CAPITULO5

 

Noemí y sus cuñadas, un verdadero escuadrón de limpieza. Habían llegado con la primera claridad del día, trabajadoras y sonrientes. Les mostró la casa, se admiraron por lo simple y linda, por la postal oceánica, por los rayos del sol entrando por el ventanal y por qué no, por el jornal. Café con leche, tostadas con manteca y mermelada en el desayunador, “¡qué lindo que está esto, qué práctico!”; contar de “la María” y “la Lore”, sus niñas; de Ernesto y su camión cargando semilla de girasol en Tres Arroyos o por ahí, se pasaba dos o tres días durmiendo en el camión esperando que cargaran el grano, “no le pagan viáticos ni nada, todo sale de su bolsillo, pero no se puede quejar, hay doscientos esperando su trabajo de chofer”; de la escuela de “la Lore”, segundo grado, iba muy bien, era aplicada, la maestra le mandó una felicitación, qué grande estaba ya; las travesuras de “la María”, “dos añitos, cómo pasa el tiempo, pensar que la vi recién nacida”.


El negocio, “¡uy qué grande!”; “le va a enseñar a usar la computadora a la Lore, ¿de verdad?”, “martes y viernes, a la mañana, ya hablé con la gente de la comisión de fomento del barrio, para los pibes, cuando me den la lista de los que se inscriban, hago los grupos y los turnos, no quiero que se junten los grandes con los chiquitos, creo que puedo armar dos o tres grupitos, les va a gustar, sí”. Pedirle los datos para la contadora, “le pregunto al Ernesto, no sé doña Lucía”, convencerla que le convenía, que una parte iban a poner sin descuentos y que la otra en blanco, que no por eso iba a cobrar menos. “A qué mierda hemos llegado, Noemí, que son los laburantes los que piden estar en negro para cobrar un mango más”, “no es su culpa”, “ya sé, pero es una mierda, mire, cuando venga la contadora vemos los números tranquilas para que cobre un poco más, si el salario familiar va por el trabajo de Ernesto, lo hablamos y vemos, para usted es mucho, para mí unos pesitos de menos”. Baldes, escobas, palas, secadores, guantes, limpiador en bidón, detergente, lavandina, trapos de piso, iban a tener mucho trabajo, las dejó en lo suyo y subió a hacer los llamados del día.


Confirmado, venían a instalar la conexión de fibra óptica a eso de las diez. Confirmado, por la tarde venían a traer mesas, sillas, todo el mobiliario. Confirmado, el camión con los equipos y sus cosas venía en camino, “recién salieron del depósito”. Ese “recién” le sonaba a que estaban por salir, siempre igual, a las nueve habían quedado, con suerte a las once empezaban a descargar. Llamado al 112 de la Telefónica, al fin consiguió hablar con un supervisor, no sabían cuándo le instalaban la línea fija para la casa y el semipúblico para el negocio, “andamos con atraso”, “usted no tiene la culpa, pero esa compañía es una mierda, se aprovechan porque tienen el monopolio”, “qué quiere que le diga señora, yo la entiendo”, “ya sé, tiene razón pero marche preso”. Otro café, Juan, los ayudantes para instalar el mobiliario.


  • Buen día, te desperté.

  • No, ¿quién dijo? ¡Uaaaaaaa! Diculpá, todavía no tomé ni un mate.

  • ¿Hasta qué hora chatearon anoche?

  • Me fui a dormir a las dos, Lily se quedó.

  • Ese romance internético te va a volver murciélago o cucaracha, siempre de noche.

  • Te levantaste graciosa hoy.

  • Tu dorima, ¿anda por ahí?

  • Sí, está en el fondo con los conejos. Te lo llamo. Ah... antes que me olvide, el cuidador del monte pasuvio tiene un hijo de diez años, se enteró de las clases gratuitas de computación, dice si se lo puedo inscribir.

  • Sí, claro. Anotá en un papel los que te vayan diciendo, después me lo pasás.

  • ¡Uaaaaaaaaaaaaa! No puedo parar de bostezar.

  • Menos chat y más sueño, Laurita, no estás para esos trotes.

  • Mirá quién habla, tenés dos años más que yo.

  • Verdad, pero hago siestita y me acuesto tempranito a la noche. Estoy totalmente asumida como un vejestorio.

  • ¡Graciosa y boluda! Te lo llamo a Juan.

  • Daaaaaaaaaale. -esperaba la llegada de Juan mirando por el ventanal, después de dos días de lluvia y frío, había regresado la primavera con todo, ni una brisa, un día glorioso para tirarse en la playa a leer, reposera, matecito, empezar a tostarse. - Otra que leer, día de laburo, ni siesta hoy. La espalda pal carajo, ya me veo a la noche a puro analgésico. Me tengo que depilar, tengo pelos hasta en las uñas, no me puedo poner la malla así, me lo voy a anotar, la depiladora que viene a la casa de Laurita, ésa, sí, la llamo para que venga acá.


Entró a la escena sin aviso. De pronto ahí, con el pichicho, shorts y remera azul, con ojotas esta vez, no tenía zapatillas. El mismo caminar, el mismo paso, el mismo ritmo, el perro esquivando las olas. ¿Iría hasta la escollera y volvería? Todos hacían eso en la playa, de la escollera hasta los acantilados, ida y vuelta, si eran más duchos y resistentes, hasta el barco encallado, esos eran los menos. Ida y vuelta, sol de frente, sol de espalda, en la orilla del agua, el pie se te hunde en la arena, una ola más fuerte te cubre hasta casi la mitad de la pantorrilla, sacar el pie hundido, te clavás alguna conchilla rota cerca de las rocas, luego la arena fina sin piedras del resto de la playa, más durita, la espuma deshaciéndose en pequeños pocitos de aire en la arena.


  • ¡Ey, me escuchás!

  • ¿Eh? Disculpáme, estaba mirando algo en la playa. - la seguía con la vista – Juancito, ¿están confirmados los tres que venían a instalar el mobiliario? Mirá que el turco viene a la tarde, a eso de la una.

  • Dormí sin frazada.

  • Juan, no me voy a acostar a dormir la siesta hoy. ¿Seguro vienen?

  • Que sí y no tres, cinco, por si alguno se borra. En plata es lo mismo, terminan antes.

  • Gran idea, bueno, no te jodo más, seguí con los conejitos.

  • La semana que viene se los llevan, vendí todo el lote.

  • ¿No vas a criar más conejos?

  • Sí, me quedé con un macho y dos hembras. Se la va a pasar bomba el desgraciado, dos minas para él.

  • Tu sueño dorado.

  • Yo tengo tres minas, no te olvides.

  • Tu propio harem.

  • Vos lo dijiste. A la una me paso. Chau.


¿Llamados? Ninguno más. No se la veía a la tipa. Abrió el ventanal, salió al balcón, “¡qué mugre dios mío”, la divisó a lo lejos, poca gente por la playa, sí, va para la escollera. “¿Cómo será?”. La hora más o menos las diez, a ver si mañana también pasaba, bajar a la playa y esperar a verla, sí, pero con el laburo que tenía, imposible. Timbre, al portero eléctrico, “Sí, ya bajo”, antes de lo esperado, “mal pensada, ¿viste que llegaron a horario?”


  • ¿Lucía Zanone?

  • Del telecentro, ¿no?- observó la furgoneta Partner blanca, logo de la empresa, escalera plegable y poste atados en el portaequipajes del techo, le gustaba más que la Kangoo, aunque si tuviera más guita, elegía la Citroen Berlingo.

  • Sí. Buenos días. ¿Le muestro la caja de entrada de la fibra?

  • Sí, señora.- morocho, muchos asados, vino y pan en la panza, ojos pícaros, sonrisa buena, ropa de trabajo gris, cinturón con herramientas, arnés, manos callosas, en sus cuarentas.

  • Por acá. - lo indicaba la pared fuera del negocio, entre el garage y la cristalera del negocio, dos tapas de entrada, una arriba que seguramente bajaba hasta la otra que sí entraba al negocio. - Acá tiene la llave para abrirlas. -se las entregaba.

  • ¡Qué prolijo! El módem se lo tengo que instalar adentro.

  • Sí, ahora están limpiando, pero entre que tira los cables y demás, las chicas terminan.

  • Lindo negocito, la felicito doña.

  • Gracias. ¿Usted solo lo hace?

  • Sí, no se preocupe, estoy acostumbrado. ¿No sabe si le puso entrada por abajo? Porque así no pongo el poste y entro la conexión por tierra, más segura para usted, no se le cae en alguna tormenta fuerte.

  • Tiene entrada por abajo y por arriba, no sabíamos cómo la iban a poner.

  • Tipo inteligente el que le hizo esto, pensó en todo.

  • Sí, un genio. Lo dejo, si necesita algo me llama o le dice a las chicas. ¿Un cafecito antes de empezar?

  • Y la verdad .... no se desprecia, doña.- le sonrió, siempre el buen trato creaba un clima cordial de trabajo, aún con los operarios de los servicios contratados.

  • Ya se lo bajo. Oiga, flor de negreros los del telecentro, mandar a un solo tipo para poner esos postes.

  • No hay laburo doña, hay que aguantar lo que venga.


A las once, el camión con los equipos. “¡qué puntuales!, ¿no era a las nueve?”, “hubo un accidente en la rotonda del puente nuevo y por el otro no podemos cruzar”, “me imagino”, “¿en la casa, en el negocio?”, “le voy indicando”. Iba controlando con el documento de embarque que estuviera todo, mientras iban colocando los bultos y los muebles en la vereda. “Todo esto éntrenlo al garaje, así el señor puede terminar de tirar el caño para la fibra óptica”, meter las cajas en el negocio que ya “tenía otra pinta”.


  • ¡Paaaaaa! ¡Qué grande! ¿Se las dejamos en el piso, en el mostrador?

  • No, en aquél costado, ahí ya está limpio.

  • ¿Se las apilamos?

  • No, mejor sin apilar, hay lugar.

  • ¿Los libros también ahí?- el otro operario.

  • Sí. Eh, Noemí, arriba hay sandwiches y gaseosas en la heladera, si los bajás con unos vasos de plástico y unas servilletas, les servimos a los señores.

  • Gracias, doña.


Le subieron sus objetos personales y los muebles a la casa, la bici la dejó en el garage, iba abriendo las cajas embaladas para controlar que no se hubiera roto nada, luego abajo, mientras los tres tipos comían los sandwiches y se tomaban una coca, controló los equipos, todo en orden, no había problema. Les firmó el remito, les dejó una buena propina, le dejaron un número de celular particular por si los necesitaba para alguna changa, pintura, albañilería, poda de árboles, el pasto, lo que fuera. Casi al mismo tiempo terminó el de la fibra óptica, se sumó a los sandwiches, también buena propina y le testeó y recontra testeó el módem, había señal. También le dejó la tarjeta con el número del celular, éste era obrero calificado, computadoras, redes, cable y electricidad. La crisis golpeaba, sí, todos buscando changas y laburos extras.


A la una, puntual, Juan, con dos tipos en su Kangoo. A esperar al turco y el mobiliario. Noemí y las chicas habían dejado el negocio listo para poner las cosas, más que listo, reluciente, se dedicaban ahora a los baños, ahí la cosa era brava, la pastina de los cerámicos cubría todo. Cayeron dos tipos más que había llamado Juan, ni noticias del turco, le pegó un llamadito, “ya estoy yendo”, a la una y media llegaba el camión, bajar las mesas, las sillas, los sillones, acomodar, “ahí cerca de la chimenea”, “no más para acá”, “están lindas las mesas”, “turco, qué bien lustradas y qué buen color, mejor que las muestras que vi; los almohadones de los sillones están buenísimos, su señora es muy buena haciendo estas cosas”; el turco ancho de orgullo, “me tiene que dejar tarjetas, las voy a poner en el mostrador, de propaganda”, sonreía con timidez, su carpintería era modesta y éste había sido su trabajo más grande hasta la fecha, “no tengo, señora Lucía”, “se las hago y se las muestro, si me dice que sí, se las imprimo y las ponemos”. Buen tipo, sufrido, se había quedado sin laburo en el 2000 y quién iba a contratar a un hombre de cincuenta, nadie. Con los pocos pesos de la indemnización, armó el tallercito de carpintería en el fondo de la casa, una changuita acá, otra por allá, sereno los fines de semana en uno de los silos de semilla de girasol en medio de la nada, cinco pibes uno en el primario y los demás en el secundario, la mujer limpiaba casas por hora y hacía alguna costura que le llevaban. Como todos, laburaba en negro, ni factura ni inscripción ni nada. Por eso el precio, la abogada-contadora-multipropósito Nuria se iba a tener que hamacar para justificar los gastos.


Seis de la tarde. El sol ya estaba muy débil, unas nubes borrosas casi transparentes iban de aquí para allá. No daba más, la espalda le pedía a gritos “horizontalidad”. Echó una última mirada al negocio, con los sillones, las mesas y las sillas era otra cosa, faltaban colgar cuadros, poner los libros en las estanterías, poner las lámparas, faltaba bastante, pero le gustaba, mucho. Las fotos que había sacado de antes y ahora, las iba a colgar en el yahoo fotos, las quería compartir. Aspiró la humedad de la nariz que se llenó de sus lágrimas, controló cerraduras y demás del negocio, apagó las luces de adentro, encendió las de afuera, “el polaco, que vea por qué mierda no encienden solas cuando oscurece, me olvidé de llamarlo”, la puerta del garaje bien cerrada, escalera a paso lento, tomada de la baranda, “directo a la ducha” pero antes, la chimenea, los leños, “¡ni agacharme puedo, la puta!”, un vaso de leche y un ibuprofeno, algo calmaba.


Cuando salió de la ducha tibia, más de diez minutos dejando que le acariciara las vértebras, enfundada en su bata, se sentía mejor. Ya los rayos del sol abandonando el día pincelaban de rojos y naranjas el azul del horizonte y encendían de fuego las nubes borrosas hacia el lado de la escollera, los edificios altos de Necochea empezaban a mostrar puntitos luminosos en algunos pisos, las luces del puerto todas encendidas. Sobre la mesa de la sala, papeles, chequeras, la caja del dinero, anotaciones, la notebook, lapiceras, lápices. “¡Qué kilombo!”


Un yogur mientras miraba por el ventanal.


  • ¡Mirá vos! Por la tarde también – la veía regresar, el perro tiraba de la correa, quería llegar rápido se ve; pantalones deportivos negros, un buzo haciendo juego y zapatillas, todo adidas. - ¿Será trucho o el original? Me gustan esos conjuntos negros con tiras rojas, como ese que me regaló... uy, la tengo que llamar, desde que vine la dejé colgada, me va a tirar flor de bronca. ¿Qué raza será el perro? Seguro de pedigrí, no debe ser marca calle. Tengo que conseguirme un cachorrito, siempre me olvido. A ver si se ve la casa desde el balcón – abría apenas el ventanal, pero el vientito más que fresco la hacía desistir – Recién bañada, con el pelo mojado, me agarro un buen resfrío, mejor no, ya averiguaré.


El celular. ¿Cuál de los dos? “El de acá, no tiene el número, menos mal, no tengo ganas de hablar con Patri”.


  • ¿Sí?

  • Lucía, es Nuria. Disculpáme la hora, quería saber si puedo pasar mañana, tengo los papeles para inscribir a las chicas y un borrador del testamento.

  • No hay problema, veníte. ¿A qué hora?

  • ¿Te viene bien a la mañana, a eso de las once?

  • ¿Sos rápida, eh?

  • Esto es fácil, me quiero poner con lo de la sociedad, eso me va a llevar más tiempo, es un kilombo de trámites. Preguntita, ¿tenés una impresora, así imprimo ahí y me firmás las autorizaciones y esas cosas para las inscripciones?

  • Impresora, fotocopiadora, hojas, toner, todo. Lo instalo mañana para que lo puedas usar.

  • jejeje. ¿Una PC también no? Porque si no es al pedo.

  • Tengo la mía, no te hagas problema. Ahhh, te equivocaste con lo del tiempo, está bárbaro.

  • Un lapsus, vas a ver que mañana sigue el frío y la lluvia, fin de semana de mierda. Hasta el cambio de luna...- la voz sonaba risueña.

  • Mmmm, me parece que la chingaste.- sonriendo.

  • Ojalá, porque entonces voy a poder montarme en algunas olitas. Hasta mañana.

  • Chau, chau.


¡Qué bien! Una abogada que laburaba en serio y no pateaba las cosas para adelante. Hasta que llegó a Llorente, titular de cátedra en la facultad de derecho en la universidad de Mar del Plata, fue un calvario de ineptos, chantas y lentos. Recién ahí el juicio tomó envión, el tipo trabajaba bien y no le doraba la píldora. Al pan pan y al vino vino. “La ley dice eso, Lucía pero la realidad es otra, estás litigando contra el gobierno de la ciudad, el estado, el elefante y sos una hormiguita, hay que ser realista y concreto”. Simple, eficiente, un as a la hora de argumentar, iba al punto y no daba vueltas con esa fraseología de la jerga judicial con la cual los abogados, jueces y funcionarios esconden de la gente común el verdadero significado de lo que dicen. Citaba los antecedentes justos, no se iba por las ramas, medularmente lógico en sus escritos, irritantemente cansador para los secretarios y jueces porque iba o mandaba a sus empleados tres veces por semana a “hincharles las bolas” para que le “sacaran” los papeles, aunque con los empleados usaba otra táctica, masitas y facturas, alguna coca o entradas de favor, todo para que cuando llegara al juzgado lo atendieran con gusto y le contaran los “se dice que”.


  • Se nota que es de la escuela de Llorente, no me equivoqué con la primera impresión, buena mina. - se preparaba un café para sentarse a arreglar el kilombo que tenía en la mesa e ingresar todos los pagos en su planillita de excel.- Y no está nada mal, nada mal.


Dejó la taza a un costado de la notebook, fue hasta la caja que tenía el equipo de música, lo sacó, le pasó un trapo, lo puso sobre el desayunador, “mañana lo pongo en su lugar”, buscó entre los cds que estaban en la otra caja, miró y rebuscó, “éste”, lo puso.


  • Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa... y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, llevo tu luz y tu olor por dondequiera que vaya... -canturreaba la canción que había comenzado a sonar suave en los parlantes y se iba hasta la mesa, un sorbo de café, encender la notebook, ponerse los anteojos, empezar a clasificar papeles, chequera, facturas, recibos. - En la ladera de un monte, más alto que el horizonte, quiero tener buena vista... mi cuerpo será camino, le daré verde a los pinos y amarillo a la genista... cerca del mar, porque yo nací en el mediterráneo... nací en el mediterráneo.


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