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La moda de la Radiactividad

publicado a la‎(s)‎ 22 may. 2013 13:18 por Ricardo P   [ actualizado el 22 may. 2013 13:19 ]
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Cuando en 1898 Marie y Pierre Curie descubrieron el Radio, Ra, el elemento de número atómico 88, y con él el fenómeno de la radiactividad, no se podían ni imaginar la trascendencia que su descubrimiento traía consigo.

No mucho tiempo después, a principios del siglo XX, durante los locos años 20, el radio y la radiactividad se pusieron de moda.

Pero ¿por qué? ¿por qué se puso de moda? Pues gracias a que la radiactividad del radio da lugar a luminiscencia, es decir, a una suave luz verde o azul, especialmente apreciable en la oscuridad.

Hoy en día esa luz intranquilizaría a cualquiera en su sano juicio, sin embargo, en una sociedad despreocupada, consumista, glamurosa, obsesionada con la belleza como la sociedad de los años 20, causó sensación.

Éxito comercial

El nuevo fenómeno luminoso atraía la curiosidad de muchos y aunque suene extraño se comenzó extender la creencia (por supuesto de forma interesada) de que su luz servía para mejorar la salud: lo llamativo del fenómeno, el desconocimiento de los efectos perjudiciales sobre el organismo, la credulidad e ignorancia de una clase alta fascinada por los nuevos descubrimientos científicos de la época, y la genial campaña de marketing puesta en marcha por empresas cosméticas y otros charlatanes, apoyados por la cada vez más popular prensa escrita, dieron lugar a una estafa de alcance mundial.

Comenzaron a surgir y a ponerse de moda una serie de productos qué contenían radio: chocolatinas, jabones, jarabes para la tos, ungüentos, cremas de todo tipo, maquillajes, pasta de dientes, supositorios, etc... se vendían en farmacias y a todos ellos se les atribuían efectos más o menos milagrosos simplemente porque brillaban. Se vendía incluso agua radiada. Marcas como Tho-radia, Radione y Radium fabricaban cigarros con radio, cerveza con radio, mantequilla con radio, gelatina con radio y hasta perfumes con radio...

Todo ello avalado con falsos estudios científicos y esloganes a cuál más impactante (en todos los sentidos):

“La radioactividad incrementa las defensas de los dientes y las encías” se podía leer en el dorso del tubo dentífrico.

Otro aseguraba que “Usted podrá conseguir una encantadora sonrisa, dientes brillantes y hermosos gracias a la pasta dental radioactiva Doramad. Clínicamente probada y elegida por las más hermosas mujeres del mundo, Doramad es el último grito de la moderna higiene bucal. Gracias a sus suaves rayos radiactivos, sigue siendo eficaz hasta cuatro horas después de su aplicación. No daña el esmalte dental, evita el sarro, así como cualquier inflamación bucal. La sangre circula más fuerte, proporcionando a las encías un saludable color rojo fuerte. Los dientes, sin embargo, serán blancos como la nieve”

“Rellena la jarra de agua cada noche, los millones de rayos penetran en el agua para formar ese saludable elemento que es la RADIO-ACTIVIDAD. Al día siguiente, toda la familia dispone de seis litros de auténtica y saludable agua radioactiva. Bebe tranquilamente cada vez que tengas sed hasta completar una media de seis vasos al día” afirmaba la publicidad de Revigator, una jarra para radiar agua.


En algunos casos los productos no contenían ninguna sustancia radiactiva (afortunadamente para sus usuarios), como demostraron en cierta ocasión los análisis del Instituto Curie.

El simple adjetivo "radiactivo" resultaba suficiente para atraer la atención de los consumidores: sonaba bien, sonaba científico, y por tanto, debía ser bueno. Actualmente pasa algo parecido con el término "magnético", y podemos encontrar magnetizadores de agua, pulseras magnéticas, colgantes magnéticos,... vendidos por charlatanes sin escrúpulos que pretenden enriquecerse a costa de engañar a los demás. Al menos, el magnetismo de baja intensidad, no presenta efectos perjudiciales para la salud.

Ni siquiera el altísimo precio que tenían estos productos disuadía a sus compradores: por ejemplo, en Francia, la crema radiactiva Tho-radia se vendia por 15 francos el tarro y la pasta de dientes a 6 francos el tubo. Un disparate para la época.

Hasta tal punto llegó la moda que abrió sus puertas un balneario radiactivo, el Radium Palace Hotel, en la República Checa, que aún hoy en día sigue en funcionamiento.

La moda de los productos con radio ser extendió rápidamente por todo el mundo especialmente en grandes ciudades y particularmente en París: el gusto de los parisinos por los productos con radio fue tan exagerado que hoy en día, la agencia francesa encargada de gestionar residuos radioactivos, ANDRA, ha identificado unas 130 zonas en toda Francia, 43 de ellas en la capital, con niveles lo suficientemente elevados de radiactividad cómo para ser considerado un riesgo para la salud.

Aparecieron incluso juguetes con sustancias radiactivas.

Los efectos perjudiciales

Ya se venían dando casos de enfermedades causadas por la radiactividad de los productos con radio desde prácticamente el comienzo de su uso, y los científicos ya empezaban a sospechar que causaba graves problemas de salud. Sin embargo, no se pudo demostrar una correlación entre las enfermedades y el radio hasta muchos años después.

Hubo de esperar hasta 1930 para que se estableciera la primera relación causa-efecto: La empresa estadounidense US Radium Corporation patentó una pintura a base de radio, llamada Undark, que brillaba en la oscuridad.

Esta pintura a base de radio con propiedades fluorescentes se volvió muy común en esferas de relojes, por ejemplo.

La pintura era aplicada a pincel sobre la esfera por empleados sin ningún tipo de protección ni información sobre los peligros de la sustancia que manejaban.

En cierta fábrica de aparatos e instrumentos para uso nocturno para el ejército de EEUU, las encargadas de pintar el instrumental eran chicas jóvenes. Además de desconocer las más mínimas normas de seguridad, tenían por costumbre chupar el pincel para darle forma.

Incluso, por desconocimiento y coquetería, algunas se aplicaban la pintura a las uñas y los labios.

De las 70 empleadas de la fabrica, el 80% desarrollaron cánceres y otras enfermedades, y muchas presentaban una deformación de la mandíbula inferior que a partir de entonces se llamó "mandíbula de radio".

Tras un largo juicio, la empresa fue condenada a pagar una indemnización a las trabajadoras, que pasaron a conocerse con el triste nombre de las "chicas del radio", aunque algunas de ellas no vivieron para cobrarla.

A pesar de todo, hasta 1960 las autoridades no prohibieron la venta de sustancias radiactivas.

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