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Homenaje a Darío Álvarez Blázquez

publicado a la‎(s)‎ 29 oct. 2010 11:59 por Intra Muros   [ actualizado el 30 oct. 2010 2:53 ]


Texto de la intervención de Alberto Estévez Piña en el Acto de Homenaje a Darío Álvarez Blázquez, celebrado el 26 de octubre de 2010 en el Convento de Sto. Domingo

 





Intervinientes en el acto




















Inauguración de la placa commemorativa

































Detalle de la placa commemorativa









































































Acto de inauguración
 

Señoras, señores, amigos todos:

  

Me parece indispensable señalar el cariño y admiración que desde mi infancia, siempre sentí, por la figura grande y generosa del Dr. Darío Álvarez Blázquez; admiración seguramente transmitida y adquirida por el ejemplo, del gran cariño de amistad, que se tenían desde sus tiempos de juventud, mi recordado y amado padre, con el bueno y culto, de don Darío que, era el hijo mayor, de siete hermanos, todos hombres, hijos de aquel queridísimo matrimonio llegado a Tuy, procedente de la ciudad de Pontevedra, don Darío Álvarez Limeses y doña María Blázquez Ballester, que había nacido en Cuba, en la villa de matanzas,  quién hacía realidad, el conocido dicho, que las matanceras, son la mujeres más hermosas de la reina de las Antillas...

   

    No me puede quedar olvidado, en esta semblanza en honor de don Darío, mis muchas razones para recordarlo, con el mayor cariño emocionado, ya que don Darío, fue necesariamente, quién atendió el parto primerizo de mi madre que, fue precisamente, el día de mi nacimiento. Fue un parto, sumamente difícil; y llegué a este mundo, parece, más muerto que vivo, lo que hizo, que mi recordado Darío, se viese obligado  a darme las primeras palmadas en mi trasero, para hacerme revivir de mi silencio... además de bautizarme, en el mismo instante, con doble sello de urgencia, con el nombre de Nicomedes; nombre que, ahora  uso en su honor y recuerdo agradecido, para el personaje principal de la novela de investigación histórica que estoy finalizando, sobre la vida de la ciudad de Tuy en el año 1894, en la historia del crimen del Mosca ó el "Crimen de Sombraboa" como creo será su título.

   Además, mi bautismo realizado en San Francisco, fue mi padrino el hermano de Darío, el recordado Alfonso, que me parece que, también lo fue, de su sobrino, Alfonso Álvarez Gándara, que en este momento preside esta mesa. Recuerdo de mi padrino, quizás uno, de sus primeros regalos, un pingüino de peluche. Sí; tengo la imagen perfecta del muñeco y, apesar de mis pocos años, recuerdo en donde me lo entregó: Fue en el  bazar de mi padre, andando aún yo, sobre el mostrador de la tienda.

 

  Regresando a la amistad de nuestras familias, permitirme, que recuerde la precedida, de otra, igualmente muy íntima, de mi abuelo, el farmacéutico Piña, que había regresado de Cuba a Tuy, con el fin de vivir, tranquilamente en la ciudad y gozar así, de su más o menos fortuna, adquirida en la Isla. Lo cierto que, al contar con una edad relativamente joven, sus compañeros y amigos, los doctores don Darío y don Alejo, lo animaron, lo predispusieron a montar una farmacia en la ciudad; para lo que le fue necesario revalidar su título de farmacia y doctorado en Madrid; quizás ésta reválida en farmacia, sea de las muy pocas realizadas en España.

 

 El éxito, de la revalida, hizo que mi abuelo, consiguiese la apertura de su farmacia y laboratorio en Tuy; precisamente, en los bajos del edificio propiedad de su querido amigo e industrial, don Serafín Fernández Costas. Sí; fue algo que se hizo, la apertura de la referida farmacia que, de no haberse conseguido su puesta en funcionamiento, quizás, seguramente, no habrían perdido sus vidas sus amigos y compañeros, ante un pelotón militar, en una fría mañana, en la alameda  que había sido de Dominicos... Lo cierto que, mientras estos tristes sucesos pasaban, mi abuelo con su compañero el Dr. Losada huían, para salvar sus vidas, cruzando Portugal y, de Lisboa, se fueron a Francia y de Francia, el Dr. Losada, regresó, para luchar en la resistencia de la República Española. Mi abuelo regreso a Cuba, donde aún tenía propiedades en Oriente, en la localidad de Baracoa. Tengo que recordar, que mi abuelo, el  “sujeto peligroso” que así, reiteradamente decían de él, en sus distintas declaraciones y denuncias los golpistas y, buen número de fariseos. Lo cierto es que mi entrañable abuelo, se murió convencido que, le había salvado su vida, el Cristo de la Miranda. El Cristo de la Miranda, se encuentra en la parroquia de Valeije, donde él había nacido. Es una pequeña ermita, a la que mi abuelo, nunca dejó de enviarle donativos, para su culto... y, rehabilitación de la ermita… ¡¡ Curiosa ironía de la vida...!!

 

   Por los increíbles, pero bien conocidos motivos de la triste situación que se vivió aquí, en esta ciudad, en los días insufribles de la amarga Guerra Civil, muchas madres y esposas, enfermaron de pena y horror; la falta de sus hijos, de sus maridos y hermanos, que jamás regresarían, que nunca más verían... se hacían insoportables aquellos días que, se perdonaron, pero que, no pueden olvidarse, para que nunca jamás, puedan repetirse, los sucesos de la Alameda de Tuy, y de ninguna Alameda de nuestra querida Galicia. Aquellos primeros meses, que fueron ciertamente trágicos para muchos hogares; lo fueron necesariamente, para la familia de doña María Bláquez Ballester que, viuda con  siete hijos y dos nietos: Darío y Alfonso. Doña María, fue ejemplo de vitalista imagen, de un sentimiento sereno, una tristeza silente... con palabras de paz  y esperanza, jamás olvidada…

 

  En aquellos primeros meses de la guerra, mientras se regaba de sangre las tierras de España, los hijos de los médicos don Darío y don Alejo, se unieron con sus penas, pasando su tiempo intentando olvidar su dolor… trabajando, con el buen fin de hacer algo útil. Sus clases de pintura, dibujo y moldeado, impartidas por el joven profesor Benito Prieto Cussent, en este mismo salón en el que ahora estamos, del que había sido Instituto Nacional de Enseñanza Media, les sirvieron las clases recibidas, para iniciar la fabricación de infinidad de juguetes de madera; una pequeña sierra de marquetería y pinturas de vivos colores, fueron todo lo necesario, para ponerse a comenzar el pequeño negocio. El bazar de mi padre, sería donde se vendería lo fabricado. Así comenzaron a realizar barcos porta-aviones, camiones, aviones, sillas de muñecas, cocinas, en fin, toda clase de juguetes de madera, siempre pintados con gran gusto y clara habilidad... Yo, me acuerdo perfectamente, de un buzón de cartas de reyes, que mi padre usó muchos años, en los días de esta fiesta, para el  gozo de todos los niños de la ciudad que, únicamente teníamos este buzón para nuestras ilusionadas cartas a los Magos de Oriente... Decía mi padre, que se hizo el referido buzón, un día, de la misma víspera de reyes, cuándo uno de los jóvenes de los Blázquez, se dio cuenta, de la falta de un buzón de reyes; y, en menos, de una hora, colocaron el sorprendente trabajo que, consistía en la imagen del Rey Melchor, sosteniendo el referido buzón; pieza con una artística decoración, de apropiado colorido que hacía que a todos los niños, nos pareciese una figura llena magia y misterio…

 

  También fabricaron piezas de decoración, en simple escayola, trabajos realizados igualmente por las clases referidas de moldeado de Prieto Cussent. Lo fabricado eran figuras de distintos tipos y tamaños, para adorno de las casas. Lo que sí, recuerdo perfectamente, era un cuadro en relieve, decorado con la imagen de un pueblo con llamativos colores que, durante muchos años, permaneció colgado, en la dulcería de Alicia,  en los Soportales de la corredera.

 

   No se puede olvidar, la insostenible situación que se vivió aquí, en los primeros momentos del inicio de la Guerra Civil, mi padre se vio privado de la libertad de salir de su casa. Todo por el ya repetido hecho, de haberse casado con mi madre, la hija mayor, del farmacéutico Piña. El casarse, con mi madre, fue motivo suficiente, para que en la primera reunión política celebrada en el Ayuntamiento por los principales dirigentes golpistas; uno de ellos, militar, retirado por la Ley Azaña, preguntase : ¿ Qué hacemos con el yerno de Piña...? Gracias a la intervención inmediata de un amigo, Martín Alonso, marino y  casado con Chicha Moure y, hermano, del que fue veinte años después, Capitán general en Cataluña; que respondió a la pregunta, de manera enérgica, afirmando y, era toda la verdad, que mi padre, era una persona que no se había metido en ningún tema político, además de ser extranjero.

 

   Este asunto, fue conocido con perfección, por el abogado don Manuel Pino, quién quería y estimaba a mi padre, ya que había sido su profesor durante años... Don Manuel Pino, visitó ami padre, y le dijo: que de ninguna manera saliera de casa. Mi padre así lo cumplió. Únicamente, dejaba de hacerlo, para salir al filo de noche, a casa de sus amigos Álvarez Blázquez a tomar el café y, soportar juntos, aquellas amarguras llenas de penas y tristezas...

 

  Pero, tengo un recuerdo, que no me quedaría tranquilo no haberlo referido. Es un instante lamentable, que me quedó para siempre gravado en mi mente de niño. Fue un día de Semana Santa, que presenciando el paso de la procesión, conocida por la del Encuentro; a su paso por la Corredera, mi madre con amigos de la familia, esperaba la llegada del paso de La Dolorosa, para ofrecer su canción a la Virgen; se preparaba en el balcón, para cantar la saeta que, todos los años lo hacía, con  gusto y voz extraordinaria; quedando, naturalmente, imposibilitada de hacerlo, en los cuatro años siguientes al golpe militar por la referida situación familiar de su padre en el destierro. Pasados estos primeros años, muchos amigos le pedían le animaban a que cantase sus saetas y, así lo hizo aquella noche de Semana santa… Con la sorpresa increíble, que cuando se acercaba la imagen de la virgen, de manera enfadada, el sacerdote que organizaba y dirigía la función religiosa, mandó continuar el paso, la imagen, sin hacer la parada de necesario rigor; el disgusto de mi madre fue naturalmente enorme… Sí; nunca jamás cantó en su balcón, aquellas saetas que, serían más tarde, siempre recordadas y añoradas, por todos los tudenses…

    

   Para hablar de hechos, de situaciones pasadas que vienen ahora a mi mente, me referiré a un día de Navidad, que tiene un lugar preferente en mis recuerdos. Sí; era víspera del día de Navidad y acompañado por la mano de mi madre, me llevó a casa de la familia Álvarez Gándara; contaría yo, más o menos, unos cuatro años; al llegar al portal de la casa, la puerta estaba abierta, pues ya había algunos niños invitados en el umbral de la entrada. Me acuerdo que doña María, la queridísima madre de la gran familia, rota, partida de la pena de haber perdido injustamente,  un marido, un padre con siete hijos, por manos implacables de un terror sumarísimo, con denuncias falsas y las mentiras de los fiscales en la sala…  donde pedían y conseguían las penas de muerte… para hacer mártires y más mártires, para más sufrimiento y más sufrimientos.  Retornando a lo que iba, aquella mágica noche de Navidad, noche que todo se perdona, quedé sorprendido, de una imagen para mi en aquel momento desconocida. Se trataba, de un precioso árbol de navidad, adornado de pequeñas luces de velas encendidas y cargado de regalos… quizás no fuesen tantos, como yo me parece recordar; ya que, conocemos que, en la infancia, todos los recuerdos nos parecen más grandes y más bonitos… El árbol, lo habían colocado en una esquina de la galería.  Los niños, todos ilusionados, fuimos sorprendidos por la entrada solemne y misteriosa de Papá Noel, quien nos habló y nos hizo caricias… Recuerdo perfectamente, a pesar de mis pocos años, que Papá Noel, ce acercó al árbol y, me descolgó mi regalo, al igual que lo hizo, con mis compañeros; era una cajita redonda, conteniendo una figura de una culebra de mazapán adornada con espumillón. Sobra decir, que fue la primera vez, que conocí un Papá Noel, un árbol de navidad y un mazapán adornado de espumillón…

 

  Lo cierto, que podría decir yo aquí que, no se haya proclamado ya en exaltar las virtudes humanas y profesionales de Darío Álvarez Blázquez, un médico tudense, que elevó su profesión a la categoría de apostolado: El médico de los pobres, de los gitanos de aquella época, de los menesterosos, de los hombres de la mar… Cómo, no recordar al médico de corbata blanca, al amigo fiel y noble, al consejero paternal de su amada familia, de sus amigos… de todos. Cómo podría quedar sin resaltar, su calidad de su corazón, sensible, a todas las necesidades ajenas, pendiente siempre de las miserias humanas… Darío, don Darío, fue un modelo de hijo, de marido, de padre y hermano, en la intimidad familiar y fuera de ella. Para hablar de los méritos profesionales, literarios, periodísticos… tendría que escribirse cientos y cientos de folios… Su noble historia cívica, democrática y antifascista… fue extraordinaria y verdaderamente emocionante… Sufrió persecución y prisión por proteger perseguidos antifranquistas de todos los partidos. Sí; fue bondadoso, pero a la vez enérgico y decidido, con unas espaldas de noble varón, con palabras siempre de paz, de serenidad y de esperanza. Un hombre valiente, esforzado y luchador…

 

    Con toda certeza, Darío, fue merecedor de una gran esposa y mujer que, sufrió con él, los días de amarguras de su vida, acompañándolo con su singular sencillez, los días de alegrías y éxitos… Darío, igualmente fue merecedor, de esa su gran familia, ejemplar y única: La familia Álvarez Blázquez….

 

 Agradezco disculparme de las pequeñas historias que referí, lo hice, casi sin percibirlo, sin darme cuenta del escaso valor que podrían tener para ustedes, para vosotros, son recuerdos íntimos, personales que poco podrán interesar a este amplio, digno y apreciado auditorio. Mi intención era evidentemente, escribir únicamente sobre el hoy homenajeado, el Dr. Darío Álvarez Blázquez, mis compañeros de la mesa, lo hicieron, cumplieron ampliamente y brillantemente el  reto… ¡¡ Gracias..¡¡





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