Abanicos, sombrillas y pantallas, coquetería y fresco para el calor


Por el Arq. José María Peña

El mejor Tango en la Avenida 

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Colores, texturas y hermosos diseños en sombrillas y abanicos. Exposición del Museo de la Ciudad. (Fotos Rubén Landolfi)

La historia nos cuenta que los primeros abanicos y pantallas eran ya usados en el antiguo Egipto como elementos de distinción. Aquellos que para nosotros son más familiares, los plegables, se sostiene que tuvieron su origen en Oriente, especialmente en China y Japón.

Los viejos relatos sugieren que Marco Polo los llevó a Italia y de allí pasaron a otras regiones, creciendo su uso en popularidad.

Quien haya tenido en sus manos un abanico no olvidará jamás el rito de abrirlo y cerrarlo, acción que produce un sonido característico, especialmente aquellos cuyas varillas son compactas razón por la cual se los denomina «de barajas». Su forma, sean chicos o grandes es la misma en su desarrollo cuando están abiertos; de allí la definición: «forma de abanico». La reja de hierro forjado que coronaba las puertas de entrada de las casas de estilo italianizante en la segunda mitad del siglo XIX en Buenos Aires, se las denominaba de «medio punto o abanico».

Sombrillas y abanico al desatarse una tormenta. Grabado aparecido en la revista «El Americano», agosto de 1872.

Observando un abanico abierto podemos distinguir: la varilla mayor llamada padrón, las centrales simplemente varillas, y la pieza de metal que las unía en su extremo inferior, estribo. La franja superior, de papel o tela se la conoce como «país».

En los abanicos de la época romántica, si como tal consideramos, con los márgenes correspondientes, el período comprendido entre 1850 y 1880, las varillas son generalmente de nácar con aplicaciones de oro y plata, resaltando detalles de las ornamentaciones vegetales con un calado y talla mayor en el padrón. El país es de papel litografiado con motivos decorativos representando escenas de costumbres pintadas con témpera y acuarela. Observados con criterio testimonial en una visión actual del período mencionado, podremos sumergirnos en la moda de aquellos años en los que las mujeres llevaban el cabello tirante, con raya al medio y vestidos amplios con «miriñaque». Este era un armazón que se colocaba debajo de las polleras para darles una gran amplitud; era la moda que lucían las mujeres en las películas « Lo que el viento se llevó» y «El Gatopardo».

Con el paso de los años variaron los tamaños y se sumaron nuevos materiales a las varillas; la madera fue revalorizada entre 1880 y 1910, el «país» además de ser de papel fue de tela, especialmente de seda o gasa. Los motivos decorativos se pintaban directamente sobre la tela eligiendo como emblema la figura de la mujer junto a los infaltables querubines que en no pocas oportunidades hacían el papel de Cupidos.

Mujeres con sombrillas en tiempos en que la copa era muy pequeña, casi solamente decorativas. Grabado aparecido en la revista «El Americano», Julio del año 1872.

En enero del año 1902 la revista «Caras y Caretas» publicaba dos páginas con el título: «Para la familia. La mujer y el abanico». El texto es impecable testimonialmente por lo que transcribiremos algunos párrafos: «Llegó el verano y la mujer elegante se complace en cambiar los bártulos (elementos) con que se ejercita al golf, al «Lawn Tennis», y demás juegos, por otros menos atléticos, pero que son armas más formidables para las guerrillas y escaramuzas que tienen que librar en las batallas de salón, en los paseos, bailes, etc. y la maestría y gracia con que esgrime éstas, demuestran que sus manos no han perdido ninguna de sus habilidades…» «¿Quién niega la fascinación que ejerce la mirada de una mujer, lanzada a través de un abanico manejado con exquisita coquetería?»

En nuestros días la seducción de una mujer «corre por otros carriles», no obstante lo cual hay mucha tela para cortar en cuanto a similitudes equiparables; sin dejar de reconocer los tiempos distintos y las reacciones generacionales… El autor del artículo llama a los abanicos «ventiladores manuales» y destaca que la última moda son los de encaje que ocupa la casi totalidad del largo de las varillas.

Ilustración aparecida en un artículo sobre los abanicos, en este caso los griegos.

En la primera mitad del siglo pasado co-mienza a utilizarse para el varillaje un nuevo material artificial: «El Galalit», plástico que imita al cuerno y al carey; se fabricaba con caseína (derivada de la leche) endurecida con formol.

Que el abanico fue un símbolo de femineidad que acompañó a las mujeres en sus representaciones en grabados, pinturas y fotografías nadie puede discutirlo. No importaba el nivel social, importante o modesto, allí aparecía siempre. Pintores y fotógrafos elegían como llevarlo en la mano; abierto o cerrado o simplemente colgado de la muñeca.

Si bien no tanto como el abanico, la sombrilla es otro de los elementos que es posible definir como símbolo de la femineidad que ha quedado documentado en las ilustraciones ya comentadas. En algunos tiempos la copa de las sombrillas eran tan pequeñas que prácticamente no protegían del sol siendo sólo un arma de la coquetería. Los grabados de la revista «El Americano» aparecidos en el año 1872 son un claro ejemplo de lo comentado.

Abanico de encaje que en este caso ocupa todo el largo de las varillas. Aparecido en la revista Caras y Caretas a comienzos del año 1902.

Se las llevaba abiertas simplemente o haciéndolas girar con los dedos; podía también llevarlas cerradas, teniendo en algunos casos largos mangos. Según la importancia era el tipo de material utilizado en su fabricación; los mangos en el siglo XIX y el pasado, podían ser de marfil tallado, de madera y plata y de maderas elegidas por su calidad y textura visual. El puño o extremo superior era el lugar elegido para la ornamentación más refinada, las hay de ágatas, nácar, plata y esmaltes, de marfil tallado, animales de bronce además de otras representaciones, siempre teniendo en cuenta el puño femenino.

El material de la copa es siempre de tela, salvo en las de origen japonés que son generalmente de papel con varillas de madera a diferencia de las occidentales que son metálicas.

Según los diseños de la moda en cada época las copas pueden ser de encaje, con forro de tela, de tela calada y bordada, de seda pintada a mano con bordes de puntillas o simplemente de sedas de colores.

En la primera mitad del siglo XX, especialmente en la década de 1920, se ponen de moda las sombrillas mucho más achatadas que se realizan con telas rústicas cubiertas de fuertes colores y en no pocos casos con motivos de diseños art-decó. Se las usa ya con criterio práctico para protección del sol en las playas y otros lugares de veraneo; es en estos años que hacen furor las de origen japonés, livianas y de fuertes colores.

Escena de Buenos Aires a mediados del siglo XIX, reproducida en la revista «El Americano» en el año 1872. En una esquina se ve una porteña con abanico en una de sus manos.

Hemos dejado ex profeso para el final las modestas pantallas de cartón con su mango de madera que generalmente eran regaladas por diferentes comercios de barrio, lo que no resultaba excluyente para algunos negocios del centro. En la parte frontal aparecía en las décadas de 1920 y 1930 figuras femeninas o paisajes. En la década siguiente se hizo popular tener como motivo el retrato de artistas del cine nacional: Paulina Singerman, Luis Sandrini, Mirta Legrand, etc. En todas ellas, al dorso, podía leerse: «Panadería La Buena Espiga», «Fábrica de Pastas de Pascual Biancheti», etc. Diferentes eran las pantallas que regalaban las tintorerías; eran de papel translúcido con escenas orientales de personajes o estilizaciones vegetales; el mango era de bambú y las nervaduras que le daban consistencia formaban parte del mango.

Abanicos, sombrillas y pantallas eran un alivio para los días en que el sol apretaba y sofocaba (como antes se decía).

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