CAPITULO4

 

La avenida 59, amplia, con sus plazoletas con estacionamientos y descansos arbolados en el medio, esos tilos que se llenarían de aroma hacia noviembre o diciembre, negocios pequeños, casas bajas y edificios de departamentos de pocos pisos, alguno que otro más alto llegando a sus diez o doce pisos, colectivos, camiones, autos, camionetas, movimiento tranquilo a esa hora de la mañana, aunque la más febril del día.


  • ¿La dejo en el Nación o en la municipalidad?

  • En el Nación. - distraída mirando la nueva gran panadería - ¿El pan que venden ahí es bueno? El precio es muy económico.

  • Sí, muy bueno. Pruebe las medialunas, son riquísimas.

  • ¿Cuándo la pusieron? Es grande.

  • Hace unos meses, es una cadena, tiene negocios en Quequén y en la playa. Venden mucho.

  • También, con ese precio, como para no vender.

  • Se dice que son de Mar del Plata, que se están expandiendo en toda la costa. ¿Cómo hacemos? ¿La espero o me llama cuando termine?

  • Ah, sí. Tengo varios trámites, todos cerca, lo llamo al celular, ¿le parece?

  • Será para el mediodía, ¿no? Yo para quedarme cerca y no hacerla esperar.

  • No se preocupe, usted haga lo suyo, si tengo que esperar, espero. Después vamos al Toledo, ahí sí se va a tener que quedar.

  • Bueno. Le pregunto a la patrona si necesita algo y aprovecho. Creo que tienen la tira de asado y el azúcar en oferta.


Daban la vuelta a la plaza principal, estacionaba en la puerta del Banco de la Nación. Enfundada en su conjunto deportivo, sus zapatillas y la campera, bolso en bandolera, pelo recogido en coleta, anteojos negros, nadie diría que era una “empresaria” a punto de inaugurar un negocio muy singular frente a la playa. Fue hasta uno de los mostradores, preguntó por el gerente, avisó que la esperaba y dio sus datos, el empleado consultó por teléfono, le indicó ir por un pasillo lateral hasta una oficina del fondo. La puerta de caoba, bien lustrada, se abrió apenas llegó. La secretaria la hizo pasar al despacho, que esperara unos minutos, el gerente estaba con un cliente, le ofreció un sillón y un café que agradeció. Diez minutos de espera, aprovechó para tomar algunas notas en su palm-top, ideas que se le ocurrían para la novela que estaba en gateras.


Diego Galante, el gerente, como lo indicaba su apellido gentil y “vendedor”, como solía calificar a esos extrovertidos seres dedicados a la venta de servicios y bienes. Mil palabras por minuto, cien sonrisas por segundo, aduladores y sin ningún escrúpulo a la hora de mentir bondades, te venden un auto o una carreta tirada por bueyes, te la adornan y te convencen. Prevenida contra estas gentes, lo escuchaba y sonreía, para decirle al final no a la súper tarjeta Visa, no al “tiempo compartido” en Bariloche, no al crédito blando para pymes, no al crédito personal para emprendedores, no al pago de servicios por débito, no y no y no. Sólo la cuenta corriente del negocio, sólo la tarjeta de débito para su cuenta personal, sólo el seguro contra robo e incendio del negocio, sólo dos chequeras extras, nada más.


  • ¿Cuándo lo inaugura entonces? - sonrisa Colgate “extra white” levantándose para acompañarla hasta la puerta.

  • En principio, el veintiuno de octubre, si llegamos con todo.

  • Si me envía unos panfletos, los pongo en los mostradores. Un negocio así merece apoyo, no es común en esa zona.

  • Voy a hacer un pequeño brindis, me encantaría que viniera.

  • Cuente conmigo, además ando con ganas de construir por ahí, estoy viendo unos terrenos frente a la playa, pasando la Taberna.

  • Cerca de casa entonces.

  • Esa zona se va a valorizar mucho, para turismo de alto nivel, si aguanta un tiempo el negocio tiene futuro, va a tener vecinos con alto poder adquisitivo que buscan tranquilidad y playa.

  • Quizás. Gracias señor Galante, paso en dos horas a buscar las chequeras.

  • Un placer, señora Zanone y mucha suerte. (fuerte apretón de manos) Cualquier cosa que necesite, tiene mi celular, me llama.

  • Gracias, muy amable.


Fue a la caja, sacó efectivo de su cuenta, caminando a paso rápido bordeó la plaza Dardo Rocha, pasó por la Iglesia Nuestra Señora Santa María del Carmen, por el edificio de la Policía y se cruzó hasta el edificio de la Municipalidad. Seguía el viento sur, nublado y frío, poca gente caminando en la calle. En informes preguntó por la oficina de habilitaciones comerciales, la enviaron a la calle 54 esquina 63, primer piso. Se fue hasta allí, pidió por el funcionario que le había indicado Juan. Un tal García, al que le presentó la documentación y aunque estaba todo en orden, le dijo que “el trámite llevaba su tiempo, pocos empleados, la moratoria impositiva usted sabe”. “¿Cómo se acelera el trámite?” preguntó a boca de jarro y tras algunas volteretas lingüísticas, con quinientos pesos tuvo los sellos y firmas necesarias para abonar la última tasa en caja y recibir la habilitación transitoria, faltaban los inspectores que seguramente necesitarían una “colaboración” para comprar la “yerba para el mate”.


“País de coimeros” pensaba mientras caminaba por la 63 hacia el despacho de la abogada, “por lo menos sé que está todo en regla” tranquilizaba su conciencia culposa. Al fin de cuentas, no habría coimeros si no hubiera quien pagara coimas y eso la jodía, no le gustaba entrar en la trenza corrupta, trataba de no castigarse demasiado, tenía que “tragarlo”, aunque le doliera hacerlo.


  • ¡Ufff! ¿Para dónde voy? - había llegado a la avenida 58 y 63, tenía que ubicarse - Las calles paralelas son las impares. Para allá suben – miraba a la izquierda - voy a la 64 y la 59, o sea a la derecha dos cuadras hasta la 59 y la 64 serían tres cuadras para adelante, voy bien.


El despacho de Nuria Ramos estaba en el 4o. piso de uno de los edificios “altos” del centro viejo de Necochea, un hall de entrada cuidado pero sin demasiados lujos, el portero no se veía por ahí. Tocó el portero eléctrico y esperó. Una voz de mujer muy agradable preguntó, se anunció, cinco minutos después una joven treintañera y pico, morocha con cabello rizado largo hasta los hombros, peinado todo para atrás con un mechón tirabuzón rebelde que se resistía y caía hacia la frente, ojos verdes, nariz aguileña prominente pero que combinaba con sus pómulos y sus mandíbulas marcadas y mentón casi cuadrado, tez bastante bronceada, labios pequeños, un metro sesenta y algo, unos setenta kilos distribuidos armoniosamente en todo el cuerpo, poco busto sin embargo, agradable, podría decirse que guapa, linda sonrisa, vestía jeans y un pullover liviano azul de cuello redondo, calzado bajo, le abría la puerta.


  • ¿Lucía Zanone?- le asentía con la cabeza. - Hola, soy la doctora Ramos. Pase.- ya dentro le estrechaba la mano.

  • Sí, gracias.- le sonreía con ganas, le agradaba esa joven, ese tono de voz, y en esas cosas, se confiaba de la primera impresión, nunca le fallaba.

  • Frío, ¿no? - le indicaba con la mano la dirección en la que se encontraba el ascensor.

  • Un poco.

  • La luna se inició con agua, sonamos. Hasta el próximo cambio, tiempo frío y lluvioso, adiós playa el fin de semana.- ya en el ascensor.

  • Eso dicen, nunca le presté mucha atención si era verdad.

  • Habrá que ir a pescar.

  • ¿Le gusta la pesca? - sonrió, adoraba pescar en los días grises, metida entre las rocas de la escollera, termo y mate, radio y libro.

  • Preferiría surfear, pero si no se puede.

  • ¿Surf? Vaya...

  • ¿Lo probó alguna vez? Es una sensación divina... - entusiasmada.

  • Nunca, los veo en la playa, con las tablas y los trajes esos, supongo que el frío se debe sentir.

  • Con los trajes, nada. Tiene que probarlo.

  • ¿A mi edad? No, no. - salía del ascensor que la abogada cerraba.

  • ¿Su edad? Apenas unos más que yo.

  • Unos cuantos más, le aseguro.

  • No los aparenta entonces. -abriendo la puerta de su oficina.

  • Gracias, pero aunque no los aparente los tengo. - mirando la oficina, dos ambientes. En el que estaban ahora, había varios sillones y una mesita con revistas, algunos cuadros en las paredes, dos puertas laterales, el baño y la cocina probablemente; al que le indicó entrar, un amplio ventanal que daba a la calle, un escritorio lleno de papeles, computadora, impresora, fax, ficheros, biblioteca, sillas, lo usual, sobrio aunque luminoso y agradable.

  • ¿Cafecito? - linda sonrisa.

  • Sí, gracias.- le agradaba, decididamente le agradaba.


Cafecito en mano, sentadas frente a frente, la cristalera del ventanal se movía un poco, el viento soplaba a 50 km por hora seguro.


  • ¿Anda con coche? Porque en cualquier momento se larga y torrencial, ¿eh?

  • Sí, un taxi que llamo por el celular. Una pregunta, ¿un negocio Movistar para comprar un chip para mi teléfono?

  • ¿Movistar? Mmm... creo que en la galería de la sesenta, ¿la conoce?

  • Sí, espero que pueda cambiarle el chip a éste.

  • ¿Prepago o con abono?

  • Prepago.

  • Espere, tengo un amigo... - buscaba en el tarjetero.- Está en la playa, pero vende celulares, cargadores, esas cosas. Aguárdeme. - marcaba el teléfono.- ¿Chupete? Nurita... sí ya sé, te salvaste de que te haga pasar vergüenza... ¿vos y cuántos más?... cinco a uno que no podés, esas olas no son para pendejos... ¡jajajaja!... escucháme, estoy con una clienta, ¿vos tenés chips para Movistar?... le pregunto... dice si número local o de Buenos Aires.

  • Quiero un número local.

  • Número local, chupete... ah, esperá que le pregunto... dice que le conviene comprarse uno nuevo, por poca diferencia tiene dos celulares, el de Buenos Aires y el de acá, hay una oferta especial de prepagos de Movistar.

  • ¿Sí? ¿Qué marca de celular?

  • Chupete, ¿qué marca? y ¿cuánto?... Motorola, doscientos pesos, dice que quedan pocos.

  • Siempre quedan pocos o son los últimos.- sonreía – El precio es bueno, pregúntele cómo hacemos.

  • ¿Le paga en efectivo?

  • Sí, ¿por qué?- observaba que le pedía que esperara con la mano.

  • Chupete, si lo mandás en una hora a mi oficina tenés venta en efectivo, diez por ciento de descuento ¿no?... activáselo, sí, y cargále la tarjeta... dale, no seas roñoso, vienen todos con 50 mensajes libres y 30 pesos... lo tenés a tu hermano boludeando por ahí, mandálo en la moto, son diez minutos... bien... que toque el portero y espere, ¿eh? no tengo alas en los pies y el ascensor tarda... chau, sí, sí... cinco a uno, te dije.

  • ¿Diez por ciento de descuento?

  • Los vende a doscientos con tarjeta de crédito, ya le conozco el truco, así que en efectivo, descuento. Enseguida agarra viaje. Bueno... digo, ¿nos podríamos tutear no? Me resulta raro hablar con una mujer de mi edad y llamarla de usted.

  • Por mí, encantada. - sonreía.

  • Entonces Lucía, ¿qué necesitás de esta abogada? El profesor Llorente me dijo que vendrías pero me anticipó poco y nada. Un negocio en la playa cerca de la Bahía.

  • El doctor Llorente me llevó un juicio en Buenos Aires, que ganamos. Como me venía a vivir acá, dijo que era mejor que alguien de la zona se ocupara de todas mis cosas. Me dijo que también te podías ocupar de la contabilidad y esas cosas del negocio.

  • Soy multipropósito. - sonreía – Acá si no te ocupás de varias cosas a la vez, no sobrevivís. No terminé la carrera de contadora, me faltan seis materias, pero igual llevo varias contabilidades, tengo un contador amigo que me firma los balances y demás.

  • Bueno. Una, necesito que te ocupés de todo lo que es impuestos, balances y demás que hay que presentar del negocio. Yo llevo una contabilidad a mi modo, en un archivo de excel, pero nada que ver con lo que exige la AFIP.

  • ¿El negocio es unipersonal o es una sociedad?

  • Hasta ahora es unipersonal, pero eso es lo otro. Quiero hacer una SRL, hay gente que está trabajando conmigo, ayudándome y quiero que tengan participación en las ganancias, bueno, si hay ganancias, ¿no?

  • Socios minoritarios, de trabajo... - mientras iba haciendo anotaciones en una libreta.

  • Algo así, te doy los nombres y los porcentajes que quiero que cobren de las ganancias.

  • ¿Empleados? ¿Por contrato, en negro...?

  • Va a haber dos empleadas, una encargada de la limpieza y otra que va a atender conmigo, en blanco ambas.

  • ¿En blanco? - la miraba extrañada.

  • ¿Tan raro es?

  • En estos días, sos una mosca blanca, te aviso. Bien, convenio mercantil, después me das los datos, te digo lo que te tienen que traer para inscribirlas, vemos las escalas del convenio.- seguía anotando, parecía muy ejecutiva.- ¿Tenés los permisos municipales, tu inscripción en rentas y demás?

  • Sí, acá traje todo. Los permisos supongo habrá que hacerlos de nuevo cuando esté la sociedad.

  • No, hacemos una transferencia, más rápido y económico.

  • Me tendrías que decir tus honorarios por todo esto, porque tengo algo más pero es trabajo de abogada, digo, si separás los tantos. - le sonreía.

  • Contáme, a ver qué es y te hago descuento por cantidad. - casi que se reía.

  • La primera cuestión, publiqué un libro, una novela.

  • ¿Sos escritora? - gratamente asombrada.

  • Sí, el libro fue unos pocos ejemplares de tirada, quinientos, lo hice con una cooperativa de escritores de la facultad, donde trabaja mi ... una amiga. Ahora quiero seguir publicando, tengo una novela ya lista, diseño, tapa, todo.

  • ¿No la enviaste a las editoriales? Es lo usual.

  • La envié a las que se dedican a esa temática, ni noticia, no sé si la leen.

  • ¿Y la cooperativa, no podés seguir publicando con ellos?

  • Eh... no, por la temática.

  • ¿La temática?

  • Gay, una relación entre dos mujeres. - observaba su reacción.

  • ¿Y? Es una cooperativa, se supone que cada cual escribe lo que quiere, ¿no? - buena reacción, le agradó.

  • No esta cooperativa, no quieren tocar ciertos temas, la mayoría se opuso, son... así.

  • ¿Querés armar una empresa editorial?- se recostaba en su sillón y la miraba muy atenta.

  • No una “empresa”, quiero publicar mi novela. En Argentina es fácil publicar, económico. Averigüé, pero no me quiero ocupar yo del tema, lleva mucho tiempo. Llorente me dijo que vos tenías experiencia, trabajaste en la editorial de la universidad.

  • No es lo mismo, te aviso.

  • Lo sé, pero me dijo que eras la persona indicada para ocuparse, ver la distribución y todo eso. ¿Te interesa?

  • Bastante, pero tengo que verlo con detenimiento, averiguar unas cuantas cosas. ¿Cuántas páginas?

  • Mil, en times, cuerpo 12, doble espacio, tamaño carta.

  • Mmm... voluminosa, sí. Dejáme pensar, averiguar y te hago un presupuesto de honorarios.

  • Última cuestión. Quiero hacer mi testamento.

  • ¿Testamento? - asombrada. - ¡Guau! No es usual en gente tan joven que piensen en el testamento.

  • Sí, lo sé. Pero soy sola, tengo la propiedad de mi casa en Buenos Aires y el negocio. Algunos ahorros en el banco. Nunca sabés si salís a la calle y te pasa un auto por encima. Si me pasara algo, todo eso lo heredarían mi hermana o mis sobrinos. Y eso es lo que no quiero.

  • Bueno, me encargo, me decís a quién querés dejarle las cosas y lo hacemos, trabajo con un escribano de acá cerca. Esperá... te saco un estimativo de honorarios, sin lo del libro, eso después. Me decís si estás de acuerdo.

  • No me preguntaste de qué es el negocio, mirá que a lo mejor es más trabajo del que pensás.- la observaba buscar algo en su computadora.

  • Llorente me dijo negocio frente a la playa en Quequén, pasé el otro día que fuimos a Costa Bonita a probar unas olas... - abría varios archivos a la vez - pregunté qué iban a poner en el que estaban construyendo, me dijeron “una loca que quiere poner un cybercafé y una librería”... Sos vos, ¿no?- muy sonriente.

  • O sea, soy la loca.- divertida.

  • ¿Cómo se va a llamar? - seguía buscando y seleccionando archivos en la computadora.

  • Mis gaviotas.

  • Como la canción de Serrat, lindo nombre, da la idea de soñar.


El último click que necesitaba para decirse “esta tipa me encanta”. Los honorarios eran menos de lo que esperaba, le dio planillas e instrucciones que tenía preparadas en la computadora, vieron el convenio mercantil y las categorías, seleccionaron las que correspondían a las empleadas, quedaron en que la iría a ver a la casa la semana siguiente, intercambio de teléfonos y demás etcéteras, inclusive el nuevo que llegó mientras estaban en la explicación de formularios y demás, le dejó un cheque por quinientos pesos a cuenta de futuros gastos y honorarios.


Camino al banco a buscar las chequeras pasó por la casa de generadores, compró el que necesitaba y también el tanque para almacenar gasoil, cheque, arreglar la entrega al día siguiente. Entró en una casa de artículos de pesca, se compró una telescópica nueva, reel, tanza, anzuelos, plomadas, boyas, líneas pre-armadas, caja de pesca, cuchillo y varios accesorios, todo lo que le habían robado en la antigua casa familiar y aún no había repuesto. Hablar con la abogada le trajo la urgencia de recobrar ese viejo hobby que tanto la ayudaba a relajarse, a escapar de los problemas. Antes de entrar al banco llamó al taxista para que la pasara a buscar, esquina de la 60 y la 61, ahí lo esperaría.


Compró el Clarín en el quiosco de diarios mientras esperaba, faltaban unos minutos para la hora que había arreglado. El viento y una llovizna pertinaz le mojaban los pantalones, a pesar de estar a resguardo bajo el techito del quiosco. Una cuatro por cuatro negra, vidrios polarizados paró en la esquina, más allá de la senda peatonal a ver si venía algún auto por la calle 60, antes de cruzarla. La ventanilla del asiento del acompañante estaba parcialmente baja y la cabeza del perro asomaba, le llamó la atención.


  • Lindo pichicho. Necesito un perro, a ver qué hago. - sus pensamientos se cortaron. Alcanzó a ver sus ojos avellana cuando giró la cabeza para mirar hacia donde estaba ella. Cabello castaño largo, medio enmarañado por el viento, ojos enormes, nariz aguileña, tez tostada, boca amplia, carnosa, no pudo distinguir más, ya arrancaba, ya se iba.- ¡Qué bombón! - se quedó mirando la parte de atrás de la camioneta mientras se alejaba y ya cruzaba la avenida.


La bocina insistente del taxista la bajó a la realidad, corrió hasta donde estaba estacionado, la lluvia había dejado de ser llovizna para convertirse en cortina tupida de agua, se metió dentro rápido.


  • ¿Pudo hacer todo?

  • Sí, gracias. Vamos para el Toledo ahora.

  • Bien.

  • ¡Qué ojos! ¡Ufff! - mirando hacia la nada tras la cortina de agua detrás del cristal del auto.

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