Campo


Carpinteros

 

Ya a partir de las primeras civilizaciones, la evolución de la tecnología en el trabajo de la madera fue muy rápida y llegó a un nivel muy avanzado. Desde los egipcios se conocen los utensilios, las herramientas, los asamblajes, la decoración plana y en relieve que todavía hoy en día se utilizan. Lo que ha aportado de nuevo la civilización actual, con su tecnología, ha sido una fuerza motriz diferente que permite trabajar más rápido y con menos esfuerzo. También contribuye a ello nuevos productos derivados de la industria química, como las colas y los productos de acabado y protección.

 

Antiguamente, en las sociedades rurales los individuos de una comunidad debían ser “autosuficientes”, para poder atender todas sus necesidades y exigencias, tanto a nivel individual como colectivamente. De este modo, una persona sóla o con la ayuda de algún vecino o familiar levantaba su casa, construía sus muebles o los instrumentos y aperos que necesitaba para trabajar la tierra. No obstante, el oficio de carpintero es uno de los más antiguos de los que se tiene noticia y es que algunas tareas necesitaban cierta técnica que no todo el mundo podía conocer.

 

Para la construcción de casas y otros inmuebles de cierta envergadura, la madera participaba en toda la estructura de los edificios, ya fuera para el encofrado, como bigas, soporte de los tejados, etc. Para estos usos, la madera de construcción se utilizaba símplemente serrada. Pero también era imprescindible para hacer las puertas, ventanas, contraventanas, ventanillos y barandas de escaleras. El buen oficio del carpintero llegaba donde la falta de pericia o conocimiento de los vecinos no alcanzaba. Se le encargaba, además, que construyera los útiles necesarios para los trabajos del campo que se necesitaban (mangos de azadas, carros, etc.), así como utensilios para la casa, [recipientes para las tareas de limpieza, como tinajas para la coladas, para fregar la vajilla, bacías (vasijas), tablas para amasar (artesas), morteros, saleros], útiles para algunos trabajos (ruecas para hilar, ventallos de madera, que se utilizaban para azuzar el fuego y solían ser de madera de pino) incluso los utensilios de medición, como los cuartales, el almud, etc.

 

 

Por lo que se refiere a los muebles, eran los carpinteros locales los que tenían que atender la demanda de todos sus vecinos, aunque, la verdad, tampoco es que esa demanda fuera mucha. Sólo hace falta repasar algunos de los inventarios de bienes hechos por los notarios, en los que se hacía constar todo lo que se encontraba en una casa, para darnos cuenta del escaso mobiliario del que disponía la mayoría de familias en nuestros pueblos.

 


Arca. A. Castell

El objeto de madera más común era el arca o caxa, de forma rectangular, con la tapa sujeta con bisagras y más o menos decorada, pues no faltaba en ningún hogar por modesto que fuera. Estaban siempre provistas de llave, y era precisamene en las arcas donde las novias llevaban a su nuevo hogar todo el ajuar que su familia les había preparado y donde lo seguirían guardando junto a las mejores ropas de la casa y los documentos importantes, joyas, etc. Puede decirse que era una pieza de gran funcionalidad, pues no sólo servía para guardar cosas sino que también permitía que pudieran transportarse con facilidad y seguridad. Además, el arca servía muchas veces como asiento, para lo que se les solía colocar unos cojines encima.

 

También hemos visto citadas en los documentos antiguos las cadiras o cadieras, que eran grandes bancos de madera adosados a la pared, que se colocaban alrededor del hogar. Muchas veces llevaban brazos en los extremos laterales. En algunos lugares a las cadieras con respaldo les dan el nombre de bangos. Combinando el espacio con las cadieras estaban las mesas abatibles, mueble auxiliar de gran funcionalidad, que permitía comer, trabajar o jugar, sentado cerca del calor del fuego. Cuando se bajaban estas mesas, se apoyaban sobre una pata desplegable, y cuando ya no se necesitaban se subían a la pared, dejando todo el espacio libre.

 

Por lo que se refiere a las camas tradicionales que se solían encontrar en las casas del Alto Aragón eran los catres o las llamadas camas de cuerda, que estaban hechas sobre cuatro pies de madera, con cuatro travesaños y una red muy clara de cuerda, sobre la que se colocaba un jergón.

 

Un pequeño mueble auxiliar de cocina que no podía faltar antiguamente era el cucharero, en el que se colocaban las cucharas y tenedores en unas ranuras. Más tarde los cuchareros se hicieron de hierro o aluminio.

 

Poco a poco se fue ampliando el mobiliario de las casas en los pueblos. Además, de mesas, sillas, bancos, algún armario, las cajas de los relojes de pared, aparadores, se fueron introduciendo los dormitorios conjuntados, con la cama, mesitas de noche y armario. Pero la evolución fue lenta: concretamente el armario, como mueble para guardar la ropa, no se difundió por Europa hasta finales del siglo XVII, y si pensamos en un tipo de armario que se encontraba frecuentemente en nuestros pueblos, que era de una sola puerta grande, con un espejo por fuera, hay que tener en cuenta que fue una “invención” ¡de principios del siglo XIX!

 

Posteriormente, ya a principios del XX, se solía acudir al carpintero cuando en una familia se casaba a algún hijo, ya que, aunque generalmente le nueva pareja se iba a vivir a casa de los padres del novio o de la novia y allí se encontraban la “casa puesta”, siempre era una ocasión para hacer un nuevo dormitorio, o aunque sólo fuera una cama o algún pequeño mueble auxiliar. Más que el estilo del mueble, el cliente apreciaba la solidez del mismo: tenía que ser macizo, de buena madera, para toda la vida.

 


Cabezal de madera de pino. Carpintería “Maderas Fuster" 

Los muebles que se hacían por los carpinteros locales tenía un alto costo, tanto por la madera utilizada (se recurría mucho al nogal, aunque también se utilizaba el cerezo, el pino) como por el tiempo que requería su ejecución, puesto que se hacían de forma completamente artesanal. Evidentemente, los clientes siempre consideraban que el precio que les pedía el carpintero era muy alto, pero, por otro lado, como pensaban que era un gasto que “había que hacerse”, pues hacían el esfuerzo de adquirirlo. Eso sí, el pago se hacía poco a poco (si se hacía), y, a veces, cuando no se conseguía reunir el dinero suficiente para saldar la deuda, se iba entregando al carpintero, a cuenta de lo que se le debía, alguna cantidad de madera o de trigo, o se le prestaba algún servicio que ayudara a compensar la deuda contraida.

  

 

El taller de carpintería 

 

Una de las clasificaciones de la madera utilizada tanto para la construcción como para la carpintería es aquella que distingue entre madera blanda, que es la que tiene poco peso específico, como el abeto, y madera dura, que es, al contrario, la que tiene un peso específico elevado, como el pino resinoso, el olmo, el haya, etc. Entre los dos extremos está, obviamente, la madera semidura.

 

En el trabajo de carpintería se necesitaba contar con madera bien seca, para evitar que tanto durante, como después del trabajo realizado, la madera se doblara. El proceso de secado oscilaba entre 6 meses y dos años, dependiendo del tipo de madera y el destino que se le iba a dar. Por lo general el carpintero guardaba en un compartimento anexo al taller donde trabajaba la madera que había almacenado y que se le iba secando convenientemente.

 

Entre los útiles de trabajo del carpintero el de mayor tamaño era el banco, que tenía forma de mesa alta y estrecha, y donde podía manejar la pieza en la que estaba trabajando con comodidad. Allí podía marcar o dibujar dicha pieza, cortar con un serrucho o serrarla, ensamblarla, clavarla, en fín, realizaba todos los pasos que su elaboración requería. Uno de los últimos trabajos que se debía hacer era el cepillado, gracias al cual se conseguía dar una superficie fina al objeto que se estaba construyendo. Si se trataba de un mueble había que barnizarlo, lo que constituía una operación delicada. La persona que barnizaba tenía que alejarse del taller, donde habitualmente trabajaban otras personas con sierras, serruchos, lijas y cepillos, e instalarse en un lugar al que no llegara ninguna partícula volátil, para que no se adheriera a la superficie barnizada.

 

Ya por los años 60, a medida que la oferta de muebles fabricados fue aumentando en los establecimientos del ramo, con un nuevo estilo de modelos y unos precios asequibles y que, además, se podían pagar a plazos, pues los talleres de carpintería locales se fueron quedando sin clientes. Por eso los carpinteros tradicionales tuvieron que ir pensando en otras actividades.

 

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Recogemos a continuación la información que nos brinda Antonio Castel sobre el Señor José de Saludas, carpintero de Campo. 

 

“El señor José de Saludas tuvo una carpintería en la Plaza de Cabovila, al lado de las escuelas: del buen artesano que fue me habló Jesús, aprendiz en los años anteriores al treinta y seis y que actualmene conserva todas las herramientas de aquella carpintería.

 

TRABAJOS QUE REALIZABA

 

El señor José de Saludas construyó los primeros aventadores que se usaron en Campo.

 

Cajas para cubrir la maquinaria de los relojes de pared existentes en algunas casas de Campo y pueblos vecinos.

 

Durante más de medio siglo preparó también las cajas de madera para el enterramiento de los difuntos.

 

Siguieron: los grandes armarios que decoraban y eran utilizados en muchos comedores de las casas; mesillas de noche, cómodas, etc.

 

Todos estos utensilios estaban perfectamente diseñados y sobre todo bien terminados. Usaba para ello madera de nogal, cerezo, fresno y pino.

 

 

“IGUALA DE CARPINTERO”

 

La mayoría de agricultores de los pueblos vecinos pagaban una especie de “iguala” al año que les daba derecho a la reparación gratuita de los instrumentos agrícolas de madera. El pago de esta “Iguala” era en especie, pagaban al seño José una “Fanega de trigo” al año. Cuando le avisaban de una casa, él tomaba sus bártulos y allá se iba, reparaba lo roto y vuelta al taller de su carpintería.

 

 

APRENDICES

 

Tuvo siempre, por lo menos dos aprendices. Casi todos los carpinteros que trabajaron en el pueblo, de gran competencia, aprendieron con él. Tenían un buen maestro. Algunos años había dos al mismo tiempo.

 

 

CONTRATO

 

Les hacía un contrato por escrito al entrar a aprender el oficio de carpintero: primero, dos meses de prueba. Duración del aprendizaje: dos años

 

Al ingresar, el aprendiz depositaba 250 pesetas, que le eran reembolsadas si dejaba el oficio antes de los dos meses o, superados éstos, antes de los dos años.

 

Si el aprendiz no tenía cualidades para llegar a ser un buen profesional, el mismo señor José lo convencía para que dejara el oficio de carpintero y se dedicara a otra cosa. En el momento de rescindir este contrato le eran devueltas las 250 pesetas que había depositado al ingresar en depósito.

 

Cumplidos los dos años, si el aprendiz, ahora con la categoría de oficial, quería seguir trabajando, le abonaba un jornal diario convenido entre los dos. Durante el aprendizaje el señor José les daba comida y alojamiento en su casa.

 

 

OBRAS

 

Además de las anteriormente mencionadas, su labor artesana dejó huella en la iglesia parroquial en las peanas para las procesiones; armarios de la sacristía y sobre todo la obra cumbre fue el púlpito, hecho de madera, con dosel y varandas a la subida, ornamentada con numerosos dibujos y figuras geométricas. En la confección del púlpito colaboró otro carpintero, creo de Graus”.

 


Púlpito [foto Beatriz Martín]  

Finalmente, vale la pena mencionar que, en el Listado de Vecinos del municipio de Campo de 1890 se menciona sólamente a un carpintero:

 

José Saludas Nasarre, de 29 años.

 

 

En el Censo Electoral 1904 del Ayuntamiento de Campo, sigue apareciendo como único carpintero:

 

José Saludas Nasarre, 50 años, c/ Nueva, 18

 

 

No obstante, en el Censo Electoral de 1910, figuran como carpinteros:

 

Joaquín Aused Güerri, 48 años, vive en calle la Iglesia, n° 5

Pedro Aused Peired, de 25 años, vive en c/ la Iglesia, n° 5

Juan Antonio Palacín Lacera, de 42 años, c/ la Iglesia, n° 41

José Saludas Nasarre, 49 años, c/ Nueva, n° 6

 

Censo Electoral de 1930, carpinteros en el término municipal de Campo:

 

Juan Ballarín Mur, 41 años, c/ Nueva, 10

Daniel Fuster Canales, 46 años, c/ la Iglesia, n° 14

José López Bescos, 54 años, Plaza, n° 11

José López Gállego, 29 años Plaza, n° 11

Ricardo Mur Castán, 36 años, Iglesia, 21

José Saludas Nasarre, 68 años, c/ Nueva, 2

José Santorromán Pallás, 42 años, c/ la Iglesia, 32

 

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En el siglo XX, trabajaron como carpinteros en Campo varios miembros de la familia Miranda, originaria de Senz.

 

Antonio Miranda Castán fué aprendiz de José Saludas, en Campo. Se estableció en Altorricón y sus hermanos se fueron a trabajar con él. Así aprendió el oficio su hermano Jesús que, posteriormente, tuvo la oportunidad de marchar a trabajar a Barcelona, donde consiguió un buen trabajo y pudo seguir aprendiendo. Después, Jesús regresó a Campo y en el año 1942 se puso a trabajar en “Maderas Fuster”, como encargado de carpintería, donde también trabajó su hermano Ramón. Junto a ellos, entre otros, trabajaron durante muchos años Manuel Ricarte y Miguel Cereza, que venían cada día desde Murillo.

 

Joaquín, otro de los hermanos Miranda Castán, que había aprendido el oficio en Santaliestra, se estableció en Campo con taller propio. Sus hijos, José María y Joaquín, continuaron trabajando varios años en el taller familiar.

 

María José Fuster