Carol Blenk

Autobiografía irreal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

todo es tan real a veces...

 

 

Me llamo Carolina (aunque todos me llaman Carol). Nací en 1968, en un pequeño pueblo cercano a Londres. Cuando tenía seis años me llevaron -por problemas económicos que tenía mi familia- a vivir a Santiago, y allí estuve hasta que terminé los estudios primarios. El resto de mi vida la pasé entre Barcelona y Menorca. Una temporada rodeada de playas y otra asaltada por el caos de la ciudad. En Barcelona estudié la secundaria y allí también fui a la universidad.

 

Comencé Filología Escandinava pero no conseguí acabar. Me pasé a anglogermánica y tampoco pude. Por aquella época no lograba terminar un sólo proyecto. Pasó el tiempo y decidí matricularme en Historia del Arte. Dicen que es la carrera "con más pasado y con menos futuro". Qué cierto. Os lo aseguro.

 

Trabajé de dependienta en una joyería, de telefonista/recepcionista en un hotel de las Ramblas... Tuve varios trabajos hasta que decidí presentarme a las oposiciones para controlador aéreo. Necesitaba algo de estabilidad y, por supuesto, dinero para pagar el alquiler de mi piso en el barrio de Gracia.

 

Conseguí -aún no sé cómo- la plaza de controladora en el aeropuerto de Madrid pero, para mi desgracia, duré apenas dos años. Un buen día me llegó una carta: Apreciada Sra. Blenk, no puede seguir trabajando en este puesto a causa de su exceso de imaginación.

 

Lo sabía. Intuía que eso pasaría más tarde o más temprano. Mi imaginación me la había vuelto a jugar. Aquel trabajo tampoco era para mí.

 

Me metí en la enseñanza, di algunas clases de literatura rusa del XIX, de esperanto, de lenguaje para sordos! Enseñaba tantas materias, y tan diferentes todas, que llegó un momento en que sentía que sabía un poco de todo pero en realidad que no había profundizado en nada.

 

Y mientras todo esto pasaba en mi vida profesional... la personal seguía dando tumbos. Me resistía a envejecer -no envejezcas, Carol, resiste todo lo que puedas- y a dejar la vida que había llevado siempre. La que me gustaba.

 

Fui durante cinco años guitarra rítmica en un grupo pop. Me echaron porque me empeñé en suplantar en más de una ocasión al cantante (era un cabrón que cantaba de pena)

 

 

Después de abandonar el grupo -Los Amarillos, nos llamábamos- las cosas empeoraron. Una noche, se me ocurrió la brillante idea de robar una bola de billar en un antro al que jamás había ido. Robé la negra. Me detuvieron y pasé tres largos meses en la cárcel. Los aproveché para estudiar euskera y gallego. Y para escribir un libro de relatos que, afortunadamente, jamás se llegó a editar en España (en Argentina sí).

 

Cuando salí en libertad había cumplido 34 años y decidí que había llegado el momento de cambiar de vida. De centrar la cabeza y de comenzar, de una vez por todas, desde cero.

 

Y así lo hice.

Pero no pude cambiar mi manera de ser. Y volví a las andadas.

 

Y ahora sigo teniendo miedo a envejecer. A abandonar mis sueños. A que dejen de quererme. A llevar la vida que nunca quise llevar.

 

Pero sigo haciendo lo que me hace sentir bien. Y eso, a fin de cuentas, es lo único que importa.