Escaleras en el cine

LOS PELDAÑOS DEL SÉPTIMO ARTE

            No hay duda de que las escaleras han acompañado al cine desde sus inicios, y se han convertido en uno de los objetos con mayor valor simbolista a lo largo de su historia. Escaleras rectas, en espiral, alimentadas por las diversas corrientes y utilizadas por sus creadores para fines diversos, transitadas por seres misteriosos, por mujeres seductoras o indefensas, por seres que, en definitiva, avanzan hacia otra realidad.

            Ya en el año 1919 Robert Wiene dirigió la escalofriante Dr. Caligari, en donde el inquietante protagonista era un sonámbulo asesino que atraía a sus víctimas y las seducía con sus enigmáticos poderes. Esta cinta, bajo los postulados del expresionismo, creaba un mundo de claroscuros que estará en la base de películas posteriores del género negro y de monstruos pobladores de la noche. En efecto, aquí las escaleras tienen ya el sentido de unión de dos mundos, el racional (los investigadores) y el oscuro, temido y a la vez anhelado, el gabinete del doctor, en el que yace en estado de letargo su criatura. El escenario de la acción conduce al espectador a través de un entramado de recovecos y geometrías en donde las escaleras son la intersección de caminos y la puerta del misterio.

            Efecto bien distinto es el provocado por la famosa escena de las escalinatas de Odessa en la mítica El acorazado Potemkin (1925) de Eisenstein, en la que el director ruso lleva a imágenes los presupuestos formales de la escuela de cine basada en el montaje de atracciones, según el cual el choque de escenas provoca un efecto dramático en el espectador. Así lo demuestra en esta película, dividida en varias secuencias que relatan la sublevación de los marineros contra el poder represor. Las escaleras aparecen ya en la escena en que la multitud baja airada para protestar contra la injusta muerte de un marinero. En esta escena se produce una perfecta armonía entre la palabra y la imagen. En los subtítulos leemos “todos a uno”. Y paralelamente, se muestran los rostros de la multitud (todos) y del asesinado (uno). La cámara refleja además distintos planos de fuerte carga emotiva, como los rostros de dolor, los puños crispados…

            Pero la escena clave de la cinta es la brutal represión efectuada por las fuerzas del orden ante la multitud. Se trata de la cuarta parte, titulada “La escalera de Odessa”. En ella el pueblo, desde la larga escalinata, homenajea al acorazado, euforia interrumpida por la llegada de los guardias que empujan con sus disparos a la gente. la masa humana se precipita escaleras abajo, y la cámara de nuevo recoge varios detalles que acentúan la violencia y la sensación de rapidez. El espectador asiste atónito a la huida de tullidos y ancianos, al fusilamiento de niños inocentes, pisoteados por las fuerzas del orden, a una madre que pide una clemencia inútil, a las gafas que se rompen. En un momento se interrumpe la música, estamos desnudos ante la imagen, que no necesita sonidos. El culmen es la caída del cochecito por los peldaños, máxima representación del horror y la crueldad sufrida por los habitantes de Odessa.

            Sin duda el director que más encuadres ha realizado de las escaleras es Hitchcock, que ya las utilizó como Mac Guffin en una de sus películas de su primera etapa, 39 escalones (1935), en donde el título alude al nombre de una organización criminal. El nombre es solo un pretexto para contar las peripecias de un personaje envuelto por azar en una red de espionaje.

            En Rebeca (1940) las numerosas escaleras que pueblan la mansión conducen a la protagonista al torturado mundo interior de su esposo, a la habitación prohibida, a los acantilados de la muerte o bien son el lugar desde el que la desventurada protagonista exhibe su belleza como ya había hecho Escarlata en Lo que el viento se llevó y también otras damas del celuloide.

            Las escaleras acentúan su valor de misterio y de acceso a lugares peligrosos en las siguientes cintas del mago del suspense. Así, en Sospecha (1941) son transitadas por el ambiguo protagonista cuando sube el misterioso vaso de leche iluminado, porque, según el director, “era preciso que no se mirara más que ese vaso”. También en La sombra de una duda (1943) los peldaños se asocian al malvado y atrayente tío Charlie, que intenta asesinar a su sobrina rompiendo uno de sus pasos, y que en ocasiones sube o baja por la escalera trasera, como símbolo de su naturaleza perversa.

            Ingrid Bergman también es víctima de vivir en “el lado de arriba” cuando la suben desvanecida a causa del veneno en Encadenados (1946), aunque poco después será rescatada por Devlin y bajará la escalera, lo que supone salvarse.

            Pero sin duda las escaleras más maléficas de Hitchock son las de la casa de Norman Bates en Psicosis (1969), enfocadas desde distintos puntos de vista (el detective Argobast es asesinado al subir hacia la habitación de Norman). Bajar al sótano es descender al infierno y la locura.

            Además del mago del suspense, otras escaleras famosas son las que pisa el conde Drácula en al versión de Terence Fisher, Horror of Drácula (1958). Quién no ha sentido un escalofrío al ver bajar al conde por las escaleras en su primera aparición, o cuando J. Harper siente el instinto de bajar y se encuentra con la mujer que, vestida de blanco, lo seduce e intenta clavarle un beso mortal. Lo mismo ocurre en la versión de Coppola, cuando Lucy desciende las barrocas escaleras en busca de sus deseos más primitivos. Es significativo que las tumbas de los vampiros estén en el sótano, en esa parte oculta, peligrosa y fascinante.

            Pero no siempre las escaleras conducen al mal. A veces en lo alto reside el mundo de la imaginación y de seres que, como Drácula o el doctor Caligari, también son rechazados por la sociedad bienpensante e hipócrita. Es el caso de la conmovedora Eduardo Manostijeras (1990), de Tim Burton, deudora del ambiente gótico y expresionista y de los cuentos infantiles y que detrás de su fábula esconde una ácida crítica de una sociedad que condena al diferente. Las escaleras aparecen al principio y al final de la cinta, escenas situadas en la mansión donde el anciano doctor ha dado vida a una criatura bondadosa pero muere privándole de las manos, sustituidas por unas tijeras con las que Eduardo puede preservar su mundo y alejarse de la “cordura” viciada y corrupta.

            No quisiera finalizar esas líneas sin mencionar películas recientes en donde las escaleras siguen provocando el misterio y la posibilidad de otras vidas, como sucede en Los otros (2001) de Amenábar o La habitación del pánico (2002) de David Fincher.

            Como vemos, el cine, peldaño a peldaño, ha conseguido crear sus mitos. La escalera es uno de ellos. En efecto, ¿qué es el séptimo arte sino una larga escalera en espiral, como la que sube Judy/Madeleine en Vértigo, que nos conduce por sus empinados vericuetos? Porque en la subida (o en el descenso) está el riesgo.

 

Ana Alonso.

VO, Escaleras en el cine, nº 97. Año 2002.