LUIS SEPÚLVEDA

MUNDO DEL FIN DEL MUNDO
Fiordo Eyre. Región Magallánica. Chile

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Fragmento:

En la costa de Isla Alberto se congregaban miles de aves marinas y rapaces venidas desde las pampas patagónicas. Daban cuenta de los restos de la carnicería. Se podía distinguir con nitidez las osamentas de muchas ballenas y otras menores, acaso de delfines o de los infortunados tripulantes del Nishin Maru. 
Recordé que llevaba una cámara fotográfica. Consulté al capitán Nilssen si podía hacer unas tomas, y me respondió con voz cansada:
-Eso lo debe decidir usted. 
Pedro Chico me miraba. Recién descubrí que el gigante tenía unos ojos azules intensos y que, al volver la vista a la mar cubierta de despojos, una expresión de infinito dolor se apropiaba de su semblante. Guardé la cámara. 
-Pedro, ¿usted se explica por qué lo ayudaron las ballenas y por qué no se defendieron antes? 
Pedro Chico respondió sin apartar la vista de la mar. 
-Por mi patrón sabrá que soy alacalufe. Nací en la mar y sé que hay cosas que no pueden explicarse. Son, no más. Mi gente, los pocos que quedan, aseguran que las ballenas no saben defenderse y que son los únicos animales compasivos. Cuando boté la panga y remé hacia el ballenero sabía que los tripulantes me atacarían y que las ballenas, al verme indefenso, atacado por un animal mayor, no vacilarían en acudir en mi defensa. Así ocurrió. Tuvieron compasión de mí. 
-¿Y qué pasará con las ballenas que quedan? 
-Se irán. La calderón que nos escoltó es un macho expedicionario. Buscarán otras ensenadas, otros fiordos por el sur, cada vez más al sur, hasta que se les acabe el mundo - terminó Pedro Chico moviendo con suavidad el timón. 
-Bueno. Ya lo vio. Puede escribir lo que quiera -dijo el capitán Nilssen y agregó-: No olvide mencionar el Finisterre. Los barcos que han conocido el sabor de la aventura se enamoran de los mares de tinta y navegan a gusto en el papel.


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