CAPITULO 2

 

    La puerta de entrada daba al garage, dentro de éste la escalera que subía a los altos, donde tras abrir la puerta estaba el gran salón que oficiaba de dormitorio, sala de estar, comedor, cocina tipo americana con una gran mesada y un desayunador y en el medio, sobre una pared, coronando el salón casi, ese enorme hogar , la chimenea que sería la fuente de tibieza para el frío de la zona. Un gran placard de pared a pared y de piso a techo, al lado de la puerta que daba al baño con bañera. Dos grandes ventanas a los costados, un ventanal de pared a pared en el frente que daba a la pequeña terraza-balcón con vista al mar. Todo protegido con importantes rejas, diseñadas por Wenceslao. “No las cortan ni con soplete, ni las arrancan, están bien metidas en la losa”. Mucha luz natural en su casa, inundaba la estancia.



    La recibió una mezcla de olor a cerrado y materiales de construcción. Polvo, mucho polvo por todos lados. No sólo la arena tradicional que se colaba por las rendijas, polvo de ladrillo, polvo de corte de cerámicos, polvo de mezclas de cal y cemento. Su buena faena le esperaba para dejar el “loft” en condiciones para ser habitado. No quería imaginar cómo estaría el “negocio”. Pero antes de ir a inspeccionar, urgente al baño y a prepararse un café. Debía encender los leños del hogar, los últimos días del invierno se hacían sentir con su frío mañanero. Y si empezaba a soplar el viento del sudeste, más frío todavía.



    El baño era amplio, color beige claro, piso, cerámicos de pared, bañera, artefactos sanitarios, distintas tonalidades. Un gran espejo arriba del lavatorio, buena iluminación, una pequeña ventana hacia la parte de atrás de la casa. Un placard espacioso para artículos de limpieza, jabones, artículos de tocador, toallas y toallones. La bañera simple pero grande, para relajarse en el agua tibia con sales. Apretó el botón del depósito de agua, se lavó las manos con el agua helada que bajaba desde el tanque en el techo y se miró en el espejo. Palidez porteña, ojeras pronunciadas de mal dormir en el micro, sonrisa del paso hacia lo nuevo finalmente dado. Podría volver atrás, siempre, hacia Buenos Aires y su departamento ahora alquilado. Podría volver a la soledad de cemento de la urbe superpoblada. Pero tenía un reto por delante, la soledad creativa junto al mar, con ese pequeño emprendimiento un tanto incierto.



    El dinero que podría llegar a perder en ese sueño rayano en la estupidez no era problema. Con los ahorros que quedaban en el banco – los intangibles salvo necesidad de salud- y la jubilación anticipada por su “hipertrofia facetaria en la 5ª lumbar con desplazamiento de disco”, más el dinero del alquiler del departamento, podía subsistir cómodamente. No era de grandes lujos, ni siquiera pequeños. Algún cine, alguna cena, ropa escasa y siempre cómoda, los libros mensuales, su notebook y la conexión de banda ancha a internet, el satelital de TV, alquilar alguna peli. Peluquería, los medicamentos “preventivos”, algún analgésico por allí perdido, comida sana elaborada en casa. Su otra pasión, cocinar, aún para ella sola, con los años había disminuido su ingesta de grasas y carnes rojas, mucha verdura, la pasta sagrada, algo de fruta, lácteos y su infaltable copa de buen vino, tinto o blanco. Inventiva, mezclar, combinar, probar y el viejo recetario de Blanca Cotta, simple y eficaz, pequeños trucos y grandes sabores.



    El sol bailoteaba en las paredes, un torrente desde el gran ventanal sin cortinas, sin persianas.



  • Tengo que colgar las persianas americanas, urgente. Todo el día de frente, en verano va a ser insoportable. A ver si el polaco me ayuda, no voy a poder con la escalera, si me caigo, adiós espalda, de nuevo al corset. – mientras sacaba de una de las valijas el frasco de café instantáneo y un sobre de nutrasweet.



    Sonreía al escucharse hablar en voz alta. Hacía mucho no lo hacía, se había acostumbrado a hablar consigo misma sin voz, se había prometido no llegar a tal extremo de locura solitaria y lo iba a cumplir. Con la pantalla de la computadora hablaba con el tac-tac suave del teclado moderno, algún golpeteo más fuerte en la tecla espaciadora, las voces se transformaban en signos que jugaban con el cursor del Word y decían de emociones, llantos y risas, penas y alegrías, tristezas y desventuras, amores y arrebatos pasionales, todo lo que en su vida no existía pasaba a cobrar sentido y cuerpo en esas letras que se agolpaban veloces en líneas que llenaban espacios, espacios que llenaban hojas, hojas que formaban libros y cuentos.



    Sacó también la Sony que la acompañaba desde hace años, la encendió y trató de enganchar la onda de radio Mitre. No tenía repetidora por allí, había que mover el dial y el aparato hasta cazar la a.m. esquiva, ahí está, 790 del dial, los locutores amigos, a esperar las noticias de la mañana. Va y viene, se mezcla con la de LU3 de Necochea, a ver si sintonizamos mejor, ya, ahora a no moverla de ahí. La hornalla, fuego, pava con agua, que hierva, taza, café humeante.



  • Mmmm, lindo olor el Nescafé, no hay duda, el mejor.



    Con la campera aún puesta, ni para mear se la sacó, la taza caliente entre las dos manos, al ventanal, el mar con espejitos en todos lados, hasta que el sol no levante más los rayos dibujarán pequeños platinados en la masa de agua aparentemente calma, dos grandes buques esperando entrada al puerto, ¿qué distancia? Lejos, muy lejos, donde el horizonte se zambulle en el mar. Una lanchita de pesca amarilla y roja surcaba veloz el espacio entre las escolleras y el horizonte, qué raro tan tarde salen, ¿se habrían quedado dormidos los pescadores? Ya sabía los horarios en que volvían, apenas arreglara un poco la casa iba a ir con el grabador a entrevistarlos, tenía muchas preguntas para hacerles, su nueva novela iba a hablar de un pescador con botas de caña alta, camiseta sin mangas, tez curtida al sol, barba entrecana, manos callosas y fuertes. Fotos, también fotos de los pescadores, ver si encontraba al personaje entre aquellas gentes de mar.



    El celular, sonaba “Adiós Nonino”, ¿dónde lo había puesto? En la mochila, seguro. La abrió, lo sacó. Vio el número y sonrió.



  • Juan, ¡hola!

  • Vi pasar el taxi y esperé a que te acomodaras. ¿El viaje bien?

  • Muy bien, no venía nadie, todo el asiento para mí. ¿Ustedes?

  • Laura y las chicas durmiendo. Se quedó con Lily hasta cualquier hora chateando.

  • No me digas, Lily y el canario.

  • Ése, no entiendo a mi hija, estar medio loca por un gallego que vive en Las Canarias. Y la madre le hace caso, pegada a ella con el mate riendo de las boludeces que se dicen. Se acostaron como a las cuatro de la mañana.

  • Menos mal que la otra te salió derecha. - sonriendo.

  • No sé si derecha, pero por lo menos vive en la tierra, no en los anillos de Saturno. ¿Cómo encontraste todo? Estuve ayer con el polaco, revisando la conexión eléctrica del negocio.

  • No bajé al negocio, estoy arriba. Lo vi de afuera, quedó bárbaro.

  • Cuando me dijiste la idea pensé que estabas colifata, pero ahora que lo veo terminado, me gusta. Te dejé bastante leña para la chimenea, ¿la viste?

  • Sí, ahora la prendo.

  • Tenés comida en la heladera, para unos días te alcanza. Me paso a la tarde por ahí con Laura, te llevo la aspiradora industrial, me la dejaron en casa ayer. Oíme, marqué el número con 011 y no me daba, ¿le cambiaste el chip al celular?

  • No, es el roaming. Mañana me compro un chip de acá, si no te cobran llamada de larga distancia. Vénganse después de las cuatro, me voy a tirar a dormir un poco de siesta, mi espalda me mata.

  • Bueno. Che, el sábado juega Independiente, ¿lo venís a ver en casa? Lily hace pizzas.

  • Seguro. Llevo el vino y un postre.

  • No te olvides un moscatito.

  • Claro. Chau.



    Juan, Juan, Juan. ¿Qué hubiera hecho sin él? Poco y nada. Volvió al ventanal para terminar de tomar el café y llenarse los ojos de mar. Otro sábado de escucharlo putear a “esos pataduras, muertos de hambre, no tienen sangre en las venas” del equipo, otro sábado a reírse de las discusiones con Lily que se ponía mal por sus palabrotas y tanto lío por un equipo de fútbol. Otro sábado de pizzas de Lily, no sabía por qué no se ponía un negocio para el verano, le había sugerido el nombre, Lily's Pizzas, una moto para el delivery, nada ostentoso, horno, mostrador, podía vender también sus alfajorcitos de maicena, impagables, o los bizcochos esos de grasa que devoraban en la playa. Tantos “peros”, que la habitación de adelante no, que las casas que cuidamos, que las casas que alquilamos para los dueños de Buenos Aires, que la inversión inicial, que no te creas que los que vienen a Monte Pasuvio gastan mucho, que esto, que lo otro. Lily no despegaba de sus padres, a los 30s seguía atada a ellos, estudiando todos los años algo nuevo, dejando luego, volviendo a empezar. Iba a ser su “empleada” en el ciber y había aceptado preparar bizcochos y alfajores para vender con el café, esperaba que cumpliera, si no, a buscar proveedores.



    “Adiós nonino” de nuevo. Miró el número. Buenos Aires, ella.



  • Hola.

  • Dijiste que ibas a llamar apenas llegaras, estoy con el corazón en la boca, tengo el noticiero prendido desde las cinco.

  • Ningún choque de micros, no sé por qué te preocupás al pedo. Ya te dije, las noticias malas son las primeras que se saben. Además, si pasó algo, ¿qué podés arreglar? Te ponés histérica y no solucionás nada.

  • ¿Qué te costaba un mensaje de texto, llegué, todo bien?

  • No empecemos, ya sabés que me quedo en el café esperando que sea bien de día, no quiero sustos como aquella vez con los chorros.

  • Estaba preocupada, ¿todo bien? ¿La casa está en condiciones?

  • Sí, muy sucia, pero bien, quedó muy linda. - sonreía- Apenas pueda saco fotos y te las mando por mail.

  • ¿El negocio?

  • No lo vi por dentro, de afuera se ve bien.

  • ¿Frío?

  • No mucho, ya sabés que me gusta el frío, así que no soy muy objetiva.

  • ¿Viento?

  • No, un día muy lindo, hasta ahora pleno sol.

  • Bueno, ¿hablamos a la noche? ¿Me llamás?

  • Patri, me voy a poner a limpiar, a arreglar un poco. No te garantizo nada...

  • Seguís enojada.

  • No, para nada. Ya te lo dije el otro día.

  • Estás cortante, seguís con bronca.

  • Sabés que si algo no me gusta o estoy con bronca, no me lo guardo. Ahora sólo pienso en las cosas que tengo que hacer acá.

  • Bueno, un beso y... cuidáte.

  • Gracias. Un beso. Chau.



    ¡Cómo cambian las cosas! Antes la acusaba a ella de ser “absorbente”, que “la ahogaba”, que “la asfixiaba”. “¿Por qué no podían tener una relación más abierta?” le había preguntado la primera vez que discutieron su relación de pareja. “Novias con cama afuera” habían sido hasta que le planteó que las cosas no iban bien, que hacía meses que no tenían sexo. “No me da” fue la respuesta y le pidió tiempo para pensar, no sabía qué le pasaba. Hasta que en aquel bar, el La Paz de la avenida Corrientes, tuvo que arrinconarla contra las cuerdas y exigirle una respuesta. Miraba el celular y negaba con la cabeza, como si lo volviera a vivir.



  • Patri, dijiste que me ibas a contestar, eso fue hace tres meses. ¿Todavía lo estás pensando?

  • No. - revolvía el café y no levantaba la vista.

  • O sea que si no te pregunto, no me decís nada.

  • No es fácil hablar con vos, no quiero que te enojes.

  • Claro, porque soy el ogro mayor, me dicen algo y me transformo en el increíble Hulk.

  • No, pero te enojás y ponés unas caras...

  • Las mismas que puse toda la vida, nada más que antes te gustaban y ahora te espantan. Antes te encantaba mi carácter, que fuera directa, que se me notara en la cara todo. Ahora, es mi mayor defecto. Si protesto, porque protesto. Si soy irónica, porque soy irónica. Realmente, ya no sé cómo ser con vos.

  • Tenés un carácter muy fuerte.

  • ¡Qué novedad! - bebía el último sorbo de café.

  • No todos podemos ser fuertes como vos, cuando alguien nos habla así preferimos no pelear, no discutir.

  • A ver... siempre tuve voz fuerte, siempre. De pronto, todos son defectos, así que... más claro, echále agua. No me bancás, punto y aparte.

  • ¿Ves? Con vos no se puede dialogar, ya te ponés como loca.

  • Bien, bien. Dejemos ahí mis “especiales defectos”. Soy consciente, soy imbancable, insoportable, gritona, mandona, y todos los etcéteras. Vamos a lo que te pregunté hace tres meses y seguís sin contestar. ¿Qué tipo de relación querés tener conmigo?

  • Ser amigas, vernos, salir, compartir, lo que venimos haciendo.

  • Es decir, todo menos tener sexo.

  • Sí.

  • Bien, ya no hay nada más que discutir entonces. Igual, me parece mal que me impongas una relación vía los hechos, que no me lo digas de frente.

  • Yo creo que estaba claro.

  • Para vos, que ya lo habías decidido, no para mí, si no no te hubiera preguntado. ¡Mozo!

  • ¿Qué hacés?

  • Llamo al mozo para pagarle.

  • Esperá, decíme lo que opinás, a vos qué te parece.

  • La cuenta, por favor. - se iba el mozo- ¿Qué me parece? Una mierda, eso. Te quiero, lo sabés, estoy enamorada de vos. Te quiero como amiga, como mujer, como compañera, como todo. Vos no. Querés una amiga especial, dedicada, siempre pendiente de vos, pero sexo no, claro... Me olvidaba, vos no sos lesbiana. Sos una hetero que un día se equivocó y cargó con esta pesada por varios años. No te preocupes, no te jodo más la vida.

  • No digas eso, sabés que no fue así.

  • ¿No? Disculpáme, yo lo veo así. - llegaba el mozo y le pagaba.

  • Te doy mi parte.- buscando la billetera en su cartera.

  • No es necesario, hoy invito yo. Voy a tomar un taxi, ¿te dejo en tu casa?

  • No te pongas así, no quiero que te enojes.

  • Dejáte de joder con que me enojo. ¿Qué querés? ¿Que me ponga a bailar en medio de la avenida Corrientes porque me dejaste? - se levantaba y se ponía el saco. - ¿Venís o te quedás? - cogiendo su cartera, peleando con las lágrimas que llenaban sus ojos.

  • No, voy con vos.



    Suspiró. Cinco años de aquella “ruptura”. Tres años siendo la “amiga” todo servicio, confidente, siempre alerta y lista para correr tras ella y casi anticipando sus necesidades. Tres años en que terminaba haciendo cualquier cosa con tal de estar cerca de ella. Tres años en que aparentemente se contaban todo, hablaban todo. Tres años hasta que descubrió que ese gran amigo de siempre, Luis, la reemplazaba en su cama. No se lo contó y cuando le preguntó, de nuevo, el “no sabía cómo decírtelo”, vieja cantinela. Con un agregado posterior, “no tengo por qué contarte todo”. Y ahí al fin llegó el punto de quiebre, el momento en que decidió alejarse. Se acabó la simbiosis, se propuso alejarse por su propia salud mental. Lo que antes le parecía imposible, se empezó a hacer realidad.



    Lloró, la extrañó, se mordía las ganas de llamarla y escucharla, de verla. Se lo impuso y lo logró. Un año de ir penando, encerrándose en sí misma, auto-acuartelándose en su casa, dejando de lado amigos comunes. Asumió su soledad y el desgano por las actividades que antes le atraían. Ermitaña, sí, se lo decían sus amigos y lo reconocía. Pero faltando poco para el medio siglo de vida, no sabía tan mal. De a poco volver a escribir, ese viejo hábito que había dejado de lado por su trabajo y sus muchas actividades sociales. Escribir, leer, escribir, leer. Con la resolución del viejo litigio por el accidente laboral, con el dinero que recibió y su jubilación por discapacidad, surgieron las ideas, los proyectos y la posibilidad financiera de realizarlos.



    “Basta de pensar” se ordenó y se sacó la campera. Sacó el nylon que cubría el desayunador y la puso arriba. “Manos a la obra” , barrer, recoger el polvo, por la tarde pasaría la aspiradora. Una hora después, la espalda pasaba factura. Se tiró un rato en el sofá frente a la chimenea, se dio cuenta que no la había encendido. El estómago le recordó que tampoco había desayunado. Cartón de leche, entibiarla, Criollitas con manteca y mermelada, café con leche cargadito, le gustaba el desayunador, el taburete alto, el mostrador, ¿qué hora sería ya? Se fue con la taza hasta el ventanal, ya el sol estaba casi de frente, tibio, lindo, se veían algunas olas y la crispación de las rompientes levantaba cortinas pequeñas de gotitas de agua. “Viento norte, dentro de un rato nubes”, último sorbo de su bebida.



    Notó su figura. La playa todavía desierta, la arena impoluta, sus huellas iban dejando un rastro tras de sí. Venía desde Bahía de los Vientos. Iba hacia la escollera. “Lindo perro”, sonreía, qué raro, “quiere meterse en el agua, lo tiene que tirar de la correa”. No debería hacer mucho frío, si iba con shorts y remera de mangas cortas. Nunca la había visto, ni en el verano anterior ni las veces que había venido en otoño e invierno a ver los progresos con la casa. Cabello oscuro, no se distinguía si era morocha o castaño oscuro, el viento se lo levantaba y enredaba. Paso raudo, acompasado. “Un perro, necesito un perro” y se giró hacia la cocina para lavar la taza. “Ahora, las cosas de la valija”.

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