CEARÁ y RIO GRANDE DO NORTE


15 días en

el Nordeste de Brasil en 2004

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  ÁLBUM DE FOTOS DEL VIAJE


Ceará (Fortaleza y Jericoacoara)

Rio Grande do Norte (Natal y Pipa)

  

sábado 16 de octubre [Natal]

Un año sin viajar es mucho tiempo, especialmente para dos culos inquietos como nosotros. Los cinco días en la playa de Ubatuba allá a comienzos de año no cuentan. Estábamos con el mono disparado, y no nos dolió demasiado madrugar para hacer el recorrido habitual taxi – autobús – aeropuerto. El avión pudo haber tomado rumbo al sur, hacia las gélidas tierras de la Patagonia, pero las circunstancias hicieron que nuestro viaje no saliera de Brasil, aunque no por ello recorriendo una distancia menor que la que nos hubiera llevado a la Tierra del Fuego. De São Paulo a Natal, nuestro primer destino, son 940 kilómetros kilómetros y tres horas de vuelo. ¡En Natal estamos más cerca de África que de nuestro punto de partida!.

Natal (“Navidad” en portugués) es la capital del estado de Río Grande del Norte. Una de las ciudades con mejor infraestructura turística de Brasil, va a ser nuestro alojamiento durante 4 noches. Como llegamos a la hora del almuerzo, tenemos tiempo de pasear durante nuestra primera tarde en el Nordeste y entrar en contacto con el que va a ser nuestro acompañante más persistente durante todas las vacaciones: el viento. En los estados de Río Grande del Norte y Ceará, muy próximos del ecuador, los vientos nunca cesan en esta época del año. Pueden soplar amigablemente o con violencia, pero no paran nunca. Los vientos, que han modelado de una forma muy evidente el paisaje de la región, obligan a que cualquier actividad al aire libre vaya acompañada de un gran cuidado, desde la servilleta del restaurante que va a salir volando al menor descuido hasta el gorro que cubre la cabeza ansioso por imitar a los pájaros. Otro efecto previsible de los fuertes vientos es que el mar de esta parte del litoral brasileño está permanentemente agitado. Al contrario de lo que se podría pensar, las playas del Río Grande del Norte y del Ceará, de una belleza arrebatadora, no son muy recomendables para el baño. Los aficionados al surf, windsurf y kitesurf son los que sacan el mejor partido a las olas. Como resultado del viento, el mar, además de estar agitado, está siempre revuelto. Que nadie espere encontrar por aquí ese mar azul del litoral paulista. El mar en el Nordeste se viste con diferentes tonalidades de verde.

Si esta parte del país fuera España, estaría cubierta por parques eólicos. Pero estamos en Brasil... Río Grande del Norte es el segundo mayor productor brasileño de petróleo, parece que las fuentes de energía alternativas no interesan demasiado a sus dirigentes.

Hoy comemos pescado en un restaurante al lado de la playa de la Ponta Negra, muy cerca del hotel. Después paseamos un poco por la playa, como es sábado está abarrotada de lugareños. Paseo para aquí, paseo para allá, llega la hora de cenar, y después de arreglarnos un poco ponemos rumbo al restaurante Camarões (“Gambas”), uno de los más célebres del lugar. Aquí tiene lugar nuestra primera toma de contacto con otro acompañante persistente de las vacaciones: las gambas. Gracias a sus viveros construidos tierra adentro, la región es la mayor productora de gambas de Brasil, llegando a exportar parte de su producción a los Estados Unidos. El restaurante Camarões tiene su producción propia de gambas, grandes, gordas, sabrosas. Tenemos que esperar casi una hora hasta poder sentarnos porque es sábado y en el Camarões se cita todo Natal. Y después, el tan ansiado platazo de gambas, deliciosas ellas, por un módico precio que produciría vergüenza en España. Regamos las gambas con un zumo de la tierra, el Nordeste de Brasil es el paraíso del ansioso por probar sabores diferentes: acerola, graviola, cajá,... Ni voy a intentar buscarles una traducción, son frutos que no existen en España. El cajá se convierte en el gran éxito del viaje, beberemos litros y litros del mismo durante las próximas semanas.

domingo 17 de octubre [Natal, Pirangi do Sul, Camurupim]

Nuestro día comienza pronto. En todo el Nordeste de Brasil amanece a las 6 de la mañana y anochece a las 6 de la tarde. Por eso, la actividad comienza muy pronto y acaba igualmente pronto. Empieza el día con el City Tour de Natal al que teníamos derecho con la compra de los billetes de avión que habíamos hecho. En un autobús abarrotado y con un aire acondicionado que provocaría una pulmonía en el pingüino emperador más avezado, iniciamos la interminable peregrinación de hotel a hotel buscando a los diferentes turistas que van a hacer el City Tour. Lo del aire acondicionado en Brasil es enfermizo. Una cosa es que 35 grados con una humedad alta sean difíciles de sobrellevar. Otra es que la alternativa a ese calor tenga que ser una temperatura glacial que tienes que soportar con la misma camiseta y bermudas con la que aguantas el calor. Parece que a los brasileños el aire congelado no les afecta lo más mínimo, a mí me da dolor de cabeza. A partir de ahora voy a salir siempre con el forro polar en la mochila...

Turísticamente, Natal se divide en tres grandes zonas. La Ponta Negra, que es una playa a 12 kilómetros del centro en la que nos alojamos y en la que hay un buen número de hoteles. El centro de la ciudad, en la que no hay casi hoteles, y un interminable paseo marítimo de 10 kilómetros, la Vía Costera, en el que se encuentran los hoteles de lujo, y nada más. Literalmente. A un lado, el mar y los hoteles de lujo, al otro lado, dunas y más dunas, que forman el Parque de las Dunas y que por tratarse de un espacio protegido, se han visto libres hasta ahora de cualquier construcción. El que se hospeda en la Vía Costera tiene que ir en taxi a cualquier lugar.

El City Tour sería una buena idea. Una visión rápida de la ciudad a la que acabas de llegar, conociendo lugares a los que normalmente no irías. Digo sería, porque la forma en la que acaban siendo realizadas esas visitas guiadas siempre es la misma: a toda prisa, acumulando atrasos, y dejando de visitar lugares interesantes como resultado del atraso acumulado. Nuestro City Tour se resumió casi exclusivamente a una visita al Fuerte de los Reyes Magos, una construcción en forma de estrella herencia de los portugueses que domina la entrada de Natal desde el mar.

A las 11 de la mañana el City Tour había acabado, y ante la perspectiva de no conseguir hacer nada en el resto del día, nos apuntamos a la excursión que la misma operadora turística organizaba a partir de ese momento, recorriendo el litoral al sur de Natal. Pasamos por Pirangi do Sul, donde se encuentra el mayor árbol de anacardo del mundo. Es un espectáculo digno de ser visto, una manzana entera ocupada por el arbolito de marras. Que continúa creciendo a pesar de los esfuerzos por contener su expansión. Ya están pensando en derribar varias casas para permitir que el árbol siga creciendo. Nos explican que el tamaño del árbol se debe a una anomalía genética en la semilla. Cada año da tres toneladas de anacardos. Aquí en Pirangi la fruta, la parte colorida, se tira. Se recoge el fruto seco, que es la parte más valiosa. En el resto de la región sólo en algunos lugares aprovechan el fruto para hacer pulpa para zumo o para preparar deliciosos postres.

Después del árbol pasamos por el mirador de Tabatinga, una vista maravillosa del litoral desde la cual, en el momento adecuado, con un poco de suerte, se pueden ver delfines. Nuestra última parada del día es un restaurante en la playa de Camurupim, donde comeremos un guiso de pescado. Es la típica playa de esta región de Brasil. En realidad son dos playas en una, la playa con marea baja y la playa con marea alta. Las mareas en el Nordeste de Brasil son alucinantes, una marea baja puede descubrir 200 metros de playa que quedan cubiertos por agua cuando la marea sube. Cualquier actividad cerca de la playa tiene que tener en cuenta las mareas. Los paseos en buggy dependen de la altura del mar para poder ir y volver por la playa; el buceo también depende de las mareas para estar más o menos cerca del fondo del mar. Y el mismo baño en la playa viene determinado por la marea.

La típica playa de la región tiene una extensión de arena seguida por una formación rocosa que discurre paralela a la playa. Cuando la marea está baja las rocas quedan al descubierto, lo que facilita un baño más seguro. Cuando la marea está alta no es aconsejable que el turista que desconoce el lugar entre en el mar, porque el riesgo de una caída en las piedras es muy grande. Con la marea baja, se forman unas piscinas naturales entre las rocas y la playa. Cuando la marea comienza a subir, las olas golpean las rocas con fuerzas en un intento desesperado por saltar por encima de las piedras. Pasamos buena parte de la tarde divirtiéndonos viendo como la marea entrante comienza a pasar por encima de las rocas.

La cena hoy es en otro de los restaurantes más célebres de Natal, la Tábua de Carne, que como su nombre indica está especializado en carnes, más concretamente en la “carne de sol”, típica de esta región de Brasil. Ya nos habían avisado que nos podíamos ir preparando, porque la cantidad de comida que sirven en el restaurante es pantagruélica. Pero sólo cuando vimos un pedazo de carne entero en nuestra mesa nos dimos cuenta de la barbaridad que suponen los platos del restaurante, más apropiados para cuatro personas con mucho apetito por carne que para una pareja. Observamos como los comensales del lugar salen del restaurante con las sobras de la comida colocadas en una cajita. Seguro que tienen para comer carne varios días. A los turistas, alojados en un hotel sin cocina, no nos queda esa opción de llevarnos las sobras. A la cantidad, para que nadie se engañe, le acompaña la calidad. Deliciosa cena a un precio de risa. Y otro buen zumo de cajá.

lunes 18 de octubre [Natal, Genipabú]

Hoy es nuestro primer día de buggy, el vehículo por excelencia en el Nordeste de Brasil. En una región dominada por la arena y por el viento, el utilitario cotidiano no tiene mucho uso. La interrelación de arena y viento le cuesta una fortuna al ayuntamiento de Natal, que tiene que poner en las calles todos los días brigadas enteras de barrenderos para despejar de las calzadas la arena traída por el viento.

Si el buggy es el vehículo por excelencia del Nordeste, Natal es su capital. Buggy y diversión caminan de la mano en Natal. Las excursiones más bonitas sólo son posibles en un ruidoso buggy. Y eso es lo que vamos a hacer hoy. Hemos alquilado un buggy con su conductor (“bugueiro”) el día entero. Para reducir un poco el gasto (que tampoco es tan caro, por lo menos para el bolsillo del europeo) vamos a compartir el buggy con otra pareja, unos portugueses muy simpáticos. Así, la excursión de día entero nos sale por 2.500 pelas por cabeza. Nuestro bugueiro es Hertz (sí, como lo leéis), pronunciado “ér + tes”, que pasa a recogernos por el hotel a primera hora de la mañana. De nuestro hotel al hotel de los portugueses, y de ahí a Genipabú, nuestra excursión de hoy.

Con total comodidad el buggy lleva tres pasajeros, uno delante y dos detrás. En el caso de cuatro pasajeros, la comodidad disminuye, pero la excursión se puede hacer. Durante nuestro recorrido veremos buggys con cinco pasajeros lo que, además de ser increíblemente incómodo, es una temeridad, porque es mucho peso para un vehículo tan pequeño. Los pasajeros de atrás van sentados en la parte alta del buggy, bien agarrados y con el rostro expuesto al viento.

Para ir a Genipabú, y nada más salir de Natal, hay que cruzar el río Potengi en un transbordador, en el que se concentran decenas de otros buggys que van a hacer la misma excursión. Salidos del transbordador, y en la otra orilla del río, en pocos minutos estamos ya rodando por la arena, que casi no vamos a abandonar durante el resto del día. Hertz es un buen tipo y conduce con cuidado. Nos da seguridad, algo que no deja de ser fundamental teniendo en cuenta los numerosos accidentes y colisiones que ocurren entre buggys conducidos por profesionales poco cualificados.

En Genipabú se encuentra una enorme extensión de dunas de arenas blancas, por las que el buggy se desplaza como si se tratara de un gigantesco tobogán. La pregunta clásica que el bugueiro dirige a sus pasajeros en esta excursión es “¿con emoción o sin emoción?” Hertz decide por nosotros, y sin siquiera preguntarnos se apunta al “con emoción”. Básicamente, aquel que aprecia a sus amigos y familiares, la integridad de su columna vertebral, y unas cuantas cosas más, elige el paseo “sin emoción”. El “con emoción” es para los masoquistas o los desinformados. La emoción se resume en maniobras y piruetas radicales del buggy en un desafío constante a las leyes de la gravedad. ¿Que ves una duna casi vertical? Puedes apostar que el bugueiro va a querer subir por ella. ¿Una curva cerrada en la duna con un barranco a la derecha? No te quepa la menor duda, hacia ella vamos. Lo más parecido a una montaña rusa, pero sin cinturón de seguridad. Las manos que se sujetan en el buggy son tu única salvación. El corazón, a mil. La cara, llena de arena. Las maniobras radicales se repiten durante toda la excursión, en función de las dunas. Existen las dunas fijas, que están siempre en el mismo lugar, y las móviles, que cambian de lugar ayudadas por el viento. El bugueiro se sabe ya todos los lugares.

Afortunadamente, no toda la excursión de hoy es un homenaje al mareo y el paro cardiaco. Genipabú también tiene unos paisajes maravillosos. En lo alto de la playa existen unos chiringuitos y unos camellos, traídos de las Canarias, que usan para que los turistas den una vuelta con un turbante en la cabeza. Podéis apostar que huimos de ellos como de la peste. Nuestra excursión continúa, a veces siguiendo la playa, a veces subiendo y bajando por las dunas. Vemos casas que han perdido la lucha contra la arena, y sus propietarios con la pala en la mano haciendo la limpieza diaria.

Para cruzar el río Ceará Mirim (con un caudal parecido al del Ebro) nos subimos en una especie de balsa, con el tamaño justo para que quepa un buggy dentro de ella. El balsero impulsa la embarcación con una larga vara de madera.

La primera parada del día es en la laguna de Pitangui. Como en muchos otros lugares calientes de Brasil, las mesas del bar están dentro de la laguna, para que puedas remojar los pies y refrescarte un poco. El paseo en buggy es agotador porque te está dando el sol continuamente, sin que te enteres, porque el viento esconde el efecto abrasador del astro rey.

Después de la parada en Pitangui, más maniobras radicales, descensos imposibles, gritos desesperados. Llegamos a las dunas doradas, uno de los paisajes más maravillosos, sino el que más, que veremos durante las vacaciones. Hasta donde alcanza la vista, interminables dunas amarillas y doradas. Mágico. La emisora Globo grabó aquí recientemente las escenas de una telenovela ambientada en Marruecos.

La siguente parada es en la laguna de Jacumã, para practicar el “aerobunda”, (o “aerotrasero”, en una traducción literal). Continuamos en el gigantesco parque de atracciones al aire libre que es Genipabú. Desde lo alto de una duna, a una altura considerable sobre el lago, desciendo por una cuerda, sujeto por un arnés, a una buena velocidad hasta posarme con gran estruendo en el agua. Abajo, unas balsas esperan para llevar a los aventureros de vuelta al punto de partida. Un ingenioso sistema permite remontar la duna para llegar hasta la salida, sentados en una especie de banco movido por un motor.

Un pequeño trayecto en buggy con otro descenso radical, y estamos en otra atracción, el “skibunda” (“esquitrasero”). Aquí se baja una a toda velocidad una duna montado en una tabla de madera. Ninguno de los dos nos animamos a bajar, las posibilidades de perder el equilibrio y darte un buen morrón son enormes.

Parada para comer al lado del mar, y vuelta a Natal por la playa, lo cual se agradece, porque hacer maniobras radicales en el buggy después de haber comido no es muy recomendable. Llegamos al hotel cansados, quemados y felices, ha sido un día delicioso, divertido y maravilloso.

Hoy vamos a cenar en un buffet de gambas, coma todas las gambas que quiera, preparadas de 12 formas diferentes, por 1.000 pelas. El que no come bien en Natal es porque no quiere.

martes 19 de octubre [Natal, Punaú, Maracajaú]

Hoy toca descansar un poco del buggy, en una Pajero 4x4 vamos hacia el norte de Natal. En dos horas de carretera, primero de asfalto, luego de una tierra roja muy parecida con la de Australia, nos plantamos en la barra del Punaú, lugar de encuentro de un río y el mar, con dunas y palmeras. Un lugar precioso. Después de un descanso, seguimos nuestra marcha hasta Maracajaú, nuestra única cita con el buceo de todas las vacaciones. A siete kilómetros de la costa se encuentra una gigantesca formación de arrecifes (gigantesca en términos brasileños, claro, no es ninguna Gran Barrera de Coral) a la que se llega en quince minutos a bordo de una lancha rápida. En el medio de los arrecifes hay varias bases fijas pertenecientes a las diferentes empresas que se encargan del servicio.

En las fotografías publicitarias las aguas que rodean los arrecifes son calmas y transparentes. En esta época del año, con el viento que sopla, no lo son tanto. Pero no van a ser los elementos los que frustren nuestra excursión, no. Maracajaú es un ejemplo aterrador de la explotación implacable y descontrolada del turismo y el medio ambiente que va extendiéndose cada vez más por Brasil. En primer lugar, el buceo, aunque sea con máscara y tubo, requiere de unos ciertos conocimientos. No se puede colocar a un autobús de domingueros con una máscara y soltarlos en el agua. El buceo también requiere de una infraestructura, 50 personas no pueden bucear en unos pocos metros cuadrados de agua. El resultado es caótico, una masa informe de piernas y brazos, pataleando con fuerza en el agua, asustando a los peces y levantando una barrera de arena que no permite ver nada dentro del agua. Varias veces se cruza en mi camino sosegado un turista loco que me da una patada en la cabeza, en el brazo, en las piernas. Al principio del buceo consigo ver algún pez interesante, pero poco a poco la visibilidad se reduce. Un poco más tarde, todo lo que consigo ver son trozos rotos de algas y de coral flotando en el medio del agua, resultado de las habilidades natatorias de los turistas. Salgo del agua después de 15 minutos, completamente indignado. Expreso mi indignación ante el responsable de la plataforma, quien se hace el loco. Sólo de pensar que estamos en la temporada baja se nos pone la carne de gallina. No queremos ni imaginar como debe ser la temporada alta. Como los corales no forman parte de ningún parque nacional, no hay ningún control por parte de las autoridades medioambientales brasileñas. Le echamos dos años más de vida al lugar antes de que los turistas y los locales acaben con su riqueza natural.

El camino de vuelta a Natal lo hacemos en silencio, tanto la pareja de portugueses con los que hemos vuelto a compartir la excursión como nosotros estamos tristes e indignados a partes iguales. Para compensar por el bajón de la excursión de hoy, y celebrar nuestra última noche en Natal, volvemos a ir a cenar al Camarões. No hay tristeza que un platazo de gambas deliciosas no ayude a superar.

miércoles 20 de octubre [Pipa]

Hoy tenemos nuestro primer desplazamiento. Nos vamos a Pipa, a una hora y media de coche de Natal, donde vamos a pasar tres noches. El camino es muy interesante. Atravesamos la frontera del cultivo de la caña de azúcar en Brasil. Más al norte del litoral sur de Natal ya no se encuentra azúcar. En una central azucarera gigantesca por la que pasamos vemos una montaña inabarcable de bagazo. Brasil utiliza el azúcar para producir combustible para los coches en la forma de etanol. El país está en la vanguardia mundial de esta tecnología, y casi todos los modelos nuevos de coches vienen en el formato bicombustible: funcionan o con gasolina, o con etanol, o con una mezcla de ambos.

Pipa es un centro turístico importante, y la carretera de acceso es un reflejo de lo que son las infraestructuras en Brasil. Trozos sin asfaltar, agujeros impresionantes a cada dos por tres, tramos tan deteriorados que los camiones, autobuses y demás vehículos tienen que invadir la calzada opuesta para poder circular. Un poema. Se calcula que el 70% de las carreteras brasileñas están en condiciones deficientes o pésimas.

Pipa es un pueblecito tan pequeño que ni siquiera constituye un municipio. El pueblo es conocido por sus maravillosas playas y por su agitada vida nocturna. La posada en la que nos alojamos está en el medio del pueblo, con vistas al mar, y lo único que nos salva es que estamos en la temporada baja y la movida nocturna está mucho más contenida que durante la temporada alta.

Como es nuestra primera tarde, nos lo tomamos con calma. Nos acercamos a los acantilados de la playa del Madeiro, desde donde hacemos varias fotos aprovechando la maravillosa luz del final del día. ¿La cena? Una crepe. De gambas, por supuesto.

jueves 21 de octubre [Pipa]

Comenzamos el día paseando por el Santuario Ecológico de Pipa, que por cierto, pertenece a unos ingleses, como no podría ser de otra forma. A los brasileños eso de la ecología les pasa muy de lejos. Desde el Santuario, en la parte alta de un acantilado, pasamos un buen rato observando las tortugas que se alimentan en el mar.

Después de un descenso vertical por unas escaleras, estamos a nivel del mar, y caminamos tranquilamente hacia la bellísima Bahía de los Delfines, una playa en forma de media luna enclavada entre el mar y el acantilado vertical. En la única sombra de la playa está un vendedor de bebidas y de agua de coco, decidimos hacer una parada. El agua de coco, tenéis que saberlo, es la bebida por excelencia del Nordeste brasileño. El coco que conocemos en Europa es marrón y peludo. Antes de llegar a esa fase, el coco es verde y de un tamaño considerablemente mayor. Dentro está lleno de un líquido semitransparente, el agua de coco, que bebida bien fresquita se convierte en un refresco maravilloso, además de un combate eficaz contra la deshidratación.

Sentados bebiendo nuestro coco establecemos conversación con el vendedor, un auténtico fenómeno que recorre varios kilómetros todos los días, siguiendo la playa, para llegar a su punto de venta con una carretilla y una caja de poliestireno llena de hielo, coco y bebidas. Hubo un grupo grande de delfines en la playa a primeras horas de la mañana, pero ya se han ido, nos cuenta. Nuestra desilusión dura poco porque un par de delfines rezagados vuelven a aparecer en la playa, a menos de 30 metros de nosotros. Nos extasiamos viéndolos comer. Vemos un pez dando varios saltos consecutivos fuera del agua a toda velocidad e, inmediatamente después, la mole del delfín que se abalanza sobre él. Ese juego se repite durante un buen rato. Ayer, nos cuenta el vendedor de coco, un pez que huía de un delfín saltó tanto que acabó saliendo del mar, quedando a un metro de donde estaba el vendedor. El delfín que lo perseguía también llegó hasta la mismísima orilla, pero no llegó a salir porque su inteligencia natural le alerta contra el peligro de quedar varado en la playa.

Después de un par de horas viendo saltar a los delfines, seguimos nuestro camino por la playa de vuelta a Pipa, con la firme promesa de volver al día siguiente. En Pipa nos encontramos con la pareja de portugueses con la que habíamos compartido las dos excursiones de Natal. Nos cuentan de una experiencia muy brasileña por la que habían pasado por la mañana. Paulo, el chico, conducía un coche alquilado con chanclas, cuando fue parado por la policía en Natal. El código de circulación brasileño prohibe conducir con chanclas. El oficial, al ver la situación del conductor, le vino a decir que lo sentía muchísimo pero que iba a tener que multarle por la irregularidad. Pero claro, que él también era padre de familia, que no quería problemas de ningún tipo, y que el asuntillo de la multa se podía resolver de otra forma. Paulo no tuvo que ofrecer el soborno, el mismo policía se lo propuso. Tras extenderle 15 reales el policía se quedó satisfecho y les dejó proseguir la marcha. Salieron bien parados, la multa por conducir con chanclas es de 180 reales. Así funciona Brasil.

Después del largo paseo de la mañana y del mucho sol recibido, pasamos la tarde descansando.

viernes 22 de octubre [Pipa]

Comenzamos el día muy temprano, a las ocho de la mañana ya estamos de nuevo en la Bahía de los Delfines, a la que se puede llegar desde Pipa caminando por la playa cuando la marea está baja – cuando la marea está alta el acceso por esa ruta es imposible –. Llegamos en un buen momento, hay una docena de delfines bien cerca de la orilla del mar, yendo y viniendo, jugando, saltando. Esta vez quiero acercarme más, y me meto al agua. Un delfín pasa a dos metros de mí – qué lástima que estaba mirando en la dirección equivocada y no lo vi, me lo contaron–. Dos o tres horas viendo los delfines se pasan mucho más rápido de lo que parece. Pero no nos vamos a quedar todo el día, volvemos a Pipa para hacer otro paseo hasta la playa del Amor, otra playa bellísima muy parecida a la Bahía de los Delfines: un gran acantilado en forma de media luna, y la playa abajo.

Nos apalancamos en las tumbonas de un chiringuito, con la consabida agua de coco, y dejamos las horas pasar viendo las evoluciones de las decenas de surfistas que se divierten en ésta, su playa. La playa del Amor tiene las mejores olas de la región y por eso atrae a un montón de surfistas, tanto brasileños como extranjeros.

Como la marea lo permite, al final del día volvemos a Pipa una vez más por la playa, atravesando una gran extensión de piedras de origen volcánico que dan un aspecto sobrenatural al lugar.

sábado 23 de octubre [Fortaleza]

Hoy dejamos Pipa para irnos a Fortaleza. Pero como no nos vienen a recoger para llevarnos al aeropuerto hasta las 11 de la mañana, nos levantamos temprano para nuestra cita diaria con los delfines. A las 7 ya estamos en la Bahía para nuestro emocionante encuentro con los cetáceos. Y a las nueve, de vuelta en la posada para tomar el desayuno y hacer las maletas. No sé, hay algo muy muy especial en poder comenzar el día en la playa viendo los delfines.

El resto del día lo pasamos en el minibús que nos lleva al aeropuerto de Natal para nuestro vuelo de una hora a Fortaleza. Debe de haber bastante tráfico en el aeropuerto de Fortaleza, porque el avión da varias vueltas por encima de la ciudad obsequiándonos con unas vistas impagables de la capital de estado de Ceará, justo cuando el sol se pone y la luz del día está más fotogénica. ¿La cámara digital? En la mochila guardada encima de nuestras cabezas. Como estamos cerca del aeropuerto y no me puedo mover del asiento, las imágenes de esa aproximación van a tener que quedar grabadas en nuestras retinas, que no en nuestras cámaras.

En Fortaleza nos hospedamos en el encantador hotel Villa Mayor, que fue restaurado hace dos años y cuya construcción, de dos alturas, reproduce los edificios de estilo colonial de la ciudad.

domingo 24 de octubre [Fortaleza]

Como mañana nos vamos a pasar cuatro días en Jericoacoara, y volveremos el viernes para pasar cuatro noches más en Fortaleza, hoy vamos a dedicar el día a pasear por la ciudad. Fortaleza es la capital del estado de Ceará, y con 2,5 millones de habitantes, la quinta mayor ciudad de Brasil. Es una ciudad rica y pobre al mismo tiempo, como todo Brasil, pero en ella el contraste es más exagerado que, por ejemplo, en São Paulo, porque la ostentación de la riqueza por parte de sus detentores es mucho más evidente. Fortaleza, por ejemplo, tiene el mayor número de coches de lujo importados per cápita de todo Brasil. Junto con los coches y los edificios imponentes, conviven los raterillos, los mendigos, y la prostitución infantil dirigida al turismo internacional.

Completamente desierta, como buena ciudad que se precie en un domingo, por la mañana recorremos Fortaleza a pie con rumbo al Mercado Central, un edificio de cuatro plantas lleno de tiendas de artesanía y de productos típicos de la región. La artesanía de esta parte de Brasil se destaca por sus tejidos, especialmente sus hamacas, y sus labores de encaje. Entre sus delicias gastronómicas sobresale el anacardo.

Después de un recorrido por las tiendas, nos acercamos al Centro Cultural Dragão do Mar, inaugurado en la última década, y que concentra la mejor oferta cultural de Fortaleza. Y de ahí, una larga caminada de vuelta al hotel, siguiendo el paseo marítimo y atravesando las principales playas urbanas de la ciudad.

lunes 25 de octubre [Jericoacoara]

A las 7.30 de la mañana pasa un microbús a recogernos por el hotel para llevarnos a nuestro destino más anhelado de las vacaciones, el remoto pueblo de Jericoacoara. Primero, son cinco horas de carretera. Llegados a Jijoca, cambiamos la comodidad del microbús por los asientos duros de un 4x4 adaptado, que va a ser nuestro último vehículo en un recorrido de una hora a través de las dunas y el desierto que separan Jericoacoara de la civilización. No hay otra forma de llegar a Jericoacoara que no sea en un vehículo todoterreno. No hay carretera, y cualquier intento por construir una fracasaría frente al poder del viento y de la arena. Camino de Jericoacoara nos encontramos con otro 4x4 atrapado en la arena. Tenemos que bajarnos de la furgoneta y ayudar a empujar para sacarlo del atolladero.

Comienza la tarde y llegamos a la posada Vila Kalango, nuestra base en Jericoacoara, Jeri (pronunciado ye-rí) para los conocidos. La posada está formada por un conjunto de cabañas con una combinación de aire rústico y de sofisticación. En los cuartos no hay teléfono ni televisión, pero sí un ventilador y una imprescindible mosquitera sobre la cama. El techo de los cuartos es de carnaúba, un árbol parecido a una palmera que crece en todo el Nordeste. Además de los cuartos, la posada tiene unas palafitas, unas cabañas construidas a varios metros de altura sobre el suelo y apoyadas en varios troncos. Y una gran salón abierto, de forma circular, sin paredes, para poder sentarse a leer, contemplar el mar, relajarse.

Hoy vamos a comer bien tarde, un delicioso pescado en el restaurante de Isabel, al lado del mar. Después, damos un paseo por Jeri, lo cual no constituye ninguna hazaña, puesto que el pueblo está formado por cuatro calles – literalmente –. Para caminar por Jeri hay que olvidarse de cualquier cosa que no sean las chanclas, las calles son de arena, y por la noche carecen de iluminación pública.

Como hemos comido tarde, el tiempo pasa rápido, y la hora de la cita diaria con la puesta de sol se aproxima inexorable. Ver la puesta de sol desde lo alto de la duna que domina Jeri es la cita diaria más ineludible del lugar y uno de los espectáculos más maravillosos de Brasil. A las cuatro y media los turistas comienzan ya a subir cansinamente la duna. El viento sopla con fuerza y una capa fina de arena se desplaza a gran velocidad por encima de la duna, castigando las piernas de quien intenta alcanzar la parte alta de la misma. En lo alto de la duna es imposible sentarse, porque la arena vuela con tanta velocidad y fuerza que no hay cómo evitar que entre en la boca, los ojos y los oídos. Al pie de la duna, el mar; a su derecha, Jeri; a su izquierda y atrás de ella, un paisaje dominado por dunas y más dunas. El sol poco a poco desciende sobre el mar, y la arena de la duna adquiere nuevas tonalidades amarillentas.

Algunos turistas y lugareños se divierten bajando la pared más escarpada de la duna en tablas de sandboard, dando volteretas imposibles, o simplemente andando y hundiendo los pies en la arena hasta la altura de las rodillas. Los menos inquietos contemplan silenciosamente el espectáculo mágico de sol, mar y arena.

Jeri es un lugar muy especial. El Washington Post la colocó hace unos años en su lista de 10 playas más bonitas del planeta. En realidad, la playa de Jeri no es tan espectacular, es bonita, como tantas otras en el litoral brasileño. La belleza del lugar se encuentra en la combinación del mar, el verde, las palmeras y la arena. Y en su carácter remoto, aislado, en la dificultad de llegar hasta él, lo que hace que su conquista sea todavía más placentera.

martes 26 de octubre [Jericoacoara, Tatajuba]

Hoy nos reencontramos con nuestro viejo amigo el buggy. Vamos a hacer una excursión desde Jeri hasta la aldea de Tatajuba, a 30 kilómetros de distancia. El buggy sale de Jeri y, siguiendo la costa, avanza hacia Tatajuba. Sopla el viento con muchísima fuerza y, sentados en la parte de atrás del buggy, nos agarramos a él con fuerza a la vez que cerramos los ojos – a pesar de las gafas de sol, entra arena en los ojos –. En un momento determinado, el vehículo abandona la playa para adentrarse por las dunas, obsequiándonos con un paisaje lunar impresionante. Antes, hemos pasado por una zona donde había un manglar y ahora sólo desierto. La arena avanzó impecable sobre la vegetación, y todo lo que queda ahora son restos de troncos.

Como ya hiciéramos en Genipabú, tenemos que cruzar un río en una balsa antes de proseguir nuestro camino. Ya estamos casi en Tatajuba, pero antes nuestro bugueiro para el coche para enseñarnos unas formaciones salinas petrificadas maravillosas. Aunque parece que van a deshacerse al toque de nuestros dedos, son de una gran solidez y aguantan impertérritas el fuerte viento de la región.

Tatajuba era una aldea que fue construida cerca de las dunas. El avance implacable de la arena acabó por enterrar la aldea entera, los únicos restos que quedan en pie son algunos ladrillos sueltos que permiten adivinar el trazado de las casas. La nueva Tatajuba fue construida en una nueva ubicación, protegida de los efectos de la arena. En la vieja Tatajuba sólo queda una choza en la que una señora vende agua de coco para los turistas.

El punto más lejano de nuestra excursión de hoy es la laguna de la Torta donde nos acomodamos en las sillas de un chiringuito, con los pies dentro del agua de la laguna. Los dueños del chiringuito nos preguntan si queremos ver el menú: éste está formado por dos fuentes en las que hay tres peces recién pescados, media docena de langostas, y un puñado de gambas: menú tan original nunca vi en mi vida. Qué pena que el tamaño de las langostas sea alarmantemente pequeño. Los pescadores del estado de Ceará, antaño primer productor brasileño de langostas, consiguieron la dudosa hazaña de esquilmar toda la población de langostas con sus técnicas de pesca.

Vuelta a Jeri, un rato de descanso en la posada, y subida a la duna para ver una vez más la puesta de sol.

miércoles 27 de octubre [Jericoacoara, Jijoca]

La excursión de hoy, también en buggy, nos va a llevar a las lagunas de Jijoca. Camino de las mismas pasamos al lado de un árbol al que la fuerza violenta del viento ha impuesto un desarrollo horizontal y no vertical. Nuestro bugueiro de hoy ve a lo lejos un bulto en la orilla del mar, una tortuga, anuncia él. Y efectivamente, se trata de una tortuga muerta traída hasta la orilla por las olas, con una gran marca en una aleta, probablemente víctima del ataque de algún predador. Pasamos por el pueblecito de pescadores de Preá, donde el alcalde se ha construido una casa de tres pisos en la misma playa. Y luego se preguntarán por qué los turistas huyen de ese lugar y prefieren Jeri.

Para llegar a las lagunas repetimos una rutina ya bien conocida, y no por ello menos extasiante, de subida y bajada de dunas, paradas para contemplar la inmensidad del desierto, y más subida y bajada de dunas. Llegamos primero a la Laguna Azul. Para llegar a un pequeño chiringuito que hay en el medio de la Laguna hay que dejar el buggy en la orilla y subirse a un barquito. Las aguas de la laguna son de un color mágico, un verde y un azul que recuerdan al Caribe.

Las aguas de la Laguna del Paraíso no son menos espectaculares, y a su contemplación dedicamos gran parte del día, con unas tumbonas de madera y una cervecita bien fría como acompañantes.

La vuelta a Jeri transcurre entre inmensas extensiones plantadas con anacardos y más y más dunas. Asistimos al final de la tarde a la que será nuestra última puesta de sol del viaje.

jueves 28 de octubre [Jericoacoara]

A muchos viajeros les pasa, y me ocurrió a mí también. Un virus intestinal me deja fuera de combate todo el día, con bastante fiebre y vómitos. Como hemos sido acribillados por los mosquitos desde que estamos en Jeri, a pesar de la mosquitera, mi mujer se acerca rápidamente al ambulatorio de Jeri para descartar la posibilidad de que esté con el dengue. Allí le informan que el dengue tarda de 8 a 10 días en manifestarse, y que uno de sus síntomas son manchas rojas en la piel. Nos quedamos un poco más tranquilos.

viernes 29 de octubre [Fortaleza]

Un poco mejor, aunque no totalmente recuperado, hoy es día de viajar desde Jeri de vuelta a Fortaleza. La sensación que tenemos cuando nos subimos al Land Rover con el que vamos a atravesar las dunas es que no estamos dando un adiós a la magia de Jeri, sino simplemente un hasta pronto. El viaje transcurre cansino pero sin incidentes. Llegamos a Fortaleza ya de noche.

sábado 30 de octubre [Fortaleza, Beach Park]

Hoy vamos a pasarlo bomba en el Beach Park, un parque acuático a 30 kilómetros de Fortaleza que dicen que es el mayor de Latinoamérica. El parque está localizado en la misma playa, y la vista desde los puntos más altos del mismo es espectacular.

Aprovechamos que hemos llegado pronto al parque para hacer nuestro primer descenso, calificado como “radical” en los mapas del parque, pero que a mí me parece más bien tranquilito. Cuando salimos de la boya en la cual hemos bajado una cuesta gigante el corazón de mi chica está disparado. Voy a tener que cuidar de ella.

El resto de descensos radicales del día corren de mi cuenta. Unos cuantos toboganes medio locos, algunos completamente cerrados y oscuros, mientras ella espera al borde la piscina. Entre una atracción radical y otra nos damos una remojada en las atracciones más light. Me acordé de mi hermana al ver la atracción estrella del parque, un tobogán casi vertical, que responde por el nombre de Insano, y que tiene una altura equivalente a una casa de 17 pisos. No me atrevo a bajar por él, me da miedo de que el corazón se me salga por la boca, pero estoy seguro de que mi hermana se habría apuntado a la marcha.

Ha sido un día divertido y diferente. Por la noche, vamos a cenar langosta. No sabemos si es debido a la calidad de lo que nos sirven o a las altas expectativas creadas, pero el caso es que nos decepciona. Donde esté un buen plato de gambas que se quiten las langostas.

domingo 31 de octubre [Fortaleza, Morro Branco]

La excursión de hoy es a Morro Branco, una playa a una hora y media de carretera al sur de Fortaleza. Pero antes hay que hacer una pequeña parada en un colegio electoral en Fortaleza. Como hoy es la segunda vuelta de las elecciones en São Paulo, mi esposa está obligada a pasar por un colegio electoral para justificar su ausencia. Este Brasil que obliga a todos sus ciudadanos a votar, no contempla la posibilidad de emitir un voto por correo. Otro absurdo más.

Después de votar, embarcamos en el microbús que nos va a llevar hasta la playa. Morro Branco es famosa por sus acantilados de arenas coloridas, que son usadas para elaborar una de las piezas de artesanía más famosas del Nordeste, las botellas de arena. Dentro de una botella minúscula, el artesano va combinando arenas de diferentes colores para crear diferentes paisajes, con una pasmosa y fascinante habilidad. Ver trabajar a un artesano creando una botellita de arena es un espectáculo imperdible. Lamentablemente, la programación de las agencias de turismo se rige más por criterios monetarios que genuinamente turísticos. La agencia que nos ha llevado a Morro Branco, al igual que el resto de agencias que hace la excursión, está más interesada en dejarnos tres horas en un carísimo hotel y restaurante que en dejarnos disfrutar con calma y tranquilidad el motivo principal de la excursión, que es Morro Branco. Creo que no pasamos más de 45 minutos en Morro Branco, en los cuales tenemos que dividir nuestro tiempo entre ver el trabajo de los artesanos y recorrer a pie el laberinto de acantilados que da fama al lugar.

Después de acabado el laberinto, nos montamos en el buggy para recorrer otras cuatro playas y las consabidas dunas. A la hora de comer ya estamos en el hotel donde la empresa nos deja tirados hasta el final del día. Estamos muy mosqueados porque ésta es una forma de turismo que está en las antípodas de lo que nos gusta hacer. Pero desgraciadamente la única forma de venir a Morro Branco en el día es con una excursión organizada. Juramos que nunca más repetiremos la jugada.

lunes 1 de noviembre [Fortaleza]

Casi se acaban las vacaciones. Con los billetes de avión que compramos estaba incluido un City Tour por Fortaleza y una excursión a las dunas de Cumbuco por la tarde. Como nuestra tolerancia para con los buggys y las dunas ya había llegado a su límite, decidimos hacer únicamente la parte del City Tour y merodear por la ciudad. La agencia, otra diferente, se ventila la gira por la ciudad en una meteórica hora en la que ni salimos del microbús. Lamentable. Abandonamos el grupo en una parada y nos acercamos al maravilloso teatro José de Alencar. Maravilloso en las fotos, porque a pesar de ser una de las principales atracciones turísticas de Fortaleza, el teatro sólo abre para visitas los jueves. De nada sirve insistir, no nos dejan ni entrar en el patio para ver la fachada interior modernista, hecha con hierro traído de Escocia. Hermosa manera de promover un turismo más sofisticado.

Después del teatro volvemos al Mercado Central, donde hacemos las compras de todos los regalos para la familia. Y de ahí, de vuelta al hotel para una zambullida rápida en la piscina. No hace falta que os cuente qué había en los platos de nuestra última cena de las vacaciones: gambas.

martes 2 de noviembre [Fortaleza-São Paulo]

No hay tiempo para más. Desayunar, hacer las maletas, y el traslado al aeropuerto. Nada más despegar el avión hace un giro maravilloso sobre la ciudad, y aprovecho para agotar el último cartucho de memoria de la cámara digital.

Con la mayoría del país sin nubes, me maravillo viendo las diferentes formaciones geológicas de Brasil, sus diferentes ecosistemas, los diferentes sistemas de explotación de la tierra. Aterrizamos en un São Paulo gris y con amenaza de lluvia, y cogemos el taxi para casa.

Han sido unas vacaciones intensas y muy disfrutadas. Con un aspecto importante de frustración al comprobar el estado del sector turístico en los dos estados brasileños en los que se supone que éste está en una fase de evolución más avanzada. No sorprende que Brasil reciba menos turistas al año que Dubai. Es toda una heroicidad conseguir el mapa del lugar en el que te encuentras. Folletos turísticos son un lujo, la única información turística disponible en todos los lugares son folletos de restaurantes y empresas de turismo. El nivel de formación de los guías turísticos es alarmantemente bajo. El nivel de calidad de las empresas se encuentra a la misma altura. El turista alternativo se lanza al descubrimiento de Brasil como quien va a luchar contra los elementos.

A pesar de todo ello, los estados de Rio Grande do Norte y de Ceará son de una belleza sin igual. El litoral de esta parte de Brasil es uno de los más salvajes y diferentes del país. Nada de la exhuberancia tropical del litoral paulista, ni de las playas con cantidades ingentes de palmeras de otras partes del país. Es un litoral salvaje, formado por acantilados y dunas, en el que el verde surge como un oasis en el medio del desierto. Volveremos, sin duda alguna.