la tierra de los mayas

viaje a Guatemala - Honduras

22 DE ABRIL A 5 DE MAYO 2001


álbum de fotos del viaje 

web log free
 

RECORRIDO

(haced clic en el mapa para ampliarlo)

con enlaces a las imágenes
de satélite de GoogleMaps

LUGARES
IMPRESCINDIBLES

  • Antigua
  • Tikal
  • Lago Atitlán
  • Chichicastenango
  • Copán

LUGARES MUY RECOMENDABLES

  • Nebaj
  • Quiriguá
  • Lívingston
  • Río Dulce

MOMENTOS ESPECIALES

- ver amanecer desde lo alto de una pirámide en Tikal

- navegar por la espectacular garganta del Río Dulce

- entrar en el museo en Copán y encontrarse con el majestuoso templo Rosalila

- observar durante varios minutos dos quetzales en el biotopo del Quetzal

- recorrer los mercados de Chichicastenango y Antigua

COMPRAS

  • Artesanía: en Antigua y Chichicastenango.
  • Textiles: Nebaj, Chichicastenango, y las poblaciones en torno al Lago Atitlán.


ENLACES DE INTERÉS

Oficina de Turismo de Guatemala

Guatemala (en la Wikipedia)

La Guía de Guatemala

Lívingston

Antigua


INFORMACIÓN SOBRE
SALUD Y VACUNAS

ALGUNAS IMÁGENES

(más en el álbum de fotos)

Día 1. Llegada 

Tras un interminable y agotador viaje de 26 horas (Edimburgo-Londres-Madrid-Miami-Guatemala) llegamos a la capital guatemalteca unos minutos antes de la medianoche. El trámite de inmigración, al contrario que en otros países, no dura más que el tiempo necesario para poner un sello al pasaporte. Recogido el equipaje, nos subimos al autobús que nos lleva a nuestro hotel en la capital. Estamos en la Zona 10, residencial, altos muros, alambradas, pocas ventanas, puertas cerradas. A la cama que al día siguiente hay que madrugar.

Día 2. Ciudad de Guatemala, Santa Catarina

A primera hora de la mañana tenemos reunión informativa con la guía del grupo que nos ofrece detalles sobre el itinerario y consejos para nuestra estancia en Guatemala. Se nos advierte ya desde el principio que la seguridad es un problema serio en el país, especialmente en la capital y en algunas de las zonas remotas que vamos a visitar.

Salimos a hacer un brevísimo recorrido por la capital. Nuestra primera parada es el Museo Ixchel, dedicado a los tejidos mayas, un aperitivo de lo que vamos a ver en los próximos días. A continuación, y por calles de tráfico caótico, anuncios que se superponen en un esfuerzo inútil por llamar la atención y autobuses que expulsan humos intoxicantes, llegamos al Parque Central, que al contrario de lo que indica su nombre es una plaza con cuatro árboles en la que se encuentra el Palacio Nacional y que constituye el centro neurálgico de la capital. En ella se congregaron miles de personas el 28 de diciembre de 1996 para celebrar alborozados la firma de los Acuerdos de Paz entre gobierno y guerrilla que pusieron fin a la más salvaje de las guerras civiles padecidas por el continente americano.

La capital es un microcosmos de la sociedad guatemalteca. Pobreza y riqueza extremas van de la mano. En las zonas residenciales se esconde ese cinco por ciento de la población que controla el 70 por ciento de las tierras mientras que en los barrios de la periferia la vasta mayoría de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. La ciudad ha crecido exageradamente en los últimos decenios, con miles de personas llegando del campo en busca de empleo y huyendo de la política de tierra quemada llevada a cabo por las dictaduras militares. Por el Parque Central desfilan lujosos automóviles americanos mientras que indios descalzos ofrecen sus mercancías a los turistas.

Dos semanas después observaría desde el aire la caprichosa geografía capitalina, resultado de sucesivos terremotos que han dejado el terreno de la capital lleno de profundos valles en lo alto de cuyos precipicios se cuelgan desesperadas las barriadas más pobres intentado no pensar en el próximo terremoto.

Visitamos el Palacio Nacional, que durante décadas fue la sede del ejecutivo pero que ahora está siendo convertido en un museo de la historia de Guatemala. En el interior del palacio se encuentra dos patios con clara influencia mora. La habitación más interesante es la Sala de Recepción. Flanqueada por vidrieras en las que se representan aspectos de la historia de Guatemala, en ella tienen lugar las recepciones oficiales y fue testigo de la firma de los Acuerdos de Paz.

En la misma plaza se encuentra la Catedral, una mezcla de barroco y neoclásico sin demasiado interés. En su interior, indios y ladinos (nombre utilizado para referirse a los no indios) rezan devotamente.

Y sin derramar demasiadas lágrimas, abandonamos la capital y emprendemos la marcha hacia el Lago Atitlán por la Panamericana, la carretera que atraviesa el continente americano de Norte a Sur. A pesar de su grandilocuente nombre, en algunos tramos la carretera no se equipararía ni a una comarcal española. Lo que no es óbice para que los conductores de los omnipresentes autobuses interurbanos -las camionetas o chicken buses como son conocidas por los extranjeros [FOTO] [FOTO] - hagan continuas demostraciones de audacia y habilidad o espíritu suicida según se quiera interpretar. Los autobuses, antiguos vehículos de transporte escolar norteamericanos reconvertidos y pintados con colores chillones y rimbombantes nombres, y adornados con diseños mayas, citas bíblicas y nombres de mujeres, dan un toque de color a toda la geografía guatemalteca. Conduciendo a velocidades vertiginosas, los conductores se ven ayudados en su tarea por osados copilotos que, colgados de la puerta abierta del autobús, alertan con un silbido de su llegada a potenciales víctimas de un adelantamiento. Las camionetas sólo se paran para recoger y dejar pasajeros. El tiempo mínimo imprescindible. Se ponen en marcha cuando el ayudante todavía está en el techo del vehículo ayudando a distribuir la carga de los nuevos pasajeros. No se detienen para nada más. No pasa un día en Guatemala en el que no me haga la firme promesa de poner a prueba mis riñones y corazón haciendo un largo viaje en camioneta si alguna vez vuelvo a visitar el país.

En la comodidad de nuestro pequeño microbús de 20 plazas llegamos a las ruinas de Iximché [FOTO], ciudad maya fundada en el siglo XV y que se convirtió en la capital de los indios Kaqchikel. Cuando los españoles llegaron a la zona en 1524 los Kaqchikel formaron una alianza con ellos contra sus enemigos los K’ichee’ y los Tz’utujil hasta que las demandas de oro de los conquistadores pusieron fin a la alianza. En las ruinas quedan cuatro plazas ceremoniales rodeadas por templos cubiertos de hierba y varios campos de pelota. En febrero de 1980 el Comité de Unidad Campesina, organización predominantemente maya, se reunió en las ruinas para emitir la Declaración de Iximché en la que identificaba la matanza de campesinos ocurrida en la embajada española como el último episodio en cuatro siglos de genocidio de los mayas por parte del Estado.

La carretera sigue serpenteante hacia el Lago Atitlán [FOTO] [FOTO] [FOTO], del que Aldous Huxley dijo en 1934 que:

 Lake Como, it seems to me, touches the limit of the permissibly picturesque; but Atitlán is Como with the additional embellishments of several immense volcanoes’. 

El lago es el primer destino turístico de Guatemala. Mide 18 kilómetros de largo y 12 de ancho, alcanza 320 metros de profundidad y está vigilado por tres inmensos volcanes: el Tolimán (3.134 m), el Atitlán (3.535 m) y el San Pedro (3.020 m). En realidad el lago no es más que un gigantesco cráter rodeado por montañas y volcanes y sin salida natural por la superficie. Desgraciadamente, la persistente niebla que cubre las cumbres de los volcanes nos impedirá disfrutar de las mágicas cualidades descritas por Huxley. Pero si el Lago Atitlán atrae por su inigualable belleza, lo que a mi juicio lo convierte en un lugar extraordinario es la robustez de la cultura maya todavía visible en los pueblecitos ribereños. A pesar de que las orillas de lago se han convertido en unos de los destinos favoritos de la clase alta de la capital, la mayoría de los pueblos mantienen un carácter profundamente tradicional, siendo uno de los pocos lugares del país donde, por ejemplo, los hombres se visten con el traje tradicional.

Nuestra base para la exploración de la zona va a ser Santa Catarina Palopó, un pueblecito de antiguos pescadores a los que la pérdida de la riqueza ecológica del lago que siguió a la introducción de la feroz lubina forzó a trabajar en el campo y dedicarse al trabajo migratorio [FOTO]. Los huipiles (blusa, parte del vestido tradicional) de las mujeres de Santa Catarina, que se distinguen del resto de pueblos mayas por los colores púrpuras y azul turquesa, secuestran nuestras miradas [FOTO].

Cena en el hotel. Aterriza en mi plato carne tierna y sabrosa.

Día 3. Santa Catarina Palopó

Para combatir el jet-lag tenemos el privilegio de levantarnos únicamente a las 8.30 de la mañana. El día lo tenemos libre para pasear por Santa Catarina y alrededores. Los más caminadores subimos a la montaña que cobija el pueblecito, es un ascenso vertical durante dos horas guiados por una joven del lugar. Ella, vistiendo alpargatas y el traje regional de rigor. Nosotros, equipados con botas de montaña, artilugios varios, litros de agua… Desde lo alto de la montaña se divisa una hermosa panóramica del lago, aunque los volcanes se niegan a emerger de entre la persistente niebla.

Por la tarde toca escribir unas cuantas postales al borde de la piscina del hotel. Cenamos en Panajachel, también conocido como Gringotenango tanto por locales como foráneos –el sufijo ‘tenango’ significa en maya ‘lugar de’-. Panajachel fue un importante centro hippy en los setenta hasta que los rigores de la guerra civil retrajeron a los visitantes. Hoy es una mezcolanza horrible de tiendas y bares para extranjeros. Como resultado de lo consumido durante la cena, siete integrantes del grupo vamos a experimentar durante varios días la inevitable diarrea del viajero.

Día 4. Santa Catarina Palopó, Lago Atitlán

A primera hora de la mañana subimos al barquito que nos va a llevar a visitar varias villas ribereñas del lago Atitlán. La costa norte está habitada por los indios Kaqchikel, la costa sur por los Tz’utujil. Los primeros conforman el tercer grupo indio más grande de Guatemala, con algo más de un millón de habitantes. Los segundos son un grupo más pequeño de un poco más de 150.000 habitantes.

Nuestra primera parada es San Antonio Palopó, un pueblecito tradicional atrapado entre la montaña y el mar. La mayoría de sus habitantes, incluyendo los hombres, viste el traje tradicional. Conforme nos acercamos a la orilla vemos a las mujeres limpiando cebollas a las orillas del lago [FOTO]. Además de la agricultura, la cerámica es la otra actividad tradicional de los indios de San Antonio.

Desde San Antonio, una hora y media de navegación nos lleva a la otra punta del lago, a Santiago de Atitlán [FOTO], protegida por los tres grandes volcanes. Es la población más importante de todo el lago, y la capital de los Tz’utujil. La calle principal de la ciudad está repleta de tiendas que ofrecen sus mercancías a los turistas. La vieja iglesia colonial contiene interesantes detalles mayas en su interior. La nave está flanqueada por estatuas de madera de diferentes santos vestidos con trajes tejidos por las mujeres del pueblo. En el púlpito, labrado en madera, aparece el maíz –de donde nacieron los hombres, según la religión maya-, un quetzal leyendo un libro, y Yum-Kax, el dios maya del maíz. Una placa conmemora a Stanley Francis Rother, un misionero americano asesinado en la misma iglesia en 1981 por los escuadrones de la muerte.

Las celebraciones de Semana Santa, ahora concluidas, son especialmente interesantes en Santiago, donde se rinde culto a Maximón, una deidad local mezcla de dioses mayas, Pedro de Alvarado (conquistador de Guatemala) y Judas. Maximón reside en una casa diferente cada año, y cuando nos acercamos a visitarlo la efigie de madera tiene su característico cigarrillo encendido en la boca, y está rodeado por ofrendas que incluyen generosas cantidades de alcohol.

Como en el resto de las tierras altas guatemaltecas, la presencia en Santiago de las iglesias evangélicas se hace evidente desde el primer momento. Incluso en las poblaciones más pequeñas, las coloridas paredes de sus templos destacan de entre todos los edificios. No es extraño que un pueblecito minúsculo tenga cuatro o cinco templos evangélicos. 

El último puerto en nuestro recorrido por el lago es San Pedro La Laguna, un pueblecito que ha desplazado recientemente a Panajachel como destino favorito de los extranjeros bohemios. La principal actividad económica de la población es el cultivo del café y por sus calles se respira el aroma de los granos tendidos al sol. 

Día 5. Chichicastenango, Nebaj

A las 8 abandonamos el lago Atitlán rumbo al Altiplano. Es el primer día que llevamos escolta policial armada, que nos nos abandonará ya durante la mayor parte del resto de las vacaciones. La seguridad es un asunto candente en Guatemala, y los asaltos a autobuses de turistas ocurrencias diarias. Al gobierno guatemalteco le interesa cuidar a sus visitantes extranjeros. La escolta ralentizará nuestro viaje porque en los sucesivos relevos que se producen al entrar y salir de diferentes jurisdicciones se producen continuos retrasos en las llegadas de las nuevas escoltas.

Nuestra primera parada es Chichicastenango, pueblo a 2.030 metros de altura que a pesar de su aislamiento geográfico ha sido siempre un importantísimo centro comercial. El mercado de Chichi, que tiene lugar los jueves y domingos, es famoso en toda Centroamérica y tenemos la suerte de presenciarlo en vivo. Conforme nos acercamos a la ciudad se incrementa el caos de vehículos variopintos y personas a pies que se encaminan hacia el centro. 

Los accesos a la plaza son mágicos. Pequeños callejones tomados por los puestos de vendedores de telas cuyas mercancías cubren la calzada de un lado a otro y obligan al visitante a agachar la cabeza y pasar por sucesivos cortinajes como si de un escenario teatral se tratara.[FOTO] Hoy va a llover, y los puestos de la plaza están cubiertos por plásticos grises que nos roban parte de la fiesta que supone ver la plaza central del pueblo cubierta de colores. Pero el colorido está presente de todas maneras, entre las mujeres que venden flores en la escalinata de la iglesia [FOTO], las colecciones multicolores de tejidos, las famosas máscaras mayas [FOTO], la fruta, los niños [FOTO], los gritos de los vendedores. En las dos horas de que disponemos en Chichi doy cinco o seis vueltas al mercado descubriendo en cada una de ellas un nuevo rincón, un nuevo color, una nueva imagen.

Además de su mercado, Chichicastenango es famoso por la pervivencia de creencias y ritos precristianos entre sus habitantes. Chichi tiene dos gobiernos: la iglesia católica y el gobierno de Guatemala nombran sacerdotes y funcionarios, pero la gente del lugar elige sus propios representantes civiles y religiosos. El gobierno indio de Chichi tiene su propio ayuntamiento, alcalde y teniente de alcalde, y un juzgado que se pronuncia sobre casos concernientes a indios. En el interior de la principal iglesia se hace patente está mezcla de ritos. Las largas letanías en maya de los indios ante altares paganos se confunden con lo que no deja de ser una iglesia católica tradicional presidida por la Virgen María.

Llegamos pronto a Chichi, y nos marchamos pronto.  Nos queda un buen paseo por delante, y los días de carreteras asfaltadas pronto van a quedar atrás. Para llegar a Nebaj, en el corazón del altiplano, tenemos que cruzar la cordillera de los Cuchumatanes, siguiendo pistas de piedra que describen curvas imposibles y que nos permiten disfrutar de vistas tan intoxicantes como vertiginosas. Una ruta no apta para cardiacos, quienes sin duda alguna verían detenerse su corazón de tener que contemplar la velocidad suicida con la que los autobuses ascienden y descienden las cordilleras, burlándose de los precipicios y desgraciadamente del resto del tráfico también. Llegamos a Nebaj cuando aún quedan unas horas de sol.

Día 6. Nebaj

Nebaj es la capital del triángulo de Ixil, una zona remota y enormemente tradicional en la que están concentrados todos los indios Ixil de Guatemala (aproximadamente 130.000). Su lengua, también el Ixil, sólo se habla en estas montañas guatemaltecas. Es una zona montañosa cubierta de vegetación en la que los colores brillantes de los indios podrían ocultar al viajero despistado la historia más reciente de la región. De todo el Altiplano, el triángulo de Ixil fue el que sufrió más durante la guerra civil, convirtiéndose en un cruento campo de batalla: bastión de la guerrilla del Ejército Guerrillero de los Pobres, la mayoría de los pueblecitos simplemente desaparecieron, arrasados por el ejército que obligó a desplazarse a los supervivientes; entre 15.000 y 20.000 indios fueron asesinados y decenas de miles tuvieron que huir. La letanía de violaciones de los derechos humanos perpetradas en esta región es interminable.

En Nebaj uno se siente en un país diferente. La mirada ausente cuando no indiferente de los indios y la ausencia de turistas confiere al lugar un carácter remoto. Nuestro hotel, o más bien casa con habitaciones, se encuentra en una esquina del pueblo. Para llegar a la plaza del pueblo tenemos que cruzar el mercado local, una larga calle con puestos en los que los indios venden los productos del campo.

Por la mañana subimos a las montañas que rodean el pueblo y visitamos varios pueblecitos y una quesería. Por la tarde, un grupo de señoras del pueblo vienen a hacernos una preciosa demostración de cómo elaboran sus maravillosos tejidos. [FOTO] [FOTO] Por la noche, la iglesia evangelista al lado del hotel nos mantiene despiertos con sus desaforados rezos hasta altas horas de la madrugada.

Día 7. De Nebaj a Biotopo del Quetzal

Abandonamos el Altiplano. Hoy es el día más largo en la carretera, no tanto por la distancia recorrida, menos de doscientos kilómetros, sino por el tiempo –ocho horas- que lleva cubrir esa distancia por carreteras infernales. El viaje se lleva bien, la espectacularidad del paisaje compensa con creces las incomodidades de la carretera. En ruta paramos por varios pueblecitos, incluyendo Uspantán, de donde viene Rigoberta Menchú. Son pueblecitos remotos por donde no pasan muchos turistas y en los que la vida transcurre a un ritmo completamente diferente al que estamos acostumbrados.

Llegamos a nuestro alojamiento cerca del Biotopo del Quetzal cuando ya empieza a oscurecer. Cena y a dormir, que mañana toca madrugar, y mucho.

Día 8. Biotopo del Quetzal y camino a Honduras

Esto lo saben todos los aficionados a la observación de aves: si se quiere ver algo interesante hay que madrugar. Y lo que tenemos hoy en el menú supera con creces la definición de interesante: el resplandesciente quetzal, símbolo de Guatemala y bellísima ave en peligro de extinción. Quedan ya pocos ejemplares de un pájaro al que los mayas otorgaron rango de divinidad, y las posibilidades de ver uno son remotas. De hecho, en nuestra guía leemos que las posibilidades de ver un quetzal, incluso en la época más favorable del año, son infinitesimales; en once viajes al Biotopo, nuestra guía no ha visto nunca un quetzal; y nuestro conductor, guatemalteco él, nunca jamás vio un ejemplar del ave nacional en toda su vida. A las 6 menos diez de la mañana hacemos una parada en un café antes de entrar en el biotopo, y justo cuando la guía le comenta al conductor que no sabe por qué nos molestamos tanto para madrugar y no ver nada, justo entonces, un maravilloso quetzal atraviesa el cielo describiendo las curvas características de su vuelo y se posa en la rama de un árbol a diez metros por encima de nuestras cabezas. Se pueden escuchar los corazones de todos los allí presentes palpitando a marchas forzadas. Nuestro visitante se queda en su rama durante diez minutos antes de partir hacia dentro del bosque, y al poco tiempo un acompañante le sustituye y volvemos a tener el placer de contemplar a tan bellísima ave con su plumaje de un verde resplandeciente. 

Ufanos partimos después de media hora hacia el Biotopo del Quetzal propiamente dicho, una reserva natural donde se supone que se puede divisar tan elusiva ave. Pero ahora ya no importa, hemos sido afortunados, hemos visto dos quetzales y que ahora veamos o no algún otro ha dejado de tener importancia. Así es, recorremos la reserva disfrutando de la tupida selva, plantas y pajaritos que nos acompañan en el paseo, sin que los quetzales vuelvan a hacer acto de presencia. Ya habíamos cumplido nuestra misión con creces.

Nos queda otro día largo de autobús hacia Honduras. Abandonamos el Altiplano, la tierra de los mayas vivos, para bajar hacia las tierras bajas, más secas, con diferente vegetación, pobladores, edificaciones. A las cuatro nos detenemos ante un casetón medio derruido ocupado por cinco o seis hombres con sombreros tejanos, camisas desarregladas y cara de pocos amigos. Hemos llegado a la frontera con Honduras. [FOTO]

Dos días después Byron, nuestro conductor, me explicará que el trámite fronterizo lleva habitualmente dos minutos, pero que hoy hemos tenido la mala suerte de toparnos con un funcionario especialmente irritante que extiende esos dos minutos hasta convertirlos en 40. En fin, tras una espera nada memorable uno de los guardias fronterizos desata la cuerda que impide la entrada de nuestro autobús en Honduras y recorremos los quince kilómetros de carretera no asfaltada que nos separan de Copán Ruinas.

Copán Ruinas es un pueblecito surgido en torno a las ruinas mayas de Copán, que visitaremos al día siguiente. En él se percibe un bienestar económico superior al visto en Guatemala y sin duda alguna mayor que el del resto de Honduras. 

Día 9. Copán

Recorremos a primera hora de la mañana y a pie la distancia entre el pueblo y el yacimiento arqueológico, acompañados de nuestro acompañante del día, un guía chapado a la antigua que está más interesado en lo anecdótico, intranscendental y chabacano que en intentar ayudarnos a comprender lo que Copán nos cuenta sobre la civilización maya.

Copán fue una de las mayores ciudades mayas, llegando a estar habitada por 28.000 personas. Su época de mayor esplendor coincidió con los reinados de Humo Jaguar y 18 Conejo entre 628 y 738. Destaca de entre el resto de yacimientos mayas por la cantidad de esculturas, incluyendo estelas y altares, que se conserva en el yacimiento.

Entramos a Copán por su Gran Plaza, un enorme claro en la vegetación de tres hectáreas de terreno nivelado y originalmente recubierto con estuco, que junto con la Acrópolis, una enorme masa elevada a más de 30 metros sobre el nivel de la Gran Plaza, formaba el Grupo Principal de la ciudad.

La Gran Plaza está salpicada de estelas que representan a gobernantes de la ciudad. [FOTO] Son intrincados relieves que dan fe de la habilidad de los artistas mayas. En un extremo de la Plaza se encuentra la Escalinata de los Jeroglíficos, una estructura de 30 metros de altura compuesta por más de 12.500 bloques jeroglíficos, el mayor texto maya que se conserva [FOTO].

Nuestro recorrido del yacimiento de Copán finaliza en la Acrópolis, desde la cual se divisa una panorámica espectacular de la Gran Plaza. [FOTO] Como en el resto del yacimiento, las esculturas y los relieves nos deleitan a nuestro paso.

En un extremo del yacimiento se encuentra el Museo de Escultura, inaugurado en 1996, al que se han transferido buena parte de las esculturas y altares de Copán para prevenir que sean víctimas de los saqueadores. En su lugar, en el yacimiento se encuentran réplicas. La joya del museo es una reproducción a escala natural del espectacular templo de Rosalila, descubierto en 1989 dentro de una de las pirámides de Copán [FOTO]. La visita al maravilloso museo cierra nuestro recorrido por Copán.

Tenemos la tarde libre, y opto por una de las excursiones opcionales, una visita a unos baños termales a 30 kilómetros de Copán Ruinas, distancia que cubrimos por una pista forestal montados en la parte de atrás de una furgoneta, una auténtica prueba de fuego para nuestros maltrechos huesos que después de 45 minutos de saltos constantes piden una tregua indefinida. El camino es fascinante, atravesamos plantaciones de café y contemplamos árboles de colores maravillosos.

En los baños termales hay dos piscinas al aire libre, una de agua muy caliente, y otra de agua hirviendo. Afortunadamente, la piscina de agua hirviendo no está funcionando y nos tenemos que conformar con un relajante baño de una hora en el agua muy caliente.

Volvemos a pasar la noche en Honduras, donde aprovechamos para degustar excelente carne de ternera.

Día 10. Por Quiriguá hacia el Caribe

Abandonamos Honduras tras un paso mucho más breve por el control fronterizo. La distancia en línea recta entre Copán y nuestra siguiente parada, las ruinas de Quiriguá, es de 50 kilómetros, pero los caprichos del terreno hacen que haya falta dar una vuelta de 175 kilómetros para llegar allí.

Quiriguá no tiene la grandiosidad de Tikal pero no por ello deja de ser un parque arqueológico fascinante: un gigantesco claro en la espesa selva en la que varias estelas gigantescas hacen de centinelas [FOTO]. La humedad y la temperatura dentro del yacimiento recuerdan a una sauna. Afortunadamente estamos a finales de la estación seca y los mosquitos no nos hacen la vida imposible.

Las nueve estelas de Quiriguá son las mayores del mundo maya: la estela E es la más alta (11 metros) y pesada (65 toneladas) jamás construida por la civilización maya [FOTO]. En ellas aparecen representados los soberanos mayas con algunas características exclusivas de este yacimiento: los adornos de la cabeza, y las barbas, que se pusieron de moda en Quiriguá 30 años antes que en Copán. Otra característica de Quiriguá son su extraños zoomorfos, seis bloques de piedra labrados con figuras de animales y personajes humanos entrelazados.

Lamentablemente, tras dos horas tenemos que abandonar un lugar tan mágico porque un barco nos espera en el Caribe. Atravesamos interminables plantaciones de plátanos antigua propiedad de la United Fruit Company –hoy Del Monte–en ruta hacia Puerto Barrios.

La historia contemporánea de Guatemala está vinculada a la de la United Fruit Company, conocida en el país como el ‘pulpo’, por su control y sus ramificaciones en todos los aspectos de la vida política del país. Entre 1900 y 1930 los beneficios de la empresa se incrementaron 14 veces. Controlaba no sólo todas las exportaciones de plátanos sino que poseía la única vía férrea de Guatemala (hoy cerrada, al no resultar económica para el empresa) y el único puerto en el Caribe, Puerto Barrios. La UFC estaba exenta del pago de la mayoría de los impuestos y cuando el gobierno socialista de Arbenz propuso en 1954 confiscar las tierras que no cultivaba la compañía, ésta organizó un golpe de estado con la ayuda del gobierno estadounidense que puso fin al único decenio liberal en la historia de Guatemala.

En ruta hacia el Caribe, el paisaje ha cambiado por completo. De las montañas del Altiplano hemos pasado a las grandes plantaciones de plátanos y a los ranchos en los que pacen las vacas. La vegetación ha cambiado también, estamos rodeados de palmeras por todas partes.

Nuestro destino final de hoy, Lívingston, no está comunicado por carretera con el resto del país, por lo que tenemos que coger un barco en Puerto Barrios que en 45 minutos nos acerca al lugar más caribeño de Guatemala. Saliendo de Puerto Barrios contemplamos las gigantescas terminales de contenedores de plátanos, un espectáculo inusual e impresionante.

Lívingston es la única ciudad caribeña de Guatemala y en ella se mezclan de forma fascinante las influencias caribeñas con otros rasgos característicos de Guatemala. Lívingston está habitada por los indios garífuna (6.539 en el último censo), desciendentes de esclavos negros que naufragaron cerca de la costa hace varios siglos [FOTO]. El aislamiento geográfico ha facilitado que conserven su propia cultura y lengua, el garífuna, una mezcla exótica de senegalés, español y francés.

No lleva más de veinte minutos recorrer la calle principal de la población, y en ese rato uno se da ya cuenta de algunos rasgos definitorios de esta anomalía guatemalteca: actitud relajada, cocoteros, edificios de madera pintados de colores brillantes, señoras con sombreros de paja que recorren tranquilamente las calles balanceando ostensiblemente las caderas. Jamaica en mitad de Guatemala [FOTO].

Por la noche salimos de bares y acabamos en un local en el que una banda garífuna se ha reunido para tocar la música típica del lugar. El grupo está compuesto de tres tambores, un caparazón de tortuga y unas maracas, que producen ritmos sincopantes que se acompañan de cánticos cuasireligiosos.

Día 11. Lívingston y Río Dulce

Salimos de Lívingston en barco, esta vez cruzando la espectacular garganta del Río Dulce [FOTO]. El barco se adentra río arriba atravesando gigantescos muros de piedra e impenetrable vegetación en torno a los cuales revolotean miles de aves, sobre todo cormoranes y pelícanos.La parte más angosta de la garganta no está habitada, lo que contribuye todavía más a acentuar la sensación de exotismo. Cuando ya se abre el valle aparecen minúsculas aldeas habitadas por indios Q’eqchi que fueron desplazados durante la guerra civil desde otras partes del país. Viven en cabañas de madera sin acceso por carretera a ninguna parte y sin agua ni electricidad. Las agencias de cooperación internacional están trabajando especialmente en esta zona para mejorar las condiciones de vida de los indios.

Dos horas y media después de comenzar nuestro recorrido río arriba toca cambiar de transporte, y con gran tristeza salimos del barco y nos montamos en el autobús que nos va a conducir a la remota región del Petén, donde se encuentra una de las joyas de nuestro viaje, la ciudad maya de Tikal.

La carretera que conduce a Petén es bastante problemática y los asaltos a vehículos con turistas son frecuentes. Por ello tenemos que esperar un buen rato hasta que llega nuestra escolta policial para el primer tramo del viaje. La policía del lugar no dispone de vehículos y los agentes suben a nuestro microbús armados de ametralladoras y fusiles. Dios mío, Dios mío, que no pase nada porque aquí se organiza una merienda de negros.

Camino de Petén pasamos a 500 metros de la frontera con Belize. La vegetación vuelve a cambiar por completo, nos estamos adentrando en la selva tropical. El cambiante paisaje hace más ameno el viaje. Terminamos el día en Santa Elena, un pueblecito a 60 kilómetros de Tikal donde vamos a pasar la noche.

Día 12. Tikal

Hoy nos pegamos otra gran madrugada, para llegar prontito a Tikal, pero no nos importa lo más mínimo. Tras cubrir los sesenta kilómetros que nos separan de él, a las 8 y cuarto cruzamos la entrada del Parque Nacional y a las ocho y media dejamos nuestro equipaje en las cabañas del hotel, a la entrada misma del yacimiento arqueólogico. Nuestra habitación es un auténtico zoológico, plagada de bichos de todos los tamaños y colores, correteando por el suelo, descolgándose de las paredes. Una arañita con motitas rojas en la espalda sufre un final cruento, y es que no estamos para bromas.

Y entramos a las más majestuosa de todas las ciudades mayas, Tikal, que en su momento de mayor esplendor llegó a estar habitada por 100.000 almas. Lo primero que sorprende de Tikal es su ubicación en el medio de la selva. No se accede a ella a través de amplias y largas avenidas sino por entre medio de los árboles y acompañados por una sinfonía de cánticos animales. Cuidado, casi piso esa tarántula que cruza el camino.

En un claro de la selva aparece la primera pirámide, una de las más de 3.000 estructuras que han identificado los arqueólogos en el gigantesco yacimiento. Seguimos avanzando por entre la maleza hasta llegar al techo de Tikal, el templo IV, con sus majestuosos 64 metros de altura. La estructura humana más alta del continente americano hasta el siglo XVIII. El ascenso hasta la parte alta del templo es extenuante pero la vista que se divisa desde arriba hace olvidar rápidamente el calor y el cansancio: delante nuestro, y hasta donde alcanza la vista, se extiende la selva; de ella sobresalen las partes más elevadas de los otros templos de Tikal, como si de barcos atravesando un océano de árboles se tratara [FOTO].

Tras bajar del templo IV atravesamos la zona del Mundo Perdido para llegar a la Gran Plaza [FOTO], el formidable centro ceremonial de Tikal vigilado por dos majestuosos templos y flanqueado por dos acrópolis. Por lo peligroso del ascenso, no se permite subir al Templo del Jaguar, por lo que la única opción que nos queda es ascender al Templo de las Máscaras. Los escalones son estrechos y empinadísimos; la subida es difícil [FOTO], la bajada una pesadilla [FOTO] –en los últimos años se han producido varias caídas con víctimas mortales– . La llegada a la parte superior del templo nos pone más cerca del cielo: la vista desde él es embriagadora. Justo enfrente, el templo del Jaguar, a los lados las múltiples estructuras de las acrópolis [FOTO], a nuestros pies, los árboles poblados por ruidosas aves y no menos ruidosos monos. Un descanso bien merecido en él hasta bajar y entrar en la acrópolis. Son las doce del mediodía y la temperatura en Tikal es de 39 grados; en la acrópolis norte, como resultado del calor que refracta la piedra, rozamos los 50 grados. Sufrimos un bajón físico bastante fuerte y decidimos que lo mejor es ponerse a la sombra un buen ratito y esperar la clemencia de los elementos. Abandonamos el yacimiento para comer y visitar el pequeño pero delicioso museo en el que se guardan algunas piezas de cerámica encontradas en Tikal.

Por la tarde volvemos a entrar a Tikal con destino a la pirámide del Mundo Perdido [FOTO]. Visitantes futuros del lugar, no os perdáis esto: puesta de sol desde lo alto de la Pirámide. La luz de la tarde baña de colores cálidos los árboles y las estructuras. Con la cercanía del ocaso más y más pájaros salen a comer y lucir estridentemente sus cantos y colores. Desde arriba de la pirámide gozamos de una vista privilegiada: los templos que emergen por encima de la selva, el sol que se va aproximando a la línea del horizonte. Tras la puesta del sol tenemos que salir rápidamente del yacimiento, tenemos una escolta armada esperándonos porque el lugar no es nada recomendable una vez que ha oscurecido.

Nuestra habitación es la más cercana a la entrada de Tikal. El lugar, en una ubicación remota del país, sólo dispone de electricidad hasta las 11 de la noche, por lo que tras una pronta cena nos retiramos a descansar. Los más veteranos nos anticipan que esta noche vamos a tener unos visitantes especiales: ‘da la impresión de que los tengas metidos en el cuarto de baño’, nos cuentan. Son los monos aulladores, cuyo pasatiempo favorito, parece ser, es arruinar el descanso de los visitantes. Para un servidor, que no ha escuchado un mono aullador en su vida, la experiencia no puede ser tan mala como la pintan; más bien todo lo contrario, cuando a eso de las 2 de la madrugada me desvelo y me doy cuenta de que los monos no han aparecido siento una profunda decepción. ¡Cuán rápido voy a cambiar de opinión! A las 2.30 comienza el espeluznante aullido de uno de los monos, situados justo encima de nuestra cabaña, que durará ininterrumpido hasta las 5.30. De que la familia de monos está justamente encima de nuestra cabaña tenemos constatación muy pronto: al concierto de aullidos le acompaña el festival de lanzamiento de objetos contundentes que impactan contra el techo de nuestra habitación haciéndonos saltar de la cama una y otra vez. Ramas, piñas y otros objetos variopintos son lanzados con fuerza contra nuestro techo convirtiendo la experiencia nocturna de los simios en algo inolvidable.

Día 13. De Tikal a Antigua

Aunque a algunos de nosotros nos tienta la idea de entrar en el yacimiento a oscuras para ver amanecer desde lo alto de alguno de los templos, abandonamos el plan por lo peligroso del mismo. En Tikal sólo hay soldados durante el día y aún así no protegen toda la extensión del yacimiento. Y aunque sólo entramos al yacimiento a las 6, pronto descubrimos que no nos hemos perdido nada, porque la niebla cubre toda la selva [FOTO]. Media hora después de la salida del sol los templos de la Gran Plaza están cubiertos por un espeso manto de niebla. Subimos otra vez al Templo de las Máscaras y allí, en lo más alto, permanecemos sentados durante una hora, disfrutando de la paz y la magia del lugar, que no del silencio, porque la selva es una auténtica fiesta de sonidos, con los monos aulladores gritando desaforadamente y los loros respondiendo con sus hirientes sonidos. Esa hora en lo alto del templo se convierte en uno de los momentos más mágicos del viaje a Guatemala.

A mediodía abandonamos Tikal y hacemos una parada de dos horas en la preciosa Flores, un pueblecito que ocupa el reducido espacio de una isla en el lago Petén Itzá. Tras la comida, subimos al avión que nos va a llevar desde el aeropuerto de Flores de vuelta a Guatemala capital, un vuelo de 30 minutos que nos evita doce horas de carretera. La temperatura en Flores es de 38 grados, y el aparato de Tikal Airlines ha estado en la pista expuesto al sol todo el día. El aire acondicionado no está conectado y la aeronave es lo más parecido a una sauna.

Visto y no visto, nos plantamos en Guatemala en un periquete. Allí nos espera un autobús que nos llevará a nuestro último destino en Guatemala, la ciudad de Antigua. Normalmente, el recorrido entre ambas ciudades se cubre en una hora, pero hemos tenido la mala suerte de pillar un caos circulatorio de aúpa, y van a ser tres horas las que pasen antes de que lleguemos a Antigua. En la capital nos acompañan varias escoltas policiales, desde motoristas con ametralladoras en ristre a coches con las luces encendidas. Un empresario acaba de ser secuestrado en la ciudad y su escolta asesinada y el ambiente está muy revuelto.

Como llegamos a Antigua de noche tendremos que esperar hasta el día siguiente para disfrutar del bello paisaje. Nuestro último hotel en Guatemala es el mejor de todos cuantos hemos disfrutado en el viaje, con una bellísima arquitectura colonial y unas paredes pintadas de esos colores que luego vamos a disfrutar en nuestro recorrido por las calles de la ciudad.

Día 14. Antigua

Comenzamos el día con una breve visita guiada por la ciudad. Con la luz del día de lo primero que se da cuenta uno es del bellísimo emplazamiento de la ciudad, a 1.530 metros de altura sobre el nivel del mar y rodeada por tres magníficos volcanes: Agua, Fuego y Acatenango [FOTO]. Desde el fondo de la calle de El Calvario, donde está situado nuestro hotel, vamos recorriendo en orden inverso las estaciones de la cruz hacia el centro. Antigua, de nombre completo la Antigua Guatemala, fue la capital del país hasta que la sucesión de terremotos que sufría la ciudad obligó a trasladar la capital a su actual ubicación. El ser la sede central del poder colonial en Centro América durante muchísimos años ha dejado en la ciudad un bello rastro de edificios coloniales tanto en ruinas como restaurados. La ciudad está salpicada de bellísimas fachadas de iglesias detrás de las cuales no hay más que solares vacíos [FOTO]. Las casas están pintadas de ocres, naranjas, azules, marrones, un festival del color.

Tras recorrer el centro de Antigua, decidimos aprovechar que es día de mercado para acercarnos y echar un vistazo. La decisión resulta ser acertadísima. Es sábado y miles de personas llegan a Antigua para intercambiar sus mercancías en el mercado local más caótico y colorido que hemos visto en Guatemala [FOTO] [FOTO] [FOTO]. Aquí no hay ni turistas ni puestos para ellos. Se intercambian productos del campo, textiles y una larga ristra de variopintos objetos, desde antenas de coche hasta remedios infalibles para curar todo tipo de males.

Tras una hora y media vagueando por el mercado es hora de abandonar el frenesí y volver a recuperar el ritmo relajado y pausado de Antigua. El resto del día lo ocupamos recorriendo sus calles, patios, cafés, tiendas, fábricas de jade. El día y medio que pasamos en la ciudad se nos hace muy corto pero pone un excelente broche final a nuestras vacaciones centroamericanas.

Día 15. Antigua

Se acabó nuestro recorrido por Guatemala. A las 8 de la mañana nos montamos en el autobús que nos lleva en nuestro último recorrido centroamericano al aeropuerto. De allí a Miami y la letanía interminable de vuelos a Madrid, Londres y finalmente Edimburgo. 

En la memoria quedan tantísimas cosas. Guatemala ha resultado ser un destino fascinante e increíblemente variopinto. Un país difícil, herido por la más brutal de las guerras civiles, una guerra en la que 200.000 personas fueron asesinadas (el 93 por ciento de ellas por militares y escuadrones de la muerte) y un número igual se vio obligada a desplazarse. 

Por encima de todo, el recuerdo de los mayas es el que pervive. El de los antiguos mayas pero, sobre todo, el de ese 65 por ciento de la población guatemalteca que no tiene el español como lengua materna y que ha conseguido conservar de manera sorprendente sus tradiciones y su identidad cultural a pesar de lo cruel que la historia contemporánea de Guatemala ha sido con ellos. 

A todos los lectores de estas líneas, os recomiendo encarecidamente un viaje al país de los mayas.