CAPITULO1

 

    Abrir la casa, vaya tarea. Especialmente esas tuercas rebeldes de los tornillos que fijaban las barretas exteriores de las ventanas. Con el salitre del mar, se habían oxidado y se habían falseado, giraban y giraban junto con el tornillo. Si alguien la acompañara, uno sostenía el tornillo sin cabeza desde el exterior y así no giraba. Sola, era una tortura. Sostener la punta del tornillo con una pinza para que no se mueva, con la otra mano accionar la llave de tuercas. Siempre terminaba sudando gruesas gotas en su cara hasta que al final lo lograba. ¿Por qué cada vez que llegaba el micro a destino, a las 6.30 a.m., lo primero que pensaba al bajar los escalones, era esa estúpida cuestión de la “vieja” casa, aquélla que ya no era más “suya”?



    La rutina habitual. El viejo café de la pequeña terminal de ómnibus, amplio, diríamos enorme. Muy pocos clientes, la crisis. ¿Alguna vez se habría llenado? Una terminal pequeña, poco movimiento salvo a la mañana a esa hora y a la medianoche. ¿Vendrían muchos de la ciudad a jugar al pool? Dos grandes mesas de pool, quizás se mantenían económicamente con eso. El mozo de siempre, tostado como siempre, jovencísimo como siempre, atento como siempre, reconociéndola como siempre. ¿Sería así o se lo diría a todos los que recordaba más asiduos viajantes a esa zona? Café en jarrito y una medialuna. Aguardar hasta que haya aclarado el día, sin sombras de la noche, para llegar hasta la casa. El noticiero de cable a viva voz, el clima en Buenos Aires, el tráfico en Buenos Aires, los subtes en Buenos Aires. ¿Qué carajo les interesa a esta gente, a 500 km de la gran ciudad?



    No tuvo que hacer fila para esperar el taxi. Había cuatro esperando pasajeros. Quizás tuvieran suerte con los otros micros que tenían que llegar, en el suyo habían viajado sólo quince personas. Buen viaje, sí. Sin acompañante, levantó el apoya brazos y se adueñó de las dos asientos ejecutivo, se acurrucó y se tapó con la manta. Durmió cuatro horas de un tirón. Llegando a Balcarce, única parada, encendieron las luces y ahí la despertaron. Subieron tres pasajeros tan sólo. ¿Por qué no usarían una linterna como los acomodadores de cine y se evitaban molestar a los demás?



  • Le va a tocar buen tiempo, estuvo lloviendo toda la semana pasada, esta una semana va a tener mucho sol. Viento, como siempre.

  • ¿Qué tal el invierno? ¿Mucho frío?

  • No, algunos días nada más. ¿Entramos por el puente viejo o quiere ir por el nuevo?

  • Me da igual.



    El taxi iba rápido por la avenida paralela al río, se metía en la rotonda para girar hacia el puente viejo. Ni frenaba ni esperaba el paso, se metía no más. Un gran camión de cereales los pasaba por detrás, apenas habían dejado el cruce, ¿por cuántas fracciones de segundo no se los llevó puestos en la parrilla delantera? Esa forma de manejar a lo loco, en esos coches casi vetustos, todo por regresar rápido a la terminal de ómnibus a ver si cazaban un nuevo viaje. Suspiraba. Años y años y no se terminaba de acostumbrar. ¿Cuántos años ya? Veintitantos, sí, desde su adolescencia, cuando sus padres compraron aquella casa en Quequén, justo antes del galope inflacionario con los milicos. ¿Cómo se llamaba el que asumió? Leviston, Levinson, algo así era.



    El río se veía sereno, poco viento, había bajante, amplia playa marrón oscuro a ambos costados. Algunos ya estaban pescando, seguro buscando la comida del día. ¿Cómo llegarían los dueños a los veleros anclados en la mitad del río? Nadando seguro que no, con un botecito, claro. ¿Por qué no hacían muelles que llegaran hasta ahí y los pudieran dejar a mano, como en las marinas de Miami? Bueh, no era un lugar de veraneo de gente con dinero, era apenas un puerto cerealero con playa a su costado. La ciudad no daba para tanta construcción, no había dinero como para esas mejoras, menos que menos con semejante crisis en el país. El club naútico era apenas un hobby de la clase media acomodada del centro de negocios agropecuario de Necochea, los grandes, los forrados en guita, se iban a otros lados a fondear sus barcos.



  • Siempre igual esta avenida, cuándo la van a arreglar.- sintiendo en su cintura el tercer pozo al hilo que sacudía la carrocería del auto.

  • El intendente nuevo parece que quiere hacer cosas. Dice que va a hacer a nuevo la ruta, por donde van los camiones a descargar al puerto, con banquinas y canales entubados a los costados para drenar el agua de lluvia.

  • ¿La Almirante Brown, la que sale hacia Mar del Plata? - le extrañaba una obra tan grande. - ¿Le cree?

  • No. Pero quién le dice, a lo mejor nos sorprendemos. Afana como todos, pero quizás deja alguna obra importante, algo que sirva.



    Pasaban la gran aceitera al fin del conglomerado urbano de la ciudad de Quequén, en la 521. El picante olor a semilla de girasol procesada, desagradable, mucho. La misma pregunta de siempre. ¿Cómo aguanta la gente que vive en este barrio ese olor? ¿No les entra asco?



  • Están agrandando la fábrica, parece. - observaba por la ventanilla la construcción de un nuevo silo gigante.

  • Con la devaluación, están exportando aceite y semilla como locos. ¿No vio en la ruta cómo agrandaron la Cargill? ¿Se acuerda de la fábrica de conservas de pescado? Parece que la reabren.

  • La de la estación de trenes, ¿no?

  • Sí, ésa, se acuerda, la del fraude.

  • Sí. Entonces hay más trabajo.

  • No se crea, ahora no necesitan tantos para construir, viene mucho premoldeado. Y como siempre, hay tanta mishiadura que pagan dos mangos. Ofrecen un puesto de albañil y tiene una cola de doscientos esperando. ¿Entro por la 521, por el camping del gringo y salimos a la avenida costanera? ¿O quiere ir por el puerto?

  • Sí, vaya por la 521, siga el asfalto, quiero pasar por la universidad, para ver algo. Luego vamos hacia Bahía de los Vientos. Pero por la entrada de atrás, por la 511, ¿la conoce?

  • Creo que me ubico, cualquier cosa me dice cuando nos acercamos.

  • No vi ningún colectivo, siguen funcionando ¿no?

  • Sí, cada veinte minutos, frecuencia de invierno. Cambia en el verano, cuando vienen los turistas.



    La 521, arriba, ya asfaltada era ideal para correr con el auto, pero los lomos de burro lo impedían. Las casas raleadas, algún caballo aquí y allí pastando, eso no había cambiado mucho. Tampoco mejoras en las casas, se veían como siempre, nada nuevo, ni pintura ni arreglos. Pasaban el barrio que hizo el gobierno, el de la mala fama, “todos chorros y drogadictos” le había dicho algún vecino y hasta el comisario en la última reunión vecinal por la “seguridad” a la que concurrió. Muchos habían mejorado las casitas todas iguales, se veían bastante bien. Luego, el camping, muy cuidado, bien arbolado, mejoraba año a año. Todavía la ligustrina estaba rala y dejaba ver las parcelas, con sus fogones, las construcciones donde estaban los baños y duchas, el coqueto restaurante. Bien montado, sí.



  • A la derecha o a la izquierda.

  • A la izquierda, siga el asfalto. - se lo había dicho, pero no lo registró el chofer. Ese “siga el asfalto” era una instrucción que parecía no poder procesar al enfrentarse a la división, entre la calle de tierra que salía a derecha y el asfalto que se continuaba en una desviación en S hacia la izquierda.- A todos les pasa lo mismo, no entienden la consigna, o sea , está mal formulada, pero a mí me cierra. Si voy por el asfalto y de pronto dobla hacia un costado, me dicen, siga el asfalto, doblo para ese costado. Mmmm, no sé.

  • ¿En la segunda a la izquierda? - bajaban por la avenida transformada ahora en la 520, que terminaba en la entrada a la playa, en la plaza 3 de Agosto y en el playón de ingreso de los camiones cerealeros al puerto.

  • ¿Eh? - casi no lo oyó, pensativa observando el locutorio-juegos en red cerrado, que había montado el pibe aquél, Pablo y que ahora regenteaban otros pibes del pueblo durante el verano.

  • Digo si en la segunda a la izquierda.

  • En la segunda a la derecha, donde está la entrada de atrás de la universidad.

  • Ah.



    Llegaban a la esquina, doblaba metiéndose en la calle de tierra.



  • Pare frente a la tercera casita.

  • La de las persianas verdes, muy bien. - se detenía- ¿Quiere bajar y que la espere?

  • No, está bien. Quería ver cómo estaba la casa.- el nudo en la garganta, la emoción en el pecho, los ojos que picaban.

  • El pasto un poco alto, no conviene. Los chorros se fijan en eso, saben que nadie las cuida.

  • Sí, lo sé, ya me pasó. Bueno, ahora por la avenida costanera hacia Bahía de los Vientos. Le aviso cuando estemos por llegar. -ya había cumplido el ritual, pasar por la vieja casa familiar que tanto significó en su vida.

  • ¿En la bahía o antes?

  • Antes, por donde está la posada.

  • Están construyendo casas muy importantes por ahí.- girando en la esquina hacia la avenida costanera.

  • Sí, gente de dinero. Muy buenas casas.



    Pasaban la iglesia Stella Maris, el orfanato, llegando al Monte Pasuvio, la casa de sus amigos de siempre, sonrisa, ya los iría a visitar.



  • Las mellizas, ya están preparándose para abrir. Éstos la acertaron con el negocio, ¿no?

  • Sí, la acertaron. - pensativa mirando hacia el mar que ya despuntaba entre los médanos.



    La playa inmensa, el mar calmo rompiendo en olas espumosas por decenas de metros, el cielo límpido, tan celeste que cegaba, esa imagen que devolvía la vida, la sensación tan grata de “pertenecer”. Se alcanzaban a ver algunas gaviotas aquí y allá. ¿Huella del hombre? Por ahora, ninguna. Hubiera querido bajar del auto e ir corriendo hacia la orilla, a sentir el frío intenso de esas rompientes, ese placer inigualable de caminar entre la espuma, enterrando sus pies en el marrón claro de esas arenas, gruesos granos que se mezclaban con la conchilla rota por las olas contra las piedras.



  • Le dije, hoy sol. Mire el horizonte.



    No le contestó, demasiado perdida en la inmensidad que añoraba, inmensidad de verdes, celestes, marronáceos, horizonte, cielo, alguna nube traviesa, aroma embriagante a sal tempranera. Pasaban las casas, algunas cuasi mansiones, cuánto dinero había ahí en esas construcciones, otras no, las de siempre, bien cuidadas, ésas que siempre la fascinaron, una casa frente al mar, frente a las olas, frente al susurro de la rompiente, frente al gris turbulento de las sudestadas tormentosas, frente a la luna mirándose coqueta en el espejo del mar.



  • Allí, la casa de hormigón.

  • ¿Esa? ¡Guau!

  • ¿Por qué guau? - sonriente, aunque sabía de antemano la respuesta.

  • No se ofenda, pero entre los muchachos comentamos. ¿Quién construye una casa así? Todo losa con ventanas, en lugar de ladrillos, tan cuadrada, techo a dos aguas de losa. Pensamos en un depósito, porque... disculpe ¿eh? Los pilotes, cuadrada, todo para arriba, no le veíamos forma. Uno ve las casas bonitas que hacen por aquí y esa... no dice nada.

  • Esa es la intención, que no diga nada.

  • Uy, no la había visto en los últimos meses, pocos viajes por aquí. La pintó de blanco y el techo en azul. Así se ve distinta. El frente es toda ventana, no se ve tan fiera ahora.

  • Sí.- el auto se detenía frente a la entrada.

  • ¿Tiene un hogar, no? Digo, por la chimenea.

  • Sí.

  • La ayudo con las valijas. ¿Van a poner un negocio?- bajaba las varias valijas del baúl del auto.

  • Sí. Un cibercafé y librería.- corriendo las valijas con rueditas hacia la entrada lateral del garage.

  • ¿Para el verano? ¿Aquí? - incrédulo.

  • No, para todo el año. ¿Cuanto le debo?

  • Miro el reloj y le digo. Son trece pesos. ¿Quiere que se las entre?

  • No, gracias, no es necesario. Aquí tiene, guarde el cambio.- le daba un billete de diez y uno de cinco.

  • Señora, se van a fundir. Acá vive muy poca gente y son todos jubilados. ¿Quién va a usar las máquinas? ¿Los viejos?

  • Sí, sé cómo es aquí fuera de temporada.

  • Eh. ¿Cuándo piensa abrir?

  • Si todo va bien, en octubre.

  • Me doy una vuelta, le vengo a desear suerte en persona, la va a necesitar. Ah, le dejo mi tarjeta, si necesita taxi ya sabe, me llama.

  • Gracias. - sonreía mientras cogía la tarjeta, la metía en el bolsillo de su campera y sacaba el manojo de llaves de su mochila.



    Se lo habían repetido hasta el hartazgo en Buenos Aires. “Locura”, “estás pirada”, “invertí en cualquier cosa menos en eso”, eso cuando compró el terreno, a muy buen precio, pero al fin de cuentas un médano de arena frente a la avenida de ripio frente a la costa, un tanto lejos del núcleo de casas de vacaciones de la playa. Cuando mostró sus ideas y planos hechos a pura imaginación, borradores en word, toscos pero inteligibles, más escepticismo. Ni que hablar de las consultas a algún arquitecto de Buenos Aires y Necochea, le cambiaban todo lo que había soñado, le diseñaban una casa más o menos buena, más o menos lujosa, pero ella quería “ese adefesio” tan útil y simple, lleno de confort interior pero sin aparente belleza exterior. Los costos que le mostraban, imposibles.



    Hasta que Juan, su amigo de Quequén, le presentó al polaco, Wenceslao, maestro mayor de obras, oficial tornero, plomero, albañil, especialista en pozos de agua y más que nada, una inventiva envidiable tras esos ojos celestes y esa piel curtida, una bondad irredenta tras esas charlas interminables en su casa junto al río, con su mujer y sus hijos mientras le mostraba las famosas “persianas de madera” que le habían costado tantas horas de trabajo, orgulloso de ellas, muy orgulloso, con un mate en la mano que lo hacía más argentino que el dulce de leche. Le contó la idea, le habló de sueños y el polaco los tradujo en varios pilotes, una carcaza de cemento con agujeros para ventanas y ventanales, todo en una hoja de carpeta escolar de uno de sus hijos. Ese polaco bueno, que desbordaba ingenio y creatividad, tan bueno que “dolía”, interpretó los sueños y le puso firma a unos planos simples, cuadrados, pero bien fundamentados. “Esto no se lo tira un temporal con vientos de 200 km por hora, no se lo mueve nadie” le dijo Wenceslao.



    Un año de comenzar las obras para “el sueño” y ahí estaba, blanca y radiante como la novia de la canción de Antonio Prieto. Le volvían las palabras porteñas, “te vas a enterrar en vida ahí”, “en verano a lo mejor funciona”, “qué vas a hacer tan sola, rodeada de viejos jubilados y de médanos de arena”, “y si te pasa algo, a quién recurrís, no hay muchas casas en los alrededores, dos hospitales en la ciudad y ambos una mierda”. Pero ahí estaba su “sueño” blanco y radiante, cuadrado y simple, una casa con todo lo que necesitaba y el proyecto de un cibercafé-librería que sonaba más a cuento de las mil y una noches que a negocio rentable.



  • Sí, medio loca estoy. Dejar Buenos Aires, mi departamento recién terminado para venir acá. Pero lo necesito. - mirando la cristalera detrás de las rejas, con su puerta también enrejada. - Se ve bien, cuando terminen con la pintura de las aberturas va a quedar muy coqueto. - se acercó para tratar de mirar hacia dentro, todo oscuro, no distinguía nada. - Bueh, entremos a la casa.



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