La mano invisible
 

En 1776 Adam Smith (el padre del liberalismo) escribió su obra La riqueza de las naciones, allí expresó lo siguiente:

"Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga [...] Al orientar esa actividad de modo que produzca un valor máximo, él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en su propósitos [...] Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo."

Han pasado más de doscientos treinta años desde que se acuñara ésta frase, y sin embargo la “mano invisible” del libre mercado lejos de fomentar el interés general de la sociedad ha aumentado las asimetrías sociales. (1)

Quienes a principios de la década del 90 del siglo pasado festejaban la caída del Muro de Berlín y se apresuraban en sepultar al fracasado comunismo, ¿no se percataban de su propio fracaso?

Mientras tanto en Argentina, durante la euforia neoliberal, un ministro proclamaba: “Nosotros hemos ideado un decálogo que dentro de unos días se conocerá, que es el decálogo menemista de la reforma del estado, el mandamiento uno, son palabras de Menem, el no lo conoce aun [lo mira a Menem a su derecha] el mandamiento uno que esta extraído de sus muchos discursos dice así: nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del estado"

La prosperidad y el bienestar lo proveería la famosa “mano invisible”, por lo tanto comenzaron una labor que consistió en desguazar  al estado, tarea emprendida con el fervor de los fundamentalistas. Para éstos señores, el principal rol que debía cumplir el estado era el de brindar “seguridad”, seguramente en previsión de aquellos que se resistieran a ser los futuros marginados que el nuevo escenario económico generaría al desecharse al modelo del estado de bienestar implementado hasta entonces.

A partir de ese momento el mercado se regularía sólo. Desde 1991 el estado argentino dejó de regular los precios y comenzó a achicarse. El zorro quedó al cuidado del gallinero, y no era muy difícil de imaginar lo que luego ocurriría. Claro que para que éste modelo se implantara, en principio se necesitó del terror, la dictadura militar ya había hecho su parte con el terrorismo de estado, pero para que el neoliberalismo sea recibido aunque no con aceptación, pero al menos con resignación, se necesitaba unas dosis de terrorismo económico,  léase hiperinflación.

Aún hoy, a pesar de la experiencia vivida, se escuchan a los voceros del neoliberalismo que pretenden hacernos volver por la senda que el país ha empezado a desandar. Son pocos, pero tienen el poder de hacerse escuchar (y en muchos casos de convencer).  Un ejemplo de ello lo constituye el Grupo Clarín, el cual constituye un verdadero monopolio de la información. (2)

Frente a semejante poderío mediático resulta difícil encontrar a alguna voz discordante logre hacerse escuchar, las prácticas monopólicas de éste grupo buscan asfixiar cualquier tipo de competencia. Mientras que en el resto de las zonas donde actúa sin competencia en abono del servicio de Multicanal-Cablevisión es de 100 pesos, en aquellos lugares donde hay cable-operadores locales el precio puede variar y cobrar $37 en Punta Alta, o $73 pesos en Merlo. (3)

 Éste es el monopolio informativo que casi a diario nos alerta sobre el “excesivo gasto público” que desde hace unas décadas, nos quieren hacer creer que es el culpable de los males que sufrimos los argentinos. Pero tampoco en éste tema actúa de buena fe, veamos algunos ejemplos:

En Francia, el gasto salarial es el 22% del gasto total del Estado; en Italia, el 16 %; en Inglaterra, el 14%; en Estados Unidos, el 13 %. En Argentina, sólo representa el 10% del total.

En Brasil las remuneraciones a los empleados públicos representan el 4,5 por ciento del PBI; en Uruguay, el 4,4 por ciento; en Argentina, apenas el 1,8 por ciento.

El 17 por ciento de la población de EEUU trabaja en el Estado; en Inglaterra, el 11,7%; en Noruega, el 16,7%; en Canadá el 9%; en Francia el 8,7%. En Argentina sólo el 5,7%.

Hoy, un aumento tarifario para el sector residencial que compense el monto de los subsidios pagados por el estado en 2007 implica subas de 95% en el caso del boleto de colectivo, 355% en el de los subtes y trenes y 192% en el caso de la energía eléctrica.

Si se le preguntara al común de la gente, si piensa que hay una relación directa entre el costo de un producto y su precio, seguramente la inmensa mayoría respondería afirmativamente. Pero como hemos visto en el caso de Multicanal-Cablevisión tal parece que no, ya que el costo interno para dicha empresa es similar en todas las localidades, pero los diferentes abonos que cobra (100, 73, y 37 pesos) tienen que ver con la competencia que pueden llegar a encontrar. Es decir que la fijación de precios por parte de una empresa de sus productos o servicios tiene que ver con la oferta y la demanda.

En el caso del petróleo ocurre otro tanto: Repsol calculó en 6 dólares por barril el costo promedio en todos los países donde opera. Pero la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) calculó el costo de producción en Argentina en 2,6 dólares, en Ecuador 2,5, en México 2,0 y en Venezuela 1,5 dólares.  Sin embargo el crudo llega a las destilerías a precio internacional. (4)

Pero sin dudas si quisiéramos hallar casos escandalosos de diferencias entre costos y precios, tendríamos que enfocar hacia el sector de la industria farmacéutica, allí se encuentran las impudicias más groseras y criminales de éste sistema, el omeprazol (un anti ulceroso) tiene un costo de elaboración de tan sólo 10 centavos, pero llega al mostrador de las farmacias a $36,60. Es decir 33130% superior al costo de la droga. Otro tanto sucede con otras drogas tales como la piroxicam, la amlodipina, la nifedipina, la enlapril, en estos casos el precio final de la droga supera entre un 4.000% y un 12.000% el costo de la misma. (5)

Vuelvo a la frase que encabeza ésta nota: "Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga [...] Al orientar esa actividad de modo que produzca un valor máximo, él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en su propósitos [...] Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo."  ¿Es realmente así?

 

Abel, el cerrajero.