De acuerdo con las enseñanzas de los maestros clásicos, toda persona que va al encuentro de sí misma (autoconocimiento) debe vencer cuatro "enemigos". Vencer enemigos significa substraerse a su poder. Esos cuatro elementos son "enemigos" ("obstáculos en el camino") porque no sólo nos mantienen separados del contacto directo con la realidad sino que además, nos quitan algo que nosotros tenemos y que ellos quieren: la con[s]ciencia.
Estos cuatro enemigos fueron llamados por los maestros como el ego, el deseo, los sentidos y la mente.
El ego es la instancia que nos proporciona “sensación de identidad”: nos da un sentido de ser, nos hace sentir “alguien” a la vez que nos mantiene 'separados' o parcialmente desconectados de nuestra verdadera esencia (nuestro verdadero ser). Mucha gente vive plenamente identificada, fusionada con su ego ("Yo" soy mi cuerpo + mi mente, y no hay más).
Los sentidos nos ayudan a percibir lo que conocemos como "realidad". La sucesión de fenómenos que percibimos a través de ellos se interpreta en la mente.
Los deseos ponen en conexión el ego con los sentidos. El ego manifiesta deseos de realizar cosas o tener experiencias a través de ellos. Vienen a ser como flechas (vectores) que provocan tensión en el sistema, y nos mantienen anclados al mundo de la "ilusión" (dualidad, mundo de las formas, "matrix 3D") haciendo que nuestra atención quede fijada en (secuestrada por) las formas que nos resultan atractivas, huyendo a la vez de las que nos resultan repulsivas (miedo). [Esto sería equivalente a las sombras en la conocida Alegoría de la Caverna de Platón]
La mente es el polo negante que atrae al ego y a los sentidos en una dirección ciega de desintegración de la vida y la consciencia ["des-integración" entendida como "no-integración", brecha, separación, aislacionismo] [Véase "Ilusión de separación", un concepto propio del budismo]. Es un mecanismo que adquiere sensación de "identidad propia", de independencia (incapaz de verse a sí misma en su totalidad, como mente-colmena, e incapaz de ver la fuente que la nutre --se considera autosuficiente--). Posee las mismas cualidades que la Fuente (crear, imaginar, etc.), y en ese sentido, puede llegar a verse a sí misma como "un dios". El modelo cerebrocentrista (biologicista) sitúa al cerebro como fuente, origen y generador de nuestros pensamientos y consciencia. Esto es un planteamiento reduccionista, propio del método científico, autolimitado a medir las manifestaciones de la "realidad fenoménica" y extraer de ahí leyes generales (como por ejemplo, las conocidas "Ecuaciones de Newton", en la física clásica --macroscópica--).
Cada uno de estos elementos son como ruedas en el inmenso mecanismo del universo. El ego es una rueda y los sentidos otra rueda. Ambas ruedas giran simultáneamente y lo que las conecta son los deseos: deseos vanos (futiles, inútiles a largo plazo) que impulsan al ego a buscar satisfacción a través de las experiencias de los sentidos. Dicha satisfacción es efímera (transitoria), de modo que el ego queda "atrapado" en una continua búsqueda de nuevas experiencias satisfactorias (y evitación de las no-satisfactorias). Un ser humano que sólo se mueva en dirección al placer y evitando el dolor está siendo atrapado (inconscientemente) por la dualidad y la polaridad que esta genera, perdiendo toda su libertad de elección (aunque esta finalmente sea ilusoria, igual que el control, conforme al determinismo --no existe "azar", sino "variables no controladas"--).
Cuando el ser humano es atraído y atrapado en las ruedas de este mecanismo, su consciencia individual desaparece y sólo queda la consciencia identificada con el ego (un "falso yo"); el ego a su vez se ve identificado con sus deseos y sus deseos identificados con la acción de buscar en los sentidos el placer de la existencia que estos le dan. Cuando todo este proceso acaece, el resultado final de esta sucesión de experiencias subjetivas libera un tipo de energía pesada, que es atraída (de acuerdo a su nivel de densidad) por el extremo negante del universo (la mente), quien requiere de esta energía para mantener en funcionamiento la dirección involutiva del orden creado (el polo opuesto o des-integrador).
El ego empieza a adquirir una serie de características a través de sus experiencias en la vida: experiencias de placer y dolor, de alegría y tristeza, de contacto y soledad,... las cuales forjan en su conjunto el contenido de los deseos. Los deseos buscan placer, codicia, dinero, deseo (necesidad creada); necesidad de que los otros nos admiren y de que se adecuen a nuestros intereses (egoístas); controlar, temer a la gente, etc. Todo ello es deseo. El ego satisface al deseo a través de los sentidos. El ego es la pantalla de fondo, los deseos son las imágenes internas y los sentidos son las imágenes externas.
Ver esto equivale a comprender que la base de la consciencia, el asiento de nuestra sensación de "ser", es el ego, que en el mundo de los sentidos nos resulta atractivo porque hay cosas que nos interesan y ese “interés” por las cosas del mundo es el deseo.
Todo esto nos resulta natural y no nos llama la atención porque sentimos que el ego es nuestro ser (ordinariamente estamos identificamos con él, "somos él"); los deseos son nuestros deseos legítimos y lo que percibimos a través de los sentidos parece ser la realidad objetiva (más aún cuando lo contrastamos con la gente que nos rodea y nos confirman que ellos reciben las mismas impresiones).
Nada más falso. Esta es la realidad ilusoria que algunas tradiciones han llamado "el velo de Mâyâ" o "el triple velo de Isis". Schopenhauer se refería a ella como la "representación" dentro de su obra El Mundo como Voluntad y Representación, y obras cinematográficas recientes la muestran como una simulación hecha por ordenador (Matrix) o un sueño (Inception). Sencillamente, la dualidad-polaridad es el mundo de las formas (o apariencias), y como bien indica el refrán, "las apariencias engañan". Bajo el aspecto obvio (evidente a los sentidos), cada forma encierra una realidad más sutil. No sólo nos referimos a las formas físicas (objetos, personas, ...), sino al resto de "realidades" que se mueven en este plano, y que encierran una realidad subyacente, menos obvia (=formas de explicar algo abstracto, formas de ver la vida --creencias--, formas de vivir, sentir, etc.). Cualquier polarización que se mueva o vibre en el plano dual es una forma, sujeta a una palabra o etiqueta descriptiva ("la verdad") que tiene su némesis, opuesto o contrapartida ("la mentira"). Es la Verdad (la innegable Realidad) la que engloba a ambas formas de ver el mundo, subjetivas y opinables (verdad/mentira). Esto es algo que con la mente no puede verse, ya que se mueve en términos lógicos-racionales (palabras, etiquetas, comparaciones, reglas verbales, etc.). Las palabras son tan sólo meras representaciones de lo abstracto, la experiencia pura: se acercan, se aproximan... pero son interpretables y cuestionables. Es por eso que lo empírico (el método científico) no puede abarcar "Lo Inconmensurable" (inefable), pues por las propias limitaciones auto-impuestas sólo mide las manifestaciones de aquello.
En el mundo dual (sujeto-->objeto), cada sujeto percibe fracciones de la Realidad (objetos) desde su propia y limitada perspectiva. No existe la objetividad, sino mera subjetividad (aunque de manera aproximada se hable de "objetividad" cuando llegamos a un acuerdo multitudinario para nombras las formas o manifestaciones de la Realidad: "esto es una manzana". Esa es, precisamente, la falacia del argumentum ad populum (creer que la mayoría no puede estar errada, por estar de acuerdo sobre la misma cosa).
Una personæ (en latín, máscara... del griego "prosopón") no es más que un personaje (conjunto de creencias, una "programación software") que tomamos como verdadero, con el que nos identificamos. En ese sentido, el "conductor" (alma) se encuentra fusionado con el "vehículo" (el cuerpo físico), creyendo que son la misma cosa. Tampoco el alma es nuestro verdadero Ser, nuestra esencia (sino una forma de ego separada de la misma). Las máscaras, capas (prenda de ropa) o creencias son como las capas de una cebolla: hemos de ir viéndolas, detectándolas ("yo no soy esto"; lo soy, pero transitoriamente; luego, esta no es mi verdadera esencia). Desnudándonos y despojándonos de ellas (des-identificándonos con lo que no-somos, es decir, nuestro falso-ser o ego) llegaremos a lo que somos, al Yo-Esencial (inmutable).
Las formas externas son más atractivas (llamativas) que el "fondo sutil" que hay bajo ellas.
"Cuando el sabio señala a la luna, el necio mira el dedo"
Ego, deseos y sentidos, nos sumergen en el engaño y la ilusión, nos privan de la capacidad de dirigir nuestras energías hacia el desarrollo de nuestra vida interior. El ego da ilusión de ser, los deseos ilusión de querer y los sentidos ilusión de realidad.
Son velos que encubren la Verdad ("la realidad tal cual es"). Detrás de los sentidos está la Realidad, detrás de los deseos está nuestra Voluntad, detrás del ego está el Ser ("Dios", "la Conciencia", "el Universo", "Lo que Es").
El simulacro nunca es aquello que oculta la verdad - es la verdad lo que oculta que no hay verdad alguna.
El simulacro es cierto.
Ecclesiastes
foro Decondicionamiento.org (Yemeth)
En la búsqueda o recuerdo de nosotros mismos, el primer trabajo a realizar se refiere al mundo de los sentidos. Los sentidos nos ponen en contacto con todo lo que sucede en la calle, en el trabajo, dentro de nuestras casas. Los sentidos es lo que sentimos y percibimos como el mundo fenoménico (empírico). Los sentidos es todo lo que llega a nosotros y que percibimos como “fuera” de nosotros.
Para separarnos de los sentidos hay que empezar por conocer su naturaleza:
1. Los sentidos componen un “ser”, un ser que está hecho de eventos (sucesos encadenados unos tras otros sobre la línea del tiempo). Un evento es una situación que nos alcanza momento a momento en nuestra vida. Y esas situaciones son construidas por los sentidos para absorber nuestra atención. El objetivo de los sentidos es distraernos y debilitarnos. Nos distrae de concentrarnos en nuestro “mundo” interno y nos debilita a través de la energía que cada evento toma de nosotros.
2. Los sentidos no están separados ni del ego ni de los deseos. Estas tres entidades están conectadas entre sí. Ego y deseo “atraen” los eventos que forman los sentidos. Si nuestro ego cambia los sentidos cambian. Ego y deseo atraen los eventos de los sentidos aunque algunos de estos eventos pueden ser atraídos por nuestra "esencia espiritual" (la fuente).
Ego y deseo son mecanismos, patrones repetitivos de experiencias pasadas, de ahí que nuestra vida (sentidos) siempre venga a nosotros exactamente de la misma manera. Las mismas cosas, las mismas situaciones, las mismas malas interpretaciones, las mismas dificultades. Por eso, si el ego y el deseo atraen nuestra vida, el tipo de vida que llevamos es una expresión de lo que somos, nuestra vida es un espejo de lo que somos.
Pocos piensan que lo que les sucede en la vida tenga algo que ver con su nivel de Ser: no ven ninguna conexión entre su Ser y su vida. Todas las dificultades con que nos enfrentamos son un reflejo de los límites de nuestro ser, es decir, de las características de nuestros egos. Se pueden ver las dificultades exteriores, pero cuesta más ver que esas dificultades exteriores son debidas a la clase de personas que somos. Por eso, las dificultades no hay que evitarlas, sino utilizarlas para conocer qué parte de nuestro ser las está generando.
3. Es preciso mirar los sentidos sin ingenuidad: aprender a tomar los eventos que nos alcanzan de otro modo. Uno ha de transformar psicológicamente la manera de tomar las cosas (*). Se trata de cambiar la manera de recibir los eventos. Si no hacemos esto, significa sencillamente que estamos al servicio de la vida, no al servicio de nuestro desarrollo interior, estamos siendo usados por los sentidos en cumplimiento de su objetivo que es substraer nuestra consciencia, manteniéndonos en estado de sueño. Por eso se dice que todos estamos en prisión. Pero no lo vemos. Sentimos como si lo que nos sucede fuera la culpa de otro. Es aquí donde cometemos el mayor error. Seguimos tomando cada suceso de la vida como un hecho, como algo muy serio, y no como un evento que nosotros causamos, que nosotros atraemos.
(*) En la psicología científica actual, esto equivale a las llamadas Terapias de Tercera Generación o "contextuales", donde no tratamos de cambiar ni controlar los eventos ni nuestra conducta respecto a ellos (1ª generación: conductismo), ni cambiar nuestros pensamientos respecto a ellos (2ª generación: cognitivismo), sino cambiar el modo en que nos relacionamos con ellos.
Trabajando con la dualidad:
(Dualidad: realidad dual o "ilusoria") ("Mundo de las formas" o apariencias) (Véase "caverna de Platón")
Los puntos centrales que el trabajo espiritual enseña para desarticular el efecto de realidad producido por los sentidos sobre nosotros son los siguientes:
1. Todos los eventos que se mueven a través de la línea del tiempo pertenecen a los sentidos: son un engaño en sí mismos ("ilusión"), y ese engaño consiste básicamente en que prometen algo que no dan o lo dan para debilitarnos.
2. Todo evento que viene hacia nosotros, tiene un significado por “encima” o por “detrás” del sentido obvio que tiene en sí mismo. Cada situación de los sentidos produce y/o encubre un significado de un orden “superior” o más “profundo” que el literal, que el inmediato. Ese significado tiene que ver con aquello que este evento no me deja ver. En otras palabras, cada evento de la vida no es un fin en sí mismo, no es algo “real”, sino un medio para producir una transformación en la esencia. Si tomamos cada evento como una cosa real, inmediatamente caemos en identificación y terminamos subordinando toda prioridad interior a lo que el hecho está requiriendo, sacrificando lo de mas valor -nuestra posibilidad de desarrollo interior consciente- y reforzando el carácter ilusoriamente real de los sentidos. Pero si mantenemos una posición interior consciente y tomamos cada evento como una escena que hay que atravesar para desarrollarnos -fruto del esfuerzo por mantenernos interiormente separados de la literalidad del hecho-, para desentrañar el significado oculto que tiene -que nos es mostrado si no caemos bajo el influjo seductor que los sentidos ofrecen-, la verdadera prioridad interior es sostenida y debido a este esfuerzo de voluntad nuestra consciencia puede crecer y adquirir una nueva perspectiva mas profunda y significativa de la realidad.
3. Los eventos, en general son de dos clases: los que rechazamos y los que aceptamos.
La idea principal de considerarlos siempre es, apartarse del poder que ejercen sobre nosotros no identificándonos, mediante la práctica de la separación interior ("desapego").
Frente a los eventos que nos atraen, es decir, frente a las cosas que nos gustan, la actitud interior debe ser de sobriedad, entrar en la experiencia conservando nuestra libertad interior manteniendo nuestra independencia como para poder salir en cualquier momento sin que nuestro ser quede pegado a la experiencia. Esto requiere sobriedad, una consciencia fría y alerta que no está ávida de placer sino de permanecer en sí; permanecer en sí, a la larga, es más provechoso que buscar el placer fuera de sí. Un estado interior que guarda distancia con la realidad que mantiene una asepsia sensorial hacia las cosas, sabiendo que ir hacia ellas implica desear y que desear involucra debilidad.
Frente a los eventos que rechazamos (en general, lo que nos produce dolor o miedo), la actitud interior debe ser algo diferente a la anterior y consiste en salir al encuentro del evento deseado con toda voluntad para que el evento suceda. Si esto se hace verdaderamente, el miedo o aversión desaparecerá, porque gran parte del rechazo que tenemos por las cosas viene de una “asociación” interna entre una experiencia y un pensamiento; evocar deliberadamente la experiencia con un pensamiento emocional y una voluntad firme, quiebra la asociación. Esto adquiere más importancia en los casos en que un evento viene a nosotros y es inevitable; frente a lo inevitable, lo mejor es someterse voluntariamente conservando la libertad interior.
Por ejemplo, si aplicamos este principio al trabajo espiritual, implica querer el trabajo que se tiene que hacer. Cuando las prácticas nos causan rechazo hay que quererlas activamente y la aversión nos abandonará acompañada de un nuevo significado. Querer lo que se tiene que hacer nos libera interiormente. Se trata de un acto de voluntad enérgico encausado en una dirección definida.
Por último si aplicamos estas reglas a nuestras relaciones con las demás personas, implica querer a las personas con las que tratamos. Amar voluntaria e incondicionalmente a la gente (“amaos los unos a los otros”) es el principio del amor consciente. Hay un amor sentimental (adquirido, involuntario), pero también hay un amor voluntario (consciente), donde el ser completo de la persona está presente en unidad activa con el otro. Este amor no puede darse a menos que la persona esté entera con su voluntad ("presente", "consciente").
contacto: Sergio Moya, @chechu
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