Marrakech
 

Fotos del viaje

vendedor de caracoles

 

Cómo llegar

Easyjet, Clickair y Ryanair capitanean los vuelos baratos desde la península destino a Marrakech. Vuelan respectivamente desde Madrid, Bcn y Girona. La poco fiable en cuanto a cancelaciones Atlas Blue también tiene frecuencias a Marrakech.

Además de las compañías convencionales los vuelos charters tiene mucho protagonismo.

Cruzar el estrecho en ferry es otra  alternativa.

niño

 

Dónde alojarse

Los hoteles gozan de una relación calidad precio muy buena y se encuentran con facilidad habitaciones para todos los bolsillos.

Una alternativa recomendable es dormir en un riad, casa de huéspedes tradicional, en la Medina. Terre Maroc  es un directorio bastante extenso que ofrece información en castellano.

 

cumbres del Atlas

 

Información sobre la ciudad

Existe una gran cantidad de información sobre la ciudad en internet, me limitaré a poner tres direcciones con infirmación de caracter generalwww.turismomarruecos.com

 www.riadomaroc.com

 www.marrakech-medina.com

Recomendamos vivamente esta escapada a todo el mundo, especialmente a aquellos que vivan cerca de Madrid y Barcelona que pueden aprovechar un fin de semana para acercarse al norte de África, un mundo cercano y accesible, a la vez que diferente tanto por sus hábitos socioculturales como por su entorno físico.

Marrakech y otras ciudades del Magreb están ahora más cerca que nunca. Gracias a los vuelos de las compañías low cost, el coste del viaje es muy bajo. Comprando con antelación los pasajes, pagamos 63 euros por los vuelos ida y vuelta (Madrid- Marrakech y Casablanca-Madrid) con todos los gastos incluídos. El alojamiento en un encantador riad de la Medina nos costó 60 euros por pareja y día, aunque encontraréis una habitación digna por mucho menos. La vida es muy barata, una comida media cuesta unos tres o cuatro euros, el transporte y las excursiones son francamente asequibles. 

Las compras  se convierten como una tentación irresistible; la diversidad de paisajes que combina fértiles valles y desiertos de arena, sorprendente; el patrimonio cultural muy valioso; pero sin duda lo más impactante es entrar en contacto con esas gentes de enorme afabilidad, descubrir sus costumbres y atrapar su  singularidad.

especias

 

Esta es la historia de corto pero intenso viaje de un grupo numeroso de amigos a la fascinante ciudad marroquí de Marrakech que nos dejado un excelente regusto. 

El jueves 1 de noviembre salimos temprano desde varios puntos de Galicia y Asturias en automóvil hacia Madrid, donde embarcamos en un avión de Easyjet camino de la "ciudad roja" protagonista de este relato. El domingo nos trasladamos en tren a Casablanca para tomar el vuelo de regreso a Madrid.

 

1 de noviembre. Primer contacto con Jemaa El Fna 

El vuelo de Easyjet llega antes del horario previsto. Los trámites son aduaneros son ágiles y a la salida del aeropuerto nos esperan las dos furgonetas enviadas por el riad El Sagaya para trasladarnos (50 euros el grupo de catorce) a la ciudad. El riad está emplazado en la zona noroeste de la Medina a escasos treinta metros de las murallas a cuyos pies nos deja el transfer, pues sólo los coches pequeños pueden circular dentro del recito amurallado. 

Escogimos el alojamiento por eliminación, no había otro disponible de las mismas características para acoger a un grupo tan numeroso en estas fechas de elevada ocupación, pero esta elección casi a ciegas resultó un buen acierto.

La casa de dos plantas decorada al estilo tradicional está dispuesta en torno a un patio central que le da calidez y personalidad. La terraza con espacios comunes ideales para tomar un té a la menta al atardecer ofrece buenas vistas de la ciudad y la planta baja donde se sirve el desayuno, tiene una agradable piscina enmarcada por columnas y cubierta de azulejos. Las habitaciones son todas amplias y confortables, cada una con propio estilo y carácter (60 y 70 euros temporada alta). 

Tras acomodarnos, salimos hacia la plaza Jemma El Fna y enseguida nos contagiarnos de la inmensa vitalidad de la Medina, donde cada detalle consigue captar nuestra atención. 

La plaza nos sorprende en su apogeo. Es el auténtico corazón de la ciudad, el mayor reclamo turístico y desde luego la principal seña de identidad de Marrakech. Este universo tan particular y genuino parece un ser con vida propia que va mutando a lo largo de lo día hasta hacerse irreconocible a la hora de mayor pujanza cuando el sol desaparece y deja espacio a una suerte de particulares personajes que ocupan el vibrante recinto atrayendo la atención de lugareños y turistas.

Encantadores de serpientes, trovadores, músicos, charlatanes, cuenta cuentos, carteristas, buscavidas, tatuadoras de henna o boxeadores son los absolutos protagonistas de este gran circo humano que congrega a los viandantes y curiosos que se agolpan en corros.

Soporta la intendencia de este gentío un centenar de puestos de comida, también de zumos y frutos secos. En uno de ellos picamos calamares fritos, patatas, brochetas de cordero, salchichas, ensalada y demás viandas.

puesto Jemaa El FnaA la hora de pagar surgen problemas. Antes de sentarnos nos han ofrecido cinco comensales gratis, ahora tratan de volverse atrás y se inicia un fregado que terminará con una rebaja del precio, aunque no tan sustancial como la prometida. Todo forma parte de circo, pues pagamos menos de cuatro euros por persona. 

Cuando nos levantamos de la mesa, el ambiente ha comenzado a decaer. Los corros están ya más dispersos y el barullo ha bajado de intensidad. Aprovechamos la plaza hasta sus últimos latidos y regresamos al riad sobre de la una de la mañana agotados. Ha sido un día muy largo para todos y estamos completamente molidos.

el humo de la plaza Jemaa El Fna

lamparas

 

 

 

 

 

 

2 de noviembre.Descubriendo la esencia de la ciudad. 

Nos levantamos temprano y en una primera aproximación extramuros alcanzamos los jardines Marjorette, pronto volvemos al riad para desayunar con el resto del grupo en el acogedor patio un café acompañado de crepes, pan, mermeladas y zumo que nos dan la energía precisa para iniciar el agotador día que nos espera en Marrakech. 

KoutoubiaPasan las diez cuando salimos en tropel a las ajetreadas calles de la Medina. La primera parada será la Koutoubia, que inspiró a los arquitectos de la sevillana Giralda; es una construcción de origen almohade cuyos orígenes se remontan al siglo XII, luego modificada para encararla correctamente a la Meca.

Nuestro grupo, aunque se ha ido disgregando es todavía el numeroso y se mueve con parsimonia: curiosea uno, se para el otro e inevitablemente cuando llegamos al Palacio Bahia (Badii) y las Tumbas Saadies, nos encontramos con las puertas cerradas. Como alternativa, recorremos el barrio judío en compañía de un improvisado guía que seguramente alberga “oscuras intenciones”...vamos a descubrirlas. 

Unas callejuelas largas y estrechas interrumpidas por peculiares tienduchas, la vida en la calle de esas gentes con un aire misterioso pero de sonrisa acogedora, una mirada enigmática tras un portal entreabierto, desde una balconada o tras un niqab, le confieren un aire auténticamente envolvente al barrio.

Nos resulta chocante que una sinagoga judía pueda sobrevivir rodeada de un mar de mezquitas, ese testimonio de tolerancia sorprende a nuestros ojos occidentales, quizás demasiado mediatizados por un entorno de creciente hostilidad hacia todos los que profesan la religión musulmana.

Nuestra relación con el guía tiene un punto y aparte cuando nos propone visitar la tienda de un familiar. Algunos de nosotros conseguimos escurrirnos y merodeamos entre los vistosos puestos de especias, a la espera de los que sufren dentro del negocio, el estudiado ritual de venta desplegado por la familia al completo.

De regreso a Jemma el Fna, nos detenemos en una pequeña plaza donde artesanos de la forja elaboran y venden sus objetos. Un lugar apropiado para aquellos que gusten de hacer alguna compra sin acoso, los precios son fijos y ajustados, aunque siempre es posible conseguir un descuento: estamos en Marruecos.

la plaza al mediodiaJemma el Fna es un recinto camaleónico. Si no fuese porque la fachada del zoco le aporta un sello inconfundible, cualquier viandante distraído que la noche anterior se hubiese sumergido en este singular universo podría atravesarla ahora al mediodía sin percatarse  de que el enorme espacio abierto rodeado de edificios de terrazas donde los turistas se afanan por conseguir una mesa, es el mismo que ayer estaba inundado de puestos de comida y poblado de las más curiosas gentes que nos podamos imaginar.

Como buenos forasteros tomamos un refrigerio en una de esas terrazas con vistas a la Medina, antes de aventurarnos en el zoco. Se puede decir que el zoco de Marrakech no decepciona. Con independencia de las innumerables tentaciones que ponen a prueba a la legión de ávidos compradores occidentales: cueros, babuchas, alfombras, imitaciones, especias, frutos secos, telas, teteras y mil cosas más…lo realmente fascinante es observar cada una de las pequeñas piezas que completan el escenario. Desde la maestría de los vendedores para embaucar al comprador, pasando por la disposición de los puestos, hasta los aromas que se destilan o el entramado laberíntico sin fin que componen las callejuelas.

El breve contacto inicial con el zoco, parece que nos abre el apetito que saciamos con tajines y cous cous de cordero en un restaurante cerca de la plaza, pagamos unos cuatro euros por persona.

Con las fuerzas ya repuestas nos dirigimos a una agencia próxima. Pretendemos hacer una salida de un día y buscamos opciones. Disfrutar de un día en el valle de Ourika es la alternativa que mejor se acomoda al tiempo que disponemos. Proponen llevarnos en un minibús de catorce plazas donde quepamos todos, pero piden más de 2500 dirhams. Tras una larga  y tortuosa negociación pactamos el alquiler del vehículo con conductor para toda la jornada en 1500 dirhams (sobre 10 euros persona).

Por la tarde nos dividimos en grupúsculos, según los intereses de cada cual. Nuestro grupo de cuatro pretende recorrer la parte derecha del zoco, buscando los puestos menos turísticos hasta llegar al final y después visitar la mayor escuela coránica del país, la merdersa  Ben Yusuf.

Transitamos por calles abiertas consiguiendo escapar de las hordas de turistas, sobre todo españoles, que inundan el zoco. Todo lo que percibimos llama nuestra atención; atraídos por callejas llenas de vida, merodeamos en talleres, husmeamos en calles ciegas y nos perdemos entre tarros de especias.

Después de un largo paseo, cuando creemos haber caminado paralelos al zoco y encontrarnos cerca de la medersa, intentamos situarnos y preguntamos nuestra exacta ubicación.

No entienden de planos pero un hombre se brinda a guiarnos al tiempo que comienza a anochecer. Giramos a la derecha, a la izquierda, seguimos por sordidos barrios y lúgubres esquinas pero no alcanzamos a nuestro punto de destino.

Entre la caída del sol y el encendido del alumbrado público, en Marruecos parece que trascurre una media hora larga, la que invertimos entre sinuosas calles camino de la medersa que no quiere aparecer. El hombre que nos conduce soporta paciente nuestras quejas e incluso nuestra injustificada desconfianza, hasta que por fin llegamos cuando ya está cerrado el edificio.

El alumbrado hace acto de presencia y a pesar de que la plaza de Jemma El Fna está relativamente próxima no queremos volver a aventurarnos por otro barrio laberíntico. Optamos por buscar un taxi y enseguida aparece otro personaje que se ofrece a guiarnos.

En cinco minutos accedemos a una zona fuera de la Medina donde conseguimos un taxi. El hombre que nos acompaña no es tan desinteresado como el anterior y en compañía de un compinche nos exige no sé cuantos dirhams cerrándonos el paso al coche. Le damos un par de monedas pero no quedan conformes, así que nos vemos obligados a forcejear para abrirnos camino hasta el Mercedes.

El taxi nos aleja de la ratonera y nos conduce a la plaza de los artesanos de forja, donde con el tiempo justo (cierra a las siete) compramos un par de regalos y retornamos al riad a tiempo de reunimos con los demás para salir a cenar a la zona nueva, el Guéliz.

La cena es en el patio de un restaurante extramuros, que ya conocía alguno de nosotros de otro visita. Lugar agradable con buen servicio que permite que algunos insistan en las especialidades marroquíes y otros se den un respiro comiendo un entrecot de ternera. Regamos todo con varias botellas de un sirah de Meknès bastante correcto y pagamos ocho euros por persona. 

en formacion en el valle de Ourika

 

3 de noviembre. Escapada al valle de Ourika

Repetimos el nutritivo desayuno del día anterior antes de salir hacia la cercana la estación de autobuses de Gare Routiere donde el conductor del mini bus nos recoge puntual a las nueve de la mañana.

El trayecto hasta las primeras estribaciones de la cordillera del Atlas es corto, apenas 70 kilómetros por una carretera en buen estado. Hacemos un par de paradas, la primera en un mirador del  valle con buenas vistas sobre los primeros colosos, la segunda en una casa “típica” bereber. Una especie de circo donde los turistas podemos husmear la morada de unos paisanos que aprovechan para vender algún recuerdo y pedir unas monedas. Una experiencia bastante prescindible. 

En la misma aldea está la cooperativa de viudas y divorciadas del aceite de argán que ofrece la posibilidad de seguir los pasos de la elaboración del preciado aceite y una visita guiada por las instalaciones en varios idiomas. Las instalaciones disponen por supuesto de una tienda con los aceites cosméticos y de alimentación a precios bastante superiores a los que se pueden encontrar en la ciudad. 

Continuamos ascendiendo el valle enclavado entre abruptas montañas, dejando a la derecha el desvío que conduce a la estación de esquí. El cauce del río por el que se precipitan en primavera las aguas del deshielo está desnudo, apenas un  pequeño reguero desciende desde las cumbres.  

A pesar de que estamos en plena época seca, el ambiente se percibe más húmedo, las aguas del deshielo y la protección de las montañas favorecen la presencia de vegetación en el fértil valle. Los azules intensos del cielo coronan un paisaje de gran belleza que contrasta enormemente con las tierras bajas semidesérticas, omnipresentes a apenas una decena de kilómetros de distancia; allí sólo los matojos y las palmeras datileras resisten los rigores de la pertinaz sequía. 

Pronto aparece una especie de aldea con una aglomeración de grand taxis (modelos antiguos Mercedes) y  autobuses de viajes organizados  que anuncian que hemos llegado al punto de partida de las rutas de senderismo que conducen a las cascadas. 

Nos espera una legión de guías que se ofrece para conducirnos monte arriba. Tras el imprescindible regateo acordamos que uno ellos nos acompañe hasta las primeras cascadas por 50 dirhans (5 euros)todo el grupo. 

La caminata es bastante corta, apenas 25 minutos, relativamente sencilla, aunque tiene tramos con piedras resbaladizas ideales para dejar los dientes plantados. Alcanzar el bucle de cascadas de la zona superior requiere ya una hora de marcha y exige una forma física aceptable. 

El trasiego de gente es importante, algunas temerarias se atreven a ascender con tacones y terminan cómicamente varadas en la montaña. Las cascadas en estas fechas no tienen ningún atractivo especial y apenas corre agua por los saltos. 

Antes de descender tomamos un té en uno de los chiringos de la ladera, nos timan cruelmente: 10 dirhams, un euro cada té. Aunque las sumas son anecdóticas nos recuerdan que hay que preguntar el precio de todo. A la hora de comer tendremos presente la lección. 

A la vuelta del paseo curioseamos las baratijas de los vendedores bereberes y comemos relajadamente unos tajines con ensalada sentados en el suelo de un agradable puesto de la ladera (menos de cuatro euros por persona con refrescos y té). 

Al caer la tarde regresamos a Marrakech, dejando a nuestras espaldas las cumbres nevadas del Atlas. La escapada a las montañas nos ha sentado fenomenal pero estamos deseando volver a sumergirnos en el ajetreo de la Medina. 

Un té con menta en la terraza del riad se descubre como un excelente ritual previo a la inevitable visita al hormiguero de Jemma El Fna. Esta vez llegamos a la plaza a la hora de máxima agitación. Entramos por la avenida donde los coches de caballos aparcados esperan a los turistas, el hedor que desprenden es insoportable.  

la plaza al atardecer

Como queremos guardar en nuestras retinas todos los detalles que exhibe la plaza, nos adentramos en sus entrañas.   

Particularmente hipnotizantes me resultan los cuentacuentos y charlatanes. No entiendo ni una sóla palabra de lo que dicen pero su forma de expresión, su maestría para seducir a los potenciales clientes, la aparición en escena de ganchos y finalmente la consecución de la preciada venta, consiguen captar mi atención durante largo rato sin pestañear. 

También entramos en el zoco donde los vendedores se muestran exultantes y confiesan su éxito de ventas: “Madrid, Roma bankrupt”. No esperaban semejante afluencia de turistas europeos con los bolsillos llenos de euros, turistas que salen ahora del recinto cargados de bolsas y con síntomas de claro agotamiento. 

Cenamos unos kekab en una terraza situada en una de las calles adyacentes a la plaza. La gente está cansada y alguna ya se retira a descansar, otros seguiremos danzando unos instantes más.

momentos del tren

 

4 de noviembre. El tren a Casablanca

Saliendo de Marrakech, el vuelo de vuelta de Easyjet llega a la media noche, un horario ideal para los que viven en Madrid que pueden aprovechar divinamente el tiempo, una pega para nosotros que tenemos que afrontar después varias horas de carretera.  Hemos preferido salir más temprano para estar en Madrid a las seis de la tarde y poder llegar a casa a una hora prudente, aunque sea a costa de tener que desplazarnos a Casablanca.

A duras penas conseguimos reunirnos todos en la Gare Routiere para coger grand taxis (20-30 dirhams) hasta la estación de ferrocarril, allí subimos al tren de las nueve destino a Casablanca: 84 dirhams (ocho euros) y tres horas y cuarto.

El viaje es una auténtica gozada, el tiempo se nos pasa volando. Los paisajes que se disfrutan, la comodidad de los vagones, las gentes que nos acompañan, las paradas en el medio de la nada y los precios de los billetes nos convencen de que el tren es un excelente medio para conocer el país.

Cuando alcanzamos Casablanca saltamos al andén dos estaciones antes de llegar a Vogayeurs, pero es mejor hacerlo en la primera de la ciudad, ya que el aeropuerto está en la salida hacia Marrakech.

Tomamos otro tren en sentido contrario que en 20 minutos nos deja en el aeropuerto (30 dirhams). Hemos dispuesto dejar más de una hora de margen para imprevistos, que nos viene bien entre esperas, paradas, compra de billetes y cambios de andén.

A la hora de facturar el personal de Easy jet nos obliga a confirmar el vuelo y llegamos con el tiempo justo para embarcar. Puntual despeja el avión a las tres. Nos despedimos de esta corta pero intensa experiencia en el norte de Africa.