Campo


 

Alpargateros y zapateros

 

 

Antiguamente, el calzado que más utilizaban los vecinos de Campo eran las abarcas o albarcas, que estaban hechas con piel de cordero, aunque después también se hicieron con suela de ruedas de goma.  

 

Posteriormente (ya sería a finales del siglo XIX o principios del XX), nos cuenta Antonio Castel Ballarín en su recopilación de los oficios de Campo que los más pudientes del pueblo comenzaron a usar los zapatos de corte bajo y en invierno los borceguíes, sobre todo si había nieve. Pero lo habitual era que los domingos y días festivos tanto los hombres como las mujeres usaran la alpargata.

 

Había varias clases de alpargatas, aunque fundamentalmente eran de dos tipos. Las llamadas “normales”, con una simple cuerda, y otras más complejas que se llevaban con el traje baturro y tenían una serie de cuerdas de algodón de color negro que se encaramaban por la pierna para que quedaran bien atadas, y se llamaban “alpargatas a lo miñón” o “miñoneras”.

 

Se fabricaron alpargatas en casa de Perico de Aventín. Allí trabajaban la suela de cáñamo con las cuerdas que habían preparado y trenzado en casa de Boyón y la familia de Perico Aventín hacía todo el proceso restante, cosiendo sobre la suela la tela recia con hilo fino, también de cáñamo.

 

Más tarde, trabajó otro alpargatero en Campo, que fue el señor Joaquín Porté. Tenía una alpargatería en la calle de San Antonio y llevaba a cabo el mismo trabajo que se hacía en casa de Perico Aventín.

 

En la tienda de Jaime Mur, a principios del siglo XX, se vendían bastantes alpargatas llamadas “catalanas” o “normales”, pues eran las que se utilizaban habitualmente.

 

Disponemos de información sobre precios del calzado que se podía adquirir en el pueblo:

 

- un par de abarcas en 1885costaba 4 reales;

 

- en 1894, unas alpargatas forradas de invierno valían 2,20 pesetas;

 

- en 1901 unas alpargatas catalanas finas, costaron 2,20 pesetas y

 

- en 1909 un par de alpargatas de mujer, 1 peseta.

 

Entre 1886 y 1894, sin precisar el año, un par de zapatos costaba 5 pesetas.

 

Curiosamente, no hemos encontrado en ningún censo de finales del siglo XIX ni principios del XX, ninguna persona que se dedicara “oficialmente” a la actividad de alpargatero ni mucho menos zapatero. No obstante, en algún documento notarial antiguo se atribuye este oficio a vecinos de Campo. Concretamente, podemos recordar una escritura de compraventa del 14 de febrero de 1696, en la que Martín Rubiella compraba un prado y firmaba como testigo Francisco Trajat, alpargatero, vecino de Campo.   

 

 

Al popularizarse el uso del zapato, varios artesanos de Campo se dedicaron a su fabricación.

 

El primero fue José María Blanch, que tenía su taller en el Cantón, donde después estuvo la barbería. Su relación con este oficio no era fortuita. Sabemos que los Blanch eran oriundos de Tortellá (la Garrotxa, Gerona) y allí un familiar suyo, Manuel Rabert Falgarona, que también vivió unos años en Campo, construyó una fábrica para ablandar el cuero destinado a la fabricación del calzado. La fábrica era conocida como la Blanquería. El proceso de adobar la piel y el de hacer los zapatos estaba relacionado y a Manuel Rabert Falgarona se le menciona en algunos documentos como zapatero.  

 


Sr. Alfredo de Santorromán 

Con José María Blanch aprendió el oficio Alfredo Santorromán Castillón, pues a los 15 años entró a trabajar con él como aprendiz. Después de la Guerra del 36, el señor Alfredo se estableció por su cuenta.

 

Le explicó a Antonio Castel, que el primer calzado que hizo fueron las chirucas, de suela de goma, con el corte de badana marrón con tiras de piel. Las hacía a medida y las cosía con hilo de cáñamo que untaba con pez, para que fueran más resistentes.

 

Para las mujeres hacía sandalias y abarcas

 

También fabricaba borceguíes, con clavos que le preparaba el herrero Antonio Sanz Pallaruelo, y que eran de tres clases diferentes, según dónde tuvieran que ir colocados.

 

El señor Alfredo se dedicaba también a reparar el calzado, y no sólo el de Campo, sino que también subía con su bicicleta hasta Seira y Castejón.  

 

* 

José Guillén Peiret 

 

José empezó a trabajar a la edad de doce años. Por circunstancias de la vida se encontró él solo como el hombre de la casa, ya que su padre falleció muy joven. En la zapatería familiar trabajan su madre y su hermana Inés. José aprendió el oficio de forma autodidacta, a fuerza de practicar. Bien es cierto que tuvo alguna ayuda inesperada. Después de la guerra civil, un soldado de Madrid que era zapatero se ofreció a echarles una mano en su tiempo libre. De este modo, José pudo aprender muchas cosas del oficio. Cuando se marchó el soldado, vino a trabajar con él durante un tiempo un zapatero de Villanova.

 

José siguió un curso por correspondencia para aprender la técnica y otro de dibujo. Pronto empezó a hacer zapatos para todo el pueblo y vendía también en muchos otros pueblos de alrededor. Lo hacía todo a mano, ayudándose de una máquina de coser sólo para determinados trabajos. Después fue él el maestro y llegó a tener muchos aprendices que estaban en su casa a pensión completa y acabaron siendo unos buenos profesionales.

 

José y su hermana Inés acabaron marchándose de Campo para trabajar en una fábrica de calzado en la Comunidad de Valencia, en la que pudieron desarrollar sus conocimientos en el oficio.

 

Abrieron tiendas en Campo todos los profesionales a los que nos hemos referido: José María Blanch, la familia Guillén y Alfredo Santorromán.

 

María José Fuster    

 

[fotos gentileza de Antonio Castel Ballarín]
© J. Fuster Brunet 2008  

[se autoriza la reproducción citando la fuente]