Panamá...entre dos océanos, entre dos continentes...


Ciudad de Panamá, esclusas Miraflores, parque Soberanía, Gamboa, Bocas del Toro  e isla Taboga

FOTOS DEL VIAJE

araña gigante

PREPARACIÓN

Para viajar en Semana Santa, nos anticipamos comprando los vuelos trasatlánticos en septiembre (Santiago de Compostela-Madrid-Ciudad de Panamá). Pagamos 500 euros + 3000 puntos Travel Club por persona y volamos con Iberia.

Los alojamientos más apetecibles, especialmente en Bocas de Toro no estaban disponibles un mes y medio antes del viaje. En determinadas fechas convendría, (especialmente Navidades, carnavales y Semana Santa  que son festivos en Panamá) hacer las reservas con antelación.

 PN soberania Panamá

MONEDA

El dólar circula como moneda de curso legal, en realidad de la moneda nacional, el Balboa no encontraréis billetes, sólo monedas. Nosotros compramos dólares antes de salir y utilizamos también las tarjetas de crédito cuyo uso está normalizado, aunque algunos establecimientos cobran un recargo del 3 al 5% si pagamos con ellas. Existen numerosos cajeros.

plantas acuaticas

SEGURIDAD

Evitando alardes innecesarios y determinados barrios cuando cae la noche, no debe haber ningún problema. Ciudad de Panamá es una de las capitales de Iberoamérica más seguras que conocemos, por no decir la más segura por la que hemos transitado.

Bocas del Toro es muy tranquilo, aunque se producen incidentes aislados sobre todo hurtos de pertenencias en las playas. No hemos visitado la ciudad de Colón, que tiene fama de ser bastante peligrosa, aunque la zona libre no es problemática.

El riesgo de caer en simples timos es tambíen muy bajo ya que el país no tiene una cultura turistica arraigada.

casco historico

PRECIOS

Es un país barato, con la ventaja añadida de que posee una economía relativiamente desarrollada, muy orientada al consumo con un nivel de los servicios bastante aceptable... Suscribo la frase que escuché durante el viaje "hay de todo y barato".

Cabe reseñar la importancia de la capital como centro comercial. Las grandes superficies existentes, la variedad de productos y los bajos precios han convertido a Ciudad de Panamá en un polo de atracción de visitantes de otros países de la región que acuden  masivamente a hacer compras.

Mención especial merece la zona libre de Colón, situada en la ciudad del mismo nombre orientada fundamentalmente a mayoristas.

anciano en Bastimentos

IDIOSINCRASIA

En lineas generales nos hemos traido la impresión de que el pueblo panameño es bastante hospitalario. Sus gentes son amables, nobles y de carácter tranquilo. La picaresca caza turista apenas está instauranda en el país. Incluso sectores  proclives al contacto con el extranjero como taxistas y pseudoagentes de viaje resultan relativamente fiables, aunque obviamente el regateo es necesario.

Siguen el futbol con devoción, en especial la Liga española, todos son del Madrid o del Barça, los taxistas cuelgan de los retrovisores grandes banderines de su equipo. Una breve charla sobre fútbol y una sonrisa abre muchas puertas.

CLIMA

El clima es húmedo y caluroso en general. Más lluvioso en la zona del Atlántico, que en la costa pacífica.

Visitamos el país en temporada seca. En la capital el calor era muy fuerte sin lluvias. En Bocas las temperaturas son más suaves. Llovió bastante, en una época que no es lo habitual pero si algo probable.

 TRANSPORTE

Desgraciadamente hemos regresado sin subirnos a uno de los famosos diablos rojos (autobuses). Combinamos el coche de alquiler (para movernos por la zona del canal y suburbiios de la capiltal) con el taxi, que son muy baratos. Antes de subir conviene preguntar a algún transeunte "¿cuánto nos cuesta un taxi a...?" y una vez informados afinar la tarifa antes de entrar.

Los taxistas cobran distinto según las personas que suban las taxi, nosotros éramos cuatro y nos cobraban algo más. La carrera comienza en un dólar, un trayecto normal interurbano debe salir entre 1$ y 2.50$ dependiendo de la distancia, la hora y el número de personas.

ENLACES ÚTILES

.......Generales..........

Instutito Panameño de Turismo

Turismo Panamá

TurIstmo

 VistPamaná

........Miscelanea........

Parques Naturales

Canal de Panamá con información y webcams en directo

Directorio de hoteles

Guía de playas

 

 .......Vuelos internos..........

Aiir Panamá

Aeroperlas

 .......Bocas del Toro.............

Bocas.com

 

Panamá es un pequeño país centroamericano volcado sobre ambos océanos y perforado por el famoso canal, punto crucial del tráfico marítimo mundial.

 

Pocas naciones tienen una historia tan condicionada por su posición geográfica, pero el valor estratégico del istmo panameño, "puente" que une América del Norte y Sudámerica marca el devenir del país desde la época de la colonización española cuando se convierte en piedra angular de la ruta que siguen los tesoros desde el Perú hasta la metrópoli.

 

Tras la independencia colonial, la necesidad de construir un canal a través del itsmo que abra una ruta marítima entre los dos grandes océanos condicionará nuevamente el futuro del país. Los intereses estadounidenses fuerzan su escisión de la Gran Colombia y avivan el constante intervencionismo yanqui en la vida y la política panameña a lo largo de todo el siglo XX, hasta que por fin en 1999 Panamá asume la soberanía plena sobre los territorios del canal y las tropas americanas se retiran.

 

Hoy en día es uno de los países más desarrollados de Iberoamérica. La estabilidad política y la seguridad ciudadana, los buenos precios unidos al clima cálido y a la belleza y diversidad de sus tierras están provocando el despegue del sector turístico reforzado por las buenas infraestructuras y las políticas orientadas a favorecer inversiones inmobiliarias extranjeras.

 

Este viaje que transcurre entre el 15 y el 23 de marzo de 2008 surge de la convicción de que es un buen momento para hacer una primera aproximación al país y comenzar a descubrir su magnífica franja litoral y las islas paradisíacas de ambos océanos, la extensa colección de parques naturales selváticos con zonas casi vírgenes y  los poblados indígenas que conservan con celo su cultura precolombina.

  

 


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I.- PANAMÁ CITY Y ZONA DEL CANAL

 

Sábado 15 de marzo. Llegada y calle Uruguay

 

 

El vuelo con escala en Guatemala resulta matador, afortunadamente despachamos con rapidez los trámites aduaneros y la recogida de equipaje. Para nuestra estancia en Panama City hemos contactado previamente a través de email con el hotel Marparaiso y en el hall de llegadas nos espera su conductor. La habitación doble cuesta 25 $ (17 €) con desayuno, la recogida en el aeropuerto está incluida (solo el taxi desde el aeropuerto a la ciudad cuesta 30 dólares). Resultará de los chollos más grandes que nos hemos encontrado en nuestras correrías por el mundo adelante.

 

Aunque el hotel produce una impresión inicial desconcertante, las habitaciones están muy limpias, disponen de una cama cómoda, TV con cable y aire acondicionado. En recepción hay internet gratuito y el desayuno es mejor de lo esperado.

 

Como es sábado noche, no nos resignamos a acostarnos sin antes respirar el ambiente nocturno de la ciudad. A pesar de llevar casi veinte horas zapateados entre aviones y aeropuertos, tras acomodarnos y tomar una merecida ducha paramos a un taxi que nos conduce a la calle Uruguay, el epicentro de la agitación nocturna panameña.

 

En la famosa calle que desemboca en la Avenida Balboa (así se llama el paseo que bordea la bahía) se acumulan numerosos restaurantes, bares y discotecas; la calzada está invadida de lujosos coches que circulan lentamente, exhibiéndose. Los garitos están llenos a rebosar pero por las aceras apenas circula la gente, sólo pasan coches. Evidenciaremos más tarde que el peatón no es bien tratado por la ciudad, con la honrosa excepción de la Calzada Amador, Ciudad de Panamá no es una capital diseñada para ser paseada.

 

Nos refugiamos en la agradable terraza del Habibi, una traslación del Medio Oriente a Centroamérica, aquí sirven especialidades libanesas, los clientes fuman sisa, beben cerveza y cócteles. Comemos  un shish kebab bastante sabroso acompañado de unas cervezas, mientras nos ambientamos. A la una de madrugada decidimos que el único lugar donde nuestros molidos cuerpos se encontrarán cómodos es en la cama del hotel.

Esclusas Miraflores, canal

 

Domingo 16 de marzo. Descubriendo los secretos del Canal.

 

Aunque la primera noche en América solemos levantarnos bastante temprano y descansar mal, ayer estábamos tan agotados que conseguimos dormir de un tirón unas siete horas, un logro sin precedentes. El descanso nos ha venido estupendamente, ha borrado de un plumazo el jet lag y a las nueve de la mañana desayunamos bastante despejados en el comedor del hotel haciendo planes para la jornada que se avecina.

 

En recepción nos confirman que la Arrendadora Económica es una empresa seria y fiable, así que nos ponemos en contacto con ellos y alquilamos un coche para explorar la zona del canal.

 

A las 10 y media de la mañana un empleado de la agencia nos recoge puntual en el hotel y nos traslada a las oficinas donde firmamos el contrato, prestamos fianza y nos ponemos al volante de un modelo utilitario de Chevrolet (33 dólares, más 6 de seguro complementario, un total de 25 euros).

 

En el vehículo, aunque pequeño, cabemos los cuatro sin apuros, el motor tiene poca potencia pero suficiente para desplazarnos por los alrededores de la ciudad.

 

Las esclusas Miraflores son nuestro primer objetivo. Próximas al barrio de Albrook, podemos considerarlas parte de los suburbios de ciudad. Con casi cien años de antigüedad, este ascensor gigante de grandes buques, es una precisa obra de ingeniería que sorprende por su perfecto funcionamiento en pleno siglo XXI.

 

A lo largo del canal encontramos embarcaciones de todos los tamaños, tipos y procedencias. Los barcos provenientes del Pacífico salvan el desnivel de más de 15 metros gracias al sistema de esclusas normalmente por la mañana adentrándose en el canal que los conduce al Atlántico; para los que hacen recorrido en sentido inverso, Miraflores supone afrontar el último gran escollo antes de salir al Pacífico ya por la tarde.

 

En contra de una extendida creencia popular no existe diferencia de niveles entre ambos océanos, los barcos suben, gracias a las esclusas, a un sistema de lagos artificiales intercomunicados pero vuelven a descender al mismo nivel. Este diseño evitó años de excavaciones en el istmo.

 

Hoy en día el aumento del tráfico marítimo mundial está provocando una congestión del canal que ha motivado la aprobación en referéndum de una obra faraónica de la ampliación.

 

La entrada normal cuesta 5$ y permite divisar desde una terraza el tránsito de barcos, mientras un speaker cuenta curiosidades e informa sobre la procedencia, eslora, carga y tonelaje de los buques.

 

Continuamos por la misma carretera que nos llevó a Miraflores, hasta que llegamos a las dependencias del Parque Nacional Soberanía. Aunque tenemos la intención de recorrer el sendero Pipeline Road, famoso mundialmente por su avifauna, el personal nos informa que sólo es recomendable reconocerlo a primera hora de la mañana, momento de mayor actividad de los pájaros y nos sugiere adentrarnos en los senderos Camino de las Plantaciones y El Charco. No pagamos entrada debido a las obras de remodelación, normalmente es necesario el abono de 5 dólares.

 

El acceso a ambos senderos es muy sencillo, basta conducir por la carretera procedente de la ciudad hasta encontrar la señalización. Adentrándonos en el bosque advertimos imponentes ejemplares de ceibas y guayacanes invadidos por lianas, escuchamos una amplia gama de sonidos procedentes de la espesura…monos aulladores, aves….Tenemos la gran fortuna de toparnos con un grupo de pajareros panameños que nos muestran a través de sus telescopios alguno de las aves que la selva esconde, también advertimos la presencia de pequeños mamíferos que huyen ante nuestra presencia.

 

El Charco forma un trazado circular de apenas un kilómetro que atraviesa puentes colgantes de madera y parajes de gran belleza, como su nombre indica rodea una gran poza que es aprovechada por excursionistas para refrescarse de los rigores del sol panameño. Allí nos invitan a comer un riquísimo chorizo que abre nuestro apetito.

 

Conduciendo hacia el este, nos adentramos en el istmo dirección Atlántico hasta que llegamos a Gamboa, la población donde el río Chagres vierte su poderoso caudal al canal y donde todo parece girar entorno al parque de bomberos. Mientras tomamos una cerveza en un colmado, varios de ellos que vienen a buscar cervezas por cajas nos animan a sumarnos a su fiesta, agradecemos el gesto pero declinamos amablemente la invitación; en nuestros planes está conocer Gamboa Rain Forest Resort.

río Chagres

El Gamboa resort situado a la entrada de Gamboa en un entorno privilegiado es una delicia de lugar que se acomoda y respeta el espectacular entorno. Decidimos comer en el buffet del restaurante Los Lagartos, separado del edificio principal unos cientos de metros. La terraza sobre el río es sencillamente maravillosa, basta asomarse para contemplar tortugas y una variada avifauna que busca alimento entre las plantas acuáticas.

 

El buffet cuesta 25 dólares, bebidas aparte. La ternera está deliciosa y nos obliga a comer más de lo razonable.

  

Regresamos a Gamboa para informarnos de cómo podemos llegar al poblado de los indios emberá y lógicamente vamos a parar a la fiesta de los bomberos, que ya nadan en cerveza y en ron y nos brindan su hospitalidad. Los panameños son en su inmensa mayoría tíos muy espontáneos, hospitalarios y amables.

 

Nos sugieren dos opciones para llegar al poblado emberá. Por la carretera que remonta el río Chagres dejando atrás el resort; o bien vía fluvial, cogiendo un bote en el embarcadero que hay justo antes del puente de madera que cruza el Chagres en su desembocadura.

 

Los empleados del parque Soberanía también nos habían sugerido negociar con un barquero en el embarcadero y sobre todo abstenerse de contratar los caros tours del Gamboa resort.

 

El único barquero que encontramos no tiene muchas ganas de llevarnos a visitar a los emberás, luego nos dará muestras de que no son de su agrado. Nos explica que no es conveniente ir sin avisar y que los indios querrán que les compremos algo de artesanía. Nos cobra 20 dólares (5 por cabeza) por llevarnos, esperarnos un rato y volver.

 

El paseo a la hora en que el sol comienza a caer es fantástico, vemos algunos barcos con pajareros haciendo una especie de Sunset Cruise entre nenúfares y plantas acuáticas. La visita al poblado resulta bastante decepcionante.

 

Nos sentimos intrusos en la aldea, los indios están en una especie de reunión y sólo nos hacen caso para vendernos una basura de artesanía que cobran a precio de oro. Compramos un par de objetos de poco valor para que no se molesten, damos un paseo por el poblado y nos largamos. El barquero nos explica que a los indios les gusta concertar las visitas con antelación para estar conveniente ataviados, montar un pequeño número y vender la artesanía.

 

Aún de día regresamos a la ciudad, donde hacemos una parada en el Albrook Mall. Panamá es famosa por sus centros comerciales, los turistas y visitantes de países vecinos acuden con un apetito comprador insaciable a los enormes centros de la ciudad. Los precios son efectivamente buenos y para nosotros que viajamos con un euro fuerte (1.55 $) aún más atractivos.

 

El súmmum de las compras es la zona libre de Colón, situada en la ciudad del mismo nombre, al otro extremo del canal, especialmente indicada para las compras mayoristas.

 

Aprovechando que disponemos de coche, decidimos cenar en Amador (Calzada Amador o Causeway). Situada a la entrada del canal a unos 6 kilómetros del centro de la ciudad, es la zona de esparcimiento más importante de Ciudad de Panamá. Un corredor o carretera sobre el agua une cuatro islas al continente, restaurantes y lugares de ocio comparten espacio con zonas ajardinadas y paseos para viandantes, lejos del ruido de la ciudad que exhibe sus imponentes rascacielos a lo lejos.

 

Uno de los restaurantes más famosos de Amador es Mi ranchito. Aunque el buffet del mediodía nos ha dejado bastante llenos, nos atrevemos con las almejas servidas en cazuela y varios tipos de ceviche, acompañados de sus correspondientes daiquiris. El ambiente es informal, el servicio eficiente y la comida sencilla pero a la altura de la fama del restaurante. Pagamos poco más de 10 dólares por cabeza. Volveremos el último día de viaje.

 

Estamos literalmente muertos cuando regresamos al hotel, el día ha rendido lo suyo.

Panama viejo, ruinas de la antigua ciudad

Lunes 17 de marzo. A vueltas por la capital.

 

A las once de la mañana tenemos que devolver el coche, pero aún disponemos de margen para acercarnos a las ruinas del Panamá Viejo (entrada libre) que es como se conoce a las ruinas de la antigua ciudad abandonada en el siglo XVII tras el saqueo comandado por el capitán Morgan.

 

 El calor es ya a primera hora es pegajoso, a lo largo del día superaremos los 35º, así que tomamos el recorrido por las ruinas con calma, haciéndo un paréntesis en un puesto de zumos callejero que nos convence de dos cosas: la piña panameña es la mejor del mundo(así nos lo había asegurado un amigo nuestro) y segunda, es conveniente tener a mano una botella de Herrerano (la marca de ron panameña por excelencia) para acompañarla.

 

Mientras compramos una pequeña botella en un colmado, asomándonos por encima de un muro descubrimos un curioso centro de entrenamiento de gallos de pelea. Pronto acude uno de los “entrenadores” a darnos todo tipo de explicaciones sobre el particular arte. (valga este mini video como ilustración de la concienzuda preparación)

 

Dejamos el coche en las oficinas de la Arrendadora Económica próximas al centro Multiplaza donde aprovechamos para refrescarnos con el aire acondicionado y curiosear por las tiendas. Hemos obtenido un excelente resultado del día de alquiler del coche, difícil sacarle tanto rendimiento.

 

Por 2,50$ un taxi nos lleva al casco histórico, la zona colonial construída por los españoles en el siglo XVII tras el saqueo pirata del antiguo asentamiento, en un saliente sobre el Pacífico que perfila la bahía de la ciudad.

 

No hace mucho olvidado y sumido en la miseria y el abandono, el barrio colonial experimenta en los últimos años un intensivo renacer. Las obras de rehabilitación surgen por doquier convirtiendo edificios ruinosos en magníficas residencias y lujosos hoteles. La alcaldía se ha auto impuesto el reto de lograr la remodelación total en el 2020.

 

Para el visitante tanto andamio y tanto coche se vuelven molestos, convendría limitar o suprimir el tráfico rodado para conferirle el ritmo pausado que reclama. En nuestro deambular un policía turístico nos acompaña, en realidad se convierte en nuestro guía esforzándose en todo momento por mostrarnos los lugares de mayor interés con las oportunas explicaciones.

 

casco antiguo Panama, al fondo rascacielos

Reponemos energías con unos cócteles de ron y frutas tropicales en una terraza, están tan deliciosos que se nos va el santo al cielo y nos dan las tres y media cuando entramos en el famoso restaurante Manolo Caracol. El dueño (español) está cerrando el local y no tenemos más remedio que buscarnos otra fonda.

 

Encontramos un restaurante moderno de reciente apertura, se llama Ego, tiene menú fijo (hoy sopa de hongos y atún con una salsa estilo pesto) que acompañamos con una botella de vino chileno. Comemos fenomenal y pagamos menos de 60 dólares (que al cambio sale por debajo de 10 euros por persona).

 

Por la tarde callejeamos hasta llegar a los límites de la zona histórica, nos advierten que no nos confiemos en exceso, así que optamos por no tentar a la suerte y nos dirigimos al mercado de artesanía situado en el antiguo YMCA (taxi 2 $) que ya está cerrando cuando llegamos. Afortunadamente una pareja muy simpática nos recoge en su coche mientras intentamos sin éxito parar un taxi y nos deja en el hervidero de actividad que es la Plaza 5 de mayo.

 

Hasta aquí llegan pocos turistas, en el subterráneo de la plaza está el Mercado Nacional de Artesanías y comienza también la calle comercial más popular de la ciudad, la más desordenada, pero plagada de vida y sabor. Predominan las baratijas aunque hay buenas gangas.

 

Cuando anochece nos advierten que no nos aventuremos por las calles adyacentes. Distraídos por el ambiente que nos rodea tomamos unos zumos de piña (mejorados con unas gotas de ron) y cenamos en la considerada pizzería más antigua de Panamá (apenas 30 dólares cuatro personas). El taxi de vuelta al hotel cuesta dos dólares.

 

 Cayos Zapatillas

BOCAS DEL TORO

 

Martes 19 de marzo. El pueblo de Bocas y el banquete de mariscos.

 

A las cuatro estamos en pie, nos espera el primer avión de Air Panamá (compramos los vuelos con un par de meses de antelación) con destino a Bocas del Toro. Nos traslada al aeropuerto de Albrook un monovolumen del hotel, en un taxi no cabemos con nuestros bultos. Como precio simbólico nos cobran 5$, en algo se tiene que notar que somos paisanos de los dueños.

 

Bocas del Toro es un archipiélago situado en el nordeste del país, en el mar Caribe muy cerca de la frontera de Costa Rica que en los últimos años ha experimentado en despegue turístico muy apreciable que lo ha convertido en el destino panameño de playa más conocido.

 

La mayor parte de los servicios se encuentran en el pueblo de Bocas, situado al sur de la isla de Colón, próximo al aeropuerto. De sus muelles salen barcos que hacen traslados o excursiones a otro puntos de Isla Colón y a otras islas del archipiélago.

 

Entre sus atractivos destacan los humedales y manglares, la exuberante selva, unas olas que atraen a surferos de todo el mundo, buenas playas de mar abierto como Wizard o Red Frog y sobre todo el Parque Nacional Marino de Bastimentos, que comprende el sur de la isla del mismo nombre y los paradisíacos Cayos Zapatillas, dos pequeños botones de un verdor intenso en medio del Caribe, ribeteados por la fina arena blanca de sus playas salvajes.

 

El vuelo es muy cortito, apenas subimos y ya aterrizamos en el aeropuerto de la isla de Colón. El taxi al pueblo de Bocas cuesta un dólar por persona, una persona que ofrece excursiones enseguida nos proporciona un transporte que nos deja en el embarcadero. El día lluvioso tuerce nuestro gesto.

 

Tenemos una reserva en el Buccaneer Resort, dos cabañas tres días (71,50$ cabaña y día impuestos incluidos, precio temporada alta), situado en la vecina isla de Carenero, que hemos elegido por su tranquilidad y su cercanía al pueblo (cuatro minutos en bote).

 

Los barqueros cuando ven al visitante con bultos, adivinan que es recién llegado y quieren cobrarle más de la cuenta. Comienzan pidiendo 8 dólares y nos llevan finalmente por 5$, el precio es dólar por persona.

 

Carenero nos recibe con un respetable aguacero, para completar la fiesta los dos tíos que están en recepción no trasmiten muy buenas vibraciones. Nos enseñan nuestras cabañas, una con tufillo a humedad y el baño patas arriba.

 

Permiten que ocupemos una cabaña antes de la hora y esperamos en el bar sobre el agua con unas cervezas a que llegue la recepcionista.

 

El personal del resort está compuesto por un equipo de personajes ciertamente extraños, la recepcionista es la excepción. Nuestras quejas la persuaden de que hoy al menos nos debe ofrecer otro cuarto y nos permite alojarnos en la estupenda suite de dos habitaciones, enorme living room con terraza y cocina que cuesta 200 dólares diarios. Mañana la suite estará ocupada pero promete tener a punto la cabaña. 

 

Después de leer alguna crítica sobre el hotel, estábamos avisados de que el mantenimiento de las instalaciones dejaba mucho que desear, pero no tuvimos otra opción, era el único lugar en la isla con dos habitaciones libres para nuestras fechas. No lo recomiendo.

 

Pasamos la mañana en el pueblo de Bocas, no ofrece nada reseñable, pero queremos comprar algo de marisco y pescado para la cena, aprovechando que  hoy disponemos de cocina. Conseguir pescado o langosta fresca en estas fechas se convierte una tarea complicada.

 

El día ha abierto, los cielos asoman azules y el calor es muy fuerte. Elegimos para comer uno de esos bares con terrazas al mar tan agradables, The Pirate, donde pedimos pescado, pasta y disfrutamos de unos daiquiris inolvidables. El de fruta de la pasión es celestial, el de piña lo supera y el de limón es una de las mejores copas que hemos tomado nunca, los cubalibres (1,50 $) están demasiado cargados. Pagamos unos 10 euros por persona por una buena comida, nos parece muy barato si tenemos en cuenta el número de daiquiris que hemos tomado.

 

Cuando ya hemos comprado la cena y damos por imposibles las langostas, nos topamos con el Brequero, un pescadero del pueblo de Carenero más ancho que alto (así lo describen), bien simpático que bebe el ron por botellas, al que convencemos para que nos venda unas libras de langostas. No son muy grandes pero si muy frescas, 18 $ tres libras bien pesadas, que equivalen a kilo y medio.

 

Con las provisiones necesarias para hacer un pequeño gran festín, cocinamos pasta con langostinos y las langostas que están soberbias, todo acompañado de tres botellas de albariño y godello de Monterrei (agotamos todas las existencias traídas) y una botella de ron Herrerano. Dormimos como angelitos.

cayos Zapatillas

Miércoles 19 de marzo. El día perfecto: cayos Zapatillas.

 

Nos levantamos sin resaca. Los cielos despejados anuncian un día espléndido, idóneo para navegar. Desayunamos en el restaurante sobre el agua del resort, La almeja barbuda, mientras esperamos el barco que nos llevará a hacer la excursión a Cayos Zapatillas que concertamos con el hombre del aeropuerto: 20 dólares por persona (precio normal 25).

 

Los barqueros de Bocas no son muy originales a la hora de ponerle nombres a las excursiones: Tour Uno, Tour Dos…Las opciones pasan por hacer un recorrido por isla Colón que incluye la visita a la resguardada playa de Bocas del Drago, donde hay gran cantidad de estrellas de mar; otra posibilidad tiene como punto culminante la playa de Red Frog, y la excursión más larga, la que haremos nosotros hoy, incluye paradas en la bahía de los Delfines, cayos Zapatillas (entrada en el parque 10 $ que se pagan aparte) y cayo Coral donde comeremos y se puede bucear.

 

 

Nos recogen sobre las nueve y tras repostar navegamos por una zona de manglares hasta alcanzar la bahía de los Delfines. Nos acompañan unas donostiarras bastante simpáticas y un grupo de mexicanas que parecen rescatadas de un culebrón venezolano.

 

En la llamada bahía de los Delfines, espacio de aguas tranquilas resguardado por los manglares vemos delfines desde el barco, pero el barquero nos prohíbe tirarnos el agua para evitar ser embestidos por otras embarcaciones. Salimos del complejo de canales a mar abierto en busca de los alejados cayos Zapatillas.

Cayo zapatilla Norte

  bajo el agua, cayo Coral

 

El mar está algo movido y las olas complican el desembarco en el cayo Zapatillas norte, una isla excepcional que surge como una masa verde de frondosa vegetación del mar y termina en playas de fina arena blanca bañadas por aguas transparentes hoy algo picadas.

 

 

El interior de la isla está cubierto de una densa selva, poblado de feroces hormigas que abortan sin contemplaciones nuestro intento de alcanzar la pequeña aldea. El picor hace rabiar, ni el agua salada, ni enérgicas frotaciones con la arena pueden calmarlo.

 

La frondosidad de la vegetación invade la playa acentuando el aire de salvaje islote perdido, para no desentonar, como los viejos piratas de las novelas de aventuras nos hemos traído la botella de ron. La sensación de soledad a la sombra de los arbustos selváticos mientras escuchamos el murmullo de las aguas cálidas que mojan la arena no se olvida fácilmente.

 

La comida en Coral Cay, el restaurante sobre el agua de cayo Coral es más aceptable de lo que se podía esperar de estos sitios destinados a servir almuerzos para excursiones. Mecerse en las hamacas a la sombra es una buena forma de hacer la digestión antes de sumergirse en las aguas próximas.

 

De regreso a Bocas hilvanamos planes para los próximos días (que si buceo, que si hay que localizar a la persona que hace salidas en el velero) ignorantes del brusco cambio climatológico que frustrará todos ellos.

 

Al atardecer damos un paseo por el pueblo, cenamos unas crepes y tomamos una copa antes de dar por cerrado el día.

llueve a mares en Bastimentos

 

Jueves 20 de marzo. El diluvio en Bastimentos.

 

Primero pensamos en el viento, parece imposible que esté lloviendo después del día tan espléndido que hizo ayer, pero en Bocas incluso en temporada seca la lluvia puede hacer acto de aparición en cualquier momento. Es noche cerrada y llueve torrencialmente.

 

Por la mañana más de lo mismo, los lugareños nos convencen de que son chubascos pasajeros. Evaluamos la situación contemplando dos opciones: una es alcanzar tierra firme: llegar a Changuirola y allí buscar la forma de visitar el parque de la Amistad.

 

Otra alternativa es ir en barco hasta la vecina isla de Bastimentos. Confiando en que escampe proyectamos cruzar la isla hasta las playas de Wizard y la Rana Roja.

 

Nos decantamos por esta última y caminamos hasta el pequeño muelle donde pasa un bote que nos acerca al pueblo de Bastimentos (no recuerdo bien el precio, unos 8 dólares los cuatro).

 

El poblado erguido sobre una pronunciada ladera es menos turístico que Bocas, más pequeño y con más encanto. Sus pobladores son en su mayoría negros de origen antillano que hablan un extraño dialecto que mezcla palabras en inglés, castellano y otras de difuso origen.

 

Mientras nos refugiamos de la lluvia en un supermercado de unos chinos y llamamos por teléfono a casa (todos los supermercados los controlan panameños de origen chino) advertimos que los lugareños son tíos bastante curiosos y ocurrentes.

 

El supermercado es el centro social del pueblo y nos echamos unas buenas risas mientras esperamos que escampe. Es jueves santo, día de prohibición de venta de alcohol después del mediodía, algo que preocupa y mucho en el pueblo. Todas las conversaciones girar en torno a la ley seca, todos acuden a la “china”, que hace su agosto vendiendo ron, a asegurarse unas botellas antes de la hora fatídica.

 

Claro que el remedio resulta peor que la enfermedad: advertimos al poco rato las soberanas borracheras que se pasean por el pueblo botella de ron (a veces de dos litros) en mano trasegada a morro. Aunque vemos la escena bastante divertida, también caemos en la tentación y compramos una botella de Herrerano para aliviar cualquier sed repentina.

 

Entre la “china” y un bar del puerto pasamos la mañana, el cielo no augura una mejoría del tiempo. Comemos en casa de Quecha, el restaurante familiar de una mulata muy dispuesta que nos sirve guiso de pulpo y langosta con unas piñas coladas memorables bien reforzadas con Herrerano (116 dólares, al cambio menos de 20 € por perona).

 

La salsota del marisco y las piñas resultan demasiado pesadas, tanto que decidimos en un momento en que la lluvia da una tregua, atravesar la isla hasta las playas del mar de afuera y así de paso ayudar a hacer la digestión.

 

El diluvio nos caza mientras transitamos por el sendero que cruza el singular cementerio del pueblo, no nos amilanamos y seguimos adelante. El camino está muy embarrado, no apto para caminar con havaianas. Yo resbalo tanto que decido que es mejor descalzarme, la lluvia implacable nos cala los huesos.

 

Cuando llevamos unos dos tercios del trayecto recorrido, nos damos cuenta que es absurdo seguir y que muy probablemente tendremos dificultades para encontrar  un barco para regresar con este tiempo inclemente.

 

Nos guarecemos unos minutos en el camping que está a punto de inaugurarse y reemprendemos el camino de regreso mientras que con unas hojas de banano intentamos protegernos inútilmente del agua que cae a mares. Antes de alcanzar el pueblo caigo dos veces al suelo y opto por volver a descalzarme, aunque no me haga gracia caminar con los pies desnudos por la selva.

 

A pesar de todo guardaremos un buen recuerdo de esta pequeña aventura. El verdor y la belleza de la selva de Bastimentos es apabullante, la lluvia no hace sino resaltarla.

 

El resto del día transcurre sin mucha historia, un merecido descanso en las cabañas y una cena en el vecino Pickled Parrot, curioso restaurante sobre el agua de un no memos curioso propietario llegado de la América profunda, que a pesar de sus años en el país conserva un acento ininteligible. Unas hamburguesas sabrosas y unas cervezas nos cuestan treinta y tantos dólares.

 

niña Bastimentos

Viernes 21 de marzo. De la rana roja a la procesión del Viernes Santo.

 

Es nuestro último día en las islas y no queremos dejarlas sin conocer la playa de la Rana Roja, Red Frog beach, pronunciada por los locales como “Refog”.

 

 

Cerramos con un barquero un precio para llevarnos y recogernos a las dos y media de la tarde: 16 dólares si no recuerdo mal cada viaje, cuatro personas, además hay que pagar dos dólares para entrar en la propiedad privada por la que atraviesa Bastimentos hasta alcanzar la playa.

 

 

El día se presenta otra vez lluvioso, el cielo hace algún amago de aclararse pero pronto unas nubes negras replican con unos buenos chaparrones. A estas alturas ya no nos disuade la lluvia, quedarse en el resort con este tiempo y sin nada que hacer se antoja muy incómodo. Los demás huéspedes, americanos  con niños en su mayoría, se levantaron con cara de muy pocos amigos.

 

 

Sea como fuere estamos otro día en Bastimentos enfrentándonos a un camino embarrado, eso sí bastante menos pronunciado y corto que el de ayer, lo que no impide que presenciemos unas buenas tortas por el camino.

 

En la playa predomina el ambiente mochilero y la mayoría de los visitantes tratan de huir de la lluvia resguardándose en un atractivo bar de playa con unos originales columpios de madera que cuelgan del techo y que hacen la función de asientos frente a la barra.

 

La playa rodeada de exuberante selva es amplia y de arena dorada, las olas rompen con fuerza y la corriente es bastante fuerte. Su belleza salvaje hace honor a la fama que la precede.

 

Ignoramos la lluvia y nos damos un chapuzón entre las olas, vigilando la corriente que nos arrastra hacia la derecha y hacia fuera. El agua está muy caliente y se está mejor dentro del agua que a la intemperie.

 

La hora de irse llega pronto, nos endulzamos en el resort y recogemos el equipaje que ya hemos dejado preparado por la mañana. Compramos algo de fruta en el pueblo y embarcamos con algo de retraso.

 Isla taboga, Pacifico Panama

 

 

III.- PANAMÁ CITY SEGUNDA PARTE E ISLA TABOGA.

 

El servicio del hotel acude a recogernos al aeropuerto de Albrook puntual, hemos quedado con unos compañeros viajeros y tenemos que cambiarnos a cien para llegar puntuales.

 

Tras charlar un rato con nuestros amigos, salimos al paseo donde presenciamos el interminable paso de la procesión del Viernes Santo que congrega una nutrida afluencia y que paraliza la ciudad. Como el tráfico está bloqueado hacemos tiempo en el centro Multiplaza.

 

Queremos cenar en el restaurante Martín Fierro, especializado en carne argentina y situado en el barrio del Cangrejo. Alcanzarlo con las calles cortadas es tarea difícil: precisamos dos taxis, el primero nos deja en una calle cerrada por la procesión, la cruzamos a pie y cogemos un segundo que nos acerca al restaurante.

 

 Lo primero que preguntamos es si aún rige la ley seca. El camarero cómplice, nos alivia diciendo que sirven alcohol. Pedimos biffe chorizo y nos servimos el buffet de ensalada con dos botellas de vino de Argentina y Chile, la cuenta no llega alcanza los noventa dólares (15 euros por cabeza). Cuando salimos recogemos una tarjeta que reseña…English Spoken…Falamos galego. Preguntamos y nos confirman que el dueño es paisano nuestro.

 

Volvemos al hotel con una escala en la calle Uruguay para tomar una copa. Después de las doce y una vez transcurrida la prohibición el ambiente se vuelve a animar.

Taboga, Panamá

 Sábado 22 de marzo. Despedida y cierre, isla Taboga.

 

El último día de viaje aprovechando que el avión sale a las 22.30 nos imponemos una apretada agenda.

 

Primero nos dejamos caer por mercado de la plaza 5 de mayo para realizar unas compras pendientes, después vamos a la playa a hacer la fotosíntesis tras dos días de lluvia en Bocas. Un taxi (4 dólares)  nos deja en la terminal del ferrys con destino a isla Taboga, situada en Amador.

 

Llegamos por los pelos y el extraño sistema que tienen para asignar plazas, nos mantiene en vilo hasta el último instante. Nos venden el billete (11 $ ida y vuelta) pero no confirman si nos dejarán embarcar, tampoco si podremos regresar en el ferry de las tres. Afortunadamente unos pasajeros han llegado tarde y nos asignan sus plazas, garantizándonos además que tendremos sitio en el primer ferry de vuelta.

 

 

Hemos dado tantas vueltas, que cuando arranca el barco del muelle con nosotros a bordo no lo podemos creer. El día es realmente caluroso, el viaje dura apenas una hora y se pasa volando gracias al entretenimiento que supone observar los grandes buques que esperan su turno para cruzar el canal.

 

 

La posición estratégica de Taboga, motivó tempranos asentamientos de los colonizadores españoles. Hoy es una de las playas más frecuentadas por los habitantes de la capital.

 

El elevado tránsito de barcos por el cercano canal, no le hace ningún favor. En sus aguas hay bastantes restos de hidrocarburos, una fina capa de aceite flota en la orilla mientras bolas de chapapote se posan en el fondo. Para colmo justo el día de nuestra visita los servicios de protección civil hacen frente a un vertido incontrolado de un compuesto bastante volátil que invade una cara de la playa. Con la subida de la marea el otro perfil quedará igualmente contaminado sin que los bañistas presten mucha atención a lo que se les viene encima. Para un voluntario del chapapote estas escenas son especialmente dolorosas.

 

Aprovechamos hasta el último momento para achicharrarnos con el generoso sol del Pacífico panameño, ignorantes de que nuestra tierra soporta una gélida ola de frío.