día nos obsequió el genial Calatrava. 

Y volví a verlo. No era el mismo, pero parecía clonado de aquel otro que se me apareció cuando me iba. El árbol mostraba lo perenne de la Navidad, todavía a mediados de enero.