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Canción del Miño

publicado a la‎(s)‎ 6 de oct. de 2010 12:41 por Intra Muros   [ actualizado el 6 de oct. de 2010 13:47 ]
 

    

    Por Emilio Álvarez Blázquez

    El Miño al morir, va a dar a la mar, conforme a los versos. Pero no a un mar cualquiera sino al alto, majestuoso, verde Mar de La Guardia. Muere el Miño con Galicia a la diestra y Portugal a la siniestra, como reinaron y murieron muchos monarcas gentiles. Vigila su muerte el Tecla, que es el monte de nuestra antiguedad, adornado de brétemas, para que parezca el capitel de la belleza imposible. Nadie para su agonía podría pedir mejores testigos, aunque el Miño merecería no morir, sino ser elevado directamente al cielo, sin trances, y quedar allí rendido hacia la tierra, en glorioso arcoíris, como sacramental crucería sosteniendo la bóveda de los cielos. En su ascensión llevaría toda la carga de sus músicas matinales: la voz de los ruiseñores en los abedules, el canto campesino de las cosechas, el dolor de las campanas y el misterio acorde del agua contra la orilla, modificando, sin sentirse, los límites de su reino, que nunca fue de este mundo.

De los trechos, es decir de la vida del Miño, yo escojo los de su muerte, que comienza en Tuy, al pie de la Alameda, que fue de dominicos, huerto de paz hasta que llegó la muerte de madrugada. Había allí en mi niñez, árboles que también murieron de la mano del hombre y sus copas sumergían en el espejo del río la invertida imagen de los nidos, como vasos de vida y esperanza. También las estrella se copiaban, y se copiaba, aunque parezca milagro, la delicada cinta que los mirlos anudaban al tallo de la tarde, cuando la tarde no no era más que una inmensa camelia apoyada en el borde de los montes.

Al pie de Tuy, al pie de Valença do Minho, el río entra en agonía y por eso le nace aquella curva majestuosa aquella doblada gracia de sus riberas, como si quisiera volverse atrás y echar una mirada a las vegas feraces, donde, cuando no es la sazón del pan, crecen, como corazones, amapolas portuguesas. Allí se dice adiós a la larga caminata de los días, con un nostálgico recuerdo para aquella lejana linfa que llaman Formiñá, delgado hilo de dónde le viene la vida impetuosa.


De Tuy para abajo el río es ya sólo espíritu y pedirle esfuerzos industriales, pues toda energía le hace echarse en brazos de la mar, como aquél que va al Padre Miño entre suspiros.
Si; de allí en adelante ofrece salmones y sábalos el día de Pascua y, no muchos para que no parezca gula; es porque de esa esperanza vivan los pescadores de ribera, tanto a los ensueños y a las apariciones.

De Tuy a Camposancos y en medio quedan, sufragáneas y rendidas, las parroquia de Areas, Amorín, Currás, Forcadela, Eiras, Tabagón. Sí; un camino de sirga permite al peregrino acompañar al río hasta el final señorío de la mar, haciendo estación ante la Isla de los Amores, cuyo nombre dice, y no del todo, qué tierno es el céspede que la cubre y qué es, desde allí, la primera estrella de la tarde...Un poco más y ya no se ve al Miño, sumergido. Es como un acorde de gloria en la magna orquesta del océano: Desde el Tecla abaja una niebla muy fina, una sábana de piedad, que llegado el solpor, se convierte, de estrella a estrella, en un manto de púrpura infinita..




 

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