Praga y Budapest

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Brancellao por el  mundo...capitales centroeuropeas

 

 

 

 

Alojamiento Centro Europa:

 

http://www.bugeurope.com/

 

 

 

 

 

Apartamentos Praga:

 

http://www.konvex.cz/

 

Transporte Chequia:

 

Aquí

 

http://www.cd.cz/static/eng/

 

 

 

 

Oficina de turismo de Budapest

 

http://www.budapestinfo.hu/es

 

 

Budapest apartamentos

 

http://www.poesta.nl/

 

Trenes Hungría

 

http://www.elvira.hu/

 

 

 

 

Turismo Bristol

www.visitbristol.co.uk 

 

 

 

 

La historia de un viaje en la Semana Santa de 2005

 

Nuestro viaje empezó el miércoles por la mañana con el trayecto en coche desde Galicia hasta Barajas, donde cogimos el primero de los tres vuelos que habíamos contratado unos meses antes: Praga a Madrid con Smartwings. Dedicamos la tarde-noche del miércoles y el jueves a visitar la capital checa, tomando al final del día el tren nocturno con dirección a Budapest. Después de dos días en Hungría volamos en Easyjet hacia Bristol la mañana del domingo y tras facturar nuestro equipaje a la llegada al aeropuerto dedicamos unas tres horas conocer la ciudad antes de embarcar otra vez con Easyjet esta vez con destino a Madrid. Los vuelos transcurrieron sin incidencias, Smarwings merece un notable por el vuelo cómodo y sin retrasos Madrid-Praga por 40 euros, y Easyjet  un sobresaliente ya que además de contar con aviones “de estreno”, hizo gala de una puntualidad británica y demostró máxima agilidad a la hora del facturación y embarque. El trayecto en tren nocturno entre Praga y Budapest resulto pesado. Es tarea casi imposible conciliar el sueño en el coche cama y cuando lo consigues tendrás que levantarte para presentar la documentación en los controles de frontera de Eslovaquia y Hungría.

 

Las condiciones climáticas nos sorprendieron, habíamos consultado las tablas de temperaturas del mes de marzo y cargamos las maletas con numerosa ropa de abrigo que no se hizo necesaria. En Praga y sobre todo en Budapest disfrutamos de excelentes temperaturas, incluso nocturnas. También nos sorprendió de forma positiva la seguridad ciudadana, ningún problema a pesar de haber transitado de noche por zonas solitarias o poco iluminadas. En los transportes urbanos guardamos lógicamente las debidas precauciones con las carteras y cámaras. Compramos coronas checas y forints húngaros antes del viaje y utilizamos en lo posible la tarjeta de crédito. Esperábamos la vida más barata en Hungría que en Praga, pero los precios son similares y siempre más baratos que en España. La comida es muy buena, francamente buena, proteica, sabrosa,  basada en la carne de cerdo y ternera. Hay también muchos restaurantes italianos. En Chequia la cerveza es muy barata, medio litro es la medida habitual sale por unos 70 céntimos de euro, goza de gran calidad. No somos muy cerveceros y aún así nos tomamos unas buenas Pilsen. En Hungría es más cara, pero los vinos son buenos, especialmente algunas botellas del tinto Egri Bikaber -sangre de toro- y sobre todo los extraordinarios Tokaji Aszu, su precio en un restaurante es más barato del que alcanzan en las tiendas de vinos españolas. Los precios de los grandes tokaji son lógicamente muy elevados.

 

PRAGA

Una vez en el aeropuerto compramos el bono de transporte de 24 horas que te permite utilizar metro, bus y tranvía por 70 KC, unos 3 euros diarios, sin duda la forma más conveniente de moverse. Después de combinar el bus 119 y el metro llegamos al alojamiento que habíamos contratado Pensión Kacerov, a 30 metros de la parada de metro del mismo nombre, 45 euros la doble con un buen desayuno incluido, habitación limpia y personal muy atento. Una amiga que estuvo viviendo en la ciudad nos había recomendado la pensión Madonna, pero mes y medio antes de nuestro viaje estaba completa para Semana Santa. El alojamiento céntrico es muy caro y muy solicitado, las clásicas pensiones son una buena alternativa.Tomamos el metro y tuvimos el primer contacto con la zona histórica de la ciudad, el Teatro Nacional fue el primer edificio espectacular que nos encontramos. Cenamos en la “Ciudad Vieja” con un conocido que nos había comprado los billetes detren y nos dio diversos consejos sobre la ciudad, entre ellos que el poco tiempo del que disponíamos no lo perdiésemos visitando el Cementerio Judío. Después de una suculenta cena llegamos al Puente Carlos, uno de los lugares donde se concentran las mayores aglomeraciones, incluso de noche está lleno de turistas paseando y haciendo fotos. Cruzamos el río hacía Malá Strana -me encantó esta zona- y tomamos unas buenas cervezas en lugares frecuentados por checos y una caipirinha fantástica, toda una sorpresa. Evitamos los pubs donde los turistas se mezclan con las prostitutas y recorrimos la noche “checa” de Praga.

 

El jueves 24 después de un sabroso desayuno hicimos un recorrido por los puntos más interesantes de la ciudad, alguno de ellos colapsados por grupos de turistas en su mayoría españoles e italianos, por momentos la aglomeración se volvía incomoda. Grupos guiados ¡qué tortura!, todos detrás de una banderita con cara de cansancio y con ganas escaparse de la férrea vigilancia del guía para tomar una buena pilsen. La ciudad de día es mucho más bella, realmente bella, pide a gritos una buena iluminación nocturna que realce su belleza. Sorprende la combinación de estilos arquitectónicos, todos magníficamente integrados  - destacaría los excelentes ejemplos de gótico y barroco-, el perfecto equilibrio de la ciudad y el estado de conservación de todas sus joyas después de los avatares por los que pasó la ciudad. Iniciamos nuevamente nuestra andadura en la parada de metro Narodni Triada y nos encaminamos al Puente Carlos para llegar al barrio de Malá Strana para contemplar de día la preciosa Iglesia de San Nicolás, subir  Nerudova – la encantadora calle de los antiguos oficios- hacia el Castillo y bajar en dirección a Belvedere. Cruzamos el río por la zona norte y llegamos a Rudolfinum. Allí comimos un codillo – kolen- antológico en U Rudolfina, con cervezas, vino -muy pobre el vino checo- y café por 7 euros por persona. Después de comer nos dirigimos hacía el funicular de Petrín con la mala suerte de que estaba cerrado. Teníamos muchas horas por delante y fuimos dando un rodeo a la ciudad por Vysehrad para luego coger en metro hasta Staré Mesto- ciudad vieja-. La zona estaba poblada de miles de almas, hicimos un largo y tranquilo paseo  trazando una trayectoria triangular con el propósito de visitar los monumentos más destacados.  Comenzamos por el reloj astronómico en la Plaza de la ciudad vieja, la Iglesia Týnsky y de ahí a Namesti Republiky con su famosa Torre, las tiendas de cristal de Bohemia resultaban tentadoras, aunque la cordura impuso su criterio  y decidimos no arriesgarnos a que aquel precioso cristal se rompiera en el viaje. Una pena. Finalmente y tras tomar una última cerveza subimos hasta el Museo nacional y con tiempo suficiente volvimos a la pensión a recoger las maletas para dirigirnos hacia la estación de tren.

 El idioma checo es como chino, ni una palabra reconocible y si en la estación todo está en checo, la persona encargada de prestar información en inglés está ausente, los viajeros se pierden como un pulpo en un garaje. Antes de partir disfrutamos del bello café art-noveau de la estación con una espectacular cúpula central.

 

BUDAPEST

 

Si Praga es una maravilla de ciudad, Budapest nos conquistó por completo. Quizás exista alguna edificación que rompa el equilibrio arquitectónico, quizás algunas calles no estén en el mejor estado de conservación o muchas de sus viviendas estén tristemente deshabitadas pero la grandeza de la ciudad es incuestionable.

Llegamos sobre las ocho y media de la mañana, compramos el bono del transporte y tomamos el metro hacia el hotel donde nos informan que el chek-in es a las 14.00 horas!!!!. Le sugerimos que nos dejen acceder a la habitación a cambio de pagar la mitad de la tarifa diaria. Imposible, ni abonando el importe de la habitación completa. El hotel está lleno. Pues que se le va a hacer, nos guardan en equipaje y nos vamos a recorrer la ciudad sin tomar una triste ducha. Tuvimos la gran suerte de alojarnos en pleno centro, con la parada de metro de Optokon a 100 metros, de donde parte la línea más antigua de Europa, a 50  metros de la calle Andrassy -Andrássy út-, calificada toda ella patrimonio de la humanidad y a 150 metros de zona de copas más exclusiva de la ciudad. La primera experiencia en la ciudad fue un buen augurio y un anticipo de lo mucho que Budapest nos iba a regalar. Desayuno en el cafe Múvész . En un ambiente decadente, evocador de antiguas grandezas, degustamos unos de los mejores dulces y helados que puedan existir. Seguimos la calle, pasando por delante de la Opera hasta la Basílica de San Esteban, espléndido templo del siglo XIX desde cuya cúpula se divisa la ciudad. EL acceso a dicha cúpula está cerrado hasta abril, ¡mala suerte!. Tampoco funciona hasta abril el transporte fluvial, ¡con las ganas que tenía de pasear por el Danubio!. Llegamos a la ribera del río que ofrece un espléndido panorama al visitante. Cruzamos por el Puente de las Cadenas, el más famoso y bello de toda la ciudad. Una vez en Buda, accedimos al Barrio del Castillo por el funicular. El resto de mañana lo empleamos en recorrer el conjunto monumental del castillo, El Bastión de los Pescadores y la Iglesia Matías, un pastel en Ruszwurm, unos vinitos antes de comer un magnífico gulasch. Después de una merecida siesta nos encaminamos al Parlamento y disfrutamos de maravilloso paseo nocturno por las orillas del Danubio casi en soledad. Una delicia. Cenamos al aire libre en una zona ¿típica? delante del lujoso hotel Gerbeaud. Unos puestos de madera  servían contundentes especialidades que los turistas devoraban en mesas de madera corridas. Fantástico ambiente. Después de cenar y a pesar del cansancio que llevábamos acumulado no quisimos perdernos la noche en Buda. Mujeres preciosas.

El sábado teníamos reservada la mañana para visitar los baños Géller, atravesamos nuevamente el Puente de las Cadenas para así recorrer la ribera del río en el famoso tranvía hasta el hotel Géller. No acostumbro a recomendar lugares concretos, pero estos baños son algo fuera de serie tanto por su calidad, como por la espectacular arquitectura de sus instalaciones. Disponen de una zona cubierta y una al aire libre que no se abre hasta bien avanzada la primavera. Durante todo el año permanecen abiertas varias estancias, la más grande es mixta, dispone de una piscina grande, mundialmente famosa gracias a un conocido anuncio publicitario y es la zona más visitada por los turistas. A partir de las 10.30 se empezó a saturar. ¡No griten señores que estamos en un balneario, un poco de educación!. En fin, la felicidad nunca es completa. En otras dependencias se encuentran piscinas a temperaturas más altas, frecuentadas tanto por turistas como por húngaros que desfilan desnudos o con una especie de “delantal” blanco que descubre su trasero y tapa sus partes. A través de estas salas de accede a las diferentes saunas y zonas de masaje.

Repuestos por las reparadoras aguas termales retornamos a Pest con destino al Mercado Municipal, un precioso edificio que alberga numerosos puestos muy frecuentados por los visitantes extranjeros. Es sabido que donde hay pocos locales y muchos turistas los precios son elevados. De todos modos se puede adquirir a precios moderados foie-grass húngaro de gran calidad, paprika, caviar ruso, los magníficos tokaji y diferentes embutidos. Un consejo: que a nadie se le ocurra visitar este mercado con apetito, las consecuencias pueden ser desastrosas. Cargados hasta las orejas, dejamos las compras en el hotel. Decidimos comer en el restaurante Pilvax, especializado en foie a la parrilla, cruzar el río y volver a visitar el barrío del Castillo, de allí asistir a una cata de 55 vinos en la Casa de los Vinos Húngaros y cenar caza de pluma en otro destacado restaurante de la ciudad, el Alabárdos. La primera parte del plan resultó perfecta, la comida del Pilvax regada con magníficos vinos estuvo a la altura, pero nuestra desgracia fue juntarnos con unos elementos peligrosos en la cata. Los vinos que se ofrecían eran bastante vulgares, aunque bebibles, aquello degeneró y el espacio de cata se transformó en una típica calle de vinos española -aunque selfservice- para media docena de compatriotas. EL espectáculo debió ser tal que unos japoneses nos pidieron permiso para sacarse una foto con el grupo, imaginad el panorama. A partir de ahí, lo único que puedo decir es que logícamente no se siguió el programa previsto y  tuvo bastante mérito haber conseguido llegar al hotel. El despertar de la mañana siguiente fue cruel.

 

            BRISTOL

 

El vuelo de enlace Budapest- Bristol llegó con adelanto, así que sobre la marcha improvisamos una visita fugaz a la turística ciudad inglesa. Facturamos, cogimos el bus núm. 331 – 6 libras el billete de ida y vuelta- que nos acercó a la ciudad. Visitamos algunos templos, la Old City llena de encanto, los muelles fluviales y regresamos a la estación de Autobuses. Tres horitas que rindieron mucho, pues quien conozca Bristol sabrá que es una pequeña ciudad cuyo centro se recorre en menos de media hora de punta a punta, que tiene varios edificios religiosos muy interesantes – la Catedral, Iglesia de St. Maria Redcliffe-, una zona antigua llena de pubs típicos y restaurantes y un canal encantador, con fingers, con barcos-restaurantes.... La estación de ferrocarril está alojada en un bello edificio y adosado se halla el Museo del Imperio Británico y de la Commonwealth que no pudimos visitar.

 

            ...Y eso es todo