SEMPRUN DICIENDO A CIRLOT


JAVIER SEMPRÚN

Actor y director

 

Obras en TEATRO CORSARIO como actor:

 

LA CAZA DEL SNARK (1983). Sobre un poema de Lewis Carrol. Personaje: Panadero.

COMEDIAS RÁPIDAS (1984). Sobre textos de Enrique Jardiel Poncela. Personajes varios.

INSULTOS AL PÚBLICO (1986) de Peter Handke. Personaje: Hombre.

SOBRE RUEDAS (1987). Tras los "pasos" de Lope de Rueda. Personaje: Mendrugón.

PASIÓN (1988). Inspirada en la imaginería barroca. Personaje: Pilatos y Sayón.

EL GRAN TEATRO DEL MUNDO (1990) de Calderón de la Barca. Personaje: El Labrador.

ASALTO A UNA CIUDAD (1991) de Lope de Vega / Sastre. Personaje: Perea.

 AMAR DESPUÉS DE LA MUERTE (1993) de Calderón de la Barca. Personaje: Alcuzcuz.

CLÁSICOS LOCOS (1994). Entremeses barrocos. Personajes varios.

LA VIDA ES SUEÑO (1995) de Calderón. Personaje: Clarín.

COPLAS POR LA MUERTE (1996) de varios autores. Personaje: El Muerto Reciente.

EDIPO REY (1998) de Sófocles. Personaje: El Pastor. 

EL MAYOR HECHIZO, AMOR (2000) de Calderón de la Barca. Personaje: Clarín.

TITUS ANDRÓNICUS (2001) de William Shakespeare. Personaje: Titus Andrónicus.

CELAMA (2003) de Luis Mateo Díez. Personajes: Ciro y otros.

LA BARRACA DE COLÓN (2005) de Fernando Urdiales. Personajes: Popocho y otros.

LOS LOCOS DE VALENCIA (2007) de Lope de Vega. Personaje: Doctor Verino.

EL CUERVO (2009) de Edgar Allan Poe / Francisco Pino.

 

 

Obras en TEATRO CORSARIO como director:

 

EL CUERVO (2009) de Edgar Allan Poe / Francisco Pino.


Participación como actor de reparto en CELDA 211 de Daniel  Monzón en el papel de “bailarín”

    Como actor/recitador en el espectáculo del Ballet Contemporáneo de Burgos LOS GIRASOLES ROTOS de Sabine Dharendorf.

Actualmente colabora como actor en el último estreno de la compañía andaluza LA ZARANDA        

“el régimen del pienso” de Eusebio Calonge.


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SUSAN LENOX



"Siduri, la del cabaret, 
habitaba cerca del mar inaccesible." 
(Poema de Gilgamesh

"Oh, gran cuadrado sin forma, 
Oh, gran vaso inconcluso". 
(Lao-Tsé) 


        A Carmen Ferrer (1947)



Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino 
como otras tantas tardes. La tristeza, 
la tristeza de muchas cosas muertas, 
perdidas o no sidas, me acompaña. 


Niebla, niebla. 
La sombra baja lenta como un río; 
su invasión me atenaza. 
Ni música de jazz se oye a lo lejos 
y un silencio infinito me circunda. 


Da lo mismo. 
Las horas que han pasado no me importan, 
no me importan las horas ni los días, 
los días que han pasado, ni los años. 
Da lo mismo. 
Niebla, niebla. 
Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino. 


Como otras tantas tardes, la tristeza, 
la tristeza me mira dulcemente 
con su clara mirada, como tantas 
otras tardes. 


No sé qué me sucede. Es un sonido, 
un sonido de lluvia el que aparece. 
Niebla, niebla. 
No sé qué me sucede; como un río 
la tristeza de muchas cosas muertas 
aparece. 
No sé que me sucede; es un recuerdo, 
un sonido de lluvia o de cortina. 
En efecto, 
la cortina, a mi lado, lenta oscila; 
la cortina de alambres y bambúes. 


Ni música de jazz se oye a lo lejos. 
Da lo mismo, lo mismo. 
La tristeza me mira; es un sonido, 
un sonido de lluvia o de cortina. 
En efecto, 
la cortina, a mi lado, en la ventana, 
en la ventana muerta, leve oscila. 


Oscila, sí, recuerdo; es un recuerdo. 
Había una gran sala abandonada, 
una sala perdida entre la niebla 
de pálidas cortinas como ésta, 
mujeres que llevaban en el pelo 
suaves flores doradas o amarillas. 
Niebla, niebla. 
Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino. 


Como otras tantas tardes, una sala, 
una gran sala ausente donde habían 
mujeres que llevaban en el pelo 
las flores amarillas. 


Como otras tantas tardes de silencio, 
un silencio infinito me circunda. 
La tristeza me mira; es un sonido. 
Sí, la cortina suena. No es el aire, 
el aire no la empuja, es la tristeza, 
la tristeza como otras tantas tardes. 


Recuerdo aquella sala rodeada 
de pálidas cortinas. Ella siempre 
vivía entre la niebla, entre la niebla. 
da lo mismo. 
Las horas que han pasado no me importan, 
no me importan las horas, ni los días, 
los años que han pasado, ni las horas, 
ni las eternas horas solitarias. 


Niebla, niebla. 
No sé qué me sucede; es un recuerdo. 
Recuerdo las palabras del poema: 
Siduri; la del cabaret, vivía 
Susana, no Siduri. Sí, Susana, 
cerca del mar inaccesible y puro. 


Da lo mismo siduri que Susana. 
Caldea que Cartago o Barcelona, 
las islas del Pacífico o Long Island, 
que China; hay una sala abandonada. 


No sé qué me sucede; es un recuerdo. 
El recuerdo de muchas cosas muertas, 
perdidas o no sidas. Niebla, niebla. 


Niebla, niebla. 
como otras tantas tardes, como oun río, 
Susana se llamaba. 
ni música de jazz se oye a lo lejos; 
da lo mismo, lo mismo. 


Ni música de jazz. Ella, la dulce 
no tuvo otra canción que este sonido 
de lluvia o de cortina aque prosigue 
como un recuerdo suyo no olvidado. 


La sala; sí, la sala. Las mujeres 
las pobres entregadas a las fiestas 
más tristes de la tierra; las muejres. 
Como otras tantas tardes, un recuerdo. 
Un recuedo d eamor, constantemente, 
constantemente asido a mi memoria. 
la imagen repetida del cabello, 
la luz de las estrellas en sus muslos, 
la luz de las miradas, el silencio 
debajo de su voz grave y lejana. 
Da lo mismo. 


Susana sonreía. Niebla, niebla. 
Susana en el cristal del horizonte, 
Susana en la gran sala abandonada. 
Susana con sus flores amarillas, 
sonreía. 


Ni música de jazz se oye a lo lejos. 
Como otras tantas tardes, un silencio, 
un silencio infinito me circunda. 
Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino. 


No sé qué me sucede; es un recuerdo, 
es una soledfad, es un sollozo 
perdido donde el rí9 de la nibla 
escarba con la muerte hacia los ojos, 
sube como el amor hasta los labios, 
como otras tantas tardes. 


Da lo mismo; 
lo mismo da el temblor que se separa, 
la incierta condición de lo querido, 
la luz del sufrimiento, la distancia 
hasta la cosa muda, 
hasta la sala grande que recuerdo. 


Que recuerdo, recuerdo;sí, recuerdo 
la sala, las mujeres, 
las pobres entregadas a las fiestas 
para ganar su vida. Es un sonido; 
la muerte es un sonido de cortina, 
un sonido que pasa y que se apaga, 
un sonido que queda. Niebla, niebla. 


Ni música de jazz se oye a lo lejos, 
ni música de jazz. Sí, la cortina; 
el aire no la mueve, es mi tristeza. 
La tristeza me mira, da lo mismo. 


Aquí estoy, en un bar. Sus ojos claros, 
su rostro sonriente y lejanísimo, 
sus manos, la tristeza; niebla, niebla. 


Sus manos en el aire del recuerdo, 
sus manos en la sal, en sus cabellos, 
sus manos con las flores amarillas, 
como otras tantas tardes. La cortina, 
sonando; la cortina. 


La cortina de alambres y bambúes, 
la lluvia cencicienta, la tristeza. 
La tristeza me mira como un río, 
como un río sollozo. Niebla, niebla. 


Niebla sobre la sala abandonada, 
niebla sobre los dedos sollozantes, 
niebla sobre los árboles de en torno 
de la sala de niebla abandonada, 
de la estancia sin límites ni forma, 
del cuadrado sin ángulos ni lados, 
del gran vaso inconcluso donde bebo, 
de la ausencia profunda, aparecida 
como un total acceso a la presencia, 
con su beso final y agonizante. 
Da lo mismo. 


Lo mismo da la niebla que sus ojos, 
que sus ojos de sombra y cautiverio, 
lo mismo da el amor que la cortina. 
Se llamaba Susana. 
Lo mismo da la niebla que el recuerdo. 
Susana, sí. Susana. 


Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino. 
Aquí estoy, en un bar, como la niebla, 
recordando; volviendo sobre el mundo, 
cayendo entre los muebles de la sala, 
de la sala de niebla y de caricias, 
de la sala, lo mismo, da lo mismo, 
como otras tantas tardes. Niebla, niebla. 


Como otras tantas tardes sin Susana, 
con Susana a lo lejos. La cortina, 
la cortina se mueve. La cortina, 
la cortina se mueve dulcemente 
como otras tantas tardes. La tristeza, 
la tristeza de muchas cosas muertas, 
perdidas o no sidas, da lo mismo. 


Lo mismo da la sala, las mujeres; 
mujeres que llevaban en el pelo 
sus flores destruídas y amarillas. 
Se llamaba Susana, da lo mismo. 


Ni música de jazz; sólo silencio. 


Susana se llamaba; ya de niña 
sabía su desgracia. La cortina. 
Se llamaba Susana por la tarde, 
se llamaba Susana al mediodía, 
se llamaba Susana por la noche. 
Susana se llamaba sobre el alba. 


Y la cortina suena. Niebla, niebla. 
La sombra baja lenta, como un río; 
su invasión me atenaza. No me importan 
las horas, ni los años, ni los días: 
los días que no pasan con Susana. 


Da lo mismo. 
Niebla, niebla. 
La tristeza me mira. Es un sonido, 
un sonido de muerte o de cortina. 
En efecto; 
la cortina, a mi lado, en la ventana 
como otras tantas tardes, leve oscila. 


Da lo mismo. 















BRONWYN
Con Bronwyn

                            Yo también estoy hechizada
                                                                    Bronwyn


Algo me está buscando por el campo,
o por el bosque negro que fue verde:
Algo de claridad pero sin forma,
como un sonido inmenso que bajara
desde un cielo apartado
por el cielo que existe.


* * * 

Nunca supe quién soy,
pero voy
a ser lo que tú quieres sólo siendo
en el sol absoluto donde ardiendo
mueres porque eres. 

Voy a ser la eternamente llama
de tu espiga de fuego;
mi resplandor entrego
a tu doliente niebla que me llama.

Caigo en tu corazón que ha de perderse
para que aprenda a rehacerse
desde el cristal azul del océano
al sarmiento quemado de una mano
cerrada al deshacerse.

* * * 

Los álamos inciertos de las almas
se alejan por el campo.
Los álamos se alejan, Bronwyn.

Los gritos permanecen y el incendio.


* * *

¿Creíste que no te oía
cuando dijiste:
subes bajo las verdes nubes,
de la tierra que hiciste
blanca en un mediodía
rojo como la herida en que perdiste
lo que a tu corazón te unía?

¿Creíste que no te oía
más allá de las olas
cuando las sombras solas
eran mi todavía?

* * *

Por las sombras desciendo hasta la torre
y vuelvo a ver el mar rojizo
anaranjado.

Y vuelvo a ver los muertos, la corona
de flores aterradas.


¿Creíste que no vendría
junto a las negras rocas,
cuando de nuestras bocas
el cielo renacía
convirtiendo el espacio
en de plata palacio,
la distancia
en nuestra eterna estancia?

¿Creíste que era muerte
la noche de la suerte,
y el fin de la canción
mi desaparición?

* * *

Un nombre estaba escrito sobre el agua,
fue dicho desde el agua, Bronwyn,
entre cienos y miedo a los abismos
bajo las grandes aves transparentes.


* * *

¿Pudiste imaginar
en la noche del mar
que no respondería,
sin hallar
la voz con que diría
dónde me has de encontrar?

¿Pudiste suponer
en la niebla del ser
que no contestaría
y que no encontraría
la voz para poder
responder?

¿Y pudiste pensar
que jamás tornaría
tu nombre a concitar?

* * *

Empujo las paredes calcinadas.
Las inscripciones crujen
y los acordes siguen rechinantes
sobre la superficie rota
del olvido esencial.


*

Te vuelvo a repetir
que siempre esperaría.
No me dejes de oír.

¿Pudiste concebir
en tu triste existir
que nunca volvería,
si es que me pude ir
y que te dejaría
sin venirte a decir
que no quieras morir?

* * *

No siempre puedo recordarte
bajo los grandes trozos de silencio
que me aplastan y dejan en ceniza
tan sólo perseguido 
por un sonido oscuro
y por las lentas avenidas grises
de un orbe sin final y sin principio.

* * *

¿Y dejaste a la nada
tu esperanza abrasada
abandonando al fuego
todo el humo del ruego?

¿Y soñaste perder entre las hierbas
el anillo de luz en que conservas
el signo de mi eterna persistencia
en la espiral oscura de tu esencia?

¿Y llegaste a creer
no ser?

* * *

Bronwyn, ¿estás aunque no nunca
pueda?


* * *

¿Olvidaste
mi primera mirada
cuando me desnudaste
estando ya desnuda y entregada?

* * *

La tierra es diferente de la tierra
y el cielo es otro cielo cuando ya.

La luz me está pensando desde el otro
lado del muro blanco de un milenio.


* * *

Estoy en un espacio que no puedes
abrir con los espinos de tus manos
humanas, temblorosas.
Yo destruiré las redes
de todos los arcanos y las rosas
tenebrosas.

Retornaré al pantano gris
y volverá el instante lis
de envolverte en mi luz
más allá de la torre y de la cruz
con relieves,
para que tú me lleves al lugar
en que nunca nos podrá separar
ni el filo de una espada,
ni la doble amenaza de la nada.

Algo me está buscando entre las hierbas
azules de otra vida.


Algo como una imagen sacramento,
como una niebla de temblor.

* * *

Me has llamado Daena,
Shekina me has llamado,
así me has consagrado:
La que Desencadena.

Ten fe en tu pensamiento
de siquiera un momento.

Quiere lo que deseas
para que siempre seas.
Es porque tú eres mi ángel
que me sabes tu arcángel.

Con nocturna ceniza entre tus labios,
Bronwyn




SUSAN LENOX


BRONWYN I
poema inaugural del ciclo.


                                                                                                       A la que renace de las aguas

                            Las huellas de tus dedos
                            no se ven en la torre.

Pero yo leo sin descanso, en la soledad de la ermita junto
   al mar
los antiguos signos en donde tú estuviste hacia el año mil,
por los bosques, los pantanos, las ramas y las hojas, la arcilla
pisada.
                            
                             Dentro del corazón está la muerte
                             como una runa blanca de ceniza.

Acércate por el campo blanco o por el verde campo o por el 
    campo negro, pero ven.

                               Detente ante la tumba
                               donde los dos estamos.


                                                                ***
                       
Este sonido triste que solloza
es mi espada románica que piensa.

Mi corazón oscuro la acompaña.

                       *
Yo soy un ser humano a pesar mío.

El espacio plateado de mi espíritu
penetra en el espacio gris del mundo.

¿Hasta cuándo?

                        *

Las hierbas son tan rubias como tú
lejos de la ceniza que me aleja
para siempre sin hierro.

La muerte es el pantano de las cruces,
Bronwyn.

                         *

Alucinante luz en que la luna
une la encina blanca desde el cieno
al cielo donde el hielo resplandece
azul en un silencio alucinado.

Bronwyn, 
enciende la llanura con tu voz.

                         *

Que las orquestas ciegas del martirio
acaben con los bosques, y los fuegos
de este incendio final, sacramentario.

Bronwyn, 
si no puedo ser tú, si no podemos
ser ángel,
¿por qué la niebla es gris sobre el mar gris?

                         *

Piedras como rodillas tibias,
hierbas como cabellos rubios, 
cielos como brazos de cielos.

Nace el amanecer como lo negro.
En las miradas siempre vuela el nunca.

                          *

Las ruinas de las runas en la roca
hablan de que yo estuve en este mundo, 
donde el mar y la tierra de las nieblas
se funden y confunden.

La vida era una ausencia inagotable,
un laberinto de serpientes grises,
un pantano de rosas tenebrosas.

                         *

La cruz de las hogueras se ha deshecho,
las ruinas de las joyas se estremecen.

Se acerca el cementerio con los ojos
inundados de lágrimas.

                         *

Toma mi oscuro anillo inmemorial.

Mi armadura deshecha se deshace
y de sus mallas muertas salen fuegos
azules, Bronwyn; puedo verlos, tiemblan.

Tiro el guante de hierro, soy tu siervo.
El mar que me acompaña por un mar
de sombra se deshace en el vacío.

Estoy cansado de estar muerto y ser.

                            *

Remolinos de cielos y de océanos
de incesantes distancias funerales.

El centro es lo lejano, y es allí
entre espirales grises y plateadas,
donde acaso la cruz es una cruz,
el cruce y el encuentro.

El centro es el lugar donde la imagen
habla desde su doble transparente.

                             *

Por el bosque del tiempo la noche del espacio, 
el errar de mi busca, la boca de mi incendio.

En tus ojos, cayendo, un mar gris se levanta.

Lo espantoso es sencillo y está siempre muy cerca.

                              *

Bronwyn;
es un mar de ceniza, está subiendo.

Nuestras alas no existen por la noche.

La cabeza es de cera, 
los ojos son espacio.

Te dejo entre los árboles del mundo
y este coro de gritos que persigna
mi estatura maldita.

                               *

Muerdo los sentimientos en el muérdago.
Mí espíritu está solo entre las hierbas.

Los demonios me buscan por los campos,
se disputan mi espada, mi armadura,
mis manos, mi cabeza, mis entrañas.

Mis hogueras de hierro se amontonan
y mis restos oscuros aún humean.

Me acaban de matar,
miro hacia donde vi tu aparición
hace mil años ya; pero la sangre
aún sale de mi boca.

                               *

Bajó el cielo a la tierra
y no era transparencia, era distancia.

Era un cristal de acero separando
lo unido.

Se perdieron las olas de los ojos
las flores de una cima donde un cuerpo
era sólo.

El cielo exterminó las claridades 
humanas.
De su luz emanaba un absoluto
desasirse de todo lo tangible.

La pérdida nació como una piedra 
negra. 

                             *

Se acercan las doradas procesiones
que grabarán mi cuerpo en una losa.

Déjame contemplarte todavía,
mientras mis ojos cambian de función
convirtiéndose en música azulada.

Bronwyn, el horizonte es una casa:
(la imagen incendiada de una casa).

                             *

Nunca he tocado nada de lo que
tú eres.

Estás como una idea en un instante
puro.

Clara en tu firmamento de firmeza 
blanca.

Desnuda bronwyn, llámame, ya voy;
caigo.

                             *

Mi espada transparente te bendice
x galáctica en el lago, luz,
pradera de crisal inesperable:
Bronwyn inmaculada, incensario.

                             *

La tumba es de carbón azul, la tumba
es como un cuerpo sonrosado y vivo.

Hic jacet.

Una espada sin nombre está parada
ante la puerta blanca del invierno.

                              *

Mensajera del más allá, tú vienes
con forma de mujer, pero el abismo
se cierne junto a ti tan dulcemente.

Bronwyn, 
constelaciones pálidas esperan
en medio de otros cielos con tu luz.

                               *

Bronwyn, mi corazón,
si nunca has existido eres posible
porque la realidad es muerte viva.

Bronwyn, mi corazón,
tócame con tu nada y con tu nunca.

                              *

No siendo esás aquí junto a mi centro
de hierros desatados,
de distancias dispersas como el humo.

No siendo eres tan mía como yo.
Más mía, pues tu luz sobre mi niebla
vive.

                              *

Es tu dorada luz, aire lejano
lo que viene a los verdes arrecifes.

Dame la mano, Bronwyn, alejémonos
del mar.

                              *

Tú vienes, Bronwyn, a llevarme lejos,
más allá de la niebla y la espiral
o de las negras olas del mar gris.

Rubia desamparada, tú te acercas
desnuda como el alma. Voy contigo
hacia la mansedumbre de la muerte.

                               *

Bronwyn, qué soledad bajo las nubes
alejándose.

Tu figura establece una certeza
donde nada es verdad.

Bronwyn, qué claridad sobre los prados
húmedos.

                                 *

La tierra es de terror, pero yo busco
una flor de cristal inaccesible.

Dámela con tus ojos desde el lago
donde blanca apareces.

Cuerpo resucitado no abandones
esta mano de herida.

En occidente el mar también acaba.

                                *

¿Mi señor me envió junto a las olas?
¿Mi ruido y mi armadura son su don
necesario?

¿Había de morir junto a la puerta
del jardín de los árboles dorados?

¿Tengo que vivir muerto mientras sé
que el cielo es una red de piedra gris?

                              *

Era en una región llena de llanto,
llena de hierros verdes y azulados,
llena de rocas negras, y de blancas
llanuras dulcemente enmudecidas.

Las hierbas se mecían en los cielos
mientras las ramas suaves del horror
cargadas de ceniza adormecían
un alma demasiado estremeciéndose.

Era en una región llena de escombros.

                              *

Es mi espada del año mil que llora,
no yo.

Mi corazón es blanco y no se queja.
NOTICIAS DE CIRLOT:

La historia de Bronwyn es la de un personaje mítico que circula a contramano.
Resumiendo de modo harto grosero el proceso histórico, puede decirse que una leyenda seria y obediente, comienza en la tradición oral de un pueblo, adoptando —más por mnemotecnia que por estética— la forma poética.
Luego aparecen el pergamino y el papel, el texto en prosa, la multiplicación y refundición y las polémicas acerca de eventuales autores y versiones canónicas. Finalmente, llega el turno del celuloide y sus adaptaciones libres —o libérrimas— transformando a menudo cualquier leyenda arcaica en un mejunje épico y romántico que pueda funcionar bien en la taquilla.
Contraviniendo tal esquema, Bronwyn nace de una obra teatral (The lovers, del estadounidense Leslie Stevens), que llega al cine en 1965 con el nombre de The War Lord. Desde la pantalla, alcanzará inopinadamente la poesía y el reencuentro con sus raíces simbólicas.

Una tarde de verano de 1966, Juan Eduardo Cirlot, crítico de arte, escritor y especialista en mitología, entró en una sala de cine de Barcelona ¿Qué peli había en cartel?
Adivinaron.
El señor de la guerra, protagonizado por Charlton Heston y Rosemary Forsyth, es un film cuya acción transcurre en tierras del actual Benelux, hacia el año1000 de nuestra era, y el argumento es, muy someramente, como sigue.
Chrysagón De La Crux, caballero normando, se ha arruinado económicamente al pagar el rescate de su padre, prisionero de los piratas frisios. Luchando valerosamente para su señor, el duque de Brabante, Chrysagón defiende el prestigio familiar e intenta rehacer su patrimonio. En pago por sus servicios, el duque le entrega en vasallaje un pequeño feudo costero, atacado a menudo por los frisios, que se ve que no perdonaban a nadie.
Satisfecho, Chrysagón viaja con su mesnada y su hermano Braco rumbo a la nueva tierra, que resulta ser una comarca pobre y pantanosa, mal defendida por una vieja torre y habitada por una población celta esencialmente pagana, que acepta la fe católica sólo en apariencia.
Desde el momento del arribo, el “señor de la guerra” percibe señales inquietantes y experimenta ominosos presentimientos, que sin embargo no hacen más que ratificar su voluntad de quedarse en aquel recóndito paraje.
Al día siguiente, durante una partida de caza, conoce a Bronwyn, una joven porqueriza tan plebeya como hermosa, hija adoptiva del líder tribal de la región, y que está a punto de casarse. Chrysagón se sirve del derecho de pernada, pese al malestar evidente de los aldeanos, malestar que se transforma en cólera y rebelión cuando el amo decide quedarse con la flamante esposa. Para colmo de males, los frisios vuelven a la carga. De allí en más, el argumento podría banalizarse, degenerando en una historia de amor prohibido, salpicada por asedios y duelos de espada. De hecho, abundan las escenas de combate, mas no por eso la obra deja de poseer significados de mayor trascendencia, y una interesante exploración simbólica de cada personaje, especialmente el de Bronwyn, que aparece al límite de lo sobrenatural, y se transforma en la razón de la vida y el motivo de la muerte del guerrero.

El personaje de Bronwyn no sólo embrujó a De La Crux, sino también a Cirlot, que dedicó tiempo, pasión y energías al estudio de la misteriosa doncella, conectando a la tímida rubia encarnada por Rosemary Forsyth, con el universo de la mitología celta y artúrica.
El nombre de Bronwyn, o sus variantes Brangien, Branwen, o más lejanamente Rowena, aparece en Los Mabinogion galeses, en la historia de Tristán e Iseo y en otras narraciones celtas o de tema artúrico. Se trata generalmente de una mujer hermosa, vinculada directa o indirectamene a la tragedia de su gente.
Cirlot atribuyó a Bronwyn múltiples significados: la comparó con la Shekina de la tradición hebrea, la transformó en el reverso de la Ofelia hamletiana, y en la Daena de la tradición mística persa.
Obsesionado, el sabio catalán compuso un ciclo poético de diecisés libros, inspirados por su original musa, tarea en la que trabajaría hasta poco antes de morir, en 1973.

Los poemas de Bronwyn son piezas literarias muy curiosas, donde una estética medieval, de enorme riqueza simbólica se articula con una inspiración un tanto surrealista.
En 1968, interrogado acerca de la identidad de Bronwyn, Cirlot declaró: (...) Ella, inerme, sólo con su belleza desnuda, destruye al caballero, le hace traicionar a los suyos, matar a su hermano, faltar a las leyes de su raza, e incluso es causa de su muerte. Bronwyn es, para mí, el mito de la amada de otra vida, de la luz ya vivida y perdida, de lo irredento, de lo que soñé una vez como mujer cartaginesa muerta, que resucitaba (...) Por encima de todo, Bronwyn es la doncella que conquistó a Azazel, en el Libro de Enoch. Esto es, la mujer por la que el ángel se hizo hombre."

Erudito de rango y místico moderno, Cirlot encontró en una sala de cine una belleza que trascendía el mundo terrenal.
Así como Chrysagón pagó el hallazgo con su vida, el escritor pagó con la única moneda que le era posible: la infatigable dedicación intelectual y artística.
No sorprende pues, que en las carpetas donde Cirlot guardaba textos e imágenes vinculadas a Bronwyn, hubiera copiado
el siguiente fragmento de Rilke“¿Quién pues, si yo gritara, me oiría entre las jerarquías de los ángeles? Y suponiendo que uno de ellos repentinamente me apretara contra su corazón, sucumbiría muerto por su existencia más fuerte. Pues lo bello no es sino el primer grado de lo terrible; apenas lo soportamos, y si también lo admiramos, es porque olvida con desdén destruirnos. Todo ángel es terrible”.

EL LIBRO: 
Bronwyn, de Juan Eduardo Cirlot.
Edición a cargo de Victoria Cirlot.
Editorial Siruela, 2001.

SOBRE EL FILM:
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1118.html.

BRONWYN I
poema inaugural del ciclo.

Juan Eduardo Cirlot: Bronwyn

Por Diego Valverde Villena

Juan Eduardo Cirlot es uno de los poetas más asombrosos del siglo xx. Como William Blake, como Friedrich Hölderlin, Cirlot fue un poeta fuera de su tiempo —fuera de cualquier tiempo—. Por eso se lo lee y se lo estudia menos de lo debido: no tuvo escuela ni imitadores, y es difícil encuadrarlo en una época o estilo.

Su curiosidad renacentista lo alcanzó todo, y aprendió múltiples saberes con diversos maestros. Su syllabus personal fue variado y completo: el maestro Ardévol le enseñó música; Alfonso Buñuel (hermano de Luis) lo formó en Surrealismo entre 1940 y 1943; Marius Schneider en simbología (1949-1952); y José Gudiol en arte medieval (1953-60). En su Olimpo personal tenían lugar destacado Poe, Nerval, Novalis, Bécquer, Wagner, Schönberg, Scriabin, Mahler, Alban Berg, Penderecki, Gustave Moreau, Max Ernst, Nietzsche, Wittgenstein, Lao Tsé y los presocráticos. Le interesó la filosofía, la mitología, el cine, y muy especialmente la mística y la c ábala. Todo ello se mostrará entreverado en sus escritos, tanto en poesía como en prosa.

Frecuentó al grupo surrealista de París, donde tuvo amistad con Breton, y formó parte del grupo Dau al Set (con Tàpies, Cuixart, Brossa...) entre 1949 y 1953.

Publicó ensayos literarios, crítica de arte... Incluso sus sueños (88 sueños, 1988). Su Diccionario de símbolos (1969, con una primera versión de 1958 bajo el nombre de Diccionario de símbolos tradicionales) fue todo un hito internacional que se tradujo al inglés y se publicó en Londres en 1971. Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973) fue ensayista, compositor y crítico de arte. Pero, sobre todo, poeta. Y dentro de su poesía merece especial atención su corpus principal, el Ciclo de Bronwyn. ¿Pero quién, o qué, era Bronwyn?

Un día de verano de 1966, Cirlot fue al cine a ver una película de Franklin Shaffner, El señor de la guerra (The War Lord), protagonizada por Charlton Heston y una actriz canadiense, Rosemary Forsyth. Y allí, al ver la película, tuvo una revelación, una epifanía: la del personaje femenino, Bronwyn. Cirlot queda extasiado ante ese personaje, que aparece fuertemente vinculado a las aguas y a la resurrección. En 1967, tras ver una versión rusa del Hamlet, Cirlot relaciona la figura de Ofelia en las aguas con la de una Bronwyn rediviva, y desde entonces dedicará sus libros «a la que renace de las aguas».

Cirlot siempre había buscado el lado femenino de la divinidad. Tenía poemas dedicados a la divinidad siria Brat Nuhra, a la Daena mazdeísta y a la Shekina hebrea. Y también se había interesado por heroínas cinematográficas: le dedicó las Permutaciones Inger a la actriz Inger Stevens, y escribió un poema sobre otro personaje, «Susan Lenox», interpretado por Greta Garbo. Pero el personaje de Bronwyn le permite canalizar por fin toda su energía poética.

El Ciclo de Bronwyn se compone de dieciséis cuadernillos de pequeñas tiradas, que circularon entre sus amistades. Cirlot trabajó con las palabras y aunó símbolos, mitologías y creencias para hacer con todo ello una oración perpetua a Bronwyn. Anáforas, permutaciones, repeticiones cuasi mántricas y un tono incantatorio y gnómico son las características de ese altar poético que es el Ciclo de Bronwyn.

Juan Eduardo Cirlot, ese personaje enigmático y fascinante que aparece en una foto junto a siete espadas colgadas de la pared, nos dejó escrita la clave de sus poemas: «Cada verso que escribo, cada canto / es tan solo conjuro, sólo tanto».