"Los Cafés en la época de la

         Revolución de Mayo"


Por Jorge Bossio

¿Sabía usted -decía Napoleón- lo que más me admira en este mundo?  La impotencia de la fuerza para fundar algo. No existen en este mundo más  que dos potencias: el sable y el espíritu. A la larga el sable queda vencido por el espíritu.

Albert Camus

Los Cafés de Mayo de 1810

Ya raya la aurora del día de Mayo; salgamos, salgamos a esperar el rayo que lance primero su fúlgido sol, mirad: todavía no asoma la frente, pero ya le anuncia cercano el oriente de púrpura y oro brillante arrebol.

Juan Cruz Várela

Alguna vez sostuve, no sé si con razón o sin ella, o con ambas, que la Patria había nacido en un café. No era una insolencia, aunque hoy no me parece el lugar maternal suficiente para la belleza y grandiosidad del suceso. Más allá de la metáfora naturalista, sin embargo, parece que las ideas de nación y de patria, ambas entidades supremas, no pudieron nacer sino del pensamiento de los hombres, de su ideario sublime, de los hombres pensantes. Fue como un pensamiento puro. Ese pensamiento puro, fue la génesis de la idea de Nación y de Patria, que nos honra sostener pese a los infortunios que la asuelan. Lo que vino después fue consecuencia de este sentimiento, fue la estructura de estado o, si se prefiere, la estructura de organización que el país debía ordenar. Y esto sí provino del brazo ejecutor de las espadas, las lanzas, los fusiles, los cañones.

Pero el ideario sólo pudo nacer del sentimiento de los jóvenes que avizoraban y anhelaban una nueva y gloriosa Nación, que debía nacer de la pureza de las ideas.

El nacimiento de la Nación y de la Patria a que hacemos referencia, no podía ser sino en un recinto en el que el pensamiento libre tuviera un gran desarrollo, sin limitaciones; en libertad y en el que la inteligencia y sentimientos amalgamaran para alcanzar el progreso.

Es esa pureza de ideas la que fecunda la concepción diferente de la historia germinal de nuestro país. Aquellos jóvenes, que se congregaban y hacían tertulia en el Café de Marcó a conversar y a tomar aguardiente francés, fueron los primeros en concebir la idea de Nación y de Patria.

Los que primeramente comprendieron esa idea, esa emoción que generaba la utopía que deseaban realizar sabían, con claridad cristalina, que no se encontraban en una aporía, sino en un sendero en el que desarrollar ideas de libertad requería el brazo fuerte para el trabajo y el más fuerte para empuñar las armas. Recordemos los versos de José Mármol, dedicados al Plata:

Hincha, ¡Oh Plata!, tu espalda gigante

Brazo hercúleo del cuerpo argentino,

a la seña del alma responde

si el rigor en el alma se esconde,

no desmienta su brazo el rigor.

Así era el alma de aquellos jóvenes fundadores de la Nación y de la Patria argentina; así era el pensamiento y la idea de quienes iniciaron aquella etapa germinal. Idea y músculo ardorosos en bien de la Patria y su grandeza.

El resultado de aquella gesta civil era que todo animaba y preparaba la vida de los argentinos -reflexiona Vicente Fidel López en su Historia Argentina-, para tomar en la capital un carácter turbulento y apasionado, que se alimentaba con la excitación en las calles, en las plazas y en los cafés, constituidos en clubes permanentes de debate y de actividad.

De igual modo, cuando la armada criolla derrotó a los brasileros en la batalla de los Pozos, al volver a Buenos Aires el Almirante Brown fue llevado en andas por las gentes alborozadas hasta el café aristocrático de la «Victoria», donde estuvo a la expectación durante un hora hasta que fue llevado a su morada en un carruaje tirado a manos por la multitud.

Como puede comprenderse, los debates de las ideas tanto como las alegrías de los triunfos criollos se celebraban en esa caja de resonancia de los cafés porteños. Las batallas sí se deben a las armas pero, tanto el debate de las ideas como la alegría de los triunfos, se celebraron siempre en el «agora» porteño que fue el café. Por eso nos animamos a afirmar que la Patria nació en un café, sin tono peyorativo ni despectivo, sino con afecto hacia una realidad plena de libertad.

El café de la época colonial

El café en tiempos de la administración española se inspiró en un proceso de transculturación. Es fácilmente comprensible, teniendo en cuenta que los españoles siempre fue-ron amantes de las reuniones de café. Están como testimonio el viejo café Pombo ya desapa-recido o el café Gijón, ambos en Madrid, que fueron el refugio maravilloso y misterioso de la inte-lectualidad hispana.

Sobre sus mesas cuántos seres curvaron sus vidas en la incertidumbre del destino. Muchos encontraron en las salas maravillosas de los cafés los misterios del espíritu humano.

Los españoles llegaron a Buenos Aires con toda su carga cultural, con todas sus costum-bres y al instalarse en esta tierra cultivaron sus tradicionales costumbres, aquí las mejoraron y aquí las hicieron tan bellas o más que las que esos mismos españoles vivieron en Madrid y Barcelona.

De la belleza del hidalgo espíritu español debería quedar en nuestra Buenos Aires, el temple bohemio que ya no sería hispano, sino que estaría encendido por la porteñidad. Pero antes de que ese sentimiento tuviera vivencia en nuestra ciudad, los descendientes de los conquistadores ya habían fundado en el siglo XVIII los cafés que harían historia, de esta institución que merece nuestro recuerdo. Y lo merece, porque el café es agora de las emociones de sus habitantes.

Recordemos, para iniciar esta escalada romántica y nostálgica de la vida porteña, al «Almacén del Rey», que en 1764 ya figuraba en los documentos oficiales del Cabildo.

Más allá del inicio de la ronda de duendes por los viejos cafés del Buenos Aires colonial, parece interesante que nos preguntemos y nos respondamos: ¿Cómo era el Buenos Aires de aquella época? Veamos lo que dicen los historiadores; Vicente Fidel López, por ejemplo dice: «Por la noche, esta espléndida ciudad de Buenos Aires, que hoy enrojece su atmósfera con los reflejos del gas, presentaba un aspecto desolado, si es que las tinieblas pueden tener aspecto». Las veredas eran de mal ladrillo, húmedas, estrechas, desiguales y temblorosas, encima del barrial en que tenían su asiento. Las había en las calles del Correo (hoy Perú), pero no había muchas más. Buenos Aires era una ciudad baja «aplastada» memora López, y cubierta con las capuchas de los tejados de pésimo aspecto. Tenía, sin embargo, la reputación de la belleza entre las otras ciudades españolas. Esta fama, empero, le viene del espíritu de sus habitantes más bien que de su suelo. En ambos sexos -para decirlo como Vicente F. López-, «ellos eran de espíritu de alma impresionable y simpática, admiradores de las novedades de las civilizaciones».

Lo descripto en el párrafo anterior admite comprender por qué atrajo a los hombres de la capital del Plata, en el año 1764, la inauguración del primer local del café «Almacén del Rey».

Allí, con el correr de los años se instaló un comercio que se llamó «Empanadas Rey» y que finalmente fue el café «La Sonámbula».

La primera mención que los documentos coloniales registran data del año 1779, oportunidad en que el Virrey Vértiz y Salcedo promulgó un auto por el que ordenó a las autoridades que dentro del término de 24 horas debían notificar a la secretaría de la Cámara de Gobierno, la prisión de toda persona decía la orden mal entendida o vagabunda cuya detención se hubiera producido en casa de truco, cafetería u otro lugar donde se hallaran jugando a naipes u otra clase de juegos prohibidos.

Aparece en el Río de la Plata una nueva actividad comercial: «Casa de truco», aunque otra le hace compañía: «cafetería», que prueban ambas la existencia en Buenos Aires de cafés, pero sin ser meros eufemismos. Otros estudiosos e investigadores de la historia aportaron antiguos registros, como el que brinda don José Francisco de Aguirre, que cita en el año 1783, un documento en el que ya figuran listas de cafés y confiterías y posadas públicas. Extensa sería su nómina en este opúsculo por lo que prescindimos de enunciarlos. No obstante, es conveniente decir que la época, aun virreinal, era sintomática en la creación de cafés, dado que situaciones parecidas se producían en otras ciudades americanas. Se fundó en Lima, verbigracia, en 1771, cuando era virrey Manuel Amat y Juniet, un café ubicado en la calle del Correo que sería, seguramente, el primero de la ciudad peruana y cuyo propietario era el señor Francisco Serio. En Montevideo mismo hubo cierta conmoción cuando el francés José Beltrán abrió las puertas de su casa café, en el año 1792. O los que cita Isidoro de María, los cafés «del Comercio», el de «don Adrián», el tuerto, que por la denominación de su propietario sería de inferior calidad y, finalmente el café de la Alianza. Estos locales -dice de María- eran puntos de reunión y de tertulia de los de más copete, que iban al teatro de la Comedia a jugar a la «malilla», al pénche o al truco hasta más tarde, dejando el burro y la biscambra para la familia después de rezar el rosario. Pero difícilmente pasarán de las 10 cuando los portugueses se adueñaron de Montevideo, porque regía el «toque de queda». Se hizo costumbre, entonces, que la hora de la noche terminara con ese toque de queda a las 10.

Salvo, dicen los comentaristas de época, los «engaña pichanga» que se hacían en el «Café de la Gallega» o café del «Agua Sucia».

En los agitados tiempos previos a la Revolución de Mayo, el pregonero lee las novedad que vienen de España

 Café de los Catalanes

Fue de los primeros cafés elegantes que hubo en Buenos Aires y de los frecuentados por los hombres de las familias más destacadas de la ciudad. Algo le es común a otros, a los que ya volveremos, y es que, en su mayoría participaron en el principio de nuestra historia. Típicamente español, el de «Los Catalanes» fue fundado por un «gringo» de origen ligur, de nombre Miguel Delfino. Su apertura se produjo el 2 de enero de 1799, cuando Delfino fundó esta casa café de alto prestigio. A su muerte, el comercio fue transferido a Francisco Migoni, italiano también, que lo refaccionó dándole un impulso que permitió extender su vida comercial hasta 1873.

Ubicado en la esquina de Cangallo y San Martín, en cruz con la Iglesia de la Merced (este barrio era conocido como barrio «Recio») en el mismo predio que muchos años después ocupó la librería Peuser y que anteriormente había pertenecido a la familia Escalada. El solar y el edificio fue propiedad de la esposa de Vicente López y Planes, doña Lucía Riera que lo recibió de su padre y lo dejó en herencia al autor del himno. Así lo testimonia la hijuela de adjudicación que lo cedió por el valor de pesos 2594 siete y tres cuartillos, según la moneda española.

La casa café de «Los catalanes» era frecuentada por los hombres más notables de aquella época porteña. Dediquemos nuestros afanes a una descripción del local. Contaba con un espacio que era una sala amplia y a cuyo fondo se encontraba un grande y hermoso patio. Recuerda José Antonio Wilde, que hacia mediados del siglo XIX no se conocían en Buenos Aires los helados y, por aquellos años, el placer de los parroquianos era consumir café, té o chocolate por la mañana y durante el resto del día los parroquianos consumían candial, horchata, naranja y las consabidas copas, que no eran numerosas, dada la calidad de los clientes.

El frente del edificio tenía entrada por la ochava esquinera, cuyo portal tenía forma de ojiva; del dintel de la puerta pendía un toldo que servía en la temporada lluviosa para que los parroquia-nos esperaran la llegada del coche. A sus costados, por ambas calles, dos grandes ventanales escoltaban la ochava.

De las primeras épocas de la casa café, se recuerda la particular manera de ofrecer el café con leche; servicio de inmensos tazones que se llenaba hasta desbordar y cubrir luego el platillo que lo sustentaba; no se le azucaraba en la forma en que lo hacemos hoy, pues se le entregaba una medida especial, fabricada en lata y llena de azúcar no refinada; el parroquiano vertía la medida en el tazón y recién entonces el mozo servía el café con leche hasta el desborde.

El servicio se completaba con unas primitivas tostadas con manteca y una tenue capa de azúcar, para endulzarla. El chocolate -memora José Antonio Wilde- era de muy buena calidad y se acompañaba siempre con un vaso de agua.

El café de «Los Catalanes» fue muy frecuentado durante la época previa a la Revolución de Mayo, nos dice Vicente Fidel López, pues concurrían a él los hombres que organizaban las primeras reacciones contra el Virrey y su régimen, entre ellos «Pancho» Planes, primo del autor del himno, que instala lo que hoy denominaríamos su «estado mayor», para conducir la lucha; lo acompañaban Víctor Fernández, Grimau, Enrique Martínez, Fontuzo, Voizo y otros jóvenes que reunían a las gentes del centro, organizando manifestaciones que pedían la renuncia del virrey. De este modo, el café de «Los Catalanes», estuvo ligado a lo popular de la Revolución de Mayo.

La vida comercial de «Los Catalanes» se extendió hasta 1873. ¿Qué motivó su desapa-rición? Suponemos que la demolición del teatro «Coliseo Provisonal», o teatro «Argentino», como también se lo conoció, que estaba cercano a «Los Catalanes» que frecuentaban el café cuando concurrían al teatro, provocó su cierre. Pero más allá de estas especulaciones de carácter his-tórico, es conveniente pensar que al recordar su existencia implicamos necesariamente términos de la historia patria.

Café Dos Amigos

Los porteños que vivieron en 1825 estaban conmovidos; dos acontecimientos excitaban a hombres y mujeres de esos días; el primero, fue un viaje que se realizó desde la capital hasta el pueblo de San Isidro, a bordo de un navío a vapor por el Río de la Plata. Fue considerado un viaje de excepción, dado que la gente estaba acostumbrada a viajar en barcos de vela. Para ese día los altos de San Isidro engalanaron sus quintas para recibir al navío y a sus viajeros. El otro suceso fue la noticia llegada desde Lima, Perú, del asesinato del tribuno de la Revolución americana: Bernardo de Monteagudo. El notable hombre público, que pronunció las más vibrantes alocuciones de la libertad en el café de Marcó y que acompañó a San Martín en toda la campaña libertadora, caía por el puñal traidor. Aquellos que fueron sus amigos y que ese día pensaron en concurrir a la inauguración del café «Dos amigos» en la calle de la Victoria n° 7, dejaron de lado la concurrencia al comienzo de aquel café. La pesadumbre los había ganado junto con el dolor.

Los acontecimientos superaron la capacidad tertuliar de los porteños; quizás es que el «Dos amigos»; no tuvo trascendencia histórica en la ciudad de Buenos Aires.

Ya para ese tiempo la ciudad era un polvorín político y la gente rehuía los lugares tradicionales.

Rara es la parábola de este café que durante años fue el marco de los sucesos de la Plaza Mayor. Fue fundado por un italiano al que no le brindaron apoyo como a los cafés fundados por ingleses.

Café de la Victoria

Cuando a principio del siglo XIX la «jeunne dorée» concurría a los cafés buscando los comentarios políticos con los que acceder a un conocimiento mejor de los sucesos de la época, el «Café de la Victoria» no era el más propicio para la reunión de los clubes revolucionarios. Otros había que eran propensos a las reuniones de los miembros de los clubes rebeldes. Dice Manuel Gálvez que para esa época, concurrir a los cafés no era el mejor indicio de respetabilidad social; sin embargo, convengamos que éstos no eran valores absolutos. Los jóvenes, como ha ocurrido siempre, a todo se decidían cuando estaba en juego la libertad de la Patria. Ernesto Morales, contradiciendo a Gálvez, sostuvo en un artículo del diario La Prensa (6/12/1942) que a él asistían la gente aristocrática de la colonia y de los primeros años de la revolución. Es cierto, podemos decir hoy, que los jóvenes alborotadores no concurrían a la Victoria, dado que este café era frecuentado por hombres mayores y adocenados que hallaban esparcimiento en su local lujoso.

La decoración del café tenía características dieciochescas, con grandes espejos que decoraban su ambiente principal. Un inglés, que visitó Buenos Aires alrededor de 1825, dejó el testimonio en un extenso escrito, en el que detallaba que el «Café de la Victoria» sólo podía ser superado por el «Mlle. Colomer» de París.

El hombre que lo frecuentó, en tanto vivió en Buenos Aires, fue el poeta Juan Cruz Varela; seguramente encontraba en él un ambiente de una decoración clásica, quizás adecuada para su poesía. Pero no fue mucho el tiempo que perduró la estancia del poeta en el Victoria, pues el advenimiento de Rosas al poder perturbó la vida de los unitarios amantes de la libertad, lo que motivó su exilio a Montevideo. Convengamos que en todo ese ambiente elegante, no tenían cabida los jóvenes dicharacheros del Colegio de San Carlos, que alteraban los ambientes con sus polémicas políticas y su defensa de la libertad.

Café de Keen

En la calle 25 de Mayo, entre Bartolomé Mitre y Cangallo, se encontraba esta vieja fonda y café, frecuentada muchas veces por los políticos del Río de la Plata y, en especial, por la colectividad inglesa, que aumentaba día a día al abrirse las puertas del comecio internacional.

En la década de los años veinte del siglo XIX, Buenos Aires sollozaba por la muerte de la señora Remedios de Escalada de San Martín, esposa del Libertador. Más allá de esta noticia triste para los habitantes del Plata, el 23 de abril de 1823, el «Café de Keen» se vestía de gala por el banquete que se ofrecía en homenaje a la amistad anglo-argentina, al que concurrieron Bernardino Rivadavia y el poeta Juan Cruz Varela.

Ese año de 1823 fue un ciclo en el que se inauguraron diversos cafés en el Buenos Aires que todavía era la gran aldea. Frente al templo de Santo Domingo se inauguró un café que llevaba el nombre de la parroquia y cercano a él, el «Café Roma», ambos de muy corta vida. Próximo a estos cafés, en la calle del Fuerte, hoy 25 de Mayo, entre las calles de Rivadavia y Bartolomé Mitre existió la «Fonda de los Tres Reyes», a la que concurrían oficiales que actuaron durante las invasiones y que, radicados en Buenos Aires, frecuentaban el café.

En esta fonda se reunían los partidarios de Alzaga, cuando el alzamiento del 1o de Enero de 1809. También se encontraba cercano el «Café de Smith», lindero al Mercado del Centro, donde supo estar el regimiento de Patricios y más tarde el teatro de la Ranchería. No son muy impor-tantes los sucesos en el «Café de Smith», pero es de destacar que en él se organizó un acto de los miembros de la Asociación de Mayo, que dirigía Echeverría y que reunía a la juventud intelec-tual de la ciudad. Esto ocurría el 9 de julio de 1838. Años difíciles, pero el valor y el coraje eran patrimonio de aquellos jóvenes. Esa noche, los poetas de la Generación del 37, como ha sido llamada, celebraron con un banquete juvenil y en el que Echeverría brindó por la esperanza de que el espíritu de Julio y el pensamiento de Mayo lograran finalmente, restaurar aquellos pensa-mientos. A partir de esa noche, el «Café de Smith» será conocido como el Templo de la Libertad.

 Fonda de losTres Reyes

Ya comentamos que los ingleses se reunían en la «Fonda de los Tres Reyes», en particular ex oficiales, que llegaron con las invasiones de 1806. Recordemos que en la «Fonda» se reunía un inglés llamado Burcke y un portugués, que era informante de los británicos, quienes habrían sido los creadores de la primera logia masónica. También se reunían en él los contrabandistas y empleados de la aduana con Manuel Arroyo Pinedo, de Renta de Tabacos y con Gregorio Gómez, iniciados en la logia y que pertenecían a la «Sociedad Patriótica y Literaria», fundada por Cabello y Mesa y los jóvenes Castelli, Azcuénaga y Vieytes.

Burcke fundó con el portugués Juan Silva Cordeiro, que también era informante de los ingleses, una logia masónica llamada los «Hijos de Irán» y lo hicieron especialmente en las reu-niones que se realizaban en la «Fonda de los Tres Reyes», en la que se hospedaban; esta logia se denominó, más tarde, «Independencia». Las reuniones no dejaron de ser un organismo de captación, espionaje y relevamiento. Recordemos que Francisco Antonio Cabello y Mesa, que era miembro de la logia de Burcke, fue el fundador del periódico «El Telégrafo Mercantil» y con posterioridad, del «Semanario de Agricultura», publicaciones que estaban dedicadas a exaltar el «libre comercio», atacando al monopolio español. Como se aprecia, no es equivocada nuestra observación de que la Patria nació en un café. Tanto por los sentimientos y emociones como por la acción, estuvieron siempre presentes en un café, como si esto fuera un ágora ateniense o, para decirlo en criollo, su caja de resonancia.

En 1801 se abrió el Café de José Marcó. En él se reunían los morenistas y se fundó

la Sociedad Patriótica con más de 300 miembros

 Café de Marcó

Cuándo comprenderán los hombres el sentido y el espíritu de la libertad. Cuándo comprenderán que los dogmas no son el sendero de esa libertad, sino el de la esclavitud y el fracaso. Esto es lo que deseamos probar con la historia del «Café de Marcó». La libertad -y no el liberalismo- se diseminó en esta casa como duende misterioso y maravilloso que alumbraba el alma humana, el alma de los porteños y los americanos.

A principio del siglo XIX, el teatro de la Ranchería, vecino de la Plaza Mayor, fue ocupado por los ingleses que nos habían invadido. Allí instalaron su cuartel general. Sin saberlo, los invasores eran vigilados desde un edificio de altos, uno de los dos de la ciudad virreinal. Ese edificio de altos era el del «Café de Marcó».

Numerosas páginas de nuestra historia germinal ocupó el «Café de Marcó», desde fines de la administración española hasta el último tercio del siglo XIX. Varias y sucesivas generaciones serpentearon entre sus mesas, holgaron en sus sillas, meditaron en su ámbito hasta convertirlo en el cenáculo histórico que no podemos olvidar en el momento de celebrar los fastos de la Patria y ordenar estas páginas en la historia de los cafés porteños.

La aparición de esta casa-café fue anunciada en el «Telégrafo Mercantil» del 3 de junio de 1801; se decía en el aviso que, para el día siguiente se ofrecía la inauguración de un moderno salón de «Villar, Confitería y Botillería» al que, seguramente, concurrirían los mejores hombres de la ciudad. En ese día, los porteños elegantes se acercaron a la esquina de la Santísima Trinidad y San Carlos (hoy Bolívar y Alsina) interesados en conocer la nueva tertulia. El ambiente espacioso permitía divisar hacia el fondo dos billares, acontecimiento inusitado en aquel antiguo Buenos Aires, cuando de los cafés existentes, sólo algunos tenían una mesa de billar.

Las mesas y los bancos, rústicos pero fuertes, recibían a los distinguidos caballeros del virreinato. Otro anuncio, empero, causó perplejidad y asombro: la casa-café contaba y ponía a disposición de su clientela, un sótano destinado a mantener fresca la bebida. Asimismo, se anunciaba que a partir del 1 de julio de aquel año, el café pondría a disposición de los parroquia-nos un coche de cuatro asientos para trasladar a los contertulios a sus casas cuando llegara la estación de las lluvias. Buenos Aires comenzaba a ser una ciudad progresista, aún cuando fuera todavía la «gran aldea».

Polémica sobre su nombre

Poco se conoce de la vida del propietario del café, pero mayores dudas causó a los historiadores el apellido de su propietario.

Para Miguel Cané, en su libro «Prosa Ligera», era el café de «Mallcos». Para José Antonio Wilde, en «Buenos Aires desde setenta años atrás», era el «Café de Marcos» y, a su vez, Igna-cio Núnez, que relató los sucesos más importantes del período revolucionario, coincide con Wilde y lo denomina Marcos. El historiador Horacio Batolla, en «La sociedad de antaño», se acerca a Cané y lo denomina, «Malcos». En un conocido trabajo, cuyo autor se desconoce pues está fir-mado por «Un inglés que nos visitó entre 1820 y 1825», se dice que era el café de San Marcos, en tanto Antonio Luis Beruti, testigo de los sucesos de 1810, lo recuerda en sus «Memorias Cu-riosas», como el «Café de Marco». Por esos mismos días, Carlos José de Guezzi, diplomático de la corona portuguesa e informante de los ingleses, lo llamó «Marcos».Historiadores contempo-ráneos como José Torre Revello y los investigadores Leoncio Gianello, Ricardo Piccirilli y Francis-co Romay, coinciden en denominarlo «Café de Marco». Como se puede apreciar, convergencias y divergencias ofrecen un panorama oscuro, casi dilemático, en este asunto de cuál era la grafía del apellido del propietario del café. Sólo puede ser develado a la luz de nuevos documentos his-tóricos. En diferentes protocolos de escribano que hemos consultado, en los que se registran testamentos, contratos de compañía y fundación de capellanías, aparece la firma del propietario del café con una acentuación aguda y sin la »s» final. Inferimos, por tanto, que la estrictez de la documentación no muestra que el apellido del propietario del café era «Marcó». Creemos que la evidencia y el testimonio son irrefutables.

Origen y personalidad de Marcó

El propietario del café del Colegio, como se lo conocía por su cercanía con el Colegio de San Carlos (hoy Nacional Buenos Aires) era hombre que gozaba de prestigio entre quienes lo trataron; su personalidad se enriquecía por los frecuentes actos de generosidad que lo caracterizaron. No era ni desaprensivo ni pródigo; por el contrario era cuidadoso en sus menesteres comerciales, humano con quienes lo trataron y agradecido con aquellos que lo ayudaron en las épocas de trabajo y sacrificio.

Marcó era natural de la villa de Isaza, entroncada en el valle del Roncal, en pleno reino de Navarra. Descendiente de guipuzcoanos, hombres de fe, hidalguía, coraje y generosidad; hijo legítimo, según reza el testamento primero, de don Pedro Marcó Jarra y de doña Juana María Gorrindo, fallecidos para el tiempo en que firmó ese documento. Marcó permaneció soltero; no tuvo, por lo tanto, herederos universales, ni ascendientes ni descendientes. Como cristiano y fiel católico, fue bautizado en la basílica de Nuestra Señora de Idoya, en su pueblo natal, la villa de Isaza.

En el lluvioso 25 de Mayo, la Plaza Mayor y el Cabildo fueron el centro del primer proyecto de libertad (BAS Pequeñas historias de la Plaza, el Cabildo y la gente. Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires)

 La historia argentina en el Café de Marcó

Cuando los ingleses intentaron la desdichada aventura de conquistarnos, en 1806, esta-blecieron su cuartel en el predio conocido entonces como de la «Ranchería», ubicado detrás de la Manzana de las Luces. Vigilar al enemigo no era sencillo, ya porque las calles eran angostas, como por la vigilancia que los ingleses, hábiles militares, impusieron en esa ocasión. Los espa-ñoles y los criollos pusieron a prueba toda su astucia para alcanzar el objetivo de inteligencia. Para ello decidieron utilizar el edificio de alto, que había en la cercanía, que no era otro que el del Café de Marcó. Desde allí atisbaron los movimientos de los «gringos». El café estaba, precisa-mente ubicado en posición estratégica inmejorable para acecharlos. En su techo se ubicaban los encargados de cumplir la misión.

Había comenzado el desfile de la historia en el local del Café de Marcó. Como una suerte de atracción vital, de ahí en más, se sucedieron los hechos políticos en la esquina de la historia argentina. Luego vinieron los combates y la heroicidad de los porteños.

No fue este hecho, empero, el único que señaló a la historia la importancia de aquel edificio porteño: El 1º de enero de 1809 culminaba en Buenos Aires un proceso político no totalmente esclarecido: la asonada dirigida por don Martín de Alzaga. El movimiento contó con la parti-cipación de figuras espectables y de antigua prosapia española de la capital del virreinato. Nombres como los de Santa Coloma, Olaguer, Reynales, Villanueva y Neira aparecieron compli-cados en la rebelión. Al parecer, las reuniones y corrillos de los partidarios de Alzaga se efec-tuaron en el Café de Marcó, por estar cercano al Cabildo y al Fuerte. En la mañana de la insu-rrección de los «sarracenos», como los criollos llamaban a los sediciosos, cuerpos de los regi-mientos de catalanes, vizcainos y gallegos cometieron desmanes en la plaza Mayor, golpeando a gente del pueblo, a soldados y a oficiales del regimiento de Patricios, a quienes llevaron a la cárcel. Como reacción inmediata, un batallón de Patricios se dirigió a la Plaza para cubrir el orden alterado, ingresando posteriormente al Fuerte. Hacia el mediodía, después de apostarse algunos batallones de artillería frente al Cabildo, donde se habían ubicado los insurrectos y tras dominar el sector, la situación quedó totalmente controlada y en manos de los partidarios del Virrey Liniers. Mucha fue la gente a la que se detuvo, además de los cabildantes. «Mi amigo -dirá Carlos José de Guezzi, en carta a un porteño-, los que tenían el rabo de paja deben temblar». El Café de Marcó fue clausurado y el dueño debió salir de la ciudad. El Café de Marcó era considerado como una mezquita en la que hacían «junta los sarracenos», pues se había constituido en el lugar de reunión preferido por los partidarios de Alzaga.

¿Cuáles fueron los motivos políticos que impulsaron a Liniers a decidir la clausura del café? Su propietario no tuvo participación alguna, ni directa ni indirectamente, en los acontecimientos de aquella jornada. Al parecer, según testimonio de la época, Liniers logró interferir la corres-pondencia del español Elío, de Montevideo, dirigida, precisamente a Pedro José Marcó.

La razón que se invocó para clausurarle el negocio y expulsarlo de la ciudad no fue, a mi entender, suficiente, dado que la correspondencia no tenía vinculación con el movimiento de Alzaga. Sí lo comprometían las reuniones y corrillos que hacían los españoles y la gente del Cabildo; digamos que aquellos corrillos hoy llamados rumores o trascendidos, estaban a la orden del día y eran los instrumentos que creaban el clima propicio para la revuelta contra Liniers. El virrey ordenó la clausura amparado en un viejo bando dictado durante la época de las invasiones inglesas por el que se ordenaba el cierre de cafés y pulperías a determinadas horas para que los parroquianos concurrieran a los entrenamientos militares. Expulsados los ingleses, el bando continuó teniendo vigencia porque de ese modo se controlaba el «corrillo» político. Por su parte Liniers amplió los alcances del bando en razón de «...que no siendo pocos los individuos que disipan inútilmente pasando muchas horas y hasta días enteros en las casas café, formando corrillos y propagando noticias ciertas o falsas». Esta medida fue la que permitió a Liniers aplicar la pena de mayor efecto.

La medida era oportuna para atender a la defensa de Buenos Aires pero era inadecuada como disposición política de orden interno. En estas circunstancias el francés demostró no conocer el espíritu español y, aún más, el del porteño que gustaba dejarse estar en los cafés y en las pulperías. Era una costumbre atávica que no se podía combatir.

La política era, por entonces, como lo es hoy y, seguramente, lo será mañana, la alícuota con que los hombres realizan su parte activa en la sociedad. Como era lógico esperar, las medidas adoptadas no fueron suficientes y los corrillos no desaparecieron de la ciudad. Pese a todo Liniers dispuso el cierre del Café de Marcó, el 2 de enero de 1809 y se lo hizo conocer al propietario por el Sargento Mayor del Fuerte, imponiéndolo, al mismo tiempo de la obligación de salir de la ciudad por el término de tres días. Creyó el gobierno virreinal, equivocadamente, que de este modo se eliminaba el cenáculo político. Se equivocó gravemente: lo único que consiguió fue dar sinsabores e ingentes pérdidas al renunciante Liniers y asumida la conducción del virreinalo por Baltazar Hidalgo de Cisneros, recién fue revocada la medida punitoria. Y lo fue el 21 de agosto cuando Cisneros firmó la revocación de la medida, refrendada por Joseph de Basavilbaso en el que se determina como «...compurgada la culpa que pudiese tener el suplicante Pedro José Marcó». Fue esta la primera clausura de un café por razones políticas, pero -preguntamos- qué motivó de parte de Liniers tal encono? Razones personales o, acaso, estrategia de estado. Las primeras no se conocen; las segundas parecen más evidentes, más comprensibles, pero lo cierto es que el Café de Marcó debió sufrir las alternativas de la política argentina.

Los jóvenes iracundos

Como consecuencia de la separación del secretario de la Primera Junta, Mariano Moreno, se gestó un movimiento conducido por los coroneles French, Beruti y Dupuy, con el ánimo no oculto de reponerlo en las funciones de las que había sido destituido. A principios del año 1811 se anun-ció de palabra al pueblo que se formaría una Sociedad Patriótica, designándose como lugar de concentración el café del Colegio, frente a San Ignacio, es decir el Café de Marcó.La noticia cir-culó con rapidez tal que al conocerla el presidente de la Junta, Cornelio Saavedra, ya era corrillo en los lugares populares de la actualidad. Los concurrentes a la reunión debían distinguirse por el uso de una escarapela o cintas de colores celeste y blanco; los organizadores contaban con la protección del regimiento «Estrella», que luego fue denominado «América» comandado por Domingo French y el de Granaderos de Femando VII, cuyo comando ejercía Juan Florencio Terrada.

Saavedra, quizás aconsejado por sus amigos, ordenó detener a los responsables de aquella reunión y a todos cuantos fueran encontrados portando armas o que exhibieran la escarapela celeste y blanca. La Junta, a su vez, contaba con el apoyo de la gente de las barracas y de las quintas y con los componentes del regimiento de Patricios acantonados detrás del colegio carolino. Eran los hombres de los arrabales que comenzaban a ser los «compadritos» que, perdurando en el tiempo, conformaron personajes ya tradicionales en el «tango». Estos sectores se oponían a la actividad de los jóvenes morenistas, por ardorosa y revolucionaria.

Saavedra convocó urgentemente a los miembros de la Junta Grande y decidió mantener el resto de la tropa porteña en armas. En el templado día de aquel 21 de marzo de 1811, la fortaleza donde residía el gobierno se encontraba poblada por 80 jóvenes que habían tenido participación directa en la convocatoria a la reunión del Café de Marcó.

Los jóvenes, interrogados por los jueces, luego fueron liberados por no encontrarles méritos para penarlos. Sólo se impuso una condición para obtener la inmediata libertad: la promesa de no realizar ninguna algazara al trasponer las puertas del Fuerte. No obstante la advertencia y el compromiso, salvadas las puertas, los jóvenes se dirigieron en manifestación por la Plaza Mayor, al grito de «¡Al café! ¡Al café!». Al llegar a lo de Marcó se apoderaron de la sala, abrieron las ventanas que daban a la calle y se hicieron servir aguardiente francés, mientras entonaban las estrofas del poema y canción «La América toda se conmueve al fin», marcha patriótica del poeta Esteban de Luca.

De aquella canción que el poeta De Luca dejó a la posteridad, recordamos uno de los versos de coro, por ser el más conocido y el que mejor representaba el sentimiento de esa época.

La América toda

se conmueve al fin,

y a sus caros hijos

convoca a la lid.

A la lid tremenda

que va a destruir

a cuantos tiranos

ósanla oprimir.

El 15 de noviembre de 1810 se publicó en la Gazeta la «Canción Patricia», cuyos hexasílabos se cantaban en los actos públicos, incluso después de la oficialización de la «Marcha Patriótica» de Vicente López y Planes.

 

Después de cantar las estrofas más arriba transcriptas, casi espontáneamente se formó la junta de ciudadanos en los salones del café; recordemos que cada día se nombraba un nuevo presidente con sus respectivos secretarios y en cuyas reuniones se debatían asuntos de gobierno relacionados con la marcha del país. Al frente del salón había un palco, al que podía acceder cualquier ciudadano para leer o pronunciar un discurso.

Después del día 21 de marzo de 1811, el corrillo callejero aumentó la importancia de las reuniones en «lo de Marcó», hasta que un día, los organizadores se encontraron con la presencia de 300 personas; se encontraban entre ellos, eclesiásticos, abogados, comerciantes y hasta militares. Tantos jóvenes poblaron aquel salón, otrora tertulia tranquila, que hasta se colmaba el atrio de San Ignacio.

El gobierno, entre tanto, se mostraba expectante, no por la serenidad de sus miembros cuanto por irresolución ante los hechos. Algunos militares, como el capitán de Arribeños Juan Bautista que luego fuera caudillo en Córdoba, solicitó permiso para disolver la reunión a balazos, autorización que denegó Saavedra. Durante las cinco o seis primeras noches todo fue euforia, pero luego comprendieron los jóvenes que cada día o cada noche peligraba la Sociedad Patrió-tica, por lo que resolvieron no realizar más las reuniones en la esquina del Café de Marcó. Así finalizó este hecho histórico del que fue silencioso testigo el negocio de Marcó.

Cuando los acontecimientos producidos por el segundo levantamiento de Martín de Alzaga, esta vez contra las autoridades emanadas de la revolución, en una reunión convocada en el café Monteagudo pronunció una arenga vibrante al arrojar sobre el gobierno la culpabilidad de lo ocurrido en el pueblo de Carmen de Patagones; allí habían sido confinados los compañeros de Alzaga, participantes de la insurrección. Pero Elío desde Montevideo envió un bergantín y logró, finalmente, su liberación; cuentan algunos de los sobrevivientes que en la cubierta de la nave española entonaban la siguiente copla:

Aunque se rompan los sesos

allá en el cafe de Marcos

no evitarán que sus barcos

zozobren o sean presos

Los españoles sabían bien que los jóvenes que se reunían en el viejo café constituían el espíritu de libertad de la naciente república y que el salón del Café de Marcó era propicio para las reuniones políticas.

Por eso lo recordaron como protagonistas de la lucha de la que ellos resultaron perdidosos.

La década de 1820

Durante el crítico año de 1820, la esquina de Bolívar y Alsina volvió a ser testigo de hechos que jalonaron los difíciles días fundacionales de la Nación. La puja por el poder de la provincia de Buenos Aires y el fracaso del general Soler, provocó que el coronel Pagola se rebelara contra la autoridad. Pagola penetró en la ciudad y alzándose con el mando, dominó el fuerte, el Cabildo y ocupó la casa café del Colegio en un esfuerzo estratégico por controlar la Ranchería y la Plaza Mayor. El temor cundió por la ciudad; muchas familias huyeron pues se esperaba una lucha en-carnizada; pese todo, la situación fue dominada fácilmente por Dorrego con sus fuerzas, lo que no obstó para que durante dos días y como medida precautoria el mismo Marcó cerrara su nego-cio.El Café de Marcó también fue testigo de la lucha entablada cuando la insubordinación de Tagle a raíz de la reforma eclesiástica ordenada por el gobernador Martín Rodríguez y su ministro, Bernardino Rivadavia. En esa esquina y en esa misma casa se luchó encarnizadamente para reponer el orden en el centro de la ciudad.

Mas no siempre debieron ser acontecimientos políticos los que resalten la vida azarosa de Marcó. Una década y media después, allá por la Navidad de 1836, la ciudad de Buenos Aires vivía horas de tranquilidad; era propietario del café, para esa época, un hombre jovial y animoso, don Francisco Munilla. Para celebrar la fiesta religiosa decidió organizar una serenata. A las 12 de la noche del 24 de diciembre partió del local del Café de Marcó, un piano de los llamados «pierna de calzón» que fue montado sobre una carreta descubierta y acompañado por numerosos instrumentos, entre los que se contaban clarinetes, pífanos, violines y guitarras interpretadas por casi doscientos jóvenes porteños, iniciando el recorrido iluminados por faroles; aquella serenata recorrió las calles de la ciudad finalizando tiernamente en el balcón de Manuelita Rosas.

Conclusión

En Mayo de 1810 el café era la caja de resonancia del pensamiento y del ideario de los jóvenes porteños que pujaban por modificar el destino histórico del país. No era fácil, sin embargo, hallar una explicación sociológica de este fenómeno histórico, dado que el virreinato y, en particular la ciudad de Buenos Aires, no conformaban su estructura económica tal como la conocemos hoy. No se nos ocurre desmesurada esta afirmación; tengamos en cuenta, empero, que tan solo existían dos clases sociales: la burguesía comercial vinculada con el puerto y los propietarios de hacienda, los hacendados, también, aunque en otro sentido, con el mismo vínculo y ello, con el significativo monopolio del comercio que imponían los españoles.

Hasta el siglo XVIII los «pater familiae» del Río de la Plata cubrían el espectro del comercio y estaban, en cierto modo, conformes con los lineamientos monopólicos de ese comercio. El advenimiento de sus descendientes, la necesidad de crecimiento y los ideales de libertad llegados con los informes de Francia e Inglaterra, cambiaron, en cierto modo, el ámbito cultural y la nueva generación comprendió que el mercar no debía tener límites, debía ser universal. Que se debía negociar con todos los países y todos los pueblos o, al menos, con el mundo evolucionado. El Virreinato del Río de la Plata no constituía ni una nación ni un estado independiente. Lo que existía eran provincias dependientes que no remedaban ni la nación ni el estado. Aquellos jóvenes educados en el cerrado escolasticismo bien pronto comprendieron la necesidad de «Libertad» para construir una Nación y una Patria. Comenzaban a derramarse los duendes de un nuevo mundo, de una nueva forma de comprender la vida. El romanticismo comenzó a tener vigencia en la ciudad porteña. Así, entre comerciantes, poetas y pensadores los jóvenes fueron conformando una generación que consolidaría la aventura de la vida a través de la libertad y de la justicia.

Comenzaba la lucha por el pensamiento y el libre juego de las ideas para construir un estado y una patria que, sin duda, sería el primer paso para dar uno segundo que lo ofrecería el brazo hercúleo que empuñara el sable y el fusil, para construir un estado que fortaleciera a la Nación. Y todo esto se pensó en el ágora porteña, en la caja de resonancia del pensamiento de la juventud pensadora, que fue el café.

La hermenéutica de este proceso sirvió para conocer bien nuestros aciertos y nuestros defectos y debe pasar, no lo dudamos, por el cedazo de nuestras virtudes y nuestras imperfecciones. No otro puede ser el sendero de la vida, que nos permita allanar nuestras clau-dicaciones en bien de la grandeza espiritual de la Nación. Este espíritu, como un duende miste-rioso, serpenteaba en la caja de resonancia de los ideales de aquellos tiempos que fue el café porteño y que hoy intentamos afanosamente reivindicar. Esperamos haberlo logrado. Así sea.

Este texto de Jorge A. Bossio fue publicado originalmente en el Cuaderno Nº 7( Mayo 2002) del Café Tortoni.Las ilustraciones pertenecen al Arq. Carlos Moreno

Por estar agotada su edición, se creyó oportuno incluirlo en este número homenaje del Sesquicentenario del Café.