Campo


Los labradores

  

La mayoría de los habitantes de Campo, durante siglos, ha encontrado su principal fuente de subsistencia en la agricultura, que coexistía con la ganadería.



Foto Antonio Castel

Puede decirse que la mayoría de las familias del pueblo tenía tierra para cultivar, a menudo muy fragmentada y dedicada a diferentes usos, como huertos, prados, viña, etc.. Si el cultivo de esas propiedades no les permitía la subsistencia económica, se compaginaba con algún oficio. A pesar de que la categoría profesional de la mayoría de los hombres del pueblo era la de “labrador”, en contraposición al término “jornalero”, entre la población local se tendía a designar como “labrador” a los propietarios de las llamadas casas “buenas”, con un patrimonio importante, que basaban su riqueza en la explotación agraria. Éstos trabajaban ellos mismos la tierra, aunque contaban en alguna ocasión con la ayuda de un criado.  

 

 

El objetivo de dedicar la tierra a diferentes cultivos era el autoabastecimiento. Esto, a nivel familiar, resultaba evidente por lo que se refiere a la producción del trigo. Cada familia dedicaba una parte de su tierra a este cereal, que entregaba después de molido al panadero. Este le abría una libreta en la que constaba el trigo aportado, y de allí se iba descontando el pan que iba retirando el agricultor. Ni que decir tiene, que lo ideal era que el trigo permitiera al campesino comer pan todo el año a cuenta de lo entregado, pero no siempre lo conseguía.

 


Antonio Peiret con una aventadora. Foto de Antonio Castel

La mayor parte de la tierra de cultivo de Campo se encontraba en la parte conocida como el Llano. Recordaremos lo que Antonio Castel nos refire en uno de sus libros:

 

El Pllano

 

Una vez el agua de riego llegó al Pllano, éste quedó convertido en tierra de cultivo o regadío para las hortalizas. La mayoría de bancales, huertos o zonas de tierra eran destinadas a la producción de vegetales, de los que vivía la familia.

 

La tierra era labrada en primavera, para este trabajo usaban machos y bueyes que realizaban su labor mediante el arrastre del arado. Este trabajo era pesado, se labraba todo el huerto surco a surco.

 

Una vez preparada la tierra, venía la siembra de patatas, judías y panizo. La plantación de remolachas, acelgas, tomates, pimientos, ensaladas, coles y escarolas. El cultivo de la patata era imprescindible por ser la base, junto con el pan, de la alimentación cotidiana. La judía venía en segundo lugar; luego, el tomate, que podía conservarse durante todo el año apañado en botellas de cristal.

 

Llegada la época de arreglar los huertos, mes de marzo, normalmente, el Pllano aparecía lleno de gente: unos aran la tierra, otros la preparan de inmediato.

 

Siembran, planta, riegan con regador lo recién plantado. Durante los meses de verano, el riego será con agua de la acequia, de día o durante la noche, a la hora que toque. Hay dos personas, una envía el agua al principio del surco; otra avisa de la llegada al final del mismo.

 

Durante los meses de siembra y recolección más de medio pueblo hace la vida en el Pllano. La mayoría de los huertos tienen su caseta para conservar las herramientas, por si llueve y para comer, cuando la comida es en el mismo huerto.

  

Los caminos están muy transitados por personas y animales que llevan cargas de estiércol al huerto u hortalizas a casa.

 

El trabajo se hace con la “ixada”, el “bigós” y otros, es lento y pesado, requiere horas e incluso días.

 

La tierra es de gran valor, importante fuente de alimentación por esta razón hay hombres que trabajan para ganar al monte tierra laborable, recibe el nombre de “isartigá”, el bancal obtenido “artiga”. Estos trabajos tienen lugar en Coz y el Brocá, bastante distantes del pueblo”.

 


Caseta de huerto de Juan Brunet, con palomar en el piso superior. Foto: Beatriz Martín

En el “Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico” de Madoz (1845-1850) se menciona como producción agrícola de Campoel trigo, cebada, avena, aunque no en mucha abundancia, algunas legumbres y hortalizas y varias frutas, si bien se esmeran poco en el cuidado de los árboles...”. Lo mismo se dice del vino, seda y aceite.

 

En idéntico sentido se pronuncia D. Saturnino López Novos en su Descripción Geográfico-Histórica de la Diócesis de Barbastro del año 1861, cuando señala que en Campo se produce:grano, abundantes legumbres, pastos, seda, frutas...”.

 

 

El ciclo de los diferentes cultivos marcaba la vida del pueblo. La época de la labranza, la siembra, la siega, la trilla, la corta de la hierba, su recogida, etc., llegaban a todas las casas a la vez, así es que se tenían que ayudar los unos a otros para superar el apremio del tiempo y el esfuerzo de esas faenas.

 

 

Uno de los momentos más importantes era la siega y, para recordar cómo era, recogeremos la descripción que de ella hace Antonio Castel, pues está escrita desde su propia experiencia personal:

 

 

Los campos del otro lado del río, Suspana, Estrada, Raixín, La Paúl, San Sebastián, los Cibadals y el Obago, verdes en los meses de primavera, aparecen ahora como extensas manchas de fuerte amarillo. Las mieses doradas inclinan sus crines. El trigo está ya para segar.

 

Llegado el día decidido para empezar, sobre el veinte de junio, al rayar el alba, los segadores salen en cuadrillas. Tres familias cruzan la palanca del río, dos collas suben a Estrada, a los Cebadals, etc. 

 

Trabajo: Llegan al campo, miran por qué lado empiezan, el trigo levanta su cabeza por el frescor de la noche. Empiezan por una esquina, tras un largo rato de estar segando, los manojos o gavillas del trigo segado aparece sobre el rastrojo.

 

Mientras siegan, breves conversaciones se desgranan entre ellos.

 

Este año hay menos hierba que el pasado, la escarda de primavera ha valido mucho. El sol va dejando sentir su peso, es necesario el sombrero de paja o el “garrotín”, y algún trago de agua del botijo que está envuelto en un saco mojado en la sombra de un olmo.

 

A las diez de la mañana, se impone un respiro, un pequeño paro. “Mis riñones. Trae la cesta que haremos las diez”. Todos se sientan. Una buena rodaja de jamón cae bien encima de una rebanada de pan, el apetito es bueno, segar da hambre. Unos tragos de vino de la bota pone fin a las diez.

 

La mañana: Es un día tranquilo y sereno del mes de junio. Sólo el avión de costumbre rompe el cielo azul. El reloj de la torre de la Iglesia da las doce campanadas. Por la carretera sube carrangueando el coche de línea. La mañana se hace larga, empezaron muy pronto a trabajar. A la una aparece a lo lejos la silueta de la madre que trae la comida, todos se alegran.

 

Comida: Buscan unas piedras que hacen de banco, cada uno se acomoda como puede, la sevilleta extendida sobre las rodillas, el plato, el tenedor, el pan.

 

El primer plato consiste en una buena ensalada de tomate, cebolla, trozos de jamón y longaniza. El apetito es bueno, la comida desaparece pronto del plato. De segundo, un conejo entero y verdadero guisado y con salsa. Aún queda una perola con carne. La bota ronda sin parar, de mano en mano.

 

Descanso: Después de comer buscan un lugar adecuado para descansar un poco, el día se hace pesado. Sobre unas hierbas doblan la chaqueta o unos sacos para que sirvan de cabecera. Todos sestean. El silencio es absoluto, roto, de forma monorrítmica, por un impertinente e impertérrito fefé que runrunea cerca y el graznar de unos cuervos que buscan fresco acomodo.

 

En un momento determinado se percibe un continuo y suave ruido que se extiende como si fuera una bengala sobre la superficie de la tierra.

 

El más pequeño entreabre los ojos y observa con gran susto, rayano al espanto, una larga serpiente de color parduzco que ha salido de entre las piedras de la vieja pared atraída por lo insólito de la escena.

 

Todos se despiertan, se levantan de un salto al contemplar la escena y echan a correr entre la serpiente que huye asustada y se esconde por donde salió sin que el más valiente pueda darle alcance con la segadera.

 

¿Quién cierra un ojo ahora? ¡Aún me palpita el corazón! ¡Que susto!

 

Vuelta al trabajo: Vamos a segar otra vez, parece que ahora corre una brisa suave que atempera el trabajo, hasta los trigales la saludan moviendo sus espigas. Ya hemos segado mucho, ahora extiende los vencélls que ataremos las gavillas.

 

El sol declina su ardor para terminar desapareciendo tras la roca de Naspún. Hemos de atar todas las gavillas, puede haber tormenta esta noche y nos extendería el trigo segado por el campo. Cuando dejan el trabajo, el campo aparece lleno de fajos de trigo”.

 

Una vez los fajos hechos había que transportarlos desde el campo a la era, para proceder a la trilla. Normalmente se realizaba el transporte con caballerías, machos o burros.

 

Cuando se llevaban los fajos del campo, los niños y las mujeres recogían las espigas que se habían caído (espigá) y que se solían guardar para alimento de las gallinas.

 

También nos cuenta Antonio Castel que en Campo hubo muchas eras, que estaban al lado de las casas o al lado del pajar, en el caso de que éste estuviera separado de la casa. La mayoría de ellas tenían el suelo de piedra, pero había alguna que lo tenía de tierra. Se utilizaban fundamentalmente para trillar y aventar, y también para dejar los fajos de hierba, pero cuando no había que hacer estas labores servía como espacio para guardar las gallinas, los cerdos o las vacas.

 

 

 

La mayoría de los trabajadores agrícolas de Campo se “apuntaron” al Montepío de Obreros fundado el año 1900. De esta manera se dotaban de un mecanismo de protección ante la enfermedad y aseguraban a sus familias, en caso de que ellos fallecieran, cierta ayuda económica para evitar la penuria.

 

Como bien sabemos, la agricultura cambió radicalmente durante el siglo XX. La utilización de tractores y la mecanización de todas las labores agrícolas han reducido el esfuerzo del trabajador y han permitido hacer en pocas horas labores que antes necesitaban el concurso de todo el pueblo durante días. El progreso en este sector es palpable, lo que está a punto de desvanecerse, porque ya es sólo un vago recuerdo en las personas mayores del pueblo, son las costumbres y ritos en los que se veían envueltas todas aquellas faenas agrícolas. Por eso, bien está que procuremos no olvidar todo aquello, pues si queremos conocer cómo vivían nuestros antepasados y cómo fue su vida cotidiana, es imprescindible saber cómo trabajaban.

 

 

© J. Fuster Brunet 2007