Vértigo



Hoy, en un precioso día ya de verano he vuelto a ver un clásico, Vértigo de Hitchcock. Es para mí una de sus mejores películas, en ella el “mago del suspense” reúne muchas de sus obsesiones y temas favoritos.

Scottie, un policía retirado a causa de su enfermedad lleva una vida rutinaria junto con su amiga, diseñadora de modas y pintora. Un día su rutina se rompe para instalarse dentro de lo anómalo y el misterio cuando recibe una extraña oferta de un antiguo compañero, seguir a su esposa que tiene trastornado el juicio y cree ser la reencarnación de una desgraciada mujer, Carlota Valdés.

A partir de ese momento Scottie se ve envuelto en una espiral (las imágenes iniciales de la película son muy reveladoras de lo que ocurrirá) de obsesión y deseo hacia Madeleine. La primera vez que la ve ella está de espaldas (de espaldas también aparece ella en la floristería, en el cementerio y la sala de arte) y la ve a través de los espejos (como en la floristería). En realidad Vértigo es eso, un juego de espejos donde el espectador y Scottie viven engañados, presos de la ficción.

La primera persecución de Scottie a Madeleine es una muestra del arte de narrar. El la sigue por las calles de San Francisco en unas escenas de gran belleza, con la bahía siempre al fondo. En ellas no hay diálogo, sólo música y una planificación que por sí sola nos muestra los hechos: Madeleine visita la tumba de Carlota Valdés y luego la pintura de la sala.

En la segunda persecución, el intento de suicidio de Madeleine, la técnica cinematográfica es la misma. Además, la iluminación subraya la sensación de sueño, de irrealidad que está viviendo el protagonista.

La primera vez que Madeleine aparece frente a Scottie lleva una bata roja. Los encuentros entre ellos destacan por una fuerte sensualidad, el primer beso tiene como telón de fondo un mar embravecido, símbolo de la pasión.

Luego vendrá la “muerte” de Madeleine y la depresión de Scottie.

En la segunda parte el espectador descubre que él también ha sido engañado, lo vemos cuando Judy escribe la carta en el hotel donde confiesa todo lo ocurrido.

Poco a poco Judy descubre que Scottie no la quiere, sigue obsesionado con Madeleine e intenta “transformarla”  en ella. Este proceso de transformación, diríamos de acoso, de la mujer es habitual en las cintas de Hitchcock.

Al final todo vuelve al principio, pero ahora Scottie se ha curado de su enfermedad. Aunque para ello haya tenido que perder a la mujer que ama.

Hitchcock siempre sabe contar las historias con una mezcla de misterio y sensualidad. Nos atrapa en un vértigo del que no podemos escapar. Porque el vértigo es sencillamente una metáfora de nuestros miedos, obsesiones y deseos, que a veces no podemos dominar.

Ámsterdam, 26 de junio 2010