MARIA ELENA WALSH

Sepa por qué usted es machista

por María Elena Walsh



1. Porque le falta el principal de los sentidos: el del humor.
2. Porque se siente Dios, aunque no sea Ministro.
3. Porque cree todo lo que le dicen los medios (o miedos) de difusión de la Argentina actual, y ya tiene el cerebro más lavado que mate cebado por un polaco.
4. Porque su mamá es una santa, por lo tanto las demás mujeres son unas brujas.
5. Porque su mamá es una bruja, por lo tanto las demás mujeres también.
6. Porque no tiene mamá y no consigue quien lo mime.
7. Porque en realidad le gustan más los hombres, aunque no ejerza.
8. Porque quiere hacer mérito ante los centros de poder, exclusivamente masculinos: empresariado, Fuerzas Armadas, animadores de TV, deporte, sindicatos, clero, pompas fúnebres, etcétera.
9. Porque todo ese asunto de la gestación y el parto le da miedo y asquete, como la educación sexual al Ministro de Educación.
10. Porque usted tiene los mismos atributos de Woody Allen pero no le dan el mismo resultado.
11. Porque no soporta la idea de un rechazo sexual hacia usted o hacia otro, y cree que la bella siempre debe estar a disposición de la bestia.
12. Porque usted no vive en el presente (y para eso lo ayudan mucho) sino en la prehistoria mental, y se da manija con tangos del 40.
13. Porque usted es burro y en lugar de corregirlo con tiempo y esfuerzo lo disimula con agresividad.
14. Porque usted es culto pero culturiza fuera de la maceta, y leyó a Julián Marías y no a Simone de Beauvoir.
15. Porque en el fondo es antisemita, antinegro, antiobrero, antijoven, pero como eso ya no corre se desquita con la misoginia, que aquí y ahora viene con premio (pero no se descuide: por poco tiempo más).
16. Porque usted ama el orden por sobre todo, y cada cosa en su lugar las mujeres en la cocina (o en cueros en tapas de revistas), y Pinochet, Castro y García Meza en el poder.
17. Porque cree que la inepcia es cuestión de sexo, que es como creer en la cigueña o en elecciones inminentes.
18. Porque teme que las mujeres hagamos rancho aparte, y no piensa que son los hombres quienes lo inventaron y perpetúan. (Ver punto 8.)
19. Porque supone que la mujer quiere imitar al varón, y no sabe que antes muerta que imitar a semejante fabricante de desastres, desde la guerra atómica hasta el IVA.
20. Porque le gusta que al mundo lo manejen los colectiveros.
21. Porque tiene mucha paciencia para dejarse pisar la cabeza por cualquier matón y muy poca para comprender errores de mujeres, que al fin y al cabo son, históricamente, debutantes en la mayoría de las profesiones.
22. Porque teme que las mujeres "pierdan la femineidad", cosa imposible de perder, salvo que usted llame así a cosméticos y pilchas.
23. Porque usted teme que le roben algo y no sabe bien qué, a pesar de que a diario lo saqueen y basureen, y no precisamente las mujeres.
24. Porque es sincero, y vale más machista recuperable que "feminista" patrocinante como un papito que a las pretensiones femeninas dice que sí PERO...

Ahora ya sabe. Con estos 24 puntos usted ahorra años y fortunas en psicoanálisis. Usted puede ser hombre o mujer, el machismo tampoco es cuestión de genes: poca gente más machista que algunas mujeres, sólo que ellas lo son por instinto de conservación, por despiste, por imitar a los hombres, por comodidad o porque así las dejan hablar por TV. Usted también lo es por todas estas razones pero además porque se cree superiorcito: hace unos 10.000 años que le pasan el aviso y claro, usted sigue comprando un producto inexistente. Ahora puede seguir siendo machista, pero con apoyo logístico. No se trata tampoco de ejercer la represión desde estas páginas. Es posible que la perseverancia le acarree aplausos y sensación de deber cumplido, amén de las palmadas de la patota. Pero ojo que no hay premio mayor que saberse persona inteligente y civilizada. Si no opta por eso, estará contribuyendo a la contaminación mental, que es la que nos mata. Y no la humedad.
Estará inflando la maquinaria del prejuicio y la prepotencia y al fin se va a quedar solo como un ciempiés, de luto, convertido en drácula de utilería y en hazmerreír de las criaturas primaverales.


Carta a una compatriota

Querría empezar esta carta llamándote hermana, sea cual fuere tu edad y tu condición social. En realidad el parentesco es novedoso, un descubrimiento reciente del Movimiento de Liberación Femenina. Hasta ahora, sólo fueron hermanas las monjas, y al parecer no por ser hijas del mismo padre sino por ser esposas del mismo esposo ¿no? Porque hijos de Tata Dios somos todos. En la Gran Familia Argentina los varones fraternizan, se abrazan ruidosamente, se llaman ¡Hermano! con tanguero fervor, y en el paroxismo de la pasión fraterna llegan a desnudar a los futbolistas en plena cancha. Pero las mujeres nunca hemos sido hermanas sino entes aislados, parias sociales, menores de edad instigadas a traicionarse.
A pesar de todo, nos ha hermanado nuestra común condición de sombras, nuestro condicionamiento como satélites sujetas a implacables reglamentos. En materia de política venimos compartiendo demasiados sobresaltos y bastantes angustias. Es verdad que también las pasan nuestros varones, pero también es verdad que son ellos quienes las fabrican.

Querría decirte hermana, en fin, porque supongo que estás tan harta como yo de paternalismos y no es cuestión de que, aprovechando la invitación de la revista Extra a dialogar con vos, me trepe a un púlpito "maternalista" para endilgarte reprimendas y sugerencias, por no decir amenazas, como las que recibimos a diario desde todos los frentes.

Querría compartir con vos algunas incertidumbres, algunas indignaciones y algo que ha pasado a ser desesperación. O, para decirlo con una frase que muchachos graciosos podrían atribuirnos: “Querida ¿qué disfraz nos cosemos para estos carnavales preelectorales?" Porque las mujeres siempre estamos obligadas a disfrazarnos de algo para poder sobrevivir,

Si sos militante de algún partido nada tengo que decirte, sino que te deseo buena salud y que aprendas karate. Y que trates de no equivocarte, porque el error de un hombre —aunque sea un error a mano armada— no es más que un simple error "¡es humano!" Pero el error de una mujer es una afrenta pública y sirve a la generalización: "las mujeres no están capacitadas... etc.".

Pero es posible que no milites ni creas, ya demasiado en plataformas, candidatos ni alocuciones. Seas quien fueres, estás sosteniendo un sistema que se cae de podrido, en tu doble calidad de víctima y de cómplice.
Sobre tus hombros el sistema descansa tranquilo, y por eso te recomienda tranquilidad, "femineidad", que no te amachones abandonando los ruleros y usando la cabecita loca para pensar. Porque gracias a tu acrobática economía sobrevivimos, porque permites a los hombres, con tu mano de obra gratuita y/o peor remunerada, a soportar una situación que sin tu sacrificio seria intolerable y los obligaría a combatirla con mayor puntería y celeridad.


Seas quien fueres, brillas por tu ausencia en este período preelectoral. No estás en función de candidata, ni de dirigente gremial, ni siquiera como opinante, salvo rarísimas excepciones. Y lo que es más grave, cuando sos excepción y algún partido te permite integrarte para algo más que pegar estampillas y hacer café, tenes miedo —con razón— de representar a tus congéneres y pareces un simple testaferro de los intereses machistas y jugás a tu propia traición.

Naturalmente, algunos muchachos nos critican la indiferencia y la abstención, y las aprovechan para consolidar sus ancestrales argumentos: "La mujer no está preparado para actuar en política, su Destino es el hogar, etc." Los mismos muchachos no suelen preguntarse por qué ningún presidiario triunfa en los Juegos Olímpicos, o por qué el gremio de chapistas no ha dado ningún escritor de la talla de Mujica Láinez. O, para ejemplificarlo mejor con una frase atribuida a Bernard Shaw: "Los norteamericanos blancos condenaron a los negros nada más que a lustrar zapatos; luego se pasaron la vida diciendo que los negros no servían más que para lustrabotas".

Y esto me hace meditar en otra frase célebre: "Hay que educar al soberano". Con la fragilidad mental propia de mi sexo no recuerdo si la dijo Sarmiento o Tu Sam. (Consulto el Manual de Zonceras de don Jauretche: sí, fue Sarmiento en uno de sus días nublados). ¿Hay que educar al pueblo o devolverle la cultura que miserablemente le robaron quienes la usan para mantenerlo en la oscuridad y la indigencia? ¿Hay que educar, preparar a las mujeres o dejarlas ser dueñas de sus vidas, restituyéndoles las energías que les saquean, embruteciéndolas? ¿Deben prepararse o lo han estado siempre sin que las dejaran ejercer? "¡Las mujeres no están preparadas!" "¡La intuición, virtud esencialmente femenina!" ¿Y nadie dijo que hay que capar a los cretinos, para que no se sigan reproduciendo y produciendo conceptos como éstos?


La cultura capitalista, su psicología dirigida, sus medios de difusión, sus revistas femeninas (con las que habría que hacer una pira en Plaza Mayo y quemarles el traste a sus editores), todo el aire que respiramos está contaminado de la misma falacia: la Natural incapacidad y subordinación de la mujer. Y fueron mujeres y niños los primeros seres humanos a los que explotó a muerte la Era Industrial, arrancándolos por la fuerza del Sacrosanto Hogar. Y es nuestro mundo Occidental y Cristiano el que no permite a la mujer trabajadora disfrutar sin angustias de la maternidad, el que apaña burdeles y dos morales, una para damas y otra para caballeros, el que se escandaliza de actos terroristas pero hace la vista gorda ante todos los atropellos cometidos contra el cuerpo de la mujer.

"Las mujeres no se dan cuenta de cuánto las odian los hombres", dijo una feminista. Tiene algunas ideas bastante ambiguas, pero se le escapó esta frase donde llama a las cosas por su nombre. Marginación, postergación, misoginia, no son sino eufemismos que suavizan una realidad llamada odio. Punto.
Con  una estrategia típica de todo agresor con cola de paja, suelen defenderse por la acusación: —"¡Pero ustedes las feministas odian a los hombres, les declaran la guerra a los hombres!" Las feministas no tenemos odio, tenemos bronca. El odio —con los fierros, sean armas o moneda— es cosa de hombres. Estamos hartas de odio, aunque venga empaquetado en sublimaciones y piropos. No hemos declarado la guerra, sino que señalamos que existe y tiene los años de nuestra civilización. Nos defendimos como pudimos, a veces con malas artes, por lo tanto es mejor que ahora parezca una guerra abierta, limpia, esta que declaramos contra todas las formas de la arrogancia machista. La guerrilla de la artimaña, el repliegue y la comodidad no hace sino reproducir series de esposas "achanchadas" y madres castradoras.

El Movimiento de Liberación Femenina es una ideología revolucionaria, no exprimida de libracos apolillados sino del cotidiano martirio de la mitad de la humanidad. Nace en las ferias y junto a las bateas, a la vera de las camillas de ginecólogos carniceros y a contrapelo de los viejitos célibes del Vaticano que vienen diagramando la conducta sexual según conviene a los intereses de los capitales y a las fluctuaciones del mercado bélico.
No es un entretenimiento destinado a distraer de la liberación de los pueblos, sino que esa liberación es mentira mientras la determinen exclusivamente los varones. Así como ya no es posible pensar en términos previos a Marx o Freud (por no decir a Galileo y a Colón), tampoco es posible seguir pensando sin erradicar de cuajo los prejuicio sexistas, base y modelo de toda opresión.
Causan gracia, por no decir otra cosa, las declaraciones apresuradas de algunos de Ios candidatos: "La mujer, durante nuestro gobierno, gozará de iguales derechos ... etc.". Esta manera burda de captar los votos de quienes fueron olvidadas durante la confección de plataformas y de listas, causa una melancólica ternura otoñal. Promesas... ¡a mamá!


Si los dirigentes se propusieran solucionar los problemas de la mujer tendrían que empezar por conocerlos. Y, que yo sepa, las mujeres no hemos sido convocadas para traerlos a luz, valga la femenina expresión. Y mucho menos las brujas sospechosas de feministas, que son todas feas y viejas (en cambio nuestros dirigentes son todos jóvenes y hermosos ... Rucci tiene un no sé qué de Paul Newman ¿viste?). 

Darán las soluciones que ELLOS consideren oportunas, y siempre que no molesten a la Curia, las Fuerzas Armadas, las Compañías Petroleras, el Rotary Club, la masa societaria de Boca Juniors y el Centro de Damas-con-las-cabecitas-reducidas-por-los-Jíbaros. Eso si, alguna señora será nombrada subsecretaria de la Intendencia de Saladillo, y con eso quedará demostrado que la Mujer Sabe y Puede y Que La Dejen.

Así como ahora nos dejan usar pantalones para compensar la falta de autoridad real, es posible que nuestros próximos gobernantes nos concedan algunos beneficios. Y bienvenida sea toda reforma, si remedia urgentes dramas que no pueden esperar. Pero ya sabemos que la política del Gatopardo no sirve a la larga sino para reforzar el statu quo: es bueno conceder una que otra mejora accesoria para seguir escamoteando lo esencial: la definitiva liquidación de las barreras de clase y de sexo.

El Movimiento de Liberación Femenina no se conforma con paliativos, aunque no tenga más remedio que aprobarlos en primera instancia. Tampoco busca a ciegas la igualdad con el hombre (¿igualdad en fuerza bruta, en tácticas de opresión, en fracasos?). Lucha para conquistar una absoluta autodeterminación, para acabar con el reparto de privilegios, funciones y sanciones según el sexo, para construir a la larga una nueva civilización, humana y cooperativa.
Las mujeres, como los negros, los colonizados, la clase trabajadora, a medida que tomamos conciencia, menos queremos dádivas; queremos lo que nos pertenece por-derecho y nos arrebatan día a día, es decir, TODO. Las mujeres, que fuimos custodias de la vida —para que fuera rifada en guerras— queremos más que nunca defenderla de los fabricantes de muerte. Pero según, cómo y cuándo lo determinemos nosotras.

Una de las más perfectas y sutiles perfidias de nuestra sociedad es el condicionamiento y la esterilización mental de las mujeres y los niños. Pero luchar contra ella es la lucha de todas las mujeres. Como cumplo con el pacto de no aconsejarte, y menos en estos momentos de apresurado proselitismo, no te pido que te conviertas en improvisada militante. Pero tengo la obligación de decirte que procures saber de qué se trata, desconfiando de las admirables cátedras de ignorancia que pueden darte los medios de difusión.
Releo esta carta escrita al correr de la máquina y supongo que puede resultarte agresiva. Lo siento. No pude hacerla peor. Por más que aguze el estilo me es imposible reflejar la agresividad de una villa de emergencia, de un aborto clandestino, de los precios de la farmacia. Estos ingredientes configuran un naufragio en el que las mujeres y los chicos entran primeros. Así como en los éxitos nacionales nos colamos por la retaguardia. Gracias, caballeros.

Creo que en este juego de los votos, como en tantos otros, las mujeres no somos nadie. Creo que nuestro partido se jugará, a la larga, en otro frente. Lo que no significa que no te celebre si vas a votar con fe. Yo también la tengo, pero en vos.
                                                                                                 Publicado en la revista Extra el 7 de marzo de 1973



La carpa también debe tomarse vacaciones

Por María Elena Walsh

Domingo 21 de diciembre de 1997 | Publicado en edición impresa 

Queridos maestros: con todo respeto les digo que no puede haber función interminable, que abusar del tiempo irrita al público, que es gesto de dignidad cerrar el telón tras los aplausos y antes de la decadencia.

Ustedes han merecido una adhesión fervorosa, pero me pregunto si entre tantos adherentes figura un amigo leal que se atreva a decirles la verdad por más que lastime y resulte disonante en medio de tan unánime entusiasmo.

Aseguran que buscan el diálogo, y me permito irrumpir desde el disenso. La asistencia a la carpa huele a compulsión setentista: los ausentes parecemos antisociales, voceros del Gobierno, dinosaurios o Plateros sin poeta.

Como me honra sentirme amiga de ustedes y creo haberlos acompañado durante toda la vida, les confieso que esta larga protesta multimediática se ha convertido en moda y en un paradójico factor de poder que pocos se atreven a cuestionar públicamente. Sin embargo, es un secreto a voces que su permanencia es tan intolerable como inofensiva.

Intolerable por autoritaria, ya que piensan usurpar indefinidamente espacios públicos. Porque necesitamos maestros que representen la contracara del bazar de frivolidad y cholulismo que a muchos abochorna y ustedes fomentan de tal modo que ya parece una finalidad y no un medio.

Porque esa carpa que fue blanca no conserva una mota de blancura y en su grosera fealdad acaba por integrar la estética menemista y aumentar el caos urbano, paradigma mundial de pésima educación.

Inofensiva, porque es una plataforma política y un intento de escandalizar a quienes no se escandalizan ante ninguna injusticia. En todo caso, atenderán a métodos más modernos que una demagógica feria callejera.

El desfile de famosos y sus discursos voluntaristas acaba por resultarnos patético. Más bien, contraproducente. Muchos formamos parte de esa ciudadanía que tomó conciencia temprano, desde una humildísima escuela pública.

Si la mentira circula impune por otros ámbitos, es indigerible la impostura central de esta protesta: el ayuno. El ayuno como estrategia de resistencia no es una dieta líquida en tiempo compartido. Es una forma extrema de acción propia de faquires y fanáticos que la practican hasta sus últimas consecuencias, por convicción o por masoquismo.

Demasiado ayuno

Hay demasiado ayuno forzoso en buena parte de la población, demasiados desamparados en la lona, como para que sigamos tomando en serio esta parodia gandhiana, por otra parte ajena a nuestra cultura.

El anuncio de que la carpa seguirá abusando de un espacio público hasta que las velas no ardan, la clave festiva que en un principio alteró saludablemente la solemnidad pero se transformó en monótona bailanta justiciera, en su estiramiento lleva la condena, que no será por represión sino por deterioro.

El ya fatigante paisaje de la carpa y el trueque entre los dirigentes del gremio y los promotores de artistas nativos y extranjeros, de buena fe o que lucran con caretas progresistas for export, todo eso me parece una tomadura de pelo.

Para tomarnos el pelo abunda la mano de obra en plena ocupación. De ustedes esperamos un cambio de rumbo imaginativo que servirá para refirmar una solidaridad preexistente y no ocasional: la de los defensores de la educación.

Y ésos no son todos los que están, políticos, visitantes u oportunistas, eternos polizones de cualquier primera fila ante cámaras de TV.

"Todos somos docentes", eslogan traducido de otros que circularon por el mundo, al no traducir nuestra realidad resulta falaz. La mayoría somos alumnos o queremos serlo, tenemos muchísimo que aprender imitando modelos que no parodien a los protagonistas de la farándula.

Creo que esa asignatura está pendiente y que, carpa mediante, nos iremos a marzo. Ustedes soportarán los vaivenes de El Niño frente a las puertas de un Congreso por donde jamás entran ni salen legisladores y por lo tanto no tendrán ocasión de conmoverse al paso.

Habrá que reconocer que nuestros representantes son más indulgentes (¿indiferentes?) que los de otros países democráticos, que ya habrían trasladado este asentamiento frente a un Congreso de la Nación. Y para eso no sería preciso calificarlos de subversivos. Bastaría una amonestación como las que reciben los chicos por faltas mucho menores.

Queridos maestros, ustedes merecen tomarse vacaciones y pasar más auspiciosas fiestas de las que proyectan, autosecuestrados en pleno Centro y apelando a la sensiblería popular con un brindis de agua y té. ¡Por favor!

Nosotros, los Plateros o dinosaurios, querríamos ingresar en un año favorable con un ciclo lectivo, ése sí permanente, que incluya la defensa de causas justas tanto como la convivencia democrática. Materias que mal o bien supo enseñarnos la señorita, allá en los tiempos de la escarapela.

 
 Aparecido originalmente en la revista Humor, 1980


"Tengo mucha esperanza en la sociedad civil"

María Elena Walsh tiene, en cambio, poca fe en la política

Sábado 24 de diciembre de 2005 | Publicado en edición impresa 
"Tengo mucha esperanza en la sociedad civil"
"No sería imposible que el Estado le entregara trabajo a la gente, en lugar de dádivas", opina María Elena Walsh. Foto Archivo

María Elena Walsh no quiere opinar de política. A esa decisión de no agregar leña al fuego se debe su tardía aparición en esta serie. Acepta el pedido de entrevista después de mucho tiempo, con la condición de que no se le pregunte abiertamente qué piensa del actual gobierno, o del 45, o de la Revolución Libertadora, por ejemplo. Pero –¡ay!– la política sabe cómo meter la cola y en el transcurso de la conversación la hará decir, casi sin quererlo: “Todos tenemos muchas razones para ser escépticos”. Sin embargo, se identifica con la acción de las Madres del Dolor y anuncia que, por su capacidad de reacción y su creatividad, tiene esperanza en toda la sociedad civil.

Invitada a escribir un artículo para la página de Notas, actualmente a cargo de este redactor, bromea con la idea de enviar una página en blanco con su firma, y luego se pregunta, con el mismo aire juguetón, si no habrá lectores que piensen que María Elena Walsh ha estado demasiado contundente, que tal vez se le ha ido un poco la mano.

Lo diga expresamente o no, está escéptica acerca de cómo van, en general, las cosas, aunque acepta que existen, aquí y allá, algunas señales alentadoras. Mientras tanto, lleva una vida muy activa, enriquecida con su arte, con sus viajes y sus lecturas.

Lee en este momento "Hombre lento", del premio Nobel J. M. Coetzee, y lo encuentra interesante, pero demasiado sombrío y extraño, lejos de la altura de la que considera la mejor novela del escritor sudafricano, "Desgracia".

Hay otra fuente de placer gráfico para María Elena en estos días: las caricaturas y los chistes (políticos y de los otros) que aparecen en los grandes diarios. Se pregunta por qué hay tantos y tan buenos humoristas en un país del que se diría que el mal humor se ha adueñado. Aunque no quiere hacer nombres de dibujantes nacionales, admite que disfruta especialmente de una tira norteamericana que publica LA NACION, "Lola", de Dickenson y Clark, en la que una viejita transgresora ve transcurrir la vida desde el banco de la plaza con un espíritu mordaz, rebelde y juvenil con el que, inevitablemente, tiende a sentirse identificada.

-Por momentos, parece que mejora. Por momentos, que se agrava. ¿Cómo ve usted el humor de la sociedad argentina hoy?

-Y, sí, la sociedad nuestra, inserta en el mundo, en nuestro planeta, es un poco de todo y pasa por altibajos muy fuertes. Por eso creo que en esos ataques de mal humor que nos dan de vez en cuando tenemos que tratar de encontrar la contrafigura. Por ejemplo, una parte no muy considerada de nuestra vida cultural es la cantidad de humor gráfico que hay en nuestros diarios. Yo no conozco un diario extranjero con tanto chiste, con tanta rapidez para tomar con humor la actualidad, los personajes de la política y de la vida. Eso, más que risa, me da una especie de luz, de felicidad. Que eso exista, y en esa cantidad.

-¿Eso refleja para usted alguna característica de nuestro pueblo?

-Refleja talento. Mucho talento. Y una capacidad de reírse, de no tomar tan en serio todas las cosas.

-¿Qué humoristas prefiere?

-Me parece que no hace falta dar nombres. Estoy hablando de los estupendos dibujantes de los dos grandes diarios, de LA NACION y de Clarín.

-¿No le parece que, sin embargo, los humoristas gráficos trabajan sobre supuestos pesimistas, como que todos los políticos son corruptos o que la inflación va a ser incontenible? ¿No son espejo de un punto de vista escéptico?

-Sí. Es el nuestro. Creo que es el de las mayorías, y no sólo en nuestro país. Tenemos muchas razones para ser escépticos. Los humoristas presentan algo muy cierto. Nos dicen: "Van a bajar los precios". "Je, je", decimos. Todos. Creemos que los van a rebajar a la noche y aumentar a la mañana.

-Ese es el chiste...

-Es que la vida nos enseñó. Tenemos unos años y sabemos que siempre nos tomaron el pelo con distintos temas. Todos tenemos ese fondo de desconfianza.

-¿No habrá cierto regodeo en ese declararse siempre ante una "crisis terminal", como se calificaba a la de 2001?

-Pero es que así parecía, como si hubiéramos tenido que bajar la cortina. Así lo vivimos. No sé si terminal. Tengo la sospecha de que no terminábamos ahí, pero fue un fondo bastante siniestro y confiscatorio, como lo sigue siendo. Hoy hay una carta en LA NACION de un señor que dice: nos están confiscando el cincuenta por ciento de los que tenemos la suerte de tener algo. De eso no salimos del todo.

-El humor sería una manera de escaparle a la desilusión, entonces.

-No sé si uno escapa o lo ve de otra manera y aprende a reírse de uno mismo. Por ejemplo, yo aprendo mucho con esa historieta de Lola, porque es la tercera edad mostrada de la manera más maravillosa. No hay más remedio que reírse de todos los problemas que uno tiene. Yo no quiero tener más ilusiones. Aunque quisiera, no podría.

-¿No podría tener ilusiones, pero sí esperanzas?

-Van parejas, ¿eh? Para mí van bastante parejas. Esperanzas sí, porque si como pueblo hemos sobrevivido, muchos, a tanta catástrofe, quiere decir que somos bastante más fuertes de lo que creemos. En ese sentido, las esperanzas no las pierdo, sobre todo, ahora, cuando hay muchas manifestaciones públicas, populares, que salen de abajo, que no salen de sindicatos, no son políticas. Se trata de reclamos de justicia, de seguridad. Y para eso hay que ser muy fuerte. Que te hayan castigado y puedas salir a la calle a pedir justicia... otro orden de cosas. Eso, para mí, es importante. Es peligroso para los gobiernos...

-¿Alude a movimientos como las Madres del Dolor?

-Sí, estoy con las Madres del Dolor. Con ellas soy totalmente solidaria.

-¿Y los cartoneros, los piqueteros, pueden transformarse en fenómenos más interesantes?

-En general, tengo esperanza en toda la sociedad civil, que se va reconstruyendo de a poco. Pero me parece a mí, perdón por esta frase, que a los pobres los fabrican los Estados. Creo que con imaginación y con real autoridad no tiene por qué haberlos en esta medida. Pero mientras se trate de solucionar el problema de la pobreza con dádivas, va a seguir existiendo. Que de ahí surja otra cosa es posible. Ahora no lo creo. Podría ser con el tiempo.

-¿No le ve solución por el momento?

-No. No tengo ilusión ni esperanza, por el momento.

-¿Hay un poco de moda o de esquizofrenia en nuestra sed de cultura? La misma persona que la noche anterior fue al teatro o a la ópera le arroja a uno el auto encima a la mañana siguiente... ¿Dónde va toda esa cultura que se consume ávidamente?

-Es cierto: no va a normas de convivencia, desde ya. Una buena parte va a alimentar un gran narcisismo. El maltrato existe en todas partes. Con todo, no es malo que la gente tenga ganas de ver, de escuchar. Realmente, no hay un lugar vacío. Nunca ha habido tal cantidad de recitales, de ciclos de cine. Eso hay que interpretarlo como algo bueno.

-¿Nos falta sentarnos a pensar, a elaborar eso que vemos?

-Sí, a elaborarlo y a tener más noción del otro, que no se tiene. El otro es algo que pasa por delante, que se atropella y se maltrata. Ojo: no siempre. Yo noto una gran diferencia en la nueva generación, que es menos maltratante que las anteriores. Estos jóvenes que trabajan en los negocios, en los bares, me parece que son, en general, más amables, que tienen otro tono, que nadie les enseñó a prepotear. Y a veces si te tratan mal es porque les falta autoridad, les falta un jefe que les dé normas.

-En general, ¿declina el sentido de autoridad, ya sea paterna u oficial? ¿Se cede autoridad por miedo a ser considerado autoritario?

-Autoridad es una palabra muy clarita. No es autoritarismo, ni palizas, ni tiros. Es tener el papel que a uno le corresponde en la vida: de padre, de madre, de jefe, para poner las cosas en su lugar. No sé cómo se pueden confundir las dos cosas.

-¿Esa confusión se refleja en la vida social, cuando al transeúnte le cortan una calle o un puente y parece haber cierto pudor en decir: la protesta está muy bien, los motivos son legítimos, pero déjeme pasar..?

-Hay miedo de manifestarse. Hay miedo de decir: me parece un disparate que corten las vías o que hagan estas huelgas salvajes, como la que hubo entre los aeronavegantes, que fue un espanto. Me parece que todo eso es político, y no por una causa justa. Cuando es espontáneo, como en el caso de esta gente que cortó las vías porque, bueno, están violando chicos, se entiende un poco más. Pero tampoco lo justifico. Alguien tiene que impedirles que corten las vías. Pero no nos ponemos en contra porque, si no, somos unos conservetas, somos de derecha, unos represores... Pero lo que no está bien no está bien. Lo que atenta contra el otro no está bien.

-Las mujeres parecen estar ganando posiciones, no sólo en la Argentina, sino en el mundo: candidatas a presidentas, ministras de Defensa...

-Sí, bueno, pero el ejemplo para imitar es el del señor Rodríguez Zapatero. La mitad de su gabinete son mujeres. El cincuenta por ciento. Ya desde ahí la cosa es muy distinta que poner a una señora porque es la mujer de no sé quién o porque es correligionaria de no sé qué otro. Lo de Rodríguez Zapatero es muy distinto. Que sus ministras resulten buenas o malas es otra historia. Pueden ser tan malas como los hombres. Pero socialmente es un acto de justicia.

-Tal vez sean señales que indiquen que, después de todo, el mundo está mejorando...

-No, el mundo es una basura. ¿Qué me cuenta? Yo quiero cambiar de planeta urgentemente. Cuando hablamos de nuestros males, tenemos que saber que no somos una isla, ni mucho menos. El mundo está patas arriba, difícil, cada vez con diferencias sociales más grandes. ¿No conoce, por casualidad, otro planeta?

Por Hugo Caligaris 
De la Redacción de LA NACION 


Vida mía

DOMINGO, 2 DE NOVIEMBRE DE 2008

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4909-2008-11-03.html

María Elena Walsh rara vez da entrevistas. Ultimamente, ha vivido fuera de la escena pública. Pero ahora, con motivo de la publicación de Fantasmas en el parque (Alfaguara), un libro con alto componente autobiográfico, que funcionaría como continuación de aquel memorable Novios de antaño, aceptó charlar con Radar. En su casa de Palermo, cerca del parque Las Heras, donde transcurre el libro, habló de la vida bajo el peronismo, de su legendario dúo con Leda Valladares ante el público más selecto de Europa, del acecho de la dictadura, de por qué dejó de componer canciones para niños, de la enfermedad con la que luchó cuando era joven, de su inmenso amor con Sara Facio y del pudor con que se ha guardado de hablar de todos estos temas hasta ahora.

 Por Patricio Lennard

Ya que la cita es a las 5 de la tarde en la casa de María Elena Walsh, no está mal salir con tiempo para honrar así la puntualidad de la que la hora del té es sabido arquetipo. Pero la impaciencia y la celeridad del colectivo y el risueño desgano que provoca la idea de repetir esa escena de adolescencia en la que María Elena es invitada a tomar el té a casa de los Bioy Casares, y porque llega tempranísimo, decide dar varias vueltas a la manzana antes de tocar el timbre... para evitar justamente eso y no tener que andar calculando la cantidad de vueltas en función de los minutos que restan para que sean las 5, el descenso se produce dos paradas antes con la idea de dar un paseo por el escenario que la Walsh ha elegido para su último libro. Qué mejor manera de ir entrando en tema, después de todo. Qué más apropiado que hacer el intento de divisar detrás de los palos borrachos del parque Las Heras la estela de alguno de los fantasmas de los que ella habla en Fantasmas en el parque. Fantasmas que en un primer momento arrastran tras de sí un pasado del que ya no quedan rastros, y que la máquina del tiempo que MEW pone a funcionar descubre entre los desaparecidos murallones de la Penitenciaría Nacional que se erigía allí hasta que, en 1962, fue demolida, pero que también adquieren el rostro de sus seres queridos y la estampa de sus propios y entrañables difuntos, alrededor de los cuales se va hilando aquello que de autobiográfico posee este libro (que, por cierto, es bastante) así como su tono crepuscular, su afán introspectivo, sus aires de despedida.

Mito viviente, prócer cultural, blasón de casi todas las infancias (cuántos grandes han escuchado sus canciones siendo padres y la han adoptado retroactivamente), María Elena Walsh cumplió el 1º de febrero 78 años. Y si bien se acaban de editar por primera vez en formato de libro sus célebres obras de teatro Canciones para mirar y Doña Disparate y Bambuco, es Fantasmas en el parque su verdadero regreso a la literatura desde que en 1990 publicó Novios de antaño, su primera novela. A este libro, en el que cuenta en clave de ficción sus años de niñez y su primera adolescencia, parece venir a completar Fantasmas en el parque, aunque de un modo fragmentario y siguiendo los caprichosos vaivenes del recuerdo. Vaivenes que desde nuevos ángulos echan luz sobre momentos clave de su biografía, como sus tempranos inicios en la poesía y su acceso vertiginoso al círculo literario que orbitaba entre el diario La Nación y la revista Sur, el padrinazgo de Juan Ramón Jiménez y su estadía en los Estados Unidos bajo su tutela, su viaje a París junto a Leda Valladares en 1952 y el inicio de su carrera como cantante, la muerte de sus padres y la conflictiva relación con su única hermana, el cáncer óseo que le diagnosticaron en 1981 y del que se curó luego de muchos padecimientos, junto a un larguísimo etcétera. Recuerdos que en Fantasmas en el parque se entreveran con anécdotas jugosas, citas de libros, semblanzas de personalidades y pensamientos que parecen provenir de un desahogo a vuelapluma que remeda, de a ratos, el cuaderno de notas, y que cuadran en un relato más grande, que le da unidad al todo, en el que una viejita en la que es imposible no figurarnos a la propia Walsh va todos los días al parque Las Heras a leer o a conversar con algún que otro conocido. Una viejita que se rehúsa a ser como esos otros viejos que se sientan a ver pasar la vida en un banco a la sombra, dispuesta como está a observar atentamente qué sucede a su alrededor y a desempolvar el desván de la memoria cuando la ocasión se presta, y ante la cual se ciernen como cruentos monigotes, como espantajos que agitan las profundidades de su ser, los fantasmas de la vejez y de la muerte.

A las 5 en punto el dedo índice se precipita sobre el portero eléctrico del edificio de la calle Scalabrini Ortiz y quien baja a abrir es el escritor Leopoldo Brizuela, amigo de María Elena y artífice de que ella haya aceptado (renuente a dar notas por su estado de salud) hacer esta entrevista. Con su cabellera blanca y esa mirada de rayos X ante la que de golpe uno se siente como desnudo, y que es atribuible a su ojo fotográfico, Sara Facio abre la puerta de arriba. María Elena está cinco pasos más allá, con una blusa amarilla, visiblemente nerviosa, sentada en la silla de ruedas desde la que se ha acostumbrado a hacerles pito catalán a sus fatigadas piernas. Y al final del living, cuyas paredes albergan nutridas bibliotecas, está la mesa dispuesta para el té que permitirá romper el hielo, y en cuyo transcurso Facio cantará sin poder cazarle el tono ni una sola vez una canción de Antonio Tormo titulada “Amemonós” –así, con acento al final–, cuya letra les ha llevado vaya uno a saber por qué Leopoldo Brizuela.

Para el que no sepa qué hace allí la fotógrafa Sara Facio, quizá sea bueno aclarar que ella y María Elena viven juntas desde hace casi treinta años. Y que Sara, según se dice en la página 63 de Fantasmas en el parque, es su “gran amor, ese amor que no se desgasta sino que se transforma en perfecta compañía”. ¿Para qué seguir ocultándolo? ¿Para qué ocultar que Sara Facio no es tanto “el primero de los muchos ángeles que secundan a María Elena Walsh” (como dijo un periodista en la presentación del libro) sino su compañera de ruta, su pareja, al igual que lo fueron Leda Valladares y María Herminia Avellaneda en otros momentos de su vida? Y con esto no se peca de chismoso ni se cae en la indiscreción. Sólo es informar que María Elena Walsh ha decidido hacerlo público en Fantasmas en el parque. Un gesto sobre el que sería desubicado y superficial aplicar la consolatoria frase “más vale tarde que nunca”, ya que a ella jamás le interesó hablar de su vida privada, dueña como es de un pudor victoriano. Y eso es algo que hay que respetárselo, a ella y a cualquiera, en la medida en que el pudor, que es una forma del secreto, no es un don que cultiven los cobardes.

Después del té, en un cuarto contiguo donde será posible hablar en privado, María Elena se acomoda de un lado del escritorio, toma un sorbo de agua y dice estar lista. Antes, Sara Facio –que se nota que la cuida–- adelanta que ella puede cansarse si la charla se prolonga, y que en ese caso habrá que parar la entrevista. Pero de lo que se trata ahora es de empezar. De hacer la primera pregunta. Puntualmente, una que es casi de rigor y que la invita a contar cómo surgió la idea de escribir Fantasmas en el parque.

–De mis paseos por el parque Las Heras, que tiene algo fantasmal porque allí hubo una cárcel. En algún momento, era un montecito en los confines de la ciudad en donde estaba la Penitenciaría Nacional, y recuerdo una temporada que pasé en una pensión desde cuya terraza veía cómo los guardias cumplían en las torres sus rondas de vigilancia con las armas al hombro. Y así fue que, una vez desaparecida la cárcel, de la que por supuesto no quedó ni un ladrillo de recuerdo, como es nuestra costumbre, quizá porque allí hubo fusilamientos y quisieron borrar toda cuota de ignominia, persistió ese aire fantasmal que cuando yo iba al parque me tomaba por asalto. Hace mucho que vivo en los aledaños del parque. Desde que me vine a vivir a la Capital, con poco más de veinte años, siempre viví en Palermo o en las cercanías. Y en aquel entonces la Penitenciaría era ya un lugar mítico dentro del barrio. Mítico y temible. Pero no temible porque fuera a escaparse algún criminal, aunque es célebre la fuga que ocurrió en 1923, sobre la que Eduardo Mignogna hizo una película, en la que catorce presos huyeron por un túnel muy angosto que tenía más de veinte metros de largo, y en el que uno de ellos se quedó atascado por tener unos kilos de más, malogrando el escape de los que iban detrás suyo. El hecho es que a nadie le gusta vivir cerca de una cárcel, más allá de que esa extraña obsesión que me dio a mí con el parque haya tenido que ver con perseguir sus huellas. También con evocar mis propios fantasmas. Yo he andado mucho por sus veredas, y lo que quise contar en este libro es que me daba cuenta de que caminaba por un lugar lleno de fantasmas. Los viajes en tranvía por la calle Las Heras con mi padre, por ejemplo, se me aparecían teñidos de esa pátina. El es uno de los fantasmas que me salían al paso. Y hoy siento que yo misma lo soy también un poco.

María Elena dice haber escrito una historia sin nostalgia por el tiempo pasado. Y si bien la ficción es una parte importante, también allí se deja oír una voz de una sinceridad despiadada. “Ese es el problema de la gente reservada como yo: a la hora de hacer confidencias, se da cuenta de que escribiendo es más fácil. Y eso sucede porque en la escritura uno está como escondido, no muestra la cara, y les puede dar forma a las ideas y a los recuerdos como mejor le parezca. Sin duda hay una transformación cuando uno sale a escena, cuando se expone ante los otros. Recuerdo estar viendo a Tita Merello tras bambalinas, un ser chiquito y medio pordiosero, que apenas si tenía garbo para caminar, y que cuando pisaba el escenario parecía alta y despedía luz y era una maravilla. Y todo porque al salir al ruedo hay quienes se invisten de algo que no sabés bien qué es ni de dónde viene. Aunque en la escritura es diferente. En Fantasmas en el parque hay un esconderse detrás de la ficción, pero también hay otra zona que es todo lo contrario, en la que hago strip-tease y me digo: ‘Bueno, yo en este libro me juego, no tengo nada que esconder, no hay nada que me parezca ominoso ni terrible’. Y te aclaro, por si hiciera falta, que no partí de la premisa de que éste era un buen momento para escribir mis memorias. No, no... En Novios de antaño había hecho mis memorias de niñez y primera juventud, pero ese proyecto que alguna vez pensé continuar me terminó aburriendo y decidí dejarlo. Por eso Fantasmas en el parque no es un libro propiamente autobiográfico, sino apenas un relato en el que pongo a salvo algunas reliquias dispersas entre los recuerdos.

¿Y por qué creés que quienes han escrito sobre tu vida han sido tan pudorosos a la hora de hablar de tus amores?

–Porque es una actitud mía que se contagia. A mí no me gusta hablar no sólo de mis amores sino de cualquier otro tema personal o íntimo. Soy una persona pudorosa, muy inglesa, y por eso hay cosas de las que no se habla.

Pero en Fantasmas en el parque confesás que Sara Facio es tu gran amor y lo hacés en el marco de una conversación en la que alguien habla de ustedes como si fueran hermanas. ¿Por qué pensás que sigue siendo tan común confundir con otra cosa el amor entre mujeres?

–Porque es un gran tabú que todavía existe. El amor entre hombres está más liberado, porque ellos son piolas y liberan todo en su favor, pero a las mujeres nos cuesta más, y cuando nos sancionan nos dan con todo. Con la desaparición pública, por ejemplo. Aunque yo no veo mal mantener allí una cuota de secreto. No creo que haya que andar ventilando las cuestiones íntimas o hacer de la sexualidad una pancarta. Me gusta lo secreto, la cosa ambigua, porque también es una forma estética de mantener un estilo de vida y un estilo de escritura.

Si pensamos en escritoras como Silvina Ocampo o Alejandra Pizarnik, cuyos diarios fueron prácticamente expurgados de todo contenido homosexual cuando salieron a la luz, está claro que ese tabú aún impera...

–Sí, por supuesto. Y más si se trata de una obra de características tan particulares como son los diarios de una escritora, que en el caso de Pizarnik cayeron en manos de un pariente que no quiso saber nada con que su sexualidad quedara expuesta. Era obvio que los iban a censurar. ¡Si hasta tienen terror de mencionar el tema! Pero una cosa es el pánico homosexual y esa forma terrible de discriminación que es la censura, y otra muy distinta el silencio y la reserva asumidos voluntariamente. En este sentido, creo que las mujeres seguimos siendo poco perdonadas. Si no decime cuántos no verían con malos ojos que una mujer se niegue a la maternidad y diga: “Me revienta ser madre y tener hijos”. La verdad, muy pocos. Y ahí es donde se nota que en nuestro país no ha habido feminismo. O que si lo ha habido, ha sido una versión tímida, blandengue, autoencerrada por miedo, por pudor, por lo que sea. En países donde existió y existe el feminismo, se habla de estos temas con mucha más franqueza. Y en la Argentina, mal que nos pese, aún estamos lejos de arriar la bandera del machismo.

Cuando en el país le llegó el turno al general Perón, María Elena Walsh ya era una poeta de renombre y sus textos aparecían en las páginas del suplemento cultural de La Nación y en la revista El Hogar. A los 17 años había ganado el Segundo Premio Municipal de Poesía (le dijeron que era demasiado joven para darle el primero), y en 1947 había publicado su primer poemario, Otoño imperdonable, autofinanciado con lo que ella extrajo de “una alcancía en forma de libro donde mis padres me habían ahorrado monedas y billetitos”. Ese primer libro fue celebrado nada menos que por Pablo Neruda y Juan Ramón Jiménez, que de paso por Buenos Aires la invitó a quedarse en su casa de Maryland, en los Estados Unidos, donde le oficiaría de maestro. De vuelta de ese viaje, en donde alcanzó a visitar a Ezra Pound en el hospicio y tuvo que padecer el mal genio de Juan Ramón, a pesar de lo que éste la ayudó a mejorar su poesía, María Elena aterrizó en plena efervescencia peronista, con las caras de Evita y Perón hasta en la sopa. Y ese clima, que ella juzgó dictatorial, poco a poco se le hizo irrespirable.

Como una paloma blanca que traía en su pico una ramita de olivo, en 1951 una carta de otra poeta, Leda Valladares, por entonces desterrada en Costa Rica, le cayó con una invitación a seguirla en su aventura. Y MEW, cansada de lidiar con los celos de sus pares y de no hallar su lugar en el mundo, decidió volver a partir desoyendo los rezongos de su madre. Leda y María Elena se encontraron en Panamá y desde allí se embarcaron rumbo a Europa en el Reina del Pacífico, barco cuyos días y noches fueron testigos de los primeros pasos de MEW como cantante. A bordo, ella probó su voz en zambas de Yupanqui y los hermanos Abalos, en chacareras, bagualas y vidalitas anónimas, al son de los instrumentos que Leda llevaba consigo a todas partes.

Una vez instaladas en el Hôtel du Grand Balcon, una desvencijada pensión de artistas a la que una enorme crecida del Sena había infestado de roedores, el dúo de Léda et Marie fue pisando cada vez más fuerte en los escenarios parisienses con su exótico repertorio de canciones folklóricas. Con sólo decir que Pablo Picasso, Jacques Prévert y Joan Miró estuvieron alguna vez entre su fascinado público, y que en una ocasión hasta compartieron camarín con Charles Aznavour, por entonces un simple debutante...

“París era no sólo la universidad de los jóvenes, sino la ruta a la libertad individual, a los amores extraídos del almario (digo bien, almario, con palabra de Lope)”, leemos en Fantasmas en el parque. “París era la libertad; la libertad con todo lo que esa palabra significa”, amplía una María Elena a la que recordar aquellos tiempos le ilumina el rostro. “Además pensá que acá había dos presiones muy grandes para cualquier joven, y más para una chica: una era la familiar, y la otra la de la sociedad en que vivíamos. Estábamos en una dictadura donde la Iglesia tenía como siempre una pata metida, y era lógico que una se sintiera presionada por todos lados. Y en París, que ni idea de estas cosas, una podía hacer eclosión en lo artístico y en lo personal porque la mentalidad era otra. No en vano los artistas siempre fueron a buscar libertad a París. Algo en lo que hubo siempre una cuota no menor de indiferencia, porque si allí te dejan libre es porque no te ven ni les importás. Ese era un pequeño precio que había que pagar, y que a mí no me costó en lo más mínimo.”

Igualmente ese anonimato total en París no les duró mucho. Y cuando volvieron a la Argentina directamente se esfumó, porque enseguida se convirtieron en protagonistas de esa enorme renovación del folklore argentino que tuvo lugar a comienzos de los ’60. ¿Te produce nostalgia el idealismo de esos años?

–No. En general, no soy dada a la nostalgia. Lo único que me produce nostalgia es no poder vivir en un mundo un poquito menos poblado, donde no todo sea multitudes y empujones. Pero de eso en especial no tengo nostalgia, porque siempre contradije la ocurrencia de que con la poesía o con el arte o las letras de las canciones se podía modificar a las personas, inculcarles algo, ser docentes. Nunca me sentí atraída por ideas como ésa. Y eso se ve en mis trabajos para chicos, en donde alcanza con usar un lenguaje rico y que los versos estén bien medidos para cumplir con la “docencia”. Nunca pensé que hiciera falta agregar moraleja al final de una canción ni decirles a los nenes que se porten bien. Nunca me interesó ponerme en el papel de madre.

En Fantasmas en el parque hay muchos recuerdos de distintas situaciones de tu vida, pero llama la atención que no haya ninguna referencia a los años en que componías y cantabas para chicos. ¿Es una omisión deliberada?

–Es que no cabe en este libro. Yo siento que todo lo referente a los chicos va en cuaderno aparte. Es una separación que hago yo y que hace la gente.

¿Y en qué te hace diferencia?

–No sé... En los temas, quizá. Con los grandes, vos podés usar los temas que quieras, incluso hablar con el léxico que quieras. Con los chicos, en cambio, tenés que utilizar los temas que ellos quieren, o que suponés que quieren. Son cosas muy distintas. Y sí, tenés razón, ahora que lo pienso en el libro no me meto con eso.

¿Y por qué dejaste de componer canciones?

–Porque me pareció que era una etapa terminada y me di cuenta de que trabajaba por etapas. Y porque me dio miedo estirar lo de los chicos y terminar estropeándolo. Después me pasó lo mismo con las otras canciones, las canciones para adultos. Eran etapas, series de cosas para hacer y no para dilatar más de la cuenta. De hecho, yo tenía el ejemplo de artistas que iban estirando su obra, que la iban repitiendo con escasas variaciones, y eso me parecía empobrecedor y facilista. Además, se venía una censura tremenda. Fue en julio de 1978, si mal no recuerdo, que decidí no seguir componiendo ni cantar más en público. Y eso fue el fin de una serie de cosas que habían ido limitando mi libertad de expresión y la de tantos otros. Como el día en que iba a venir a verme el general Videla y alguien me hizo llegar una amenazadora sugerencia: “Mire que hoy viene el General, no cante tal canción, ¿estamos?”. Pero a decir verdad no recuerdo haberlo visto, creo que al final no fue, pero sí que habían preparado toda la mise en scène por si llegaba... Todo eso fue antes del golpe. El era comandante de las Fuerzas Armadas, y entonces capaz que ni se le cruzaba por la cabeza llegar a presidente. Aunque, si te digo algo, yo ya lo veía venir nada más que por la pinta.

Más de una vez has tenido opiniones sobre la vida política del país que levantaron polvareda. ¿Hay alguno de esos dichos de los que hoy te arrepientas?

–No. Para nada. Al contrario. Muchas veces los repito y me dicen: “Mirá, lo que vos dijiste hace diez o veinte años ahora pasa exactamente igual”. En general, no me arrepiento de nada de lo que publiqué, porque lo que publico pasa antes por un tamiz. Un tamiz mío, interior, que me permite meditar. Y porque escribiendo es más difícil irse de boca, para mí es más improbable arrepentirme después.

A fines de los ’70 hiciste varios viajes, ¿no es cierto? Preferirías no estar tanto acá, me imagino...

–No, no era eso. Yo en general he viajado todo lo que he podido, pero no por décadas. Buscándome pretextos o razones, hice varios viajes a Europa y a los Estados Unidos. El que sí recuerdo como una huida fue el primero, porque ese peronismo facho no me lo aguantaba, y además no podía trabajar en casi nada porque no tenía el carnet de afiliada al partido. Y fijate qué curioso: cuando vino Madonna a la Argentina a filmar Evita, me mostró muy orgullosa el carnet de la primera afiliada a la rama femenina del partido. ¡Se lo habían regalado! Ahí ves la frivolidad, la estupidez de la gente, la ignorancia. Cuando en realidad podrían habérselo dado a alguien que realmente se hubiera jugado por la causa, o ponerlo en un museo. Pero el show puede a todos, evidentemente.

Se la ve cansada. Hace un silencio. Pone cara de circunstancia. Tose un poco. Suspira.

–Bueno, esto iba a ser corto, corazón. ¿Qué entendés por corto?

Falta un poquito. Cinco o seis preguntas. Si estás cansada, paramos un rato.

–No. ¡Terminemos con esta farsa!

Sara Facio, que ha oído desde el living, entra a ver qué pasa.

–¿Estás cansada?

–Sí. He querido echarlo pero se resiste.

–¿Le pegamos?

–¡Después! Ahora dejemos que termine.

Además de su costado cascarrabias, en más de una oportunidad María Elena Walsh ha asumido su temperamento melancólico y cierta inclinación a pensar en la muerte. “Esa tendencia depresiva que tengo va y viene –decía en una entrevista–. A veces la gente no entiende eso. Que una escriba para chicos y sea así. Pero también se espera que los cómicos sean gente divertida. Y yo he conocido a varios de los grandes cómicos y eran amargos y malhumorados y deprimidos.”

Fantasmas en el parque es un libro sobre la vejez y la muerte. Un libro que ella acepta haber escrito al abrigo de esos pensamientos taciturnos que tantas veces tiene. “La muerte sobrevuela sus páginas como un gran pajarraco –dice con el tono que acaso le pondría a la primera frase de un cuento de misterio–. Y eso me hace recordar una película de Leonardo Favio, que no sé si viste o si se vio, porque él un día me la trajo a casa, en la que aparece un pajarraco enorme, feísimo, que da mucho miedo, y que si algo queda claro es que nos va a comer a todos. Bueno, eso es. Eso está en el libro.”

Algo que también está en Fantasmas en el parque es la referencia al cáncer óseo que le diagnosticaron en 1981 y del que se curó al cabo de dos años de tratamiento. Esto le permitió a María Elena trazar un paralelismo entre su enfermedad y la situación que entonces atravesaba el país, de un modo análogo a como Martínez Estrada le había atribuido al peronismo esa extraña enfermedad de la piel que lo tuvo postrado durante casi cinco años y de la que se curó una vez que Perón fue derrocado.

¿Qué pensaste cuando supiste que estabas gravemente enferma?

–Lo primero que pensé fue: “No. Yo no. Esto no puede ser cierto”. Y después, cuando lo acepté, sentí mucha bronca, mucho fastidio. No porque dijera: “¿Por qué a mí?”, sino por mi edad, por lo joven que era. Entonces tenía cincuenta años... La flor de la vida. Fue difícil de aceptar pero posible gracias a los amigos, a algún médico y al apoyo de los que estaban cerca.

¿Qué cosas de tu carácter cambiaron con la enfermedad?

–Creo que uno no vuelve a ser el mismo después de tener cáncer. Diría que la enfermedad me volvió más pensativa, más dolida por dentro, más retraída. Y otras varias cosas que ahora mismo no puedo resumirte.

¿Cuánto de dicha y cuánto de infortunio ha implicado envejecer, en tu caso?

–La dicha reside en que uno se va desprendiendo de ciertas responsabilidades, de ciertas presiones, de ciertas angustias. Y el infortunio es la semiinmovilidad, en mi caso, que es lo que me tiene más loca, y también el dolor. El dolor físico es terrible. Más allá de que ahora existen muchos paliativos. De hecho, a mí me están dando un calmante que no sé bien qué es pero que hace que no me esté quejando todo el tiempo.

¿Qué sentimientos te despierta la palabra póstumo?

–Es como una burla. Creo que lo póstumo, si uno lo piensa en función de su propia posteridad, es una especie de chiste. Pero en otro sentido pienso que es una palabra simpática, porque hay mucha obra póstuma por la que hemos conocido a grandes autores o artistas. No sé... Quizás es una palabra que a esta altura debería estudiar un poco.

¿Y cómo te gustaría que te recordaran?

–Como alguien que quería dar alegría a los demás, aunque no le saliera siempre.


(La abuela de María Elena Walsh, llamada Agnes, llegó a la Argentina con veinte años recien cumplidos, a trabajar como gobernanta. Se casó, y la vuelta a Inglaterra se fue retrasando. Estas cartas que le envió a su padre -bisabuelo de María Elena- llegaron nuevamente a la Argentina a manos de su papá, por intermedio de un pariente, y este se las regaló a María Elena cuando niña para que recortara las estampillas. Pasaron mas de 50 años en sus manos antes de que sintiera curiosidad por las mismas y decidiera hacerlas traducir, para luego incorporarlas en su libro "Novios de Antaño", Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1991)




Calle Venezuela 786
Buenos Ayres 
28 de febrero de 1878

Querido Padre:


    Lamentamos saber que usted no ha estado bien, debe cuidarse querido papá y no tomar frío. Espero encontrarlo sano y gordo cuando vaya, aunque no se cuando llegará ese día, espero que sea el año próximo, y quizás le lleve algo para mostrarle... 
    Mi hermano Walter consiguió su primer trabajo, espero que se porte bien y lo conserve. David dice que el de plomero es muy buen oficio, al menos en este país.
    Me sorprendo cada vez que recibo una carta suya, ya que aquí no es como en Inglaterra: a los carteros no les importa extraviar la correspondencia, y solo por casualidad se recibe la que viene dirigida a domicilios particulares. Le ruego, papá, que escriba como antes a las oficinas de The Standard, ya que los editores son muy amigos de David y disponen de un buzón.
    ¡Hemos celebrado una gran Fête!, el centenario de un héroe argentino, el Gral. San Martín. Le envío un recorte de The Standard. El próximo domingo empieza el Carnaval y parece que será grandioso. David va a mandarle un recuerdo de La Plata


   

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Buenos Ayres 
2 de agosto de 1879


    No se imagina cuánta pena me da que las personas de habla inglesa sean tan aficionadas a la bebida, a que estado miserable las lleva eso aquí, en Buenos Ayres. Sucede especialmente con los escoceses y por supuesto hay excepciones, pero todo el que habla inglés merece el apodo de borracho aunque no pruebe una gota.
    Gracias a "Dios" David es sobrio, aunque no abstemio. Es un hombre sumamente bueno y somos muy, muy felices. Dígale a Eliza que espero familia para octubre y confío tener más suerte esta vez.
    ¿Así que usted piensa que no volverá a verme? Yo creo que sí, vivo con esa esperanza, es el mayor de mis deseos. Causo mucha impresión aqui la muerte del príncipe Imperial. (hijo de Napoleon III)
    Si usted oyera como se critica aquí a los ingleses se sentiría avergonzado, y yo también pienso que la guerra con los zulúes ha sido vergonzoza de principio a fin.

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Calle Sarandi 58 
28 de noviembre de 1879


    Ya sabe usted por Eliza que tengo una hija. Ahora puedo decirle que estamos muy bien. Después del parto quedé con los pechos muy doloridos y tuve que dejar de amamantar a la niña, pero ahora, curada gracias a una gran perseverancia, tengo leche otra vez. David quiere mucho a la pequeña Isabel.
    Hace unos días un hombre murió de fiebre amarilla, cosa que ha causado mucho pánico. Muchísima gente se fue de la ciudad, y otra se esta yendo. Han prohibido el lavado de ropa en las casas, ni siquiera un pañuelo, bajo pena de 500 pesos de multa. Hay que lavar todo en el Río, y podrá usted imaginarse que caro es llevar la ropa tan lejos para lavarla.

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Buenos Ayres 
21 de febrero de 1880


   Hay mucha inquietud aquí, espero que no llegue a estallar una Revolución. Habrá elecciones en marzo, pero si se desata una guerra civil arruinará al país que se estaba recuperando.
    Después de la última Revolución muchas familias elegantes rindieron sus casas a los Nacionales, que tienen 26 cañones listos para entrarlos en la ciudad.

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Buenos Ayres 
14 de junio de 1880


    Supongo que usted ya sabrá que en Buenos Ayres ha estallado otra Revolución. No se imagina como ha cambiado todo en pocos días. Hermosas calles florecientes están ahora destruídas por barricadas, trincheras y zanjas. No sé como va a terminar esto: anoche hubo escaramuzas a pocas cuadras de aquí y entre los muertos esta el general Lagos (uno de los mejores oficiales del gobernador Tejedor) 
    El destacamento recluta hombres día y noche, y los alistan de cualquier nacionalidad que sean, mientras no tengan protección otorgada por los cónsules. Es una guerra civil, hermanos contra hermanos y padres contra hijos, sea cual fuere el bando para el que son reclutados, deben luchar por él.
    A menos de 100 yardas de la puerta de calle hay una barricada y un pozo muy profundo lleno de agua. Si ocurriera lo peor, podríamos escapar a otra calle por la puerta del fondo. 
    Quieren rendirnos por hambre, pero la mayor parte de la gente, nosotros entre ellos, nos hemos abastecido de provisiones. En todas las iglesias se reza por la paz, pero por ahora no hay esperanzas. Por supuesto, el país esta arruinado.
    Espero que esto termine sin que nos roben o maltraten. Hay tres buques de guerra británicos en el Río, y creo que también hay uno alemán, uno italiano y uno francés, de manera que contaremos con alguna protección. No dudo que esto se calmara pronto, y el año proximo iré a visitarlo y llevarle a su nietita. Sé que estará orgulloso de ella.

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Buenos Ayres, 
12 de octubre de 1880


    Hace ya muchos meses que no recibo noticias de ustedes. En las oficinas de The Standart nos han dicho que toda la correspondencia se perdió a causa de la guerra.
    Es una lástima, pero como esto le ha pasado a tanta gente no tengo derecho a rezongar. Por favor, en adelante envíe sus cartas aquí, a casa y no a The Standart.
    ¿Recibió la foto de Ellen, hermana de David? Esta buscando nuevamente, de modo que si conoce a alguno que necesite esposa, mandelo para acá.
    Hoy hay una gran fiesta porque tenemos un nuevo presidente. Asumió al mediodía y poco después lo vimos pasar en la carroza oficial. Todo el mundo está contento otra vez: que pronto se olvida a las víctimas de una guerra.
    Ahora la moda femenina consiste en usar vestidos negros con ribetes rojos en las faldas, y una cinta tambien roja en el pelo. El vestido negro significa guerra y el color rojo es en honor de Roca, el nuevo presidente. Roca quiere decir rojo.

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Calle Río Bamba 385 
23 de mayo de 1881.


    ...Días atrás sentimos un terrible sacudón. Primero pensé que era un terremoto, pero al instante oí una explosión. Salí a la calle y vi que había volado una casa, no se veía mas que humo negro. Había explotado el depósito de los fuegos artificiales, donde también guardaban barriles de polvora. Por supuesto murieron varias personas y las casas vecinas quedaron destruidas. Eran los fuegos destinados a la fiesta del 25 de Mayo, aniversario de la independencia. 
    Creo que pronto volveremos a mudarnos, porque como verá en el periódico, habrá una nueva Capital, que será una plaza rodeada de edificios públicos. Da la casualidad que nosotros vivimos precisamente en ese sitio, es decir, en Río Bamba entre Paraguay y Córdova. Podra verlo en el plano del Standard, aunque el gobierno no ha adquirido todavía el solar.
    David dice que nos mudaremos en cuanto encontremos un lugar apropiado. Yo lamento irme de aquí porque la casa es bonita y cómoda, pero espero que algún día podamos tener una propia, aunque David dice que las ovejas son mejor negocio. El año pasado fue bueno para el ganado, pero los cuatro o cinco años previos fueron desastrosos, mucha gente perdió todo lo que tenía...

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Calle Río Bamba 385 
15 de agosto de 1881


    ...Recibí unos periodicos enviados por mi hermano Harry a Sarandí 58, pero después no recibí nada más. He empezado a desconfiar del cartero porque me parece raro que jamás reciba una carta dirigida a esta dirección.
    Hace ya cuatro meses que recibí las últimas noticias suyas. A veces pienso que todos ustedes me han olvidado. Por mi parte, mi viejo cariño es siempre el mismo, sobre todo el que siento por mi padre. 
    Buenos Ayres se esta recuperando otra vez: el oro esta casi tan bajo como seis años atrás, pero la carne !AY! esta carísima en el país de la carne. Los carniceros dicen que los ahogan con impuestos. No sé como se las arreglan los pobres para comprar carne. Claro que para los nativos lo mismo da: rara vez pueden comprar nada. 
    Como verá, seguimos viviendo en la calle Río Bamba, y es probable que aquí sigamos porque no hemos vuelto a tener noticias sobre el asunto de la Capital. De todos modos, le ruego me escriba a la casa del señor Sheill, que amablemente nos ha prometido recibirlas.



extractos de las cartas de la Abuela Agnes, publicadas por María Elena Walsh en "Novios de antaño". © 1990 Editorial Sudamericana.

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