1. Prólogo

 

Aquí comienza el prólogo de la Regla de los Pobres Caballeros de Jesucristo y del Templo de Salomón

            Dirigimos, en primer lugar, este discurso a todos aquellos que tienen la generosidad de renunciar a su propia voluntad y de desean afiliarse con una pura intención en la milicia del verdadero y del soberano Rey, para animarles en el deseo que ellos tienen de armarse con la armadura de la obediencia, para observarla con gran atención y cumplirla hasta el final con perseverancia. Entonces, vosotros, que habéis seguido hasta aquí, no por servir a Jesucristo, sino por vuestros intereses particulares, la milicia secular, os exhortamos con toda la humanidad posible a reuniros prontamente a ésos que el Señor ha elegido entre la masa de perdición, y que Él ha reunido juntos por su gracia, para la defensa de la Santa Iglesia.

            Así, cualquiera que seáis, ¡oh! Caballeros de Jesucristo, que elegís esta santa sociedad, debéis aportar un celo puro y una perseverancia sin descanso en vuestra profesión, que Dios ha distinguido por marcas tan nobles, tan santas y tan elevadas; de obtener la misma felicidad que los caballeros que han dado sus vidas por Jesucristo. Es la que ha hecho reflorecer y revivir la orden militar entre aquellos que, sin ninguna consideración para la justicia, no buscaban defender a los pobres y las iglesias, como era su deber, sino crear violencia, botines y muertes. Así, es para nosotros un gran favor que Nuestro Señor nos haya conducido de la Santa Ciudad a los confines de Francia y de Borgoña, nosotros, sus amigos, que por nuestra salud y para la propagación de la verdadera fe no cesamos de ofrecer a Dios nuestras almas como hostias agradables a sus ojos.

            Nosotros, entonces, en el año de la Encarnación del Hijo de Dios 1128, noveno año de la fundación de la mencionada caballería, en la fiesta de San Hilario, por el movimiento del Santo Espíritu y bajo la dirección de Dios, hemos venido de distintos lugares de la provincia ultramontana, con una amabilidad y una piedad fraternal, por las súplicas del maestre Hugues, que ha dado comienzo a dicha milicia, y nos hemos reunido en Troyes, donde hemos tenido la dicha de oír de labios del maestre Hugues la Regla y la observancia de la orden de la caballería, capítulo por capítulo, y hemos aprobado eso que nos ha perecido bueno, según el poco entendimiento de nuestras luces.

            Pero para esos que nos parecía absurdo y que no se podía recitar ni presentar en la presente asamblea sin demasiada complacencia, lo hemos remitido a examen exacto y al discernimiento de nuestro venerable padre Honorio, así como a las luces seguras del muy ilustre Étienne, patriarca de Jerusalén, que tiene un pleno conocimiento de la religión oriental y de los Pobres Caballeros de Jesucristo, después de haberlo recibido con el consentimiento unánime de la asamblea. Los artículos deben ser reputados santos, habiendo sido aprobados y estimados así por un gran número de padres religiosos que la Providencia divina ha reunido aquí.

            Es por lo que me veo obligado a rendir testimonio, yo, Jean Michaelensis, que he tenido el honor de ser elegido por los padres aquí presentes por secretario, a fin de poner por escrito eso que me será ordenado por el Concilio y por el venerable abad de Clairvaux, a quien la solicitud de redactar estos presentes estatutos ha sido encomendada.

 

Relación de los principales asistentes al Concilio

            Matthieu Albani, obispo y legado de la Santa Iglesia romana, ocupaba la primera plaza; a continuación, Renaud, arzobispo de Reims; después Henri, arzobispo de Sens. Luego venían los prelados siguientes: Rankede, obispo de Chartres; Goffen, obispo de Soissons; el obispo de París; el obispo de Troyes; el obispo de Orleans; el obispo de Chalons; el obispo de Laon; el obispo de Beauvais; el abad de Vézelay, que después fue arzobispo de Lyón y legado de la Santa Iglesia romana; el abad de Citeaux; el abad de Pontigny, conde de Mâmi de Reims; el abad de Saint-Etienne de Dijon; el abad de Molesme, nombrado más arriba; el abad Bernard de Clairvaux estaba también y sus opiniones fueron aplaudidas por todos los nombrados. Entre los maestres estaba Albéric de Reims y Fulger, y muchos otros que sería largo de sentar por escrito. En cuanto a las personas iletradas, nos parece oportuno presentar también como testigos y amantes de la verdad al conde Thibaud, el conde de Nevers y André de Baudiment, que han examinado con mucha aplicación lo que era lo mejor, rechazando lo que no les parecía razonable; es por eso que asistían al Concilio.

            En cuanto a Hugues, el maestre de la caballería, por cierto no faltaba, y había con él algunos de sus hermanos, por ejemplo el hermano Godefroi, el hermano Roralle, el hermano Geoffroi Bisol, el hermano Payen de Montdidier, Archambaud de Saint-Amand. El maestre Hugues, con los mismos discípulos, presenta a los dichos padres, tanto como su memoria le pudo facilitar, la Regla y observancias de su Orden de caballería todavía muy pequeña en estos comienzos, el cual extrae su primer origen del que dice: “Yo soy el principio de todas las cosas, el mismo que os habla” (Jn. 8, 25). Es por lo que ha satisfecho al Concilio de hacer sentar por escrito todo eso que así ha sido aprobado y detenidamente examinado sobre las divinas Escrituras con una exacta confrontación, bajo la autoridad del pontífice romano y del patriarca de Jerusalén, así como con el consentimiento del capítulo y de los Pobres Caballeros del Templo, que están en Jerusalén, a fin de que nada sea olvidado, sino que sea observado inviolablemente, y que así merezcan por su loables acciones llegar en su carrera directamente a su Creador, cuya dulzura sobrepasa tanto en excelencia la de la miel, que todo el resto no es más que un ajenjo muy amargo, todo con la gracia de Éste para quien y por quien combaten, el cual sea bendito para siempre. Amén.