POEMAS PARA EL CLUB DE LECTURA


"Yo no puedo escribir poemas adrede, imponerme escribir. Me gusta verme como una especie de bardo que forcejea despacio con las palabras"


Nació en Zamora el 30 de enero de 1934. Estudió primaria en la escuela de Los Bolos y bachillerato en el Instituto Claudio Moyano. En 1952 se traslada a Madrid para cursar Filosofía y Letras en la Universidad Central. Se licenció en la sección de Filología Románica, en 1957. Aunque sus compañeros de instituto le recuerdan por su toque de balón como futbolista, en 1948 escribe sus primeras composiciones poéticas, y en 1949 en el diario “El Correo de Zamora”, publica su primer poema, “Nana de la Virgen María”. En 1951 empiezan a nacer los primeros versos de Don de la ebriedad, una obra que impresiona al poeta Vicente Aleixandre, con el que luego Claudio Rodríguez mantendría una estrecha e íntima amistad. Hasta 1958 no publicará su siguiente libro de poemas, Conjuros, y entremedias conoce al poeta vasco Blas de Otero en 1954 (con el que frecuenta el Duero y las tabernas de la ciudad). Con la ayuda inicial de Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre viajó a Inglaterra. Allí fue lector de español, primero en Nottingham y luego en Cambridge. Estuvo entre 1958 y 1964, y allí escribió su tercer libro, Alianza y condena. En 1976 publicará su cuarto libro, El vuelo de la celebración, y en 1983 se edita Desde mis poemas, un libro recopilatorio de toda su obra y por el que recibe el Premio Nacional de Literatura. Dos años después, en 1985, aparece Reflexiones sobre mi poesía, y en 1986 recibe el Premio de las Letras de Castilla y León. En 1987 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua para ocupar el sillón I, sustituyendo a Gerardo Diego. Fue nombrado “Hijo Predilecto de la Ciudad de Zamora” (1989) y ya en 1991 publica su último libro de poemas, Casi una leyenda. El 28 de mayo de 1993 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Murió en Madrid el 22 de julio de 1999

Rosales explicó, hablando de Claudo Rodriguez: "Por lo mismo de siempre. Para mí, una poesía se diferencia de otra por la radicalidad de su toma de contacto con la vida. [...] Creo que la poesía consiste, en definitiva, en una nueva revelación de la vida, de nuestra propia vida. Lo más importante para cualificar una poesía es la hondura de su arranque en relación con esta finalidad: saber de dónde arranca la voz poética, de qué zona del ser arranca y hacia qué zonas se dirige. -Claudio Rodríguez interrumpe en este punto la lectura: "Sí señor, sí, estoy de acuerdo"-. Que no sean nunca ni el arranque ni la finalidad adjetivos, y que contribuyan de alguna manera a alumbrar un nuevo conocimiento de esta relación, siempre nueva, que tiene el hombre con su vida. En este aspecto, creo que la poesía de Claudio Rodríguez tiene un arranque hondo y profundo".

                                                     (tocar mis ojos y oireis mi voz)


AJENO

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa


                                                                               poema de CLAUDIO RODRIGUEZ


Entraba erguido como un jugador afortunado en compañia de FELIX CUADRADO LOMAS, entraban los dos como dos viejos anarquistas, cogidos del brazo. El Farolito amasaba derrotas como cada dia, y como cada dia las singladuras mas diversas colgaban de las paredes desvanecidas en un mar de lenguas. Claudio y Felix, imponentes, casi salvajemente bondadosos atracaron sus presencias en la barra alta de aquella tarde, y la noche vendria como una tripulación mas, y todos los vasos llevarían los nombres de todos los sueños y de todos los reveses que la vida nos regala.

El Naufragio fueron los poemas que Claudio trai arrebujados en sus habitados bolsillos, el recital se llevo a cabo pues la marea de las conversaciones y el don de la ebriedad estaba con nosotros, el Nordes soplaba aquellos dias y limpiaba  las mondas de las alegrias y las penas. Los poemas aparecieron en el Farolito como si Lowry se los hubiera llevado y de vuelta, sanos y salvo, las cuartillas de lumbre, alli estaban restaurando una vez mas lo que las tormentas infligían. 

Asi conoci a Claudio Rodriguez, una tarde larga ya entrando la primavera.

Este lunes que se nos viene mayado de poemas, sera Claudio Rodriguez el sujeto de nuestras lecturas.

ENTREVISTA EN DOOOS


DON DE LA EBRIEDAD

Don de la ebriedad

Siempre la claridad viene del cielo; 
es un don: no se halla entre las cosas 
sino muy por encima, y las ocupa 
haciendo de ello vida y labor propias. 
Así amanece el día; así la noche 
cierra el gran aposento de sus sombras. 

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados 
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda 
los contiene en su amor? ¡si ya nos llega 
y es pronto aún, ya llega a la redonda 
a la manera de los vuelos tuyos 
y se cierne, y se aleja y, aún remota, 
nada hay tan claro como sus impulsos! 

Oh, claridad sedienta de una forma, 
de una materia para deslumbrarla 
quemándose a sí misma al cumplir su obra. 
Como yo, como todo lo que espera. 
Si tú la luz te la has llevado toda, 
¿cómo voy a esperar nada del alba? 

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca 
espera, y mi alma espera, y tú me esperas, 
ebria persecución, claridad sola 
mortal como el abrazo de las hoces, 
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

 


A LAS PUERTAS DE LA CIUDAD

Voy a esperar un poco
a que se ponga el sol, aunque estos pasos
se me vayan allí, hacia el baile mío,
hacia la vida mía. Tantos años
hice buena pareja con vosotros,
amigos. Y os dejé, y me fui a mi barrio
de juventud creyendo
que allí estaría mi verbena en vano.
¡Si creí que podíais seguir siempre
con la seca impiedad, con el engaño
de la ciudad a cuestas! ¡Si creía
que ella, la bien cercada, mal cercado
os tuvo siempre el corazón, y era
todo sencillo, todo tan a mano
como el alzar la olla, oler el guiso
y ver que está en su punto! ¡Si era claro:
tanta alegría por tan poco costo
era verdad, era verdad! Ah, cuándo
me daré cuenta de que todo es simple.
¿Qué estaba yo mirando
que no lo vi? ¿Qué hacía tan tranquila
mi juventud bajo el inmenso arado
del cielo si en cualquier parte, en la calle,
se nos hincaba, hacia el trabajo
removiéndonos hondo a pesar nuestro?
Años y años confiando
en nuestros pobres laboreos, como
si fuera nuestra la cosecha, y cuánto,
cuánto granar nos iba
cerniendo la azul criba del espacio,
nada era nuestro ya: todo nuestro amo.
Como el Duero en abril entra la casa
del hombre y allí suena, allí va dando
su eterna empresa y su labor, y, entonces,
¿qué se podría hacer: ponerse a salvo
con el río a la puerta,
vivir como si no entrara hasta el cuarto,
hasta el más simple adobe el puro riego
de la tierra y del mundo?; y bien, al cabo
así nosotros, ¿qué otra cosa haríamos
sino tender nuestra humildad al raso,
secar al sol nuestra alegría, nuestra
sola camisa limpia para siempre?
Basta de hablar en vano
que hoy debo hacer lo que debí haber hecho.
Perdón si antes no os quise dar la mano
pero yo qué sabía. Vuelvo alegre
y esta calma de puesta da a mis pasos
el buen compás, la buena
marcha hacia la ciudad de mis pecados.
¡De par en par las puertas! Voy. Y entro
tan seguro, tan llano
como el que barbechó en enero y sabe
que la tierra no falla, y un buen día
se va tranquilo a recoger su grano.


De: Conjuros

Sin adiós


Qué distinto el amor es junto al mar
que en mi tierra nativa, cautiva, a la que siempre
cantaré,
a la orilla del temple de sus ríos,
con su inocencia y su clarividencia,
con esa compañía que estremece,
viendo caer la verdadera lágrima
del cielo
cuando la noche es larga
y el alba es clara.

Nunca sé por qué siento
compañero a mi cuerpo, que es augurio y refugio.
Y ahora, frente al mar,
qué urdimbre la del trigo,
la del oleaje,
qué hilatura, qué plena cosecha
encajan, sueldan, curvan
mi amor.

El movimiento curvo de las olas,
por la mañana ,
tan distinto al nocturno,
tan semejante al de los sembrados,
se va entrando en
el rumor misterioso de tu cuerpo,
hoy que hay mareas vivas
y el amor está gris perla, casi mate,
como el color del álamo en octubre.

El soñar es sencillo, pero no el contemplar.
Y ahora, al amanecer, cuando conviene
saber y obrar,
cómo suena contigo esta desnuda costa.

Cuando el amor y el mar
son una sola marejada, sin que el viento nordeste
pueda romper este recogimiento,
esta semilla sobrecogedora,
esta tierra, este agua
aquí, en el puerto,
donde ya no hay adiós, sino ancla pura.

ALIANZA Y CONDENA


[LO QUE NO ES SUEÑO]
Déjame que te hable en esta hora
de dolor con alegres
palabras. Ya se sabe
que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,
curan a veces. Pero tú oye, déjame
decirte que, a pesar
de tanta vida deplorable, sí,
a pesar y aun ahora
que estamos en derrota, nunca en doma,
el dolor es la nube,
la alegría, el espacio,
el dolor es el huésped;
la alegría, la casa.
Que el dolor es la miel,
símbolo de la muerte, y la alegría
es agria, seca, nueva,
lo único que tiene
verdadero sentido.
Déjame que con vieja
sabiduría, diga:a pesar, a pesar
de todos los pesares
y aunque sea muy dolorosa y aunque
sea a veces inmunda, siempre, siempre
la más honda verdad es la alegría.
La que de un río turbio
hace aguas limpias,
la que hace que te diga
estas palabras tan indignas ahora,
la que nos llega como
llega la noche y llega la mañana,
como llega a la orillala ola:
irremediablemente

Viento de primavera


Ni aún el cuerpo resiste
tanta resurrección, y busca abrigo
ante este viento que ya templa y trae
olor, y nueva intimidad. Ya cuanto
fue hambre, ahora es sustento. Y se aligera
la vida, y un destello generoso
vibra por nuestras calles. Pero sigue
turbia nuestra retina, y la saliva
seca, y los pies van a la desbandada,
como siempre. Y entonces,
esta presión fogosa que nos trae
el cuerpo aún frágil de la primavera,
ronda en torno al invierno
de nuestro corazón, buscando un sitio
por donde entrar en él. Y aquí, a la vuelta
de la esquina, al acecho,
en feraz merodeo,
nos ventea la ropa,
nos orea el trabajo,
barre la casa, engrasa nuestras puertas
duras de oscura cerrazón, las abre
a no sé qué hospitalidad hermosa
y nos desborda y, aunque
nunca nos demos cuenta
de tanta juventud, de lleno en lleno
nos arrasa. Sí, a poco
del sol salido, un viento ya gustoso,
sereno de simiente, sopló en torno
de nuestra sequedad, de la injusticia
de nuestros años, alentó para algo
más hermoso que tanta
desconfianza y tanto desaliento,
más gallardo que nuestro
miedo a su honda rebelión, a su alta
resurrección. Y ahora
yo, que perdí mi libertad por todo,
quiero oír cómo el pobre
ruido de nuestro pulso se va a rastras
tras el cálido son de esta alianza
y ambos hacen la música
arrolladora, sin compás, a sordas,
por la que se llegará algún día,
quizá en medio de enero, en el que todos
sepamos el por qué del nombre: «viento
de primavera»

"Alianza y condena" 1965


A MI ROPA TENDIDA 
  (El alma)

Me la están refregando, alguien la aclara.
¡Yo que desde aquel día
la eché a lo sucio para siempre, para
ya no lavarla más, y me servía!
¡Si hasta me está más justa¡ No la he puesto
pero ahí la veis todos, ahí, tendida,
ropa tendida al sol. ¿Quién es? ¿Qué es esto?
¿Qué lejía inmortal, y que perdida
jabonadura vuelve, qué blancura?
Como al atardecer el cerro es nuestra ropa
desde la infancia, más y más oscura
y ved la mía ahora. ¡Ved mi ropa,
mi aposento de par en par! ¡Adentro
con todo el aire y todo el cielo encima!
¡Vista la tierra tierra! ¡Más adentro!
¡No tenedla en el patio: ahí en la cima,
ropa pisada por el sol y el gallo,
por el rey siempre! 

                                    He dicho así a media alba
porque de nuevo la hallo,
de nuevo el aire libre sana y salva.
Fue en el río, seguro, en aquel río
donde se lava todo, bajo el puente.
Huele a la misma agua, a cuerpo mío.
¡Y ya sin mancha! ¡Si hay algún valiente,
que se la ponga! Sé que le ahogaría.
Bien sé que al pie del corazón no es blanca
pero no importa: un día...
¡Qué un día, hoy, mañana que es la fiesta!
Mañana todo el pueblo por las calles
y la conocerán, y dirán: «Esta
es su camisa, aquella, la que era
sólo un remiendo y ya no le servía.
¿Qué es este amor? ¿Quién es su lavandera?»




Clávame con tus ojos esa nube...

Clávame con tus ojos esa nube
y esta esperanza de hombre que me queda.
¿Por dónde yo si estaba en la alameda
de tus ojos mintiendo cuando estuve?

Disciplina de todo lo que sube.
De lo que mira y ve, mientras se enreda
su triste agilidad, como en la rueda
de tus campos del cielo que no anduve.

Y es por seguir cegueras sin mancilla
por lo que tanta bruma nos separa
y hace del resplandor su maravilla,

su clavel mudo. ¡Y qué ajenos al daño
después, cuando tus ojos son la clara
locura de no verme siempre extraño


Y LLEGO LA ALEGRIA

The nest  of  lovers

                                                                          (Alfistron)

Y llegó la alegría
muy lejos del recuerdo cuando las gaviotas
con vuelo olvidadizo traspasado de alba
entre el viento y la lluvia y el granito y la arena,
la soledad de los acantilados
y los manzanos en pleno concierto
de prematura floración, la savia
del adiós de las olas ya sin mar
y el establo con nubes
y la taberna de los peregrinos,
vieja en madera de nogal negruzco
y de cobre con sol, y el contrabando,
la suerte y servidumbre, pan de ángeles,
quemadura de azúcar, de alcohol reseco y bello,
cuando subía la ladera me iban
acompañando y orientando hacia...

Y yo te veo porque yo te quiero.
No era la juventud, era el amor
cuando entonces viví sin darme cuenta
con tu manera de mirar al viento,
al fruto verdadero. Viste arañas
donde siempre hubo música
lejos de tantos sueños que iluminan
esa manera de mirar las puertas
con la sorpresa de su certidumbre,
pálida el alma donde nunca hubo
oscuridad sino agua
y danza.

Alza tu cara más porque no es una imagen
y no hay recuerdo ni remordimiento,
cicatriz en racimo, ni esperanza,
ni desnudo secreto, libre ya de tu carne,
lejos de la mentira solitaria,
sino inocencia nunca pasajera,
sino el silencio del enamorado,
el silencio que dura, está durando.

Y yo te veo porque yo te quiero.
Es el amor que no tiene sentido.
El polvo de la espuma de la alta marea
llega a la cima, al nido de esta casa,
a la armonía de la teja abierta
y entra en la acacia ya recién llovida
en las alas en himno de las gaviotas,
hasta en el pulso de la luz, en la alta
mano del viejo Terry en su taberna mientras,
toca con alegría y con pureza
el vaso aquel que es suyo. Y llega ahora
la niña Carol con su lucerío,
y la beso, y me limpia
cuando menos se espera.

Y yo te veo porque yo te quiero.
Es el amor que no tiene sentido.
Alza tu cara ahora a medio viento
con transparencia y sin destino en torno
a la promesa de la primavera,
los manzanos con júbilo en tu cuerpo
que es armonía y es felicidad,
con la tersura de la timidez
cuando se hace de noche y crece el cielo
y el mar se va y no vuelve
cuando ahora vivo la alegría nueva,
muy lejos del recuerdo, el dolor solo,
la verdad del amor que es tuyo y mío.
 


Cómo veo los árboles ahora...

Cómo veo los árboles ahora. 
No con hojas caedizas, no con ramas 
sujetas a la voz del crecimiento. 
Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas 
no la siento como algo de la tierra 
ni del cielo tampoco, sino falta 
de ese color de vida con destino. 

Y a los campos, al mar, a las montañas, 
muy por encima de su clara forma 
los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada? 
¿Es que voy a morir? Decidme, ¿cómo 
veis a los hombres, a sus obra, almas 
inmortales? Sí, ebrio estoy sin duda. 
La mañana no es tal, es una amplia 
llanura sin combate, casi eterna, 
casi desconocida porque en cada 
lugar donde antes era sombra el tiempo, 
ahora la luz espera ser creada. 

No sólo el aire deja más su aliento: 
no posee ni cántico ni nada; 
se lo dan, y él empieza a rodearle 
con fugaz esplendor de ritmo de ala 
e intenta hacer un hueco suficiente 
para no seguir fuera. No, no sólo 
seguir fuera quizá, sino a distancia. 
Pues bien: el aire de hoy tiene su cántico. 
¡Si lo oyeseis! Y el sol, el fuego, el agua, 
cómo dan posesión a estos mis ojos. 
¿Es que voy a vivir? ¿Tan pronto acaba 
la ebriedad? Ay, y cómo veo ahora 
los árboles, qué pocos días faltan...

 



Gestos

Una mirada, un gesto, 
cambiarán nuestra raza. Cuando actúa mi mano, 
tan sin entendimiento y sin gobierno, 
pero con errabunda resonancia, 
y sondea, buscando 
calor y compañía en este espacio 
en donde tantas otras 
han vibrado, ¿qué quiere 
decir? Cuántos y cuántos gestos como 
un sueño mañanero, 
pasaron. Como esa 
casera mueca de las figurillas 
de la baraja: aunque 
dejando herida o beso, sólo azar entrañable. 

Más luminoso aún que la palabra, 
nuestro ademán, como ella 
roído por el tiempo, viejo como la orilla 
del río, ¿qué 
significa? 
¿Por qué desplaza el mismo aire el gesto 
de la entrega o del robo, 
el que cierra una puerta o el que la abre, 
el que da luz o apaga? 
¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra 
que cuando siega, 
el de amor que el de asesinato? 

Nosotros, tan gesteros pero tan poco alegres, 
raza que sólo supo 
tejer banderas, raza de desfiles, 
de fantasías y de dinastías, 
hagamos otras señas. 
No he de leer en cada palma, en cada 
movimiento, como antes. No puedo ahora frenar 
la rotación inmensa del abrazo 
para medir su órbita 
y recorrer su emocionada curva.

No, no son tiempos 
de mirar con nostalgia 
esa estela infinita del paso de los hombres. 
Hay mucho que olvidar 
y más aún que esperar. Tan silencioso 
como el vuelo del búho, un gesto claro, 
de sencillo bautizo, 
dirá, en un aire nuevo, 
su nueva significación, su nuevo 
uso. Yo solo, si es posible, 
pido, cuando me llegue la hora mala, 
la hora de echar de menos tantos gestos queridos, 
tener fuerza, encontrarlos 
como quien halla un fósil 
(acaso una quijada aún con el beso trémulo) 
de una raza extinguida.

 


Nuevo día

Después de tantos días sin camino y sin casa 
y sin dolor siquiera y las campanas solas 
y el viento oscuro como el del recuerdo 
llega el de hoy.

Cuando ayer el aliento era misterio 
y la mirada seca, sin resina, 
buscaba un resplandor definitivo, 
llega tan delicada y tan sencilla,
tan serena de nueva levadura 
esta mañana...

Es la sorpresa de la claridad, 
la inocencia de la contemplación, 
el secreto que abre con moldura y asombro 
la primera nevada y la primera lluvia 
lavando el avellano y el olivo 
ya muy cerca del mar. 

Invisible quietud. Brisa oreando
la melodía que ya no esperaba. 
Es la iluminación de la alegría 
con el silencio que no tiene tiempo. 
Grave placer el de la soledad. 
Y no mires el mar porque todo lo sabe
cuando llega la hora
adonde nunca llega el pensamiento
pero sí el mar del alma,
pero sí este momento del aire entre mis manos,
de esta paz que me espera
cuando llega la hora
-dos horas antes de la media noche-
del tercer oleaje, que es el mío.

 


Como si nunca hubiera sido mía...

Como si nunca hubiera sido mía, 
dad al aire mi voz y que en el aire 
sea de todos y la sepan todos 
igual que una mañana o una tarde. 
Ni a la rama tan sólo abril acude 
ni el agua espera sólo el estiaje. 
¿Quién podrá decir que es suyo el viento, 
suya la luz, el canto de las aves 
en el que esplende la estación, más cuando 
llega la noche y en los chopos arde 
tan peligrosamente retenida? 
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe 
de una vez para siempre! La flor vive 
tan bella porque vive poco tiempo 
y, sin embargo, cómo se da, unánime, 
dejando de ser flor y convirtiéndose 
en ímpetu de entrega.  Invierno, aunque 
no esté detrás la primavera, saca 
fuera de mí lo mío y hazme parte, 
inútil polen que se pierde en tierra 
pero ha sido de todos y de nadie. 
Sobre el abierto páramo, el relente 
es pinar en el pino, aire en el aire, 
relente sólo para mí sequía. 
Sobre la voz que va excavando un cauce 
qué sacrilegio éste del cuerpo, éste 
de no poder ser hostia para darse



 ALTO JORNAL

Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no lo espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
su taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio, y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va al trabajo
temblando como un niño que comulga
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se ha dado cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su aldabón, y no es en vano.

DON DE LA EBRIEDAD II
Yo me pregunto a veces si la noche
se cierra al mundo para abrirse o si algo
la abre tan de repente que nosotros
no llegamos a su alba, al alba al raso
que no desaparece porque nadie
la crea: ni la luna, ni el sol claro.


Mi tristeza tampoco llega a verla
tal como es, quedándose en los astros
cuando en ellos el día es manifiesto
y no revela que en la noche hay campos
de intensa amanecida apresurada
no en germen, en luz plena, en albos pájaros.


Algún vuelo estar quemando el aire,
no por ardiente sino por lejano.
Alguna limpidez de estrella bruñe
los pinos, bruñir mi cuerpo al cabo.
¿Qué puedo hacer sino seguir poniendo
la vida a mil lanzadas del espacio?


Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto,
un resplandor a‚reo, un día vano
para nuestros sentidos, que gravitan
hacia arriba y no ven ni oyen abajo.
Como es la calma un yelmo para el río
así el dolor es brisa para el lamo.


Así yo estoy sintiendo que las sombras
abren su luz, la abren tanto,
que la mañana surge sin principio
ni fin, eterna ya desde el ocaso.

 Don de la ebriedad

            IV

Así el deseo. Como el alba, clara
desde la cima y cuando se detiene
tocando con sus luces lo concreto
recién oscura, aunque instantáneamente.

Después abre ruidosos palomares
y ya es un día más. ¡Oh, las rehenes
palomas de la noche conteniendo
sus impulsos altísimos! Y siempre
como el deseo, como mi deseo.

Vedle surgir entre las nubes, vedle
sin ocupar espacio deslumbrarme.
No est  en mí, está en el mundo, está ahí enfrente.
Necesita vivir entre las cosas.

Ser añil en los cerros y de un verde
prematuro en los valles. Ante todo,
como en la vaina el grano, permanece
calentando su labor enardecido
para después manifestarlo en breve
más hermoso y radiante. Mientras, queda
limpio sin una brisa que lo aviente,
limpio deseo cada vez más mío,
cada vez menos vuestro, hasta que llegue
por fin a ser mi sangre y mi tarea,
corpóreo como el sol cuando amanece.


 Don de la ebriedad

            V

Cuándo hablar‚ de ti sin voz de hombre
para no acabar nunca, como el río
no acaba de contar su pena y tiene
dichas ya más palabras que yo mismo.

Cuándo estar‚ bien fuera o bien en lo hondo
de lo que alrededor es un camino
limitándome, igual que el soto al ave.

Pero, ¿ser‚ capaz de repetirlo,
capaz de amar dos veces como ahora?
Este rayo de sol, que es un sonido
en el órgano, vibra con la música
de noviembre y refleja sus distintos
modos de hacer caer las hojas vivas.

Porque no sólo el viento las cae, sino
también su gran tarea, sus vislumbres
de un otoño esencial. Si encuentra un sitio
rastrillado, la nueva siembra crece
lejos de antiguos brotes removidos;
pero siempre le sube alguna fuerza,
alguna sed de aquellos, algún limpio
cabeceo que vuelve a dividirse
y a dar olor al aire en mil sentidos.

Cuándo hablar‚ de ti sin voz de hombre.
Cuándo. Mi boca sólo llega al signo,
sólo interpreta muy confusamente.

Y es que hay duras verdades de un continuo
crecer, hay esperanzas que no logran
sobrepasar el tiempo y convertirlo
en seca fuente de llanura, como
hay terrenos que no filtran el limo.



Don de la ebriedad

            III

La encina, que conserva más un rayo
de sol que todo un mes de primavera,
no siente lo espontáneo de su sombra,
la sencillez del crecimiento; apenas
si conoce el terreno en que ha brotado.

Con ese viento que en sus ramas deja
lo que no tiene música, imagina
para sus sueños una gran meseta.

Y con qué rapidez se identifica
con el paisaje, con el alma entera
de su frondosidad y de mí mismo.
Llegaría hasta el cielo si no fuera
porque aún su sazón es la del árbol.

Días habrá en que llegue. Escucha mientras
el ruido de los vuelos de las aves,
el tenue del pardillo, el de ala plena
de la avutarda, vigilante y claro.

Así estoy yo. Qué encina, de madera
más oscura quizá que la del roble,
levanta mi alegría, tan intensa
unos momentos antes del crepúsculo
y tan doblada ahora. Como avena
que se siembra a voleo y que no importa
que caiga aquí o allí si cae en tierra,
va el contenido ardor del pensamiento
filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,
para dejar su resplandor y luego
darle una nueva claridad en ellas.

Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría
de la muerte sin mí? ¿Y acaso es cierta
su intimidad, su instinto, lo espontáneo
de su sombra más fiel que nadie? ¿Es cierta
mi vida así, en sus persistentes hojas
a medio descifrar la primavera?

               
          TIEMPO MEZAQUINO

          HOY CON EL VIENTO DEL NORTE
              me ha venido aquella historia.
              Mal andaban por entonces
              mis pies y peor mi boca
              en aquella ciudad de hosco
              censo, de miseria y de honra.
              Entre la vieja costumbre
              de rapiña y de lisonja,
              de pobre encuesta y de saldo
              barato, iba ya muy coja
              mi juventud. ¿Por qué lo hice?
              Me avergüenzo de mi boca
              no por aquellas palabras
              sino por aquella boca
              que besó. ¿Qué tiempo hace
              de ello? ¿Quién me lo reprocha?
              Un sabor a almendra amarga
              queda, un sabor a carcoma;
              sabor a traición, a cuerpo
              vendido, a caricia pocha.
              
              Ojalá el tiempo tan sólo
              fuera lo que se ama. Se odia
              y es tiempo también. Y es canto.
              Te odié entonces y hoy me importa
              recordarte, verte enfrente
              sin que nadie nos socorra
              y amarte otra vez, y odiarte
              de nuevo. Te beso ahora
              y te traiciono ahora sobre
              tu cuerpo. ¿Quién no negocia
              con lo poco que posee?
              Si ayer fue venta, hoy es compra;
              mañana, arrepentimiento.
              No es la sola hora la aurora.



DE AMOR HA SIDO LA FALTA
Aquí ya está el milagro,
aquí, a medio camino
entre la bendición, entre el silencio,
y la fecundación y la lujuria
y la luz sin fatiga.
¿Y la semilla de la profecía,
la levadura del placer que amasa
sexo y canto?
Esta noche de julio, en quietud y en piedad,
sereno el viento del oeste y muy
querido me alza
hasta tu cuerpo claro,
hasta el cielo maldito que está entrando
junto a tu amor y el mío.

                                              *(De "CASI UNA LEYENDA", 1991).

Ha amanecido. 
Y cada esquina canta,
tiembla recién llovida. Están muy altos
el cemento y el cielo.
Me está llamando el aire con rutina,
sin uso.
El violeta nuevo de las nubes
vacila , se acobarda. Y muy abiertas
vuelan las golondrinas y la ciudad sin quicios,
el bronce en flor de las campanas. ¿Dónde,
dónde mis pasos?
Tú no andes más. Di adios.
Tú deja que esta calle
siga hablando por ti, aunque nunca vuelvas.

GORRIÓN

No olvida. No se aleja

este granuja astuto

de nuestra vida. Siempre

de prestado, sin rumbo,

como cualquiera, aquí anda,

se lava aquí, tozudo,

entre nuestros zapatos.

¿Qué busca en nuestro oscuro

vivir? ¿Qué amor encuentra

en nuestro pan tan duro?

Ya dio al aire a los muertos

este gorrión, que pudo

volar, pero aquí sigue,

aquí abajo, seguro,

metiendo en su pechuga

todo el polvo del mundo.



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